Tres personalidades reciben el Premio Nacional de Economía 2006

El presidente del Parlamento cubano entregó el reconocimiento a Manuel Millares, Elena de la Paz y Alexis Codina 

Autor:

José Alejandro Rodríguez

De izquierda a derecha, los premios nacionales de Economía 2006, Manuel Millares, Elena de la paz y Alexis Codina El señor Paul Wolfowitz, el todopoderoso presidente del Banco Mundial que un día en gesto bufonesco exhibió sus medias agujereadas, desafía a la opinión pública planetaria. No dimitirá, aunque el lodo de sus prebendas haya llegado al límite de aumentarle el salario a su amante a límites «bancomundiales», por encima de los ingresos de Condoleeza Rice, la misma que hoy sostiene la guerra de Iraq que él, todopoderoso gurú crediticio, también impulsó cuando integraba el equipo de George W. Bush.

Mientras el príncipe de la monarquía monetaria y crediticia recuerda con sorna su episodio falso de las medias rotas, el Parlamento cubano homenajeaba con un diploma y un libro, a un ex ministro cubano que apenas percibía en funciones ejecutivas cerca de 500 pesos mensuales y muchísimos dolores de cabeza por las finanzas maltrechas y la azarosa economía cubana.

Manuel Millares, ya retirado ministerialmente, pero siempre recordado por su arraigo popular, llegó tarde, extraviado y con una camisa sencilla, al sitio donde la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la persona de su presidente, Ricardo Alarcón, lo homenajearía a él, a Elena de la Paz y a Alexis Codina, los tres distinguidos con el Premio Nacional de Economía 2006.

En la ceremonia, Alarcón ensalzó a estos profesionales íntegros, quienes pudieran ser muchos cubanos que resisten con dignidad e inteligencia tantas afrentas, y tienen otras riquezas que Wolfowitz no imagina, empeñado en recortes para los pueblos y aumentos para sus funcionarios.

No hay banco que pueda pagar lo que han hecho estos premiados por la economía asediada de esta Isla. Algo así sentenció Alarcón en un informal encuentro donde participaron, entre otros, varios ministros.

Alarcón sentenció que esos laureados —en otro sitio serían objeto de pasarelas— sintetizan a un pueblo heroico por su resistencia. Y empalmó aquella sencilla ceremonia con las grandes confabulaciones y sutiles maniobras con que hoy un poder imperial salva a un delincuente como Posada Carriles, y estigmatiza a cinco decentes cubanos, hombres y amigos que pretendieron salvar a la gente de su barrio, de este Barrio Cuba.

Otra riqueza, otro poder, que no caben en los acristalados búnkers del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

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