Soplado del vidrio, entre la técnica y el arte

Tal vez pocos conozcan que el vaso o la copa de vidrio que se llevan a los labios salieron del soplido de un semejante. Un procedimiento antiquísimo que en Cuba no ha pasado de moda

Autor:

Juventud Rebelde

Luis Carlos observa si la burbuja tiene la forma y el espesor deseados. En un primer plano una pieza que comienza a cobrar vida tras soplar el vidrio. Soplando el vidrio a través de una caña de hierro de más o menos un metro de largo, el hombre descubrió desde tiempos remotos que podía formar vasijas, jarras, búcaros, recipientes de todo tipo, de una belleza que entonces sedujo no solo al comerciante de turno, sino también a dinastías y reinados, a amantes del buen arte y la exclusividad, a coleccionistas y gente de dinero que pagaba para estar a la moda, pero sobre todo a los hacedores de una naciente industria.

Oficio antiquísimo, el soplado surgió durante la segunda mitad del siglo I antes de Cristo. Se descubrió en el Oriente Medio, en la costa fenicia. Se extendió muy rápidamente, convirtiéndose en la manera más revolucionaria de modelar vasijas, hasta el siglo XIX.

Un buen día llegó a Cuba y todavía en pleno siglo XXI el soplador de vidrio o artesano vidriero, como suelen llamar a este obrero de esa industria, da riendas sueltas a su imaginación, apegado al ABC que dio origen al oficio.

«Vasos, copas, búcaros, bombillas, centros de mesa y ceniceros, y lo que a usted se le ocurra, si quisiera un objeto exclusivo, salen de aquí», nos dice el joven Luis Carlos González, soplador A en la Empresa del Vidrio de La Lisa, en Ciudad de La Habana. «Llevo 14 años trabajando aquí. Cuando llegué hice un curso de seis meses como soplador y, desde entonces, nada ni nadie me ha sacado de mi puesto para otro lugar», confiesa orgulloso uno de los tantos que sigue la tradición en la fábrica, única de su tipo en Cuba donde se practica actualmente este arte.

«Sigue siendo un oficio artesanal, en el que los sopladores se someten a altísimas temperaturas», confiesa Luis Carlos. Pero, nada de eso lo ha hecho cambiar de idea ni a él ni a sus compañeros. Y agrega: «Somos 82 obreros en esta línea de soplado y prensado, y como yo, 15. Trabajamos en tres equipos. Como promedio elaboramos 120 piezas por equipo en cada turno».

¿Cuál es el secreto de un oficio tan antiguo?

Cuentan sus practicantes de hoy —y la bibliografía consultada— que el instrumento fundamental para soplar consiste en un tubo o caña de hierro de más o menos un metro de largo, con una boquilla en uno de los extremos. El soplador toma una pequeña cantidad de la pasta vítrea con el extremo de la caña y le da una forma más o menos cilíndrica, haciéndola girar sobre una plancha de hierro colado que, a su vez, la enfría un poco.

Después empieza a soplar a través de la caña hasta formar una burbuja con el espesor deseado. Se moldea. Se recalienta. Siempre junto a la puerta del horno, y de manera constante.

Para obtener formas más refinadas se utilizan herramientas sencillas, como tijeras, pinzas (pucellas) y espátulas, y el artesano suele sentarse en una silla especial para el soplado, con largos posabrazos para poder apoyar la caña de hierro.

«Cuando vemos definido el objeto, se lo entregamos a otros compañeros de la brigada, quienes se ocupan de darle el acabado final al producto, que luego se transporta hasta el horno de recocido, donde se enfría lentamente para eliminar las tensiones que pueden producir roturas», dice Luis Carlos.

LA MÁQUINA ES EL HOMBRE

Soplar el vidrio: ¿oficio, arte o técnica? «Soplando el vidrio» es como se moldean los vasos, las copas, los centros de mesa, entre otros valiosos objetos. Es una labor muy simple cuando se explica, pero muy compleja cuando se realiza, porque «la máquina es el hombre», explica Juan Antonio Hernández, jefe de la Línea de soplado y prensado.

Los sopladores se someten a temperaturas muy altas durante todo el tiempo de trabajo, además de que todo es manual.

«En la zona de trabajo, ilustra Luis Carlos, las temperaturas son de 1 200 grados Celsius, esa es el área donde nos has visto. Mucho más altas son en las zonas de Refinación —1 300— y en la Fundición —1 420. Pero no me molesta, uno se acostumbra. Trabajo con gusto, de verdad».

—¿Oficio, técnica o arte?

—Para mí es un arte. Darle diferentes formas a esa bolita de vidrio al rojo vivo que después se convierte en la copa o el vaso donde las personas beben agua o cerveza, en el búcaro o el cenicero que colocan en la sala de su casa, es algo a través de lo cual me siento realizado.

«Pero también tiene de oficio, es el que me ocupa desde hace 14 años. El hecho de tener que pasar un curso, evidencia que hay una manera precisa de hacerlo, que no es cualquiera el que se lleva la caña a la boca y sopla el vidrio. Así que, además, tiene su técnica. Es un poco de todo».

Los artesanos del vidrio también se sientan en una silla especial para apoyar la caña de hierro. —¿Accidentes?

—¿En 14 años? Los he tenido, por supuesto, pero ninguno grave ni de consideración. Han sido solo quemaduras leves porque me ha saltado un vidrio del horno, pero no más.

—¿No te gustaría hacer otra cosa, donde haya menos calor que aquí?

—No. Nunca he pensado en dejar mi trabajo. Soplar el vidrio es mi vida. Sinceramente, le tengo mucho amor a mi trabajo. Imagínate, yo estoy aquí desde la época del Servicio Militar. ¿Por qué habría de cambiar, si me siento muy bien?

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