Instructores de arte hacen teatro en las montañas

Hasta las zonas de más difícil acceso de Buey Arriba, en la oriental provincia de Granma, llega la Brigada de Instructores de Arte José Martí

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Fotos: Ibrahín Sánchez Carrillo

GRANMA.— Entre tantos picos y montañas que se parecen, uno pregunta: «¿Dónde está?». Y el joven instructor apunta hacia la cordillera. «¿Usted ve esa, la que tiene como unos pinos en la punta? Esa es La Estrella, para allá vamos».

Desde la plaza del poblado de Buey Arriba, donde está la sede de la Brigada de Instructores de Arte José Martí en el municipio, el lomerío se confunde con el cielo y las nubes. Parece que las lomas reposan sobre el horizonte, envueltas en una niebla azul. «Óigame, eso está lejos», se comenta, y el instructor se ríe: «¿Lejos? Ese es el comienzo de la Sierra. Las lomas grandes están mucho después».

Para ir a La Estrella se tiene que subir en auto o en camión, aguantando los apuros, bien despacio, por un camino que se hunde en desfiladeros y vuelve a subir bordeando lomas. «Es facilito, ahorita llegan», dice tranquilamente un campesino, desde el borde de la carretera y con la pierna izquierda doblada sobre la montura de su mulo.

Y el auto sigue trepando, en medio de los quejidos de sus muelles. Atraviesa despacio un túnel hecho por las ramas de los árboles, baja por el lado de una cascada, vuelve a subir con el precipicio por la derecha, y detrás de una colina, en la otra cara del río, aparece La Estrella.

EL CUENTO DE FRESNEDA

De pronto se oye un silbato, y el guajiro le acorta las riendas al mulo. «¡Vengan, señoras y señores, vengan todos, vengan los niños, que aquí está la José Martí!». En el ranchón, el ruido de las fichas de dominó al golpear la mesa se hace más espaciado y el portal de la tienda y el correo comienza a llenarse de personas. «¡Pero vengan, vengan todos, que vamos a empezar!».

En medio de la explanada de tierra, bajo la sombra de los algarrobos, hay una figurita con peluca, sombrero y silbato al cuello. Una niña disfrazada de princesa se mueve entre los montunos haciendo invitaciones. Pero la vista tiene que caer en ese muchacho trepado en zancos.

«Esos teatreros de la José Martí estuvieron en el Día de los Niños», cuenta una mujer de ojos verdes, que se ríe con pena y dice que no cuando le preguntamos el nombre. «Ahora se aparecieron de pronto, hay mucha gente en las fincas; pero el día que anuncian que vienen, esto se llena».

Alexis Suárez Domínguez, obrero agrícola, se recuesta a una de las columnas del portal de la tienda. Cruza los brazos sobre el pecho, mientras observa al grupo de niños. «Parece que la cosa está bien hecha», comenta y se rasca el mentón, sonriente.

Delante se ha formado un coro de niños, que escuchan la historia de la amistad entre el guajiro Fresneda y su corcel, la que escribió Onelio Jorge Cardoso en su cuento Caballo. Los pequeños abren los ojos ante la imitación de los relinchos y se tocan con los codos.

«Cuando los muchachos de la Brigada estuvieron por acá, por el día actuaron con los niños y por la noche para la gente grande», cuenta Alexis. «Ni ellos se imaginan como uno lo agradece. Aquí, al caer la noche, hay poco que ver. Muy poco».

Radamés Lanzo Labrada suelta una risita entre dientes. Está sentado en un banco, bajo los algarrobos. Cruza una pierna encima de la otra y se acomoda en el espaldar, con la cabeza apoyada en la mano. Nos susurra: «Por acá se ven pocas cosas. La vida en la montaña se puede convertir en el trabajo y la casa, aun si tienes el televisor. Por eso la gente, cuando aparecen estos muchachitos, enseguida viene a verlos. Pero, óigame, hay que reírse. Mire a ese de los zancos. ¿No está cómico?».

FRÍO EN EL ESTÓMAGO

Termina la función. De debajo de la peluca sale Eliober Uriarte Cabrera, de 19 años y graduado de la especialidad de Teatro. Yoandry Hernández Batista termina de zafarse los zancos y se pasa la mano por la frente, bañada en sudor. Violena Milanés Delgado —la muchachita vestida de princesa— los ayuda a guardar la guitarra y las acuarelas del maquillaje. Ella no es miembro de la Brigada, sino del grupo de aficionados que los mismos instructores han creado en Buey Arriba. En septiembre comenzará el noveno grado en la ESBU Zenén Mariño.

En medio de la recogida, Yoandry, que es el presidente de la Brigada en el municipio, cuenta: «Una vez tuve que andar como tres horas con estos zancos. ¡Las ampollas que me dejaron! Yo estudié dibujo, no teatro. Pero aquí tienes que aprender de todo. Una vez salimos de gira y el compañero que tenía que subirse en los zancos se enfermó. Tuve que asumir».

«Es que esos palos llaman mucho la atención», aclara Eliober, vicepresidente de la Brigada en la provincia. «Lo más difícil es empezar. Tienes que captar la atención del público. Por eso debes conocer la psicología de las personas para las que vas a actuar. No es lo mismo la gente de aquí arriba, en la montaña, que los que están allá abajo. Si no lo tienes en cuenta, fracasas. Nadie se te acerca».

Hace poco la Brigada de Instructores de Arte José Martí en Buey Arriba concluyó una gira por las montañas. Empezaron el 3 de junio y concluyeron el 1ro. de julio. De ahí les viene gran parte del conocimiento de las lomas, pese a que muchos se criaron en estas.

Uno les pregunta por los poblados que están escondidos entre las montañas y ellos los enumeran a golpe de memoria. También hablan de lo intrincado. Cuentan que por esa parte del lomerío, hay una montaña con un nombre singular: La Saca Lengua. La subieron cuando la gira, en un ZIL 157, que chirriaba y se paraba en medio del terraplén. Recuerda que se apretujaron de miedo en la cama del camión. Pero nadie se bajó.

«Antes de comenzar la subida, les apretamos bien las tuercas a las ruedas del camión», recuerda Yoandry. «¿Y ese ha sido el momento más difícil en la Brigada?», preguntamos, y Eliober y Yoandry se miran. «No», dice Eliober. «Ese fue duro, aunque ya lo dijimos: el caso más serio es empezar»… «Pero no lo parece; se desenvuelven sin problemas».

Los dos se miran con complicidad. Dice Yoandry: «Mire, una vez también tuve que actuar, por la misma causa de los zancos. Tremendo frío tenía en el estómago. Eliober me dijo: “Muchacho, dale, repite seguido ‘yo puedo’, ‘yo puedo’, ‘yo puedo’”. Y mire que lo repetí y qué va: el frío seguía ahí. Al menos me dio impulso. Empecé a declamar y cuando vine a darme cuenta, me toqué la barriga: óigame, estaba entero».

Terminan de recoger las cosas. Camino hacia el auto, los pulóveres se ven manchados por el sudor. «¿Dónde será la próxima actuación?» Eliober se encoge de hombros: «Será dentro de unos días, vamos a ver. A lo mejor nos llegamos a Banco Arriba»… «¿Y eso por qué lado queda?». Eliober achica los ojos, antes de montarse en el carro. «Como a seis kilómetros de aquí», responde. «Por allá arriba, por donde se pierden esas lomas».

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