Una maestra de 60 años aún en las aulas

La fuerza de voluntad y una mente lúcida hacen que la maestra cubana Mirta Pérez Hernández continúe dando clases

Autor:

Juventud Rebelde

Como un Evangelio vivo, según dijo José de la Luz y Caballero, llegó la maestra cubana Mirta Pérez Hernández a sus 60 años. Durante seis cursos retuvo el día de la jubilación y hoy, cuando sus antiguos alumnos la vemos firme frente al pizarrón nos preguntamos: ¿Será que su maestría pedagógica es ejemplo para el relevo?

Mirta disfruta al enseñar a los niños y verlos crecer día a día. Mirta es la pedagoga de mayor experiencia en el seminternado Orestes de la Torre, de la ciudad villaclareña de Santa Clara. Treinta años como educadora en el mismo centro constituyen un aval suficiente para ser reconocida por alumnos y colegas más jóvenes.

Con la exigencia en los labios garantiza que sus discípulos realicen todas las tareas y practiquen el estudio independiente. Así la conocí cuando le faltaban muchos almanaques para pensar en la jubilación y yo ni siquiera soñaba con publicar una nota informativa como periodista, mucho menos en competir con su historial en el magisterio. Idéntica, con la misma dedicación con que me enseñó a leer, escribir y aprender la Vida Política de Mi Patria, ella continúa en el aula luego de cumplir los 60 años de edad.

—¿Por qué maestra?—He vivido con orgullo estos años de revolución educacional, desde la campaña de alfabetización hasta la actualidad. Recibí el título de graduada en Enseñanza Primaria en 1975. Desde ese momento trabajo en esta escuela, incluso he enseñado a los hijos de mis alumnos. Todas esas experiencias resultan únicas.

—Casi a punto de solicitar la chequera, cinco cursos atrás, usted recibió 20 nuevos expedientes…

—Confieso que he anunciado el retiro varias veces, quizá por eso no lo hago. Cierto que el descanso físico nos hace falta a determinada edad, aunque en la casa nos reserven la imprescindible y reconfortante atención a los nietos. Pero existen oportunidades exclusivas en la vida de una persona que no deben desaprovecharse, pues nos aportan mucho espiritualmente.

—Siempre impartió clases en el primer ciclo. ¿Cómo es que ahora lo hace en sexto grado?

—Forma parte de esas satisfacciones anímicas. Descubrí a tiempo la efectividad de trabajar con una matrícula menor de 43 alumnos. No solo les enseñé a leer y escribir, sino que disfruté verlos crecer día a día. Me preocupo tanto por el rendimiento académico como por el deportivo, pues practican natación.

No se apresura a pensar qué le espera para estos festivos días de julio, en los que se avecina el cierre de una nueva etapa de labor, cuando en mi agenda queda una última pregunta:

—¿Y la postergada chequera?

Una sonrisa y su mirada meditativa revelan que otra vez la jubilación vuelve al banquillo de espera. Se imponen la fuerza, la voluntad y una mente lúcida por donde todavía rondan los nombres y algunos apellidos de quienes fuimos sus discípulos hace dos décadas, o más.

Entonces, confío en que Mirta no borrará de su corazón a los 20 niños que hasta hoy y durante seis cursos consecutivos disfrutaron de su maestría pedagógica, y mucho menos a los que recibirá en el próximo septiembre.

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