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En Niquero fueron masacrados 16 expedicionarios del yate Granma

Habían llegado a zafarle los grilletes a su país dolido; solo la protesta de los vecinos del oriental poblado impidió que sus cadáveres fueran amontonados y quemados

Autor:

Juventud Rebelde

NIQUERO, Granma.— Cuentan que Rafael Alcalá, un veterano de la guerra del 95, furioso ante la escena monstruosa, expresó con los ojos como brasas: «¡Todavía se derrama sangre inocente en Cuba! ¿Hasta cuándo vamos a permitir que esto suceda? ¡Carajo!».

El luchador independentista reaccionó así, cuando el 9 de diciembre de 1956 en las inmediaciones del cementerio de Niquero, vio que varios cuerpos de muchachos iban a ser tirados juntos en una zanja e incinerados sin misericordia, como si se tratase de animales salvajes.

Eran jóvenes masacrados, miembros de la expedición del yate Granma. Habían llegado a Cuba siete días antes, con un entusiasmo admirable, a zafarle los grilletes a su país dolido.

Y encontraron no lejos del lugar del desembarco la muerte física, precedida de martirios. Pero la enfrentaron con estoicismo para empezar a habitar así otra dimensión de la existencia.

QUERÍAN INCINERARLOS

De izquierda a derecha Antonio López (Ñico), Armando Mestre, Cándido González y Andrés Luján. El 8 de diciembre de 1956, relativamente cerca de Alegría de Pío, soldados batistianos capturaron a los expedicionarios: José Ramón Martínez, Armando Mestre, Luis Arcos Bergnes, Andrés Luján, Jimmy Hirzel y Félix Elmuza. De ellos, solo este último sobrepasaba los 30 años.

Por la noche los esbirros montaron a los jóvenes en una camioneta y en el lugar llamado Monte Macagual los asesinaron con las manos atadas. Esos sicarios llegaron a encender las luces del carro para observar mejor su obra criminal.

Pero no ha sido suficientemente mencionado el ulterior pasaje dantesco, relacionado con los cadáveres de estos valiosos jóvenes. Son de esas escenas dolorosas, que sin embargo no deben soslayarse, para que pueda calcularse la bestialidad de aquel régimen. ¿Qué pasó con aquellos cuerpos de mártires? Los cubrieron con unos gajos de arbustos y en el mismo vehículo los transportaron hasta la necrópolis de Niquero. Allí los empujaron al suelo.

Al amanecer, los habitantes de la localidad vieron con escalofrío el panorama: los cadáveres yacían destrozados y colocados «al montón». Pronto la noticia se diseminó entre los niquereños, incluidos varios miembros del Movimiento 26 de Julio, quienes acudieron al camposanto. Las fuerzas del régimen instalaron entonces postas en la puerta principal para impedir que los pobladores se aproximaran.

A media mañana apareció de nuevo la camioneta, perteneciente al Hotel Sixto, que el ejército había confiscado. Traía otra carga luctuosa: eran los cuerpos de René Bedia Morales y de Eduardo Reyes Canto, caídos en la emboscada de Pozo Empala’o.

Los arrojaron junto a sus seis compañeros. Los miembros del Ejército arrastraron a los ocho hasta una guásima, situada a las afueras del cementerio, y allí les tomaron las huellas digitales.

Es en ese momento en que la soldadesca comenzó a cavar una zanja para lanzar los cadáveres dentro, obedeciendo órdenes del coronel Cruz Vidal.

Para colmo, los uniformados habían llevado en un carretón traviesas de madera y un recipiente con combustible. Pretendían incinerar a las víctimas públicamente.

Solo la protesta airada y continua de los vecinos del poblado impidió la barbaridad. En medio de la tensión, algunos miembros del Movimiento 26 de Julio hablaron con Mario Espinosa, secretario del Ayuntamiento, quien se comprometió a ayudarlos para que el enterramiento fuera individual.

Este hombre se entrevistó con Salvador Hernández Betancourt, alcalde de Niquero, y juntos acudieron al cementerio para impedir que se consumara la atrocidad. Se autorizó así a construir ocho cajas.

Fue en esos instantes de acalorada discusión entre ciudadanos niquereños e integrantes del ejército bastistiano cuando el veterano independentista Rafael Alcalá estalló de indignación.

OTROS CAÍDOS

Los sucesos de aquel día salvaje no concluyeron con lo aquí narrado. El mismo 9 de diciembre fueron llevados al cementerio otros ocho expedicionarios ultimados durante la jornada anterior en Boca de Toro, por la delación del campesino conocido como Manolo Capitán.

De izquierda a derecha Luis Arcos, José Smith, Félix Juan Elmuza y Raúl Suárez.

Los asesinados fueron Miguel Cabañas, José Smith Comas, Tomás David Royo, Antonio (Ñico) López, Cándido González, Noelio Capote, René Reiné y Raúl Suárez. Sus cuerpos, deslizados a una playa, habían sido dejados a la intemperie desde el 8 de diciembre.

Muertos, fueron subidos a parihuelas y arrastrados por caballos hasta Las Guásimas. En ese lugar volvió a aparecer la nefasta camioneta, que los transportó a la necrópolis niquereña.

Por consiguiente, la tarde del 9 se ordenaron más ataúdes. El enterramiento, realizado en la parte exterior del cementerio, junto a una cerca lateral, se extendió hasta entrada la noche.

La inhumación la presenciaron los doctores Juan Cardellá, Amada Rosales y Ángel Fonteboa, quien había acompañado al doctor León Hirzel; este identificó a su hijo (Jimmy) por una operación de apendicitis que él mismo le había practicado. Los guardias le preguntaron si se lo iba a llevar, a lo que el galeno replicó que no, que si su hijo había batallado por una causa debía de estar junto con sus compañeros muertos.

De los 16, únicamente fue transportado el cadáver de Andrés Luján, recogido por amigos y familiares y llevado a su natal Manzanillo.

FLORES A LOS HÉROES

Las tumbas de los expedicionarios, oriundos mayoritariamente del centro y occidente del país, no quedaron abandonadas.

El Movimiento 26 de Julio en Niquero se encargó de poner en cada sepulcro una cruz; pero ninguna tenía identificación. Julio Costa, padre del expedicionario Jaime Costa, se encargó de construir unas pequeñas placas de cobre con el nombre de cada héroe caído.

En febrero de 1959 los restos de los revolucionarios fueron exhumados y transportados, con los honores correspondientes, hasta el cementerio de Colón, en la capital cubana.

En diciembre de 1996, en el sitio donde habían sido enterrados originalmente los expedicionarios en Niquero, se levantó un modesto monumento.

Nunca faltó la ofrenda. Desde aquel diciembre gélido siempre aparecieron húmedas y abiertas sobre sus sepulturas las flores de la Patria.

Fuentes consultadas: La epopeya del Granma, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana, 1986.

Entrevistas con Argelio Gil Ramírez y Estenio Tamayo, quienes participaron en el enterramiento de los expedicionarios.

Entrevista con Carmelo Frías, miembro del 26 de Julio, que presenció el enterramiento. Entrevista a María Espinosa, quien obtuvo los datos de su padre Mario.

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