Cursos de superación integral transforman a muchas jóvenes cubanas

Algunas ya accedieron por esta vía a carreras universitarias

Autor:

Lisván Lescaille Durand

La profesora Lourdes (al final) con un grupo de alumnas recién graduadas del CSIJ. Foto: Jorge Luis Merencio Cautín SAN ANTONIO DEL SUR, Guantánamo.— Esa noche anheló, más que nunca, ir acompañada. Aquella silueta humana apostada en el cruce del río Guaibanó, por el paso de Lajitas, destapaba sus miedos.

Ahora, con el frío desgarrador del pánico recorriendo su anatomía, Yoennis Frómeta Rodríguez pensaba nuevamente en su decisión de agenciarse una carrera universitaria como parte del Curso de Superación Integral para Jóvenes (CSIJ) en ese intrincado paraje guantanamero.

«Nada de miedos, que se prepare el que esté ahí», resolvía la muchacha, mientras se armaba de valor y... piedras, como dictaba su instinto de montuna. Y no tardaría en sobreponerse del susto. Detrás de unos matorrales, su esposo, Orleidis Rodríguez Castro, se situaba a buen recaudo: «Calma mujer, vine a acompañarte».

La historia de Yoennis grafica una parte de los entuertos por los que puede atravesar cualquiera de las jóvenes integrantes del Curso de Superación Integral de Valle de Caujerí, en el municipio guantanamero de San Antonio del Sur.

Por estos días aconteció en Guaibanó, principal asentamiento del Valle, la primera graduación del CSIJ, agasajo del que fueron parte unos 30 hijos de campesinos, decididos a estudiar y convertirse en los «profetas» de su tierra.

Se trata de los primeros 30 jóvenes que llegaron a las aulas desde hace tres cursos, con apenas noveno grado de escolaridad y más de 10 años alejados de los estudios. Otros 19, con el título de 12 grado, hicieron aquí la nivelación exigida y ya estudian carreras universitarias en San Antonio del Sur, comentó a JR la profesora Lourdes Nápoles Delgado, a cargo del CSIJ en Guaibanó.

«Ellos son el resultado de esa primera matrícula de jóvenes que querían hacer algo por sí mismos, independizarse un poco del pedazo de tierra de sus padres, o de la dependencia de los esposos. Tienen deseos de estudiar y superarse. Por eso hay asistencia y puntualidad a las clases pese a las contingencias climáticas, como torrenciales lluvias, y caminos intrincados, de noche, a lomo de caballo o a pie desde poblados como Palmarito, El Mije, Corojo, Centeno, El Lechero...

Afirma la profesora que aunque la de Guaibanó es solo un aula anexa a la sede de Puriales de Caujerí —también en San Antonio del Sur—, la matrícula en los distintos semestres es de 85 alumnos, y desde hace pocos días utilizan otro recinto docente en el poblado del Manguito.

«No solo interés, sino apoyo de padres y esposos, en sentido general, encontramos acá para la incorporación de más jóvenes, sostiene Lourdes. En períodos de exámenes tuve hasta cinco niños alrededor del aula esperando a sus madres, y más de una embarazada dispuesta a no perder los estudios.

«Una aprecia el cambio que experimentan. Maduran muchísimo y cambian su forma de pensar. Yo tengo vecinas que hace tres años se sentían “desorientadas” y ahora lucen felices con sus batas de enfermeras o en su función de maestras, mientras estudian la carrera en la universalización».

¿AMOR VERSUS ESTUDIOS?

En 2005 Yoennis, la protagonista de este reportaje, frisaba los 30 años, ya cuidaba sus tres hijos y vivía de los ingresos de su esposo, un obrero de la estación de bombeo próxima a la derivadora Sabanalamar.

Una profesora la puso al corriente de lo que significaba integrase al CSIJ, y no lo pensó dos veces: «Yo había dejado la escuela porque me enamoré», confiesa. Llegué a pensar que no me hacía falta aprender nada más y me dediqué a parir, mientras mi esposo mantenía el hogar. Fueron 14 años desvinculada del estudio y el trabajo y atravesando no pocas necesidades materiales.

«Reiniciar los estudios significó romper muchísimas barreras. Tuve que enseñar a dos de mis niños a cocinar para que no se marcharan sin almorzar o tuvieran que esperar demasiado por su padre o por mí para comer. También gracias ahora a las ollas y los demás equipos eléctricos, que facilitan las cosas.

No más terminó el quinto semestre y esta muchacha se incorporó a un curso para profesores emergentes de Cultura física. «Me gusta el deporte y creo que este será mi derrotero. Dos veces a la semana me quedo en San Antonio del Sur —a unos 20 kilómetros del valle de Caujerí—, y cuando regreso, mi casa es un espejo. Tener un marido comprensivo vale mucho», afirma.

CONTRA VIENTO Y MACHISMO

A escasos metros del diálogo con Yoennis, Danaisis Labañino deja escapar su pensamiento: «Qué afortunada eres: con mi esposo, celoso hasta la pared de enfrente, he tenido que luchar duro: me limita, interfiere en mis aspiraciones y no está convencido de que debo estudiar, superarme y trabajar... Para volver a estudiar tuve que vencer esas muestras de machismo; además de ingeniármelas para garantizar el almuerzo de mis niños, de nueve y seis años».

Llegar más lejos. Esa es la frase predilecta de Oliset Pelgrín Delgado, una muchacha de 28 años de edad que al momento de tomar la difícil decisión de reiniciar sus estudios ya tenía dos niñas: Olivia y Sandra Ávila. Por suerte, pese al divorcio, tiene apoyo del padre de las pequeñas y de los abuelos de estas.

«Trato de aprovechar al máximo el curso. Quisiera hacerme estomatóloga o especialista de la salud; pero no tengo ninguna intención de irme del Valle; creo que le debo mucho a este lugar, donde la gente empieza a verte de una manera distinta y llegas a sentirte mejor contigo misma», afirma.

Ahora, ante los ojos de gente sencilla, humilde y emprendedora como las de aquel anillo de montañas, crece la vocación de sus jóvenes por saber. Y lo hacen desde la convicción martiana de elevarse por sobre los montes para que los miren desde lejos.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.