Revelan nuevos datos sobre el apoyo al desembarco del Granma

Participantes en los acontecimientos aportan detalles sobre la organización de las operaciones que solo eran del conocimiento de pocos familiares y amigos

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Fotos: Nohema Días Muñoz y Archivo Provincial Brigadier José Gómez Cardoso

Roberto León González. Preparó el croquis para el asalto a la estación de policía. Ciego de Ávila.— A finales de agosto de 1956, Roberto León, uno de los jefes del 26 de Julio en la ciudad de Ciego de Ávila, llegó a Camagüey con las apariencias de un viaje de paseo. Días antes, Gregorio Junco y Lázaro Artola, miembros de la dirección del Movimiento en la entonces provincia camagüeyana, habían contactado con David Salvador Manso, coordinador del 26 en el término municipal de Ciego de Ávila, para conocer de los preparativos que allí se hacían en apoyo al desembarco del Granma.

En la reunión participaron otros dirigentes de la organización en la localidad y en la misma se analizaron varios planes, aunque existía un obstáculo mayor: en el municipio no se contaba con armas para un levantamiento. Al terminarse el encuentro, Roberto León recibió la orden de viajar de inmediato a Camagüey.

Allí, en la calle República, León se entrevistó con Badito Saker, de la dirección provincial. Después de los saludos, Saker preguntó: «¿Cuál es el problema?» Roberto explicó: «Se acaba el año; Fidel va a desembarcar y nosotros sin nada para apoyarlo». Entonces Badito comentó que por la Base Naval de Guantánamo se estaban comprando algunas armas.

Everildo Vigistaín Morales. Fue el segundo hombre en ciego de Avila en recibir la orden de acuartelamiento Al regresar, León informó de las conversaciones y concluyó: «Esto es urgente, tenemos que apurarnos». Everildo Vigistaín Morales, por esos años al frente de la sección obrera, recuerda que se acordó exigirles una suma de dinero, sobre todo, a aquellos comerciantes y colonos que habían hecho donaciones para la compra de una perseguidora para la policía y cuyo listado aparecía en el periódico El Pueblo. Al cabo de una semana, Roberto León partió de nuevo hacia Camagüey. Badito Saker lo recibió en el despacho de su tienda, en la calle República. Preguntó: «Y bien, ¿qué hay?». León contestó: «Aquí hay 2 000 pesos». Saker dio un salto en la silla: «¿Qué ustedes han hecho?». Roberto sonrío. «No se preocupe —le dijo —; no se preocupe, que no hemos asaltado ningún banco».

MORÓN, CIUDAD AISLADA

La idea consistía en comprar 12 fusiles para asaltar la policía. El dinero fue enviado a Frank País en Santiago de Cuba, y en Ciego de Ávila quedaron a la espera. Sin embargo aquello no era más que un eslabón dentro de una cadena de preparativos. Desde hacía meses, el 26 de Julio entrenaba a sus hombres en el manejo de las armas. En Morón las prácticas se hacían con un Sprinfield, en la casa de Orlando de Jesús (Tito), en la calle Cisneros No. 80, entre Narciso López y Martí. En Ciego de Ávila el punto principal de entrenamiento era un bohío en la finca de la familia Fraxeda, a la entrada del poblado de Guayacanes. En diferentes días de la semana, un auto llegaba con varias personas, que entraban con total discreción e iniciaban el aprendizaje con un fusil. M-1. Para finales de año, el adiestramiento estaba concluido.

Dos instantáneas de la huelga azucarera de 1955, la cual paralizó por más de 48 horas el territorio de la actual provincia de Ciego de Avila. Su concepción pesó en el criterio que se tenía para el apoyo al desembarco del Granma. Hecho el contacto para la compra de armas, el Movimiento se dispuso para las acciones en apoyo al desembarco. En Ciego de Ávila, además de los petardos y las bombas que deberían estallar una vez recibida la orden de ataque, la dirección en el municipio levantó el croquis de la estación de la policía e inició el plan de asalto. De acuerdo con Everildo Vigistaín y Roberto León, la instalación era accesible por varios sitios, sobre todo por su patio, que colindaba con la iglesia y un área de deportes, donde hoy se ubica el anfiteatro de baloncesto.

En Morón se precisaron puntos clave para lanzar cocteles Molotov a la policía y el ejército. Mientras, en la fábrica de vino ubicada en Narciso López y Maceo, se inició la preparación de botellas incendiarias y su distribución en distintas zonas de acuartelamiento.

Paulino Alberto Pila García (Betín), coordinador del Movimiento en Morón, junto con Antonio López de Sousa (Ñico) y un pequeño grupo examinaron la forma de volar Puente Largo, viaducto que une a la Ciudad del Gallo con el poblado de Cunagua (Bolivia), y al de El Calvario, en las inmediaciones del pueblo de Tamarindo. El estudio incluyó hasta un gráfico de la voladura, la que debería activarse a la señal de levantamiento. De realizarse, Morón quedaría casi aislada.

«¿Y las armas...?».

Pero un contratiempo estaba en camino. A principios de noviembre de 1956, Ricardo Pérez Alemán

—quien luego caería como miembro del Ejército Rebelde en la emboscada de Pino Tres— llegó a Santiago de Cuba. De inmediato contactó con el 26 de Julio y al preguntar por las armas que se habían mandado a comprar desde Ciego de Ávila, le informaron que por decisión de Frank País esos fusiles serían destinados a la acción principal.

Sin embargo, los planes se mantuvieron. En consecuencia, el momento de las acciones fue codificado como La hora cero, y a cada uno de los implicados se le determinó el grupo sanguíneo en un pequeño laboratorio, propiedad del doctor Alfonso Esteban Garnier, en la calle Honorato del Castillo, entre Cuba y Ciego de Ávila. La idea, tanto en Ciego como en Morón, era que el desembarco de Fidel estaría acompañado de un levantamiento en varias ciudades del país, junto con una manifestación popular de grandes proporciones, semejante a la vivida cuando la huelga azucarera, en diciembre de 1955.

Cerca de la medianoche del 29 de noviembre, cuando ya el Granma llevaba cuatro jornadas de navegación, Gustavo Cruz Ramírez, jefe del Directorio Revolucionario en Ciego y Morón, le pasó el aviso de acuartelamiento a David Salvador. La orden —enviada por Jesús Suárez Gayol, de la dirección del 26 en Camagüey— era permanecer listos a la señal de ataque.

En poco tiempo, en casa de Carlos Ceballos Echemendía, en Chicho Torres No. 15, entre Abraham Delgado y Marcial Gómez, se agrupó un comando de varias personas. Ellos fueron, entre otros, además del propietario de la vivienda, David Salvador, Everildo Vigistaín Morales, Ricardo Pérez Alemán, Ezequiel Rosado, Roberto León, José Manuel Montegil Larduy, y los hermanos José Irene, José Armando (Pilón) y Alfredo Cervantes Cervantes. Contaban solo con tres pistolas y un revólver y unas pocas balas por arma, mientras que el contacto con el exterior, además de un pequeño radio, era Jesús Rego Ramos (Chito), como enlace.

Más adelante, al amanecer del 30, el grupo se dividió y una parte se acuarteló en casa de Chito Rego, en la Avenida del Sur. El tiempo pasaba y las noticias informaban de los combates en Santiago de Cuba. Al anochecer el ejército había tomado el control de Oriente y la orden de ataque no había llegado a Ciego de Ávila y Morón, donde varios hombres también se habían acuartelado. Lentamente se fueron dispersando. Pocas personas caminaban por las aceras y en las calles soplaba un viento otoñal. En el Parque Martí los carros de alquiler se ubicaban tranquilos en las esquinas con sus luces encendidas. Parecía una escena feliz de año nuevo, pero era solo un espejismo. En el país, la guerra estaba empezando.

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