Cumplen 6 años las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS)

La idea de Fidel  enamoró a muchos. Con ella se abandonarían para siempre las alturas catedráticas del Alma Máter para ir a la única cumbre posible: la humildad del pueblo

Autor:

Yailin Orta Rivera

Foto: Franklin Reyes En más de una ocasión me he sorprendido diciendo que soy estudiante universitaria, cuando ya voy por mi segunda semana como periodista en la redacción de Juventud Rebelde.

El subconsciente me traiciona, porque aunque me entusiasmo con los proyectos de mi nueva vida profesional, todavía no logro desprenderme de los recuerdos, que emergen intensos como el primer día de abrazo a los pies de la escalinata.

Ninguna de las experiencias universitarias me resultó ajena. Las sentí y viví en el terreno, con mochila al hombro censando, apoyando en la reparación de escuelas, y en otro gran número de tareas que audazmente asume la FEU.

Por eso me sentí tentada cuando el editor recordó que este miércoles las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS) cumplen seis años de creadas, y me creció el ánimo para hablar de aquellos primeros días en que se fraguaba esta iniciativa.

Era verano cuando casi 2 000 estudiantes nos disponíamos a arrojar luz sobre los lugares más insospechados de la sociedad cubana.

La nueva obra encomendada por Fidel exigía una gran dosis de responsabilidad y humanismo. Teníamos el privilegio de ser protagonistas de una exploración social sin precedentes, cuyo fin apuntó a indagar en torno a dos temas fundamentales: la educación y la salud.

Cada uno de los integrantes de la brigada creció, no con cifras, sino signados por la vivencia de haber hurgado en profundas sensibilidades; en haber desentrañado importantes aristas de esa gran armazón de individualidades que conforman el pueblo cubano.

Las palabras de Fidel nos alentaban a crear una sociedad absolutamente justa, y hacia ahí apuntaban precisamente nuestras indagaciones.

En esta misión escuchamos, acompañamos y transmitimos los anhelos más apremiantes de los ciudadanos. En cada casa, en cada barrio conocíamos de los niños que no eran bien atendidos por sus padres, de los jóvenes que habían decidido abandonar sus estudios y tampoco trabajaban. Continuamente salían a la luz interesantes temas en aquel primer acercamiento directo a más de 70 000 familias.

Creo que más allá de preocuparnos y ocuparnos de nuestros semejantes, nos convertimos en mejores seres humanos. Sin propósitos lucrativos no nos agotamos de abrirle puertas a esas historias de vida que nos estrujaban el alma.

Me acuerdo hoy de Jorge, aquel pequeño niño de Centro Habana, que ya no tiene tardes grises por la atención y asistencia de los trabajadores sociales, salvado de la marginalidad y la desesperanza.

El trabajo después de aquellos meses de verano del año 2000 se ha multiplicado en significativos proyectos, lo que alienta, más cuando acudes al recuerdo y sientes la satisfacción de sentirte pionera de una hazaña, que se avizoraba interminable desde el principio guevariano de continuar haciendo revolución a través del hombre.

Los datos revelados por nuestras investigaciones en las comunidades fueron motivo de profundas soluciones. El nacimiento de los trabajadores sociales, de los maestros emergentes, el esfuerzo redoblado de los cuadros juveniles en cumplir diversas tareas de corte social vivenció una revolución profundísima en aras de transformar los espacios que como brigadistas descubrimos en aquellos días donde, como reflexionara Fidel, «hacía falta acercar el gigantesco sol del humanismo».

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