Un clamor bisoño por la solidaridad con Palestina

Isis vive en Gaza; Muaz, en Siria, pero ambos estudiantes sufren los efectos de la misma ocupación militar: la de Israel sobre las áreas palestinas

Autor:

Luis Luque Álvarez

Muaz e Isis, como muchos de sus coetáneos palestinos, esperan que algún día se haga justicia en su tierra. Foto: Roberto Suárez La joven palestina Isis Abdel Hamid el Ghannam, pasa días sin ver a su papá, y cuando este llega a casa, trae ensangrentada la ropa. Él es médico cirujano en el hospital de Rafah, en la Franja de Gaza.

«Es mucha la gente que muere, atacada por los soldados israelíes», explica ella. Sus propias experiencias bajo la ocupación sionista han sido duras: «A una niña, en el colegio de mi hermana, una bala le dio en la cabeza mientras estaba sentada en su pupitre. Y cuando yo estaba en primaria, lanzaron una bomba sobre nuestra escuela, que era una instalación de la ONU. Gracias a Dios, no llegó a explotar por un error técnico. ¡Éramos 3 000 alumnos allí!».

Desde otro punto de vista, el de aquel a quien expulsaron de su tierra, de sus árboles, de su aire, Muaz Jamal Mussa explica cómo lo afecta el injusto despojo: «En Siria —donde nació y donde vive como refugiado— las condiciones son mejores que en Gaza, Cisjordania, y el Líbano. Pero en los campos de refugiados palestinos hay pobreza, mucha pobreza. Es muy difícil estudiar. Sin embargo, ves a los jóvenes estudiando, trabajando, y colaborando con nuestra causa».

Tanto la de Isis (quien estudiará Estomatología en Cuba) como la de Muaz (que hoy cursa entre nosotros su primer año de Licenciatura en Farmacia), son realidades extrañas a las de muchos jóvenes en este mundo. Sus vidas han estado signadas por la ocupación militar de su suelo por una potencia extranjera.

—¿Cómo puede un joven palestino, refugiado en Siria, amar una tierra en la que nunca estuvo?

—Desde mi experiencia, responde Muaz, te digo que los muchachos palestinos escuchan las historias contadas por sus abuelos, que sí vivieron en la tierra de la que fueron desplazados. Así crece el amor. Aunque nunca he entrado a Palestina, tengo deseos de ir allá, por los cuentos que me hacían mis padres y abuelos.

—Y en Gaza, ¿cómo es la vida?

—Verdaderamente difícil, afirma Isis. Es como un campamento de refugiados, pero gigante. Las personas sufren muchas penurias. La situación económica es muy mala, y en la calle, cuando miras las caras de los niños, se les ve lo que están viviendo.

«Por ejemplo, nunca tienes la certeza de si al siguiente día podrás ir a la escuela o no, porque no sabes cómo va a amanecer. Todas las noches los aviones bombardean, hay tiros, y los israelíes dividen la Franja en tres partes, como si fueran tres países diferentes. Les impiden a los palestinos moverse de un sitio a otro, a veces dentro de la misma ciudad. O estás en el centro de trabajo, y no sabes si podrás entrar a tu casa, porque de repente los tanques rodean tu vecindario».

—¿Cómo afrontan los jóvenes de Gaza esta realidad?

—Los varones siempre están pensando cómo terminar con esta situación. Con las muchachas es diferente, están más dedicadas al estudio. Pero ellos siempre piensan en la lucha, en cómo poder acabar con la ocupación de Palestina. No se habla de distracción. Hay quizá dos o tres bibliotecas, pero otras opciones son muy reducidas.

«Todos se concentran en lo que está ocurriendo. Si esta semana hay calma, si no hay ataques, a la semana siguiente sucede lo contrario. Así es difícil tener otros pensamientos.

«Y cada familia tiene una desgracia. No hay una sola en que no haya un muerto, un herido, un preso. Mi papá fue herido una vez; a un primo lo mataron, a otro lo hirieron y la bala se le alojó en el hígado, y a otro le faltan dos piernas y una mano, por un ataque con bomba. Son muchas las tragedias».

—¿Has estado alguna vez cerca de los soldados israelíes?

—No, solo los he visto de lejos. Si te les acercas, te matan. No te les puedes aproximar.

—Nosotros, explica Muaz, en la primavera de 2002, cuando ocurrió la masacre ordenada por Ariel Sharon en el campamento de refugiados de Jenin, en Cisjordania, intentamos acercarnos a la frontera con Israel, para hacer sentir nuestra protesta por la barbarie, pero la policía siria nos lo impidió.

—¿Qué pedirían ustedes a los jóvenes del mundo?

—Les pediría solidaridad. Que estén a nuestro lado, y aprecien la justeza de nuestra causa, que es alcanzar una Palestina libre, y que los refugiados regresen a sus tierras. Lo que queremos es vivir en paz, desarrollarnos en libertad, como los otros pueblos.

—Yo, afirma Isis, quisiera que se pusieran en nuestro lugar por un momento nada más. Creo que harían lo mismo que nosotros. Se sentirían como nosotros. Quiero que sean solidarios con Palestina, que sientan nuestra causa, y que hablen un poco más al mundo para que la situación pueda cambiar.

«Respecto a los jóvenes cubanos, también viven alertas contra un enemigo, que es el mismo. Hemos podido ver el gran afecto que ellos nos profesan a los estudiantes palestinos, quienes también le deseamos al Comandante que se ponga mejor, y le pedimos a Dios que lo ayude en su recuperación».

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