Celuloide - Tiempo extra

Celuloide

Confieso que soy de esos que esperan todo el año por que llegue el momento, por que llegue diciembre sin su invierno, sin su nieve, sin ese frío rompehuesos que anhelo sentir tal vez por el simple hecho de no haberlo sentido nunca, y tal vez porque Cuba jamás le ha dado asilo a Santa Claus ni a sus juguetes.

Pero mi locura con diciembre, aclaro, es algo de película —y lo digo en el sentido más estricto de la palabra—. Espero por el último mes del año para albergarme en la céntrica calle 23 del Vedado habanero, como un nómada, y disfrutar —con la cervical ya amaestrada— de cada proyección de nuestro Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Durante años he perdido los ojos, hipnotizándome con Eliseo Subiela, Alejandro González Iñárritu, Walter Salles, Fernando Meirelles, Juan José Campanella…

Pero también he implorado por una propuesta deportiva, un filme que me quite el hambre, me haga perder el habla, ¿saben?, como cuando uno, primerizo al fin, pasa el último chequeo en el aeropuerto, aborda el avión y contiene la respiración rezando para que no surja ningún imprevisto, qué sé yo: problemas con el pasaporte, un ciclón cañonero, abducciones a lo Steven Spielberg, algún suceso inexplicable, coincidencias con el nombre de algún miembro de Al Qaeda —cosa que me toca bien de cerca...

Y llegó, la película deportiva, digo. Recuerdo la más reciente que pude ver: Heleno, un largometraje brasileño tan estremecedor como hermoso, bajo la batuta de José Henrique Fonseca y con el talentosísimo y multifacético Rodrigo Santoro interpretando a uno de los astros más grandes y polémicos del fútbol de esa nación. Tenía que ser Brasil y tenía que ser el fútbol.

Entonces, ineludiblemente, pensé en mi pelota, en la de todos los cubanos, en nuestro deporte, sus logros, historias, proezas, y lo poco que se ha reseñado en el cine.

Pido calma, pues no es mi intención criticar a los realizadores del patio. Cada quien filma y dirige lo que le viene en ganas, lo que le inspira, o lo que —según una amiga socióloga e investigadora— «le hace sentido».

Sin embargo, ¿por qué nuestros más añejos e importantes directores —y los noveles y menos laureados también— se mantienen alejados de la temática deportiva, tocada mayormente en documentales y cortos, pero no en tiradas de largometraje?

Ahora mismo solo me asalta la mente En tres y dos, y eso fue en el año 1985. Hasta la fecha no ha llovido precisamente deporte en los cines de Cuba, y no creo que muchos temas puedan competir con esta pasión que nos desborda. La migración, nuestras carencias, la prostitución y el problema de la vivienda ya están demasiado gastados. Se pudieran explotar otras aristas, y el deporte sería un plato bien suculento.

Ya sé que el tema «recursos y presupuesto» atenta contra las ganas y la disposición, pero quizá un par de productores con «pegada» y deseos podrían encontrar, en no pocos lugares, una palanca para tamaña empresa. Y no alucino con un acabado al estilo Hollywood, solo añoro otro jonroncito, algún nocaut, un remate. ¿Pido mucho?

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