La tecla del duende

Letales

El arte del minicuento tiene mucho de encapsular en un fogonazo la complejidad y la agudeza. Moverse con esa capacidad de síntesis en registros emocionales que van desde lo romántico sublime a lo sarcástico cortante, es una habilidad que pocos manejan con soltura. De esas instantáneas del pensamiento que tanto se disfrutan, está poblado 100 cuentos letales, el libro de Ernesto Pérez Chang, al cual pertenecen los textos de hoy.

Corrector de estilo. Había pasado toda la vida enmendando páginas ajenas de escritores totalmente ajenos a las cuestiones del estilo. Sabía que a muchos de ellos los había dotado de una voz y hasta de una obra, y que de los premios que les había ayudado a ganar, si la vida fuera justa, le correspondería más de la mitad. No obstante, se consideraba muy bien pagado y feliz, al ver las caras de tontos que ponían cuando disparaban en público, casi con propiedad e ingenio, sobre el estilo, la voz y hasta de la obra.

La prueba. Tenía entre sus manos la prueba irrebatible de que no estaba loco. Por eso, para no perderla, se abrazaba fuertemente frente al espejo.

Una terapia. Todos los domingos iban de compras. Marchaban en grupos por cada quincalla y almacén de la ciudad, pegaban los rostros a las vidrieras y hacían colas casi interminables en los mostradores, pero, en verdad, jamás compraban nada, sobre todo, porque casi nunca tenían dinero, así que «ir de compras» era solo una metáfora que funcionaba como una especie de terapia donde se enfrentaban con júbilo dominical a sus miedos más aterradores.

El buen consejo. La voz, solo la voz, lo demás no importa, así le había enseñado su querido profesor de canto. Y ella se esforzaba por cuidar esa dulce voz que tanto le habían elogiado en aquellos tiempos de ensayos y clases. Y por cuidar la voz había renunciado a tanto y lo había perdido todo en el camino de los años. Y si cantó alguna vez no lo hizo para nadie, sino de noche bien tarde y a solas, mientras lloraba.

Secuelas. Un verdadero sabio: ha publicado dos libros, uno sobre las cosas que conoce y otro sobre las que ignora. Dice que muy pronto publicará un tercero, sobre las dificultades que debió vencer para escribir los dos primeros, y que después habrá un cuarto para explicar el tercero, y un quinto para las razones del cuarto, y un sexto para un quinto, y así, hasta que algún editor decida poner fin a la secuela y le encargue una autobiografía.

Mercadotecnia. Y en cada cubierta de libro decidieron empaquetar un chorizo, pero aun así la gente continuó sin leer (y sin comer chorizos).

Semilla

En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad. Julio Cortázar.

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