Libras de más, vida de menos

 Especialistas mencionan tres postulados para prevenir la obesidad: educación, alimentación equilibrada y actividad física periódica

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

La Venus de Willendorf muestra el ideal de belleza que existía en el Paleolítico. ¿A qué preocuparse tanto con la obesidad? Total: eso no te enferma, no te lleva a la cama, no te mata. No es nada grave, insolucionable o fulminante. Es solo un problemita que está ahí, pero podemos resolverlo cuando queramos. Vaya, que hay que ponerse pa’ eso y ya. Además, caballeros, con tantas ocupaciones, trabajos, estudios; con una vida tan agitada; con la preocupación por llenar el plato diariamente, ¿qué importan tres o cuatro libritas de más?...

El párrafo anterior podríamos ponerlo en boca de cualquiera de nosotros, o de ustedes, y no sonaría falso. Mejor aún, esas mismas palabras, entre bocado y bocado de un pan con lechón, nos las desayunamos a cada rato con ligeros remordimientos, pero sin provocarnos una indigesta. Mientras tanto, la obesidad, pesada pero ágil, grasosa y graciosa, va acabando con la salud, la imagen, la vida.

SANTAS GORDURAS

Ah, pero gordura y belleza se han asumido históricamente como sinónimos. «Qué perro más lindo», cuentan que le decía un campesino a su amigo ciego. «Sí, pero qué gordo», contestaba este.

—¿Y cómo tú sabes que está gordo?

—Porque nunca se elogia a un perro flaco.

La anécdota también es aplicable a los humanos. Pongámonos a recordar cuántas veces hemos dicho: «¡Qué hermosa, tu niña!», «¡ese niño si es un toro!», ¡mira, tú, qué clase de piernotas!»... Y en realidad lo que estamos elogiando no es más que la primera expresión de un exceso dañino.

Vayamos, por otro lado, a la Historia del Arte y allí también encontraremos repetidas alabanzas a los cuerpos voluminosos. Según cita el Dr. Pedro Miguel Martínez Rosa en su tesis de maestría sobre obesidad, «La Venus de Willendorf, la de Lespugue, la de Laussel son figuras maternales, obesas, con adiposidad mórbida».

O fijémonos, como hace Martínez Rosa en Astarté, deidad mesopotámica asimilada por los fenicios. «Los hombres —refiere— querían idealizar a la figura bienhechora (...). Los artistas encargados de inmortalizarla lo hicieron bien: Astarté (...) es de carnes opulentas, generosas en los muslos, de talle estrecho, de apariencia erótica, como lo son también las yakshi, o “espíritus femeninos”, que aparecen en la muerte de Buda, o mejor, en su entrada al Nirvana...». Pero entremos de lleno en el terreno científico y allí corroboremos cuánto de la cotidianidad nos engorda.

GRASA, VALE LO QUE PESA

La obesidad: «exceso de tejido adiposo» o «adiposis generalizada», tiene la doble causalidad genética y ambiental. «En el niño y en el adulto —apunta un estudio de la Doctora María Matilde Socarrás y otros investigadores de la Facultad y Hospital Calixto García— es el resultado de un balance positivo de energía (ingestión de una dieta de mayor valor calórico que el gasto del sujeto). Solamente en un porcentaje menor al cinco por ciento es por alteraciones genéticas o endocrinas». El resto de los casos «es obesidad exógena o nutricional, está asociada a la ingestión de dietas hiperenergéticas, a escasa actividad física y es favorecida por una predisposición genética».

No obstante, refieren los especialistas, «en un porcentaje superior al 50 por ciento uno o ambos progenitores de los niños obesos también lo son. Además, «el tipo de distribución de grasa es igual en padres e hijos».

Según explica la Dra. Lidia Esther Rodríguez Scull, otra estudiosa cubana del tema, «La energía que el organismo utiliza proviene de tres fuentes: carbohidratos, proteínas y grasas. La capacidad de almacenar carbohidratos en forma de glucógeno, igual que la de proteínas, es limitada. Solo los depósitos de grasas se pueden expandir con facilidad para dar cabida a niveles de almacén superiores a las necesidades. (...) Por lo tanto, es la grasa la principal fuente de almacén y origen de la obesidad».

Ahora bien, ¿cómo determinar cuándo somos obesos? Según varias investigaciones, el método más efectivo es calcular el Índice de Masa Corporal (IMC). Este se obtiene dividiendo nuestro peso, expresado en kg, entre la talla en metros elevada al cuadrado. Si el resultado es superior a 25, entonces la persona es sobrepesada y si supera las 30 unidades, comienza a ser obeso.

El problema principal que le señalan al IMC es que no determina la distribución de la grasa en el organismo. Así, uno se puede encontrar a una persona musculosa y a otra con amplios depósitos de grasa en el abdomen que tengan igual coeficiente.

Otra vía —explica Rodríguez Scull— es la medida del índice cintura-cadera. «Una circunferencia de la cintura mayor de 94 mm en el hombre y de 80 mm en la mujer, es diagnóstico de sobrepeso u obesidad abdominal aun cuando el IMC no lo evidencie, y resulta un marcador importantísimo de futuras complicaciones», argumenta.

RIESGO REDONDO

¡Y sí que son muchas las complicaciones! De hecho esta enfermedad se vincula de una u otra forma a las principales causas de muerte. Afirma Rodríguez Scull que «la relación obesidad-diabetes mellitus tipo 2 (DM2), es tan fuerte que el riesgo de los obesos a desarrollar esta última es 93 veces mayor al de las personas no obesas; la ocurrencia de muerte súbita es tres veces mayor (...) mientras la cardiopatía isquémica (CI), la enfermedad cerebrovascular (ECV) y la hipertensión arterial (HTA) son dos veces más frecuentes».

Noticias muy recientes difundidas por la agencia española EFE también develan nexos de la obesidad con el asma. Así lo reveló un estudio difundido en la Conferencia Internacional de la Sociedad Torácica de Estados Unidos en San Francisco.

«Según el investigador Brian Taylor, en una población de poco más de 300 millones de estadounidenses “aproximadamente el 65 por ciento de los adultos mayores de 18 años tienen sobrepeso o son obesos”. “De manera paralela a la epidemia de la obesidad, se ha registrado un aumento sustancial en la incidencia de asma”».

PLATO PEQUEÑO, DIETA GRANDE

Pues bien, si ya nos detectamos obesos, si ya estamos afectados por estas tensiones, ¿qué hacer? En la investigación del Dr. Martínez Rosa se definen los caminos fundamentales para corregir la obesidad. Dieta hipocalórica y ejercicio físico son los primeros. También, el tratamiento farmacológico y la terapia conductual. Entre esta última alternativa, el doctor enumera acciones que, no obstante su aparente simplicidad, dan un vuelco a la manera de asumir la nutrición muchos obesos.

Por ejemplo, recomienda servirse una cantidad moderada y en plato pequeño; comer lentamente, si es posible haciendo pausas entre bocado y bocado; intentar dejar algo en el plato y concentrarse en el gusto, sabor y olor de lo que se ingiere. Además, conocer el valor calórico de los alimentos, beber abundante agua y repartir la comida diaria en al menos cuatro porciones.

Como último método de rectificación, Martínez Rosa menciona al Tratamiento Quirúrgico. Este surge, recuerda el especialista, después del fracaso de técnicas más tradicionales en casos de riesgo de morbilidad.

Asimismo apunta que «los beneficios en la obesidad mórbida son importantes, pero los efectos secundarios pueden ser significativos, especialmente con los cortocircuitos intestinales. La selección de los pacientes adecuados es difícil y deben agotarse las posibilidades del tratamiento convencional».

No obstante, coinciden varios estudiosos del tema, en la obesidad lo más importante es prevenir. En este caso, resume Martínez Rosa, pudieran concentrarse tres postulados: educación, alimentación equilibrada y actividad física periódica.

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