Cuando los satélites no alcancen…

La comunicación hay que pensarla más como vínculo entre personas, grupos, sociedades y culturas, sostuvo en diálogo con JR Gabriel Kaplún, relevante investigador y hacedor de la Comunicación Popular en América Latina

Autor:

Juventud Rebelde

Texto y foto: Sonia Pérez Sosa y Jesús Arencibia Lorenzo 

Ha dictado conferencias, ha escrito libros, ha asesorado empresas y sindicatos... pero su verdadero oficio es conversar. Llenar el silencio de palabras y abrir con ellas caminos insospechados. Sus análisis teóricos, maduros de sonrisas y risueños de reflexión, pueden enamorar a un auditorio y hacerlo perder la noción del tiempo.

Profesor de la Universidad de la República en su natal Uruguay y docente invitado en varias universidades latinoamericanas, ha trazado y ejercido consecuentemente líneas de continuidad a los principios edu-comunicativos de pedagogos como Paulo Freire y Mario Kaplún, su padre.

Escuchar, escuchar y darle maneras de decir a los «nadies» en nuestros países, ha sido una constante en sus angustias. Y así lo hemos visto en foros, eventos académicos, experiencias barriales... estudiando y alentando, enseñando y aprendiendo.

A Cuba ha venido solo tres veces. Pero permanece conectado a empeños de esta Isla. Durante el recién concluido VII Encuentro Internacional de Paradigmas Emancipatorios, lo sentimos en la plenaria y la comisión, el pasillo y las calles de La Habana Vieja. Entonces nos regaló su tiempo. El tiempo útil de esta voz creadora.

«Para mí la Comunicación es la producción de vínculos y sentidos. Esa definición tan corta es bastante compleja. Porque me parece que durante mucho tiempo se ha puesto el acento en pensarla solo desde los contenidos y cómo esos contenidos viajan, por decir así, de unos a otros. Yo creo que hay que pensarla más como vínculo entre personas, entre grupos, entre sociedades, entre culturas. Hay que pensar más si es horizontal, si es autoritario, si es un vínculo fraterno-amoroso, cariñoso, o por el contrario es duro, violento.

«Y junto con eso pensar los sentidos, en el doble sentido, valga la redundancia, del significado, pero también la dirección hacia la cual caminamos. El sentido no se produce solo desde quien emite, sino que se completa y termina siempre donde el otro puede responder, puede interactuar».

—Un destacado poeta cubano dice que la poesía, aunque la escriban hombres de derecha siempre es de izquierda. ¿De la comunicación se puede pensar igual?

—No estoy tan seguro, porque todo depende de cómo definamos comunicación. Si la definimos como a algunos nos gusta hacer, fundamentalmente como diálogo, entonces sí. Pues el diálogo tiene siempre una potencialidad revolucionaria. Pero es cierto que muchas veces los diálogos terminan, otra vez, llenos de autoritarismo. Y entonces esa potencia se pierde.

«Quizá la poesía tiene más posibilidades. Parte incluso, porque, pensándolo bien, no toda comunicación apela a la poesía. No toda comunicación es poética en el sentido de explotar la fuerza de la metáfora. Esa posibilidad de dibujar otros mundos, no solo materiales, sino otros imaginarios posibles. La poesía siempre abre esos mundos y por eso, quizá, lo dice el poeta. La comunicación, ojalá que también».

—Según su criterio, las izquierdas han tenido dificultades para definir políticas y estrategias viables de comunicación. ¿Esto no es una contradicción esencial con la razón misma de la izquierda, que debe ser progresista, dialógica, social?

—Creo que muestra, por un lado, una debilidad de la izquierda, que no siempre ha tenido presente lo dialógico. Hay todavía la idea de que «si yo tomo el poder y los medios, desde ahí puedo incidir en los otros». Sin pensar que en realidad lo importante, tan o más importante que eso, es que los otros tengan para siempre la palabra. Ahí radica un primer problema de la izquierda.

«Un segundo problema es la incomprensión del tema “medios y recepción”. Por ejemplo, a la izquierda le preocupa mucho la información y muy poco el entretenimiento. Le parece que si controla los informativos está bien, porque ahí está la verdad o falsedad que se transmite; cuando en realidad un programa de entretenimiento, una serie policial, una comedia romántica, están siendo decisivos en los modelos de vida que se ofrecen.

«Finalmente, en el caso de Uruguay y en otras naciones de América Latina, yo diría que falta por pensar un problema más. Salvo en Cuba, los medios en el continente han sido, en mayoría, privados comerciales. Frente a eso, lo que la izquierda visualiza es oponer medios estatales. Creo que está bien, pero quizá le ha faltado pensar en los medios comunitarios como otro espacio posible. Solo recién empiezan a comprenderlo. Con todo, tengo que decir que, de a poquito, va habiendo avances, tanto en mi país como en otros».

—¿Qué peligros pueden afrontar iniciativas de integración comunicativa regional como Telesur?

—Ahí hay una iniciativa buena, interesante, bien pensada. También, como ellos mismos lo han dicho, difícil. La generación incesante de contenidos de calidad no es nada simple. Como dice el propio director: «Este es un burro que come galletitas todo el día, y a veces no tenemos qué darle».

«Tanto en Telesur, como en otras iniciativas similares, existe la idea de un modelo colectivo al estilo de lo que instituciones como ALER (Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica), venían haciendo: compartir producciones ya realizadas. Una gran cooperativa, digamos. Pues la debilidad mayor de la creación audiovisual en América Latina está en la circulación.

«Por otro lado, empujes como Telesur tienen fáciles bloqueos. Por ejemplo, muchas veces no encuentran quién distribuya la señal en cada país.

«Entonces, tal vez se deba combinar esto con otras apuestas de televisión comunitaria. Apostar simultáneamente a muchas personas que quieren y pueden producir hoy, incluso a nivel de los barrios.

«No todo tiene la calidad adecuada, pero se puede apoyar. Y de cien producciones barriales, diez son muy buenas para mostrar a nivel nacional; y una a nivel latinoamericano. Si ese tipo de movimiento lo impulsamos más, ahí tenemos una posibilidad grande».

—En el campo académico hace tiempo se superó aquella visión de los medios omnipotentes manipuladores que inyectan un contenido a las personas. Sin embargo, todavía entre la gente común sobrevive esa idea. ¿Por qué la ruptura entre lo que debaten los estudiosos y lo que las mayorías piensan?

—Por la falta de Educación Popular. Específicamente en este caso, «Lectura Crítica», o alguna de las tantas corrientes que en América Latina se desarrollaron. En el programa de gobierno del Frente Amplio de Uruguay, por ejemplo, incluimos, además de una cantidad de medidas de reforma de los medios, un plan nacional de «Educación para los Medios».

«Un primer ejercicio interesante que uno hace es preguntarle a cualquiera: “Bueno, está bien, los medios manipulan. ¿A ti te manipulan?”. “No, a mí no”. “Y entonces ¿por qué manipulan a todos los demás? ¿Son tontos y tú no lo eres?...”

«Un segundo ejercicio es: “A ver ¿cuántas horas de televisión mira cada quien aquí?”. Dicen: “no, yo apenitas, a veces, muy de vez en cuando”. “Vamos, gente, hagámoslo anónimo y cada uno anote en una hojita cuántas horas de tele mira al día, para empezar a desmontar un poco esto”».

«“¿Pa’ qué tú la miras?” “Bueno, yo llego a la casa y lo que quiero es desenchufar”. “¡Ah!, entonces no importa mucho el contenido, ¿no?”... ¿Qué es lo que está diciendo este uso del televisor como “ansiolítico”?

«Todo esto requiere un trabajo de construcción que tiene que empezar por uno mismo. Es un poco lo que buscaba mi padre con aquellos intentos de los años 70 cuando decía: “El método tiene que ser vivencial, es decir, no puede ser solo un discurso sobre los medios, sino de cómo cada uno se relaciona con los medios, y a partir de ahí vaya construyendo otra relación».

—Sobre determinados temas como la Educación y Comunicación participativas, a veces se teoriza mucho, pero se hace difícil aplicarlos en la vida personal cotidiana. ¿Cuál sería su estrategia para ser consecuente?

—Sin dudas esto es lo más difícil de todo, la coherencia, una meta utópica, ¿no? Es interesante, por ejemplo, para empezar por el espacio universitario, cómo nos planteamos con nuestro equipo, todos los años, una evaluación fuerte del curso.

«Siempre decimos que nuestro problema es el mismo y cambia: el problema es ser más coherentes. Los estudiantes nos lo dicen también. Y empezamos reconociéndolo: “Aquí vamos a hablar de un modelo pedagógico distinto y sabemos que nuestra pedagogía no es totalmente distinta”. Lo primero es admitir esto: que la coherencia total no es viable.

«Lo segundo es, como bien dice el movimiento feminista, pensar todos los espacios personales, familiares, como espacios políticos. Recuerdo que para mi papá, por ejemplo, fue muy difícil aprender a lavar los platos, y encargarse de eso. Y lo hizo, finalmente, pero le costó.

«En mi familia eso ha sido relativamente más fácil. Muy parejo con mi mujer, pero a veces muy espinoso con los hijos. “Está bien, digo, nosotros dos somos muy parejos en quién se ocupa de cocinar, lavar la ropa, los platos, la casa, todo. De acuerdo, pero ¿y los hijos? ¿Cómo es la cosa?” “Bueno, ya tendrán tiempo, cuando sean grandes”, “no, no, ya son bastante grandes. Ya es tiempo de que compartamos las tareas”.

«A veces nuestras reuniones familiares han sido complejas en ese sentido. ¿Cómo lo trabajamos cada día? Con una búsqueda permanente de coherencia».

—Paulo Freire decía que los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, que los hombres debían reunirse para pronunciar el mundo. Lo invitamos a que nos imaginemos el día en que los hombres se reúnan, todos, para pronunciar el mundo. A su juicio ¿cuáles serán las primeras palabras que dirán?

—No lo sé. Pero quisiera responderles también con frases que a mí me gustan. Por ejemplo, esta idea del propio Freire de que hay que ser sanamente locos y locamente sanos para cambiar el mundo. Me parece que por ahí hay una punta.

«Y termino con algo que pusimos en nuestra página web de Comunicación Comunitaria en la universidad. Es de una linda canción de Fito Paéz, muy conocida, que dice: “Cuando los satélites no alcancen, yo vengo a ofrecer mi corazón”.

«Esa idea nos recuerda que más allá de muchas tecnologías, la comunicación humana tiene que ver justamente con lo humano profundo. Con los afectos. Ojalá el día que los hombres se encuentren, en primer lugar estén esos afectos».

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