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Juventud Rebelde

La tecla del duende

Dar y seguir

Julito Cumberbacht desempolva por estos días sus archivos de letras y afectos; nos comparte una crónica. ¿Cuántos hilos mágicos como los descritos nos van uniendo en la vida?...

«Transcurría el aciago 1994 (¿o 1995?). No recuerdo con exactitud la fecha, sí las vivencias y sus emociones. Yo estaba en la bolsa de reubicación de la marina mercante y el puerto. Preferí no volver a las oficinas, avizoraba la debacle. Un marino cocinero que por mi etapa d jefe de departamento mandé a cursos y enrolé. Un día, delante de algunos, me pidió que le pagara un café “pues no tenía un peso”.

«Fuimos a una cafetería y se tomó el café. Preferí solo una guachipupa. Y le dije bajito que no develara miserias frente a extraños: “En tu barco me mataste  hambre. Como a otros. Nadie tiene que saber que hoy no tienes ni pa’l café”. Me dio la razón con su habitual “santa palabra”, que evocaba al Guayabero. Agradeció, nos despedimos; no supo que me había quedado con un pesito en el bolsillo para el pasaje a casa. Caminé hasta lo que había sido mi flamante empresa Naviera y al llegar a la calle Obispo, un excolega del magisterio que yo había ayudado a entrar en la flota me interpeló diciéndome que su barco había acabado de llegar y no tuvo tiempo de comprarle algo a mis muchachos; al unísono me echaba un papel en el bolsillo de la camisa y se marchaba. Cuando lo saqué eran 40 pesos en divisa. No llegué a la esquina y estaba mi amigo Alberto, también maestro y compañero de etapas anteriores y me entregó igualmente “un dinero”. «¿No te acuerdas que hace tres meses el día 14 me diste pa’ que le comprara el regalo a Mary, y yo no tenía un kilo?”, sonrió. Cuando le advertí que era tres veces el monto que le había dado, solo me abrazó y dijo: “Tú tienes tres hermanos, pero eres mi amigo, y aquel día salvaste mi matrimonio...”.

«Me quedé solo en un rincón de Obispo y Mercaderes. Llorando y asombrado. Era una etapa incierta, el inicio de un futuro en penumbra en el que la fraternidad nos hizo mejores. 

«Yo no fumo, ni derrocho; disfruto aportar para buenos usos. Solo agradezco al universo la oportunidad de darnos y seguir en la pelea. Al final, cada buen amigo, creo, hubiese hecho lo mismo. Es una sencilla manera de ser consecuentes».

Semilla

Yo cuando niño le hacía/ muecas tristes al espejo,/ haciendo el papel de un viejo/ y el papel no me salía./ Hoy que con melancolía/ envejezco poco a poco,/ le hago muecas como un loco,/ le manoteo y le riño,/ haciendo el papel de un niño/ que no me sale tampoco. (Del gran repentista Julito Martínez, recientemente fallecido, enviada por J.C.G. Guridi)

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