Horno

Fragmentos de la Edición Especial del libro Todo el tiempo de los cedros, actualmente en preparación

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Ilustración: Kcho y Rancaño Toda la luz del monte ardía cobijándose en el pequeño volcán de leña, paja y tierra apilada que era el horno de carbón. Débil al principio apenas asomaba su fulgor pálido y efímero para luego chisporrotear en llamaradas ardorosas, cascabeleras, levantiscas, e insinuantes como fumarolas en lo alto de una montaña. El horno parecía que iba a entrar en erupción a plena claridad de luna o en el fragoroso mediodía de las interminables horas de guarecerlo, velarle las humaredas, y sofocar sus calenturas palmeándole brisas con abanicos de penca para evitar que se consumiera de una sola vez en un golpe de infortunio. El hombre, prendido a la alquimia maravillosa por quince o veinte días con sus noches, debía avivar la llama sin olvidarse un instante del prodigio, pues al final, de la piedra quebradiza y mustia en el color, saldría la luz. No podía permitirse el respiro, el instante, el descuido, el descanso en aquellos infiernos contrastantes de intensos olores a madera recién cortada, aguas de pantano, y salitre de la costa sureña.

«La Revolución es como un horno», pensó el Comandante mientras observaba las manos encallecidas y el rostro cubierto de tizne del hombre bajito y de aspecto huraño que en 1959 al verlo llegar en un aerobote, se dijo para sus adentros, sin dejar de mascar tabaco y con una sonrisa entre labios: «¡coñó, si parece que Fidel bajó del cielo».

Ahora, el carbonero hablaba y brindaba una colada de café endulzado con miel y preparado al fuego de un mechero de keroseno, y mientras tanto, a Fidel seguía dándole vueltas en la cabeza la maravillosa coincidencia. La Revolución era un horno en que se fraguaba la claridad contra el desabrigo. En el horno se hacía el sueño, la maravilla.

El Comandante se ajustó sus espejuelos de carey y miró en derredor con detenimiento, parecía como si deseara abarcar el entorno de una sola ojeada. Hurgó en el bolsillo de su camisa cargado de papeles. Su estampa mostraba también atiborrados, los bolsillos de sus pantalones de campaña y de alguna manera, estos eran expresión de sus pensamientos, de los mil y un asuntos que acaparaban su atención y desvelos y le obligaban a no pegar los ojos no más que en breves intervalos fugaces. Su ventaja era que conseguía dormir profundamente con una lasitud densa, abrupta y reparadora. Le bastaban unos minutos de reposo para recuperar todos los ímpetus y volver con bríos renovados a la batalla eterna. Llevaba un archivo en el uniforme si los rigores de su vida en perenne viaje de uno a otro extremo del país, su espíritu emprendedor en pos de los olvidados y su pasión de hacer no le permitían tregua y le obligaban a tener a mano lo más urgente, lo prioritario. Desplegó los planos, mapas y apuntes que llevaba consigo y los repasó uno por uno concienzudamente; comprobó que la idea iba ganando espesuras, secando lodazales, abriendo camino a puras zancadas. Se había propuesto desterrar de aquellos parajes de manglares exuberantes, bosques espesos y ciénagas infinitas donde se habían hundido por años y años sin consuelo, las vidas de los pobladores nunca bien vividas, ni siquiera al morir, porque los muertos de por allí, a falta de hacienda para una bendita sepultura, los enterraban en los patios de las casas y el día menos pensado los puercos jíbaros o las lluvias sacaban los despojos a flor de arrecife convirtiéndolos en aparecidos a quienes aullaban los perros en medio de la noche.

Quemante, el humillo del horno molestaba en los ojos, cortaba el frío de la amanecida y traía una cálida sensación de refugio. Olía a casa campesina y ese era un aroma entrañable para Fidel. Además, no olvidaba que había sido precisamente otro carbonero, el guajiro Ángel Pérez quien primero los ayudó tras el desembarco por Los Cayuelos; a pesar de la precariedad de sus provisiones, les brindó agua, comida y sombra bajo la techumbre endeble de su choza de guano en el invierno de 1956.

Volvían a su pensamiento los tiempos de la Sierra, la idea firme de que todo debía ser cambiado y el camino abrupto recorrido desde el triunfo de enero de 1959 hasta este 28 de diciembre de 1962, fin de año en aparente quietud tras la tormenta, tras la crisis de los misiles en octubre. Habían sido semanas de decisiones tremendas, en especial las del año que concluía, cuando se habían desbordado los diques de la tensión y fue cierto el peligro de una conflagración mundial, y en medio de las turbulencias, Cuba persistiendo en su derecho y su dignidad y su convicción de servicio a los pueblos del mundo, dispuesta a luchar y a morir con honor bajo el peligro más grande que se haya cernido jamás sobre país alguno en la historia. Escritas con la reciedumbre de los árboles centenarios que afincan con hidalguía sus raíces en la tierra propia, quedarían para la historia las cartas escritas por Fidel a Jruschov en aquellos que el Comandante Che Guevara llamara después, luminosos y tristes días de la Crisis del Caribe.

A principios de ese mes de diciembre de 1962, Fidel había regresado a la Sierra Maestra en otro viaje a los lugares de los tiempos de la guerra, ya una vez, había dicho que: «cuando quiera buscar fuerzas vendré a Oriente…». Quizás por eso estaba de regreso a las montañas cada cierto tiempo y porque ofrecer a los pobladores del lomerío todo merecimiento y gratitud le parecía poco. Su espíritu se ensanchaba en la naturaleza agreste de la serranía, se agitaba y entusiasmaba mientras hundía sus botas en el fango y obraba para beneficio de la gente virtuosa y humildísima de quebrados confines. Ascendía de nuevo las cumbres y compartía con los habitantes de las escarpadas laderas o los hondones sus sueños de plantar árboles, abrir caminos, calzar a los campesinos y en especial, a los niños del lomerío, pagar mejor la producción agrícola a los sembradores, llevar médicos y maestros a lo intrincado y cuidar del desgaste a la tierra y los bosques. Lo que hacía lo llenaba de felicidad, algo que Celia apreciaba en silencio admirado. Fidel amanecía con un sorbo de café y se iba cuando aún no se había disipado la niebla al ascenso de la cordillera con paso ligero y muy difícil de seguir por quienes le acompañaban, mientras le oían silbar el «vals de las olas» y recordar que a una maestra muy trabajadora de la Gran Piedra, había que regalarle un caballo para evitarle largos trechos a pie hasta su escuelita rural. Avistaba como una esplendidez los arroyitos despeñados de las cumbres, con sus cristalinas aguas rodando sobre las chinas pelonas. Muchas veces, al final de la caminata, se recogía hasta las rodillas los pantalones y refrescaba los pies en los afluentes tímidos y gentiles de aquellas jornadas, convertidos en bravíos torrentes durante aciclonados días. En los reiterados periplos por la Sierra evocaba invariablemente su niñez en Birán y aquella mudada previsora de una tarde de huracán a la pequeña pero en tierra firme, casa de la abuelita, por si los vientos arrancaban de un solo cuajo a la casona grande asentada sobre los horcones de caguairán. Se temía que las rachas levantaran la casa en peso, arremolinadas en el sótano donde siempre dormían los animales. La probabilidad de que la casa se alzara como un papalote fue algo que quedó grabado en su memoria con la misma nitidez con que recordaba la proeza de los aviadores Barberán y Collar, los primeros en cruzar desde Europa, el Atlántico, y que desaparecieron en la segunda parte de su expedición aérea en el afán de llegar a territorio mexicano. Allá, en el pueblito de sus recuerdos, la gente levantaba los ojos al cielo y decían: «por aquí pasaron Barberán y Collar». Solo tuvo idea de la inmensidad en que se habían perdido cuando salió fuera de la Bahía de Santiago de Cuba y alzó la vista a lo infinito.

El Comandante percibía con deleite el rumoreo del follaje en las copas de los árboles, la humedad de las hojas que van tornándose polvo en el suelo, el insípido olor del musgo y el súbito revoloteo de los pájaros al escuchar un disparo de su fusil automático. También pensaba en Lina, su mamá, que acogió su decisión anunciada desde diciembre del 58, de repartir entre los campesinos, la mayor parte de las tierras de la finca Manacas y los terrenos arrendados en los Pinares de Mayarí, una propiedad a cuya bonanza habían dedicado sus vidas ella y don Ángel, con esmero propio de humildes en el trabajo. El periódico Revolución publicó la noticia el 24 de junio de 1960 con un titular al pie de la primera plana: «Reparten tierras de la familia de Fidel». Luego, la información, fechada en Santiago de Cuba, abundaba: «Miles de campesinos se reunieron en la hacienda Sevilla (Sabanilla) de Birán, donde se procedió a la entrega de 202 títulos de propiedad de la tierra a residentes de esa hacienda que fue propiedad de la familia Castro Ruz. Desde horas tempranas grandes contingentes de campesinos de las zonas rurales de Marcané, Mayarí, Sagua, Preston y San Germán llegaron a la hacienda enarbolando banderas cubanas, portando sus machetes y tocados con sus sombreros de yarey, para asistir al emocionante acto».

De vuelta a la capital, enfundado en su ímpetu aún estudiantil, charló largamente con los alumnos de la Universidad de La Habana, reunidos para agasajar a los más destacados del año y a los atletas sobresalientes. A la semana siguiente, el 21 de diciembre, sostuvo conversaciones con el abogado norteamericano James Donovan, encargado de negociar con el Gobierno Revolucionario de Cuba el pago de la indemnización de unos 63 millones de dólares, impuesta por el Tribunal Revolucionario a los invasores de Playa Girón. El acuerdo resultó satisfactorio, la indemnización sería satisfecha en seis meses, y liquidado su importe en medicinas, equipos médicos y alimentos para niños. El 23 de diciembre, al visitar en el Puerto de La Habana el buque de bandera estadounidense African Pilot, Fidel inspeccionó la mercancía que la Cruz Roja norteamericana traía a Cuba, en las bodegas de la embarcación. El Capitán y los tripulantes del buque se esmeraron como anfitriones y Fidel reciprocó la amabilidad con la invitación que les hiciera a Finca Vigía, en San Francisco de Paula, a la casa del escritor norteamericano Ernest Hemingway, amigo entrañable de la Revolución Cubana y su líder, el Dr. Fidel Castro Ruz. La casa principal, rodeada del follaje del archipiélago, disponía a su vez de un mirador o pequeña buhardilla desde donde Hemingway, cuando la habitaba, alcanzaba con la mirada, los techos de La Habana y en la lejanía, el bosque de mástiles del puerto, mientras detenía los dedos sobre el teclado de la máquina —seguramente una de aquellas Underwood de sonido quejumbroso— y ascendía leve el humo de su pipa, desmesuradamente desbordada de picadura de tabaco Habano. Las volutas cobraban formas nítidamente definidas para desvanecerse pronto y en ese intervalo breve y subyugante envolvían la imaginación, mordían los pensamientos, embriagaban los sentidos, sugerían una metáfora, suscitaban evocaciones o revelaban palabras sorprendentes e insólitas. Hemingway entonces bajaba la mirada y continuaba tecleando con premura. Nadie lo habría pensado nunca reclinado en la poltrona de su casa y aún menos, en el instante de anotar estricta y diariamente el número de palabras escritas, en el espacio reducido de aquella habitación apacible. Su renombre no se enfundaba en tediosos crepúsculos porque se le reconocía entre los cronistas agolpados en las graderías de las plazas de toros, en las turbulencias de navegaciones y en la seducción que las insomnes, soberbias y perdurables nieves del Kilimanjaro ejercían en los cazadores de sueños y aventuras, pero sobre todo porque Hemingway era el mito de los corresponsales de guerra, la figura de esos escritores de noticias y narraciones que confirmaban y probaban cada uno de sus textos en su propia piel, en el silencio o el estruendo en las trincheras, la pólvora como nubes en el frente, la desventura, el miedo, las reacciones humanas en el límite de la tragedia, el dolor y la comprensión o el desconcierto de la guerra. Allí, en Finca Vigía, el escritor concebía las historias reales de su vida —aquellas en que a cada horror, a cada muerte, la humanidad se disminuía y las campanas doblaban en un lamento por todos—, como fantasías de una imaginación profusa y delirante, con la compleja sencillez de los textos pensados, trabajados, pulidos, ponderados y rumiados otra vez y otra, sintetizados hasta lo imposible; con la lluvia o la seca, el calor o el frío, la calma o la tormenta, la nitidez o la bruma en el inventario de los sucedidos y de los sentimientos narrados o descifrados en páginas enigmáticas a las que Hemingway restaba cualquier simbolismo como para que los incautos le creyeran. No por casualidad era escritor preferido de Fidel. Con el libro Por quién doblan las campanas, el Comandante vivió como propia la vida y la psicología de quienes luchaban detrás de la línea del enemigo, en la retaguardia de una guerra civil, la de la República Española. Sus ojos avanzaban por lo narrado como si lo hiciesen por entre el bosque de pinos, donde Robert Jordan, inutilizado por la fractura del hueso de la pierna izquierda, meditaba su final de combate al apoyar los codos y la ametralladora en un tronco de árbol. El Comandante podía repetir de memoria todo lo que el protagonista de la novela pensaba en el instante crucial: «He estado combatiendo desde hace un año por cosas en las que creo. Si vencemos aquí, venceremos en todas partes. El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él, y siento mucho tener que dejarlo. Has tenido mucha suerte —se dijo a sí mismo— por haber llevado una vida tan buena. Has llevado una vida tan buena como la del abuelo, aunque no haya sido tan larga. Has llevado una vida tan buena como pueda ser la vida gracias a estos últimos días». De la guerra civil española había leído Fidel todas las noticias, pero allí, en la novela de Hemingway, conoció cómo los guerrilleros arrebataban las armas a sus adversarios y, definitivamente percibió el espíritu de la contienda.

Fidel y Hemingway —o Papa como también le llamaban los amigos— se conocieron el domingo 15 de mayo de 1960, cuando Hemingway —recién llegado en su yate El Pilar e investido de su bien fundada aureola de experto en las artes de la pesca y las travesías marítimas—, entregó a Fidel la copa de plata como máximo acumulador del torneo de la aguja en la entonces Marina Barlovento, en un encuentro que propiciaron Baudilio Castellanos (Bilito), Jesús Montané y Manuel Bel (Blacaman), viejo pescador del Miramar Yatch Club. Fidel navegó durante la competencia en el yate Cristal junto a Che. Ambos conversaban mientras sostenían las cañas de pescar en una foto de Korda. La imagen parece ondear con la melena de Che. Korda les observó durante largo rato y luego vio a Che retratar a Fidel con su cámara Contax, mientras el Comandante persistía, con las manos ensangrentadas, en el afán de pescar agujas.

Hemingway y Fidel intercambiaron su mutua admiración con palabras y un estrechón de manos. Con los dos corpulentos seres como almas gemelas, el romanticismo alzaba vuelo. Un amigo del norteamericano aseguraría después que al entregarle el premio a Fidel, Hemingway dijo: «Tal vez usted sea un novato en la pesca, pero ya es un pescador afortunado».

Tennessee Williams, otro grande de las letras norteamericanas, había recorrido La Habana, un jueves abrileño del 59, y escuetamente expresó su impresión de lo vivido al conocer a Fidel: «Es un hombre formidable. Muy bien parecido. Da una sensación de fuerza interior y exterior. Muy convincente hombre. Me impresionó mucho. También conocí a Hemingway, un viejo venerable, un gran carácter. También me pareció de gran fuerza interna. Me habló muy bien de la Revolución, me dijo: “Es la más linda Revolución que he visto”». Tennessee, nacido en el mítico Missisippi de 1911, había borrado con su poética la noción de las lejanías geográficas al decir que «el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares». Tras ser fogonero, limpiabotas, y lavaplatos, escribía piezas dramáticas recurrentemente representadas por pequeños teatros de pueblitos casi olvidados hasta que al fin llegó a las tablas, como a una estación de fin de viaje, su inolvidable Un tranvía llamado deseo.

Pero lo que el líder revolucionario aún no conocía en los últimos días del 62, cuando invitó a la tripulación del African Pilot a la casa del viejo Hemingway, entonces ya desaparecido, y muy probablemente tampoco James Donovan, era que la Central de Inteligencia de los Estados Unidos había urdido un plan para asesinar al Comandante cuando el abogado norteamericano le regalara, un traje isotérmico de buceo, que al ponérselo le transmitiría una enfermedad mortal. Muchos años después el intento de involucrar al jurista en el atentado, fue develado por la Comisión Church. A pesar de la información publicada, el Gobierno de los Estados Unidos nunca pronunció la más leve disculpa y mucho menos una sola palabra de arrepentimiento. Tampoco lo haría a lo largo de décadas y con los más de 600 intentos de atentado, que con obstinación feroz continuaría promoviendo, sin pensar en un final para ese propósito maldito.

Pero esa realidad era todavía desconocida el día de recorrer los canalizos de la Ciénaga de Zapata casi al final de 1962, cuando Fidel se dispuso a abrir el Festival del Carbón como una fiesta de iluminaciones. Recordó la primera vez que estuvo en el paisaje pantanoso de esta zona del sur de la Isla, donde las tembladeras, los mosquitos y el peligro de los cocodrilos hacían más inhóspita la vida de los hombres y mujeres en la soledad y el silencio. La gente lo rodeaba mientras adelantaba sus pasos agigantados. Su corpulencia destacaba entre todos y su desaliño adorable, porque era prueba de que no acomodaba su estirpe a las oficinas o las formalidades protocolarias tradicionales en un premier.

Fidel iba hasta allá con frecuencia. Una de sus primeras visitas quedó registrada por un periodista al escribir el testimonio de un deportista y pescador de Arizona, quien viajó como turista a Cuba, para ir de pesquería a La Laguna del Tesoro. El recuento fue publicado entonces en el diario Miami News y más tarde en el periódico Revolución del lunes 9 de abril de 1959.

Fidel Castro, todavía llevando el pelo largo y tupida barba ahora simbólicos de la libertad de Cuba, estaba sentado en el asiento del medio de nuestro bote de pesquería. Tenía una ametralladora sobre sus piernas. Estábamos navegando sobre la cristalina Laguna del Tesoro en Cuba, en dirección a lugares de la Laguna famosos por su gran número de lobinas. A cada rato, Castro se paraba en el bote y desbarataba mis nervios y el ruido monótono del motor con el agudo disparo de su ametralladora. Principalmente le tiraba a las agujas, fácilmente visibles en el agua clara. A veces le tiraba a los patos. Nunca falló. Veinticinco años de caza y pesca nos producen compañeros extraordinarios a cualquier deportista. Pero esta sociedad de pesca de tres días pertenece a la clase de aventuras únicas en el mundo. (…).

Hicimos el viaje de 90 millas hasta uno de los pantanos más desolados de Cuba por automóvil, tren y avión. Llegamos al campamento Dyer, una estructura flotante de dos cabañas, al mediodía del martes 23 de marzo. Unos minutos más tarde, cuando salimos de los aviones acuáticos estábamos en lanchas de motor, dirigiéndonos hacia donde abundan las lobinas.

Al amanecer de la mañana siguiente —el miércoles— salimos otra vez. El apetito que yo había logrado bajo el caliente sol de la mañana, desapareció al llegar al campamento al mediodía.

Allí, en traje completo de campaña y bien armados, había alrededor de una docena de soldados cubanos. Llevaban barbas y pelo largo, siguiendo el padrón de las fotografías que hemos visto tanto estos últimos meses. (…).

Entonces, Dyer, que se había quedado en el campamento, apareció en la puerta de la cabaña. Su amplia sonrisa calmó mi miedo momentáneamente, pero me pregunté: ¿podrían estos soldados armados ser amigos nuestros?

Amarramos el bote, nos bajamos y entramos a la cocina. Allí, sentado a la mesa, estaba la persona a quien menos esperaba yo ver en este lugar tan apartado —el campeón barbudo del pueblo cubano—, Fidel Castro.

Una rápida conversación en español fue interrumpida abruptamente cuando Dyer nos presentó. Ya mi sorpresa había sido sustituida por tranquilidad.

Los cubanos habían traído equipos para acampar, pero, debido a la insistencia de Dyer se hospedaron con nosotros. Nuestra cabaña había sido construida para acomodar a ocho, pero en los tres días siguientes, durmieron 16.

Un guardia armado estaba parado a pocos pies de la cama de Castro. Cada cuatro horas lo sustituía un nuevo guardia.

El equipo de pesquería para el grupo completo de cubanos consistía en dos líneas de 75 libras. No tenían cañas ni carretes de ningún tipo.

Poco después de la llegada de los cubanos, tratamos de enseñar a Castro y algunos de los de su grupo a pescar desde el muelle con las cañas usuales.

Trataron de hacerlo e inmediatamente lo hicieron con facilidad y algún grado de exactitud. Castro sonreía con deleite al tirar a bastante distancia en el agua.

«¡Miren! Sin enredarlo», —exclamó.

«¿Voy de pesquería con ustedes mañana?», —preguntó Castro.

Mañana hubiera estado muy bien pero no esperamos. Después de almuerzo, Castro, Fidel Jr., el guía cubano, (…) y yo, todos subimos a un bote de pesca de 16 pies, de aluminio.

Nuestro guía arrancó el motor y estábamos en camino. Me viré de mi asiento para tomar una fotografía del grupo. Nunca olvidaré al hombre barbudo que obtuvo la fama como rebelde cubano.

Sujetaba un tabaco a medio fumar firmemente con sus dientes. Tenía la cabeza descubierta bajo el sofocante sol de la tarde. Su cara tostada por el sol se veía casi sin expresión detrás de su barba y bigote.

Cuando llegamos al lugar donde abundan las lobinas, Castro seleccionó un gusano de plástico entre nuestras enredadas cajas de carnada.

Yo lo amarré y él lo lanzó, tan expertamente como si hubiera estado usando carnada artificial durante años.

No dudarán de esto si alguna vez han pescado en la Laguna del Tesoro: una lobina mordió firmemente su primera carnada. «Cogiste uno», grité, probablemente mostrando más entusiasmo que el mismo Castro.

Se movió hacia atrás con determinación, y por un momento pensé que iba a romper la caña.

Cuando el pez se acercó al barco, alargué la mano, agarré su línea, y extraje una lobina de unas dos libras y media.

Castro sonrió con aprobación. Pero perdió poco tiempo en admirarlo. Antes de que yo pudiera colocarlo, en algún lugar, ya había colocado otra carnada.

Unos minutos más tarde ya había pescado otra lobina, esta vez manejando todo el equipo sin problema. Habiendo visto por lo menos cien de este tamaño el martes, y teniendo confianza de que Castro vería por lo menos tantos en los próximos dos días, tiré este pescadito al agua.

Hubiera ocasionado una reacción más suave si hubiera tirado al propio Castro al agua. Casi se tiró detrás del pescado. Dijo algo en español, aparentemente dirigiéndose a todos.

«Se va a quedar con todos los peces que coja», nos dijo el guía.

Durante dos días estuvo de pie en el bote casi todo el tiempo, constantemente pescando. Desde luego, que su entretenimiento con la ametralladora rompía la rutina de cuando en cuando.

Nunca fallaba cuando su objetivo estaba a una distancia razonable. Y una distancia razonable para Castro está fuera del alcance del tirador normal.

Cuando regresamos al campamento, el miércoles por la tarde, Castro se paró a varios cientos de pies del muelle. Exhibió las 40 lobinas que había pescado y saludó con deleite a los cubanos de su grupo que lo esperaban.

Dyer tenía gruesos «T-bone steaks», muchos, esperando para ser cocinados sobre carbón. Pero Castro había pensado comer pescado. Freímos el pescado.

Los escritores han predicado durante largo tiempo que uno llega a conocer a un hombre mejor, pescando con él, que en ninguna otra forma de compañerismo. Debe ser así.

Este es el Fidel Castro con quien vivimos, a quien respetamos y a quien nos agradó conocer: es un hombre dedicado con fervor al pueblo cubano. Contraria a cualquier idea que yo haya podido tener sobre Castro como un fiero guerrillero, lo encontré de carácter gentil, inteligente y bien educado.

Castro tuvo cuidado al hacer un paralelo entre el movimiento que dirigió y las revueltas que ocupan lugares prominentes en nuestros libros de historia. «Estoy pensando ahora en sus Peregrinis», dijo. «Ellos también buscaban la libertad». Me contó las atrocidades cometidas por los compinches de Batista, las cuales, en palabras de Castro, «hacen que las torturas alemanas de la Segunda Guerra Mundial parezcan simples bromas».

Pescamos en aguas llanas, con muchas plantas, y cerca de pantanos. Un número de veces incontable, ató carnadas algunas de las cuales pudimos recuperar, otras las perdimos. Pero el nerviosismo y malas palabras tan comunes al pescador americano bajo las mismas condiciones, no estaban presentes en este hombre.

Son esta misma paciencia y determinación, según creo, unidos a una útil ametralladora y una vista aguda, las que han ayudado a transformar al guerrillero de montañas Fidel Castro en el Primer Ministro de su país. Y en un experto de pesca, también.

El helicóptero en que había viajado Fidel en marzo de 1959 a lo profundo de la Ciénaga dio primero numerosas vueltas en el aire e intentó en varias oportunidades aterrizar en los fanguizales sin conseguirlo por el peligro de hundirse, hasta que los vecinos del lugar colocaron gruesos troncos de árbol sobre los que, finalmente con éxito, se posó el aparato. Allí mismo Fidel desplegó las cartografías de la región para delinear hasta los confines de la costa dos carreteras: una desde el central Australia y otra desde el poblado de Aguada de Pasajeros, como dos ríos fluyendo hacia la desembocadura en el mar del sur, por entre canales y cayos poblados de júcaro y llana, árboles frondosos con que los cienagueros edificaban los hornos. Era la posibilidad de llevar hasta esas zonas apartadas por lo inaccesible, los numerosos planes concebidos como parte de la Reforma Agraria.

Durante los tres años transcurridos desde entonces, Fidel había disfrutado la conversación con la gente, desbordada en imágenes que únicamente alguien con la bondad y la sabiduría de quienes ven extinguirse los días como una brasa a la intemperie pueden soñar. Dicen por allí que «ese hombre va buscando monte toda la vida o que las aguas —al tomarlas— echan raíces en la gente». Los habitantes de la ciénaga pensaban que a Fidel le había crecido dentro todo el bosque desde la primera vez que calmara la sed en alguno de los afluentes del paisaje y que por eso ya nunca más podría apartarse de aquella naturaleza indómita y hermosa. Aún no se explicaban cómo un hombre de talla descomunal podía hablar tan bajo, explicar todo lo mucho que sabía con la claridad de un día despejado. Los guajiros esperaban comprobar su puntería pero no imaginaron nunca oírle hablar de los cultivos con el mismo conocimiento de un sembrador, mencionar las estrellas una por una como si hubiera estado observándolas toda la vida, adelantar las lluvias en un respiro de la madrugada, saber lo que pasaba del otro lado del mundo, país por país, descifrarle al mar inmenso las mareas, trazar rutas de navegación, escribir largo y pronto todos sus pensamientos, recitar al vuelo los versos de un poema de amor, preludiar los altibajos de las economías, escoger como un viejo sabio, las mejores semillas y saber todo sobre todos los tiempos —incluso los aún no sucedidos—, para luego contar en interminables conversaciones compartidas con un pequeño grupo o una multitud enfebrecida y absorta. Para ellos, él era un universo.

Fidel meditaba mientras la bruma del amanecer iba disipándose el 28 de diciembre de 1962. Este, se decía, debió ser el último lugar por donde el imperialismo se propusiera invadir a Cuba. El terreno, por el difícil acceso, era propicio a sus planes, pero el alma de la gente pertenecía a la Revolución. Fidel, el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, se había convertido para los humildes cienagueros en alguien de la familia a quien podían llegar sin titubeos y era posible encontrar sentado a la mesa rústica un fin de año para despedir el tiempo viejo, con una cena servida en platos de barro. Para entonces ya era una leyenda, inabarcable en su sabiduría, inagotable en su virtud, y perenne en su confianza en el hombre. Para Fidel, la Ciénaga y Playa Girón constituían a esas alturas no solo un lugar entrañable por la naturaleza de su espléndida geografía y la generosidad de sus pobladores, sino también porque era el territorio de la victoria, allí el imperialismo norteamericano había sido derrotado por primera vez en América y todavía era posible percibir el olor de la pólvora y el coraje de los muchachos enfrentados al ataque mercenario con ardor audaz y decisión.

El Comandante recorrió con la memoria lo vivido desde el 1ro. de enero de 1959 desde el mismo momento en que se recibió la noticia de la huida de Batista, del golpe de Estado en La Habana. Los recuerdos permanecían nítidos, con la frescura propia de lo inolvidable y la precisión que confieren los mínimos y trascendentes detalles. Era como si volviera a vivir cada hora, cada paso, mientras sus sueños chisporroteaban en el aire esparcidos en innumerables destellos.

*Fragmentos de la Edición Especial del libro Todo el tiempo de los cedros, actualmente en preparación.

Bibliografía:

—Cronología del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

—Antonio Núñez Jiménez. En Marcha con Fidel. Colección Cuba: La Naturaleza y el Hombre. Ediciones Mec Graphic, Ltd. La Habana, Cuba, 1998.

—Revista Bohemia: Edición de la Libertad, 1959. Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

—Colecciones del periódico Revolución, 1959, 1960, 1961 y 1962. Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

—Rosa Miriam Elizalde. Un mar que une a dos hombres. Juventud Rebelde. 17 de mayo de 2000.

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