Había que ser Valiente

Cinco años después Los Valientes, como los bautizó Fidel, abrieron un camino renovador a la educación

Autor:

Dora Pérez Sáez

Foto: Franklin Reyes «¿POR qué quieres ser maestra, mi’ja. Los profesores pasan mucho trabajo. Mira cuántas carreras lindas hay: Derecho, Psicología... ¿Por qué precisamente una pedagógica?».

El reclamo era constante en casa de Yailen Regueiro. Su mamá, que siempre aspiró a que la joven fuera universitaria, no quería por nada del mundo que su hija estuviera toda la vida frente a un aula.

Solo que Yailen, desde muy pequeña, «tenía la tiza en la mano». De hecho, quiso matricular en el pre pedagógico, pero los problemas de salud se lo impidieron.

«Aunque hice el preuniversitario en el Raúl Cepero Bonilla, en el municipio de Diez de Octubre, mantuve mi idea de ser maestra. Pedí Educación Musical, porque además llevaba mucho tiempo cantando y estaba aprendiendo a tocar guitarra».

—¿Cómo entraste al destacamento de Los Valientes?

—Me enteré en julio de 2001. Nos reunieron en la escuela, y fue la Juventud la que convocó a los estudiantes que culminaban el 12 grado a inclinarse por las carreras pedagógicas, pues el Comandante en Jefe había lanzado la misión de transformar la enseñanza secundaria, donde había un gran déficit de maestros. Entonces muchos de nosotros dejamos las carreras que se nos habían otorgado y decidimos incorporarnos al proyecto.

—¿Cuál era la particularidad de este programa?

—El maestro que se enfrentara a las aulas iba con el gran reto de impartir todas las asignaturas del plan de estudios, excepto inglés y educación física. Ya no era la materia que me gustaba, sino todas, incluso aquellas a las que uno les hace rechazo. Por eso sentía el temor de cómo iba a ser aquello, si me equivocaba, o si un alumno me preguntaba algo y yo no sabía, qué haría en ese momento.

Como Yailen, más de cien jóvenes de la capital que en el año 2001 culminaban el bachillerato, se incorporaron al proyecto, algunos, sin tener una idea clara de en qué consistía este.

Aquel verano, mientras los estudiantes de todo el país disfrutaban de sus vacaciones, Los Valientes —calificados así por Fidel— se adentraban en una intensa preparación en el Centro de Convenciones Pedagógicas de Cojímar, en el municipio de La Habana del Este. Para ello fueron seleccionados 24 profesores del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, quienes más que docentes, se convirtieron en columnas y guías de sus alumnos.

Fueron días agotadores. Jornadas que comenzaban a las 7:00 a.m. y terminaban supuestamente a las 5:00 p.m., porque las horas de auto-estudio se extendían hasta la madrugada.

Así fue hasta el 2 de diciembre de ese año, día en que, según las aptitudes demostradas, un grupo comenzó a impartir clases, otros se incorporaron a las aulas como investigadores, y un tercer segmento continuó recibiendo instrucción.

Ese tiempo de preparación sirvió también para fortalecer el carácter y la voluntad. Yailen, la joven del inicio de este reportaje, padece de epilepsia. No obstante, nunca permitió que su afección interfiriera en su desarrollo profesional.

«Mi padecimiento nunca me limitó en nada —afirma—; por el contrario, me sobrepuse. Sufrí varios desmayos en concentraciones, pero siempre estuvieron los maestros conmigo. Las enfermedades no deben servir para escudarnos, una tiene que animarse si quiere cumplir un sueño».

—¿Cuál fue la actitud de tu mamá?

—Tuvo temores cuando me bequé, porque nunca me había separado de ella. Pero cuando vio que había pasado la primera semana y no tuve problemas, se tranquilizó, aunque a cada rato iba por la escuela a darme vueltas.

«Las veces que me ingresaron en la enfermería estuvo allí conmigo. Jamás intentó sacarme de la escuela cuando me vio enferma; ella sabía que los profesores eran responsables.

«No solo aceptó mi decisión, sino que la apoyó. Estuvo presente en cada una de mis actividades. Ella y los demás padres, si nos parecía que estábamos decayendo, si nos sentíamos fatigados, siempre nos dieron aliento para seguir adelante. Los padres, junto con nuestros profesores, fueron el pilar fundamental de todos nuestros logros».

¡LLEGARON LOS MAESTROS!

Las prácticas laborales fueron una prueba de fuego. El objetivo no era solo impartir todas las asignaturas. Había que convertirse en un preceptor, en el amigo, en el orientador de 15 adolescentes que transitarían bajo su supervisión durante los tres cursos de la secundaria.

Todos estaban expectantes: maestros, alumnos, familiares, tutores. Y fue el tiempo, como siempre, quien dijo la última palabra. Poco a poco se empezaron a ver los resultados: la timidez de los primeros días fue pasando, la voz ya no se quebraba y las manos dejaron de sudar. Las preguntas de los alumnos eran respondidas con la seguridad de alguien que domina el contenido, la relación con los niños se afianzaba cada día, y aunque había que multiplicar las horas para preparar las clases, el tiempo llegó a alcanzar incluso para estudiar la especialidad en la universidad, curso que acaban de culminar.

Inarys Montero, quien nunca quiso ser docente, hoy reconoce que gracias al trabajo de sus profesores, ha abierto su mente y mejorado su carácter, que era muy duro. Pero fue el trabajo con los educandos lo que más la cambió. «Los niños son especiales, lo ayudan a uno a crecer como persona», afirma.

Ella recuerda como un día especial el primer encuentro con sus alumnos. Eran 360 niños a los que Los Valientes les darían clases. Los profesores debían darles la bienvenida, pero por problemas con el transporte, sucedió lo contrario.

«Cuando llegamos —narra— ellos esperaban hacía rato. Ya estaban cansados, aburridos, no sabían en qué entretenerse. Pensé: “seguro están molestos por la demora”. Sin embargo, nada más vernos se transformaron. Se levantaron y se echaron a correr hacia nosotros gritando: “¡Ahí vienen los maestros!”. Ese fue el inicio de una hermosa relación».

ESPANTANDO LOS DEMONIOS

«¡Si el Comandante supiera la basura de Valientes que han mandado para acá, se cae para atrás!».

La frase cayó en los oídos de Kirenia Munier como una bomba. Aquella profesora, en pleno pasillo y a toda voz, ofendía sin motivo alguno al movimiento de jóvenes profesores al que ella pertenecía. Y eso, esta muchacha no lo iba permitir.

«La llamé para la Dirección, y le pregunté: “¿Qué fue lo que usted dijo?”, y me lo gritó de nuevo. Entonces le dije un montón de cosas y peleamos. Los demás empezaron a buscar a mi tutor, nadie me paraba, hasta que empecé a llorar. Me dio un ataque de llanto y de rabia, porque no me gustó que esa persona hablara mal de nosotros».

—¿Qué sucedió después?

—Aquello llegó a oídos de Miriam Yanet, la presidenta de los Pioneros, y de Berta Fernández, la viceministra de Educación que atiende el programa. Ellas apoyaron que yo hubiese defendido a Los Valientes, pero no que nos hubiéramos ido a las manos. No obstante, si oyera de nuevo una manifestación como aquella, tampoco lo permitiría.

No fue solo Kirenia quien debió enfrentar el rechazo de otros profesores, a veces de modo sutil, otras abierta y agresivamente. Desconfianza, burlas y hasta celos hubo hacia no pocos de estos muchachos.

A Yandri Fundora, por ejemplo, le tocó impartir clases a la hija de una profesora de Español de su misma escuela. Eso no había sido del agrado de la experimentada educadora, pero no tuvo otra opción.

En una ocasión, la niña obtuvo 72 puntos en un examen de Biología, y madre e hija fueron a reclamar, convencidas de que el joven profesor se había equivocado. Pero su arrogancia las entrampó, pues la calificación que la estudiante merecía apenas rozaba los 60 puntos.

Hubo verdaderos malos gestos. A Arnaldo González le escondieron la llave del candado de su aula. Por mucho que buscaron, nunca apareció. Tuvo que irse con sus muchachos fuera del centro, y bajo un árbol, al aire libre, reveló una jornada de lecciones superior a las anteriores.

Sin embargo, tal y como expresó la vicetitular de Educación Berta Fernández, esta primera etapa fue decisiva en la masificación del proyecto.

«Los Valientes demostraron que con una buena preparación, un profesor es perfectamente capaz de enseñar todas las asignaturas, y que dedicarse solamente a un grupo, permite relacionarse mejor con los alumnos, saber de verdad cómo son, qué problemas tienen y cuánto aprenden realmente. Eso lo comprobaron los antiguos maestros cuando vieron que los más disciplinados, y los que mejores notas obtenían, eran precisamente los discípulos de los integrales.

«Esto aún es una barrera en algunos lugares —añadió—, pero no podemos desesperarnos, porque los resultados son contundentes».

EXPERIENCIA SEDUCTORA

Por el camino más largo se llega más lejos. Y eso lo comprobaron Los Valientes cuando tuvieron que darles clases a alumnos con graves problemas familiares y sociales. Pero lo que al principio parecía muy difícil, fue una experiencia verdaderamente seductora y hermosa.

Así le sucedió a Dadirac Romero, quien al saber que daría clases a niños de Pogolotti, un barrio del municipio de Marianao, pensó que aquello sería «lo más grande del mundo».

«Al principio me asusté un poco —recuerda—, pero después me gustó mucho, porque los ayudé a ser mejores. La poca diferencia de edad me ayudó, pues ellos no me veían como el profesor que se para frente al aula, sino como un amigo. Se acercaban a mí y me contaban sus problemas: “Profe, mi mamá no me entiende; profe, no sé qué hacer”. Y esas cosas me hacían esforzarme más, me obligaban a ser mejor cada día, a la vez que los ayudaba a ellos a ser mejores también».

—¿Qué fue lo que más te impresionó?

—Ver casos de niños que son maltratados por sus padres. Duele mucho que tú estés nueve horas con un alumno y después venga el papá y lo ofenda o lo lastime, y saber que la indisciplina de ese niño es debido a la actitud de ese familiar.

«En varias ocasiones tuve que intervenir. Pero ellos siempre me decían lo mismo: “Profe, no se meta”, o “Profe, es que este muchacho no entiende si no es así, no tengo otra forma de decirle las cosas”».

—¿Qué significó para ti haber tenido casos de este tipo?

—Me hizo entender muchas cosas, crecer como ser humano, madurar... Me enseñó que a nuestros hijos no debemos maltratarlos, y si no tenemos hijos todavía, tenemos hermanos, primitos, y a ellos hay que escucharlos. Hay que enseñarle a nuestra familia que con el maltrato no se va a ninguna parte, que es mejor hablar, debatir, comprender.

Hoy, Dadirac es jefa de grado de la escuela donde trabaja. No imparte clases, sino que prepara metodológicamente a otros profesores generales integrales. Al igual que ella, otros Valientes ocupan cargos de dirección en sus planteles, como subdirectores docentes y hasta como directores sustitutos.

«Aunque no esté directamente frente a un aula, cada día, cuando los veo caminar, los escucho hablar, reflexiono: “Caramba, ese no es el mismo alumno que yo tuve en séptimo grado”, y ahí es cuando me doy cuenta de que con cada granito que uno pone día a día, los ayudo a ellos a ser mejores en el futuro».

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