El aldabonazo de Bayamo

Los asaltos, hace 53 años, a los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes y Moncada sentaron las bases para la verdadera independencia de nuestra Patria

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 Antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes, hoy Parque Museo Ñico López.  Foto: Marcelino Vázquez BAYAMO, Granma.— El alba estaba a punto de romper. Exactamente a la hora fijada, el grupo de jóvenes revolucionarios avanzó en penumbras hacia la parte trasera del cuartel que hipócritamente llevaba el nombre del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes. Era la sede del escuadrón 13 de la Guardia Rural en Bayamo.

Pero el ruido inesperado de unas latas vacías sobre la hierba, tras el tropiezo de un combatiente, asustó a los caballos de los guardias e hizo ladrar a los perros del vecindario. Se había perdido el factor sorpresa.

El cabo Indalecio Estrada, que ya estaba a punto de concluir su jornada de guardia, gritó con voz imperativa: «¡Alto! ¿Quién va?». La respuesta fue una andanada de disparos de escopeta y gritos de ¡Abajo Batista!, ¡Viva la Revolución!

El militar batistiano puso rodilla en tierra y ripostó torpemente con su ametralladora Thompson, aunque tenía fama de ser buen tirador. Los asaltantes trataron de avanzar. Se lo impidió el fuego concentrado de otros soldados, parapetados tras las ventanas del dormitorio.

Los jóvenes se atrincheraron detrás de unos troncos amontonados en el lugar. La acción se prolongó por unos tensos 15 minutos. El armamento comenzó a resultar ineficaz frente al pertrechado fuego contrario. Raúl Martínez dio la orden de retirada.

Se dispersaron. Unos lo hicieron en formación de guerrilla; otros, solos. Gerardo Pérez-Puelles se contrajo de dolor al saltar la segunda cerca de alambre que delimitaba la unidad militar. Fue el único herido del combate.

Ñico López, a quien acompañaban cuatro hombres más, se puso al timón de uno de los autos. Avanzaron unas cuadras, pero como no sabía conducir bien, cayeron en un hueco cerca del parque San Juan. Continuaron a pie. Enfrentaron a tiros a un yipi militar. El sargento de la Policía Gerónimo Suárez Camejo fue aniquilado. Escaparon en diferentes direcciones.

Ninguno de los asaltantes cayó directamente en la acción. Pero el general Batista, prepotente, ordenó matar a diez revolucionarios por cada uno de los militares muertos durante la jornada. Los sicarios obedecieron. Tenían sed de galones y prebendas.

EN TIERRA GUERRERA

De nuevo el escenario de la batalla redentora era Oriente. Pero, llamativamente, la inmensa mayoría de los participantes en los asaltos de Bayamo y Santiago procedían en su mayoría de la capital del país. La razón obedecía a la profunda discreción con que había sido trazado el plan.

Al frente de la nueva generación de libertadores se encontraba el abogado Fidel Castro, quien junto a otros jóvenes contaba ya con un programa para la lucha armada.

Desde principios de abril de 1953, y en compañía de Raúl Martínez, Fidel contactó a Renato Guitart en Santiago; en Palma Soriano, a Pedro Celestino Aguilera, y en Jiguaní, a los mineros de las canteras de manganeso de Charco Redondo.

Renato Guitart estableció contacto en Bayamo con viejos conocidos de su etapa estudiantil. Bajo la cobertura de un negocio de venta de aves se conseguirían una máquina de alquiler, cheques y albergue para la tropa.

El Gran Casino, un modesto hotel enclavado en las esquinas de las calles Santa Lucía y General García, fue el escogido. La ubicación, a unas pocas cuadras del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, lo convertía en el más apropiado. Su dueño era Juan Manuel Martínez, conocido como Nené.

Sobre aquella fugaz estancia, Martínez rememoraría: «Daba gusto tratarlos, pues eran jóvenes muy amables. En mi casa les ofrecí café. El tema de conversación era los pollos. Por cierto, una noche fui al cine con uno de ellos».

LA LLEGADA

Los primeros en arribar a la Ciudad Monumento, el 25 de julio de 1953, fueron Ramiro Sánchez y Rolando Rodríguez, quienes condujeron el armamento por ferrocarril.

Eran fusiles calibre 22, escopetas calibre 12 y 16 y algunas pistolas y revólveres. «Nos recibió Gerardo Pérez-Puelles y otro individuo, que conducía un yipi verde».

Fidel había designado como jefe del comando de Bayamo a Raúl Martínez. Para ello movilizó a 25 jóvenes, principalmente de las células habaneras de Coco Solo y la Plaza del Vapor.

Para no atraer la atención sobre el hospedaje, Raúl Martínez orientó que pasearan por la ciudad hasta pasadas las nueve de la noche.

FIDEL EN BAYAMO

«Un momento importante en los preparativos del asalto fue la llegada de Fidel al Gran Casino, cuando iba rumbo a Santiago de Cuba», expresa la historiadora Vivian Infante Aldama, directora del actual Parque Museo Ñico López, antiguo cuartel Céspedes.

«Arribó a las ocho de la noche, en un Buick conducido por el palmero Teodulio Mitchell. Detuvo el auto frente a la cafetería La Cubana, a unos 80 metros de donde se hospedaban los hombres».

Todo parece indicar que recorrió la ciudad. En su testimonio, el combatiente Antonio Darío López apunta que vio a Fidel en una cafetería ubicada frente al bar donde se encontraba junto a otros de sus compañeros. Pero no hablaron con él.

«A la reunión solo acudieron los jefes de grupo. Fidel reveló finalmente los pormenores de la acción. Se sincronizaron los relojes de pulsera para que el ataque fuera simultáneo con el del Moncada. A las cinco y quince de la madrugada», acota la museóloga.

La estrategia consistía en impedir el paso de refuerzos hacia Santiago de Cuba, especialmente desde Holguín y Manzanillo. Para lograr tales objetivos serían volados los puentes del río Cauto, en específico el de Cauto Cristo y el de Bayamo, misión confiada a los mineros de Charco Redondo.

TENSIÓN EN EL HOSPEDAJE

El plan era sencillo. Elio Rosete, conocido por algunos militares del cuartel, se dirigiría hasta la posta principal acompañado de los hermanos Raúl y Mario Martínez, quienes vestirían uniformes de sargento.

El bayamés debía informar que los «militares» eran unos conocidos suyos, de regreso de los carnavales de Santiago de Cuba, y que necesitaban un sitio donde pasar la noche. Una vez dentro, los jóvenes procederían a neutralizar la posta, facilitando así la ocupación por el resto del grupo.

A medianoche el comando se concentró en el Gran Casino. Elio Rosete solicita hacer una gestión particular. Las horas pasaron. No regresó. Otros cuatro que habían abandonado el Gran Casino tampoco retornaron.

El temor por una supuesta delación obligó a los jefes a variar el plan. En vez de penetrar por la posta principal de la fortaleza lo harían todos por el fondo.

Se entregaron las armas y se vistieron con los uniformes amarillos, similares a los de la rural. Ñico López, visiblemente emocionado, hizo una última solicitud: cantar el Himno Nacional, pero solo mentalmente.

«Todos los compañeros —puntualiza Ramiro Sánchez— se sentían exaltados ante la inminencia de la acción, pero nadie pensaba que habría problemas. Estábamos convencidos de que íbamos a una cosa segura. Una vez tomado el cuartel yo tenía que ir con Aguilera a recoger a los mineros de Charco Redondo para volar los puentes».

La mayoría de los 21 combatientes partieron en cinco carros y el resto a pie. Solo uno se negó a participar.

BAYAMO SOLIDARIA

Varias son las historias que revelan no solo la solidaridad, sino la valentía del pueblo por el apoyo que ofreció a los asaltantes aquellos días.

«Yo tenía 18, pero aún me acuerdo», expresa Ruth Corona, maestra jubilada de 82 años de edad, quien todavía vive a unos pocos metros de lo que fue el cuartel.

«Nos despertamos con los tiros. De pronto sentimos unos cuerpos caer dentro del zaguán de la casa. Eran tres y venían vestidos con el caqui amarillo de la Guardia Rural», rememora.

«Uno dijo: “Tuvimos que pelear con unos presos que se escaparon”. Estaban sudorosos. Al que había hablado le faltaba un zapato. José, mi papá, les encajó la vista y les dijo: “¿Presos que se han escapado? Ustedes son unos locos”».

El medio descalzo era Pedro Aguilera. También estaba Agustín Díaz Cartaya, autor de la Marcha del 26 de Julio. Permanecieron en la casa cerca de una hora y media.

La familia les ofreció ropas limpias y zapatos de José. Después que se retiraron, todos se pusieron en función de desaparecer las pertenencias. «Anduvimos rápido, porque el Ejército llegó y arrestó a mi padre y a mis tres hermanos, Joel, Odonel y David. Los soltaron, pero tuvimos que mudarnos», comenta Ruth.

«Fueron días terribles. Como el fondo daba al cuartel, todos los días se oían los gritos de los torturados. Una tarde escuchamos clarito cuando un joven gritó: “¡Yo no soy cucaracha. Si quieren acaben ya!”». Se trataba de Mario Martínez Arará, a quien los esbirros asesinaron de un disparo en la cabeza.

Por su parte, los hermanos Fernando y Ana Beatriz Viñas Pardo, quienes entonces residían en la finca El Almirante, rememoran un pasaje similar.

«Los vimos salir de los yerbazales. Uno venía herido en un muslo —dice Ana, quien tenía entonces 18 años—. Era Raúl Martínez y nos explicó que habían tenido un enfrentamiento con la Rural».

Aquello resultó extraño, pero en la familia nadie dijo nada. Fernando Viñas Batista mandó a buscar medicinas a Bayamo. Detuvieron la hemorragia del herido con hojas de yamagua y los escondieron en el monte.

Pese a que Fernando contaba con solo cinco años de edad, aún recuerda las historias que le hacía frecuentemente su viejo. «Con los rebeldes todavía en la casa, llegó un vecino para comentarle que había movimiento de la Rural.

«Por mediación de un amigo de papá, Juan Pardo, cruzaron el río Bayamo hasta la finca de los Boada. Allí el mayoral Mario Torné los cuidó y luego los puso en la ruta de Manzanillo. Los uniformes se quedaron en nuestra casa y los quemamos. Arará le dejó a papi un Colt 38», precisa Fernando.

Lo cierto es que fueron afortunados. Si ese día los rebeldes hubiesen tomado el lado izquierdo del río habrían llegado a la finca de un hombre que les daba comida a los caballos de la Rural.

En otro testimonio ofrecido por Juan Olazábal Garcés, este expresa: «Cuando oí el tiroteo salí a la calle a ver qué pasaba. Me encontré a dos jóvenes gritando que ellos habían venido a combatir a la tiranía. Uno era Enrique Cámara. Su actitud me impresionó. Los conduje hasta un camión y le pedí al chofer que los llevara para casa de un amigo en Holguín.

«El carro se quedó sin gasolina, pero el chofer no los abandonó y los condujo hasta la finca Sabana Nueva. También me llevé al asaltante Adalberto Ruanes para mi casa. Pasó por la casa de varias familias de Bayamo antes de ser conducido a La Habana».

LA REPRESIÓN

El baño de sangre en Bayamo lo dirigió el teniente Juan Antonio Roselló Pando, jefe del cuartel de Bayamo. Lo secundaron el sargento Buenaventura Capote Fajardo y una soldadesca ávida de «méritos».

Sentado en un sillón en la sala de su casa, Rolando Avello Vidal, de 82 años de edad y fotógrafo por más de cuatro décadas, aún hoy se estremece ante el horror de lo que sus ojos azules vieron aquel día.

«Me mandaron a buscar del Juzgado Municipal. A las nueve de la mañana del 27 me trasladaron en un yipi del Ejército rumbo a la carretera de Holguín. Llegamos a un potrero cerca de la finca Ceja de Limones. Pregunté si lo que íbamos a retratar era el hierbazal y uno me dijo: «Hierbas no, muertos».

«Algunos cuerpos estaban muy desfigurados. Con mucha sangre seca sobre la ropa. Me alarmé. Dijeron que había habido una batalla. Pero nadie podía creerse eso. Sencillamente porque se veía que habían acomodado los cadáveres. No había armas, ni casquillos. Los impactos eran todos en puntos muy sensibles».

Sus fotografías se publicaron en los principales medios de la época. Todos los combatientes que fueron apresados fueron dados por el Ejército como bajas del combate.

VICTORIA MORAL

Aún cuando en el plano militar la operación resultó ser un fracaso, desde el punto de vista político y patriótico resultó una gran victoria.

Después de aquel 26 de julio el pueblo cubano comprendería cada vez mejor que la única esperanza posible, el único camino para poder acabar con el régimen de oprobio del general Batista era la lucha armada.

En las tumbas que hoy se levantan en los cementerios de Bayamo y Veguitas nunca faltan flores. Manos anónimas de gente de pueblo siempre las depositan. En especial un día como hoy.

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