Premiados en concurso sobre el Che ascienden la Sierra Maestra

JR publica una selección de los mejores trabajos del concurso ¿En qué te acompaña Che en tu vida?, convocado por el aniversario 50 en que Ernesto Guevara fue ascendido a Comandante por Fidel

Autor:

Juventud Rebelde

Parece ser que el inquieto y soñador Guillermo Cabrera Álvarez no partirá jamás de Juventud Rebelde, a despecho de su reciente desaparición física. Él sigue emprendiendo aventuras y confiándonos misiones para que volemos bien alto, por encima de la mediocridad y la ramplonería de este mundo.

Una de sus últimas encomiendas fue el concurso que convocara vísperas de su muerte, desde esa Tecla Ocurrente suya que ha movido un país, con una pregunta que resultó motivación muy entrañable y filosa: ¿En qué te acompaña Che en tu vida cotidiana? Y tal insinuación desató un vendaval de introspecciones, que hizo trabajar a los jurados como mulos de una carga espiritual preciosa.

El privilegio de quienes revisamos y sopesamos ese cargamento, fue constatar la multiplicidad de motivos y estilos con que se manifiesta esa inmanencia del guerrillero e insurgente conductor de nuevo mundo y de hombre nuevo, en el tejido social cubano, incluso en jóvenes y niños que no coexistieron con él pero sí le conocen en lo esencial y trascendente.

Llanos del Infierno, lugar donde fue ascendido a Comandante el Guerrillero Heroico. Foto: Raúl Abreu De entre más de 400 muestras, fueron premiadas 30, pero cada cubano tiene su versión de cómo el Che anda respirando fatigosamente entre nosotros, en cada victoria y en cada fracaso, alertándonos de los mismos enemigos externos y de nuestras propias vulnerabilidades.

He aquí entonces una selección de los trabajos laureados, cuyos autores, en premio ascienden hoy hasta Llanos del Infierno, en la Sierra Maestra, el sitio donde Ernesto Guevara de la Serna fuera ascendido a Comandante por Fidel hace exactamente 50 años. Y todo será silvestre, con espíritu de guerrilla, como lo había previsto Guillermo.

¿SEREMOS COMO EL CHE?

Conservo nítida la primera vez, debo haber tenido como seis años, cuando se me vino abajo mi vida de niño ejemplar. Raúl Mesa y yo nos escapamos del aula, y la única forma encontrada, para salvarnos del castigo del profesor, fue inventar una mentira urgente. En mal momento. La sentencia pública de aquel cayó como un rayo: los dos mentirosos seríamos condenados a no recibir la pañoleta de pioneros en el acto escolar del domingo siguiente, donde estarían presentes nuestros padres. La recibiríamos, sí, pero en solitario, algún día después.

Mesa pareció no inmutarse, pero yo lloré amarga y sinceramente durante toda la semana, con la cabeza escondida debajo de mi almohada de niño becado. Al final no sucedió. O el profesor nunca pensó en hacer firme su amenaza, o tal vez se le olvidó... No importa. Recibí la pañoleta en su momento, y una lección para toda la vida: me cuesta un trabajo enorme mentir. También quedó algo bien claro en mi pequeña conciencia infantil: un niño que le miente a su maestro no podía, de ninguna manera, ser como el Che.

Convencido por aquel profesor, y por mi ingenua y previsora mente infantil, durante muchos años llevé en secreto el peso de aquella convicción: a pesar de todos mis esfuerzos, de todas las buenas notas, de las escuelas al campo, y otras hazañas de mi vida estudiantil, en lo más profundo de mi sinceridad, esa que consiste en no engañarse uno mismo, me decía una y otra vez que yo nunca podría llegar a ser como el Che.

Luego, con el paso del tiempo, de los libros y de las muchas entrevistas a sus más allegados compañeros, conocí al Che dirigente en revolución, al hombre intransigente con lo mal hecho, al Ministro que no aceptaba privilegios ni prebendas; conocí al fin, con alegría, al enemigo número uno de la burocracia y la indolencia, al jefe exigente, en primer lugar consigo mismo. Entonces no lo comprendí bien, pero el Che comenzaba a seguirme de cerca. Yo no lo sentía pero ahí estaba, intentando, muchas veces infructuosamente, hacer también de mí el hombre nuevo del siglo XXI.

Como era de esperarse, el siglo XXI y los 40 se me juntaron el mismo año. Fue tal vez la madurez tardía, si es que alguna vez llegó; tal vez los tiempos duros del período especial, si es que ya pasaron; o tal vez (casi seguro) los golpes de la vida, y todos aquellos que están ahí para dártelos al primer descuido... Lo cierto es que un día tuve clara otra decepción: me había endurecido. El Camilo-jodedor cubano que alguna vez pretendí ser, tampoco había resultado.

Hay cosas de las que no se escribe en los currículos, ni se preguntan, qué lástima para la doble moral, en las planillas de la burocracia: no alcancé la virtud de la adulación barata, ni de la hipocresía a conveniencia; no soporto las cosas mal hechas, o medianamente hechas. Desde mi más temprana juventud supe que en la mejor de las obras siempre hay problemas subyacentes. Ignorarlos, ocultarlos, o pretender justificarlos, no los hace desaparecer de la realidad, sino dejarlos crecer como la mala hierba, hasta poner en peligro la obra misma.

Juro que adoro y venero el genio martiano sobre las manchas del sol y los desagradecidos, pero repudio la mentira justificativa, más aún en boca de mediocres y oportunistas; de aquellos que se esconden en posiciones extremistas, poses de «sinceros revolucionarios» y consignas de ocasión. No puedo —ni lo intento— evitarles el látigo de mi mayor crudeza, o el cascabel disonante de mi más exquisita ironía.

Por todo ello, Che, viejo, me gané hace mucho, y llevaré con orgullo, hasta donde sea, hasta la victoria siempre, mi medalla de pequeño inmaduro, y mi diploma de gran autosuficiente, glorias inequívocas de la mentalidad atrofiada de aquellos, y de estos otros, algunos sobrevivientes, y vueltos a nacer, temibles insectos de la burocracia cotidiana.

Che querido, Guevara felizmente inalcanzable: perdóname por no haberlo entendido antes, pero creo que al fin, de alguna manera, logré ser un poquito como tú. (César Alfredo Gómez Chacón. Ciudad de La Habana)

LOS SALTICOS DE LA VIDA

Hace alrededor de diez años escalé el Pico Turquino sin la adversidad del hambre, sin la contradicción del sueño, pero siempre me hizo falta mi pierna derecha, allí donde no estaba ella, pensé en el Che, en lo difícil que debe ser subir esas sierritas con asma. El asma es un bicho malo, que acobarda al más fuerte y redime al más astuto. Y puse cada uno de mis bastoncitos y llegué arriba, con un frío endemoniado y unas ganas terribles de estar en la salita de mi casa en short mirando la telenovela, pero de forma irreductible estaba el Che luminoso, que luchó por tierras hermanas, sacrificando cada hora de sudor y sangre por la vida futura.

Desde entonces comencé a correr en cuanto maratón y MarHabana, algunos sin compromiso ni previo entrenamiento, otros con la cantaleta histórica de doña Mirtha (mi mamá) que puede persuadir al más pinto y distinto que estás en el camino errático, con el tiempo toda la familia se ha unido, mi hermano en el apoyo, mi hermana de camarógrafa, mi papá de taxista y anda de seguidor de mis pasos de maratonista mi sobrino. Nada, que ya esto se ha vuelto toda una fiesta familiar. Me tatué en un hombro la imagen del Che y corre conmigo, pienso que no vale la pena hacerlo solo, su estatura y presencia eran indispensables. (Alexander García Sánchez. Ciudad de La Habana)

HOY ME PERCATO QUE CHE FUE ÉL

Personalmente a mí no me gusta llevarlo en un llavero, sino en las pequeñas acciones cotidianas. Me gusta que Che me acompañe, por ejemplo, cuando voy a comer, saber que me he ganado el pan de cada día honradamente, o cuando proponen un trabajo voluntario para chapear las áreas verdes de mi escuela trato siempre de llevar un machete o una pala de mi casa para que perdure la limpieza y no la chapucería, pues la escuela tiene pocos medios para hacer ese trabajo; imagino que me mira cuando me siento cansado y me exhorta a un esfuercito más; a veces cuando me da el asma por el cambio de tiempo y se pone rebelde al spray de Salbutamol me digo: Caramba, las que pasaría Che subiendo una loma en la Sierra con una mochila y un fusil al hombro. (Ariel Obregón Leyva. Holguín)

NUNCA LOGRÉ VERTE SOBRE UN PEDESTAL

... en la secundaria, portaba en el bolsillo un sello con tu nombre. Así me acompañaste el día que conocí a mi primer amor y en los mejores momentos a su lado. Gracias a ella me hice rockero y comencé a asistir a las peñas de rock donde, por encima de cualquier banda, se admira tu figura. Por esa senda seguí hasta que un día me compré un pulóver con tu imagen, sabiendo que no te gusta para nada el culto a la persona, y sintiendo algo que aunque no sabía realmente qué era, notaba que era mucho más que deseos de rendirte culto, porque nunca logré verte sobre un pedestal, ni quise venerarte como un ser superior. Y es que sencillamente te veo en mucho de lo que soy y en mucho de lo que quiero ser: primero porque comprendí lo que significa querer ser como tú. Porque te llevo en el deseo de conocer mi tierra en todo su ancho y a toda su gente, y porque como tú soy un soñador y eres mi fe en que los sueños pueden ser realizados y aun luego seguir soñando... (Roberto López Portal. Sancti Spíritus)

MIENTRAS EL MUNDO ESTÉ PATAS ARRIBA

El Che es una imagen diaria en mi vida, esto se desprende de una premisa simple: debería ser una imagen diaria en la vida de todas las personas que conocen algo de su historia mientras el mundo esté patas arriba. Está en mis ganas de superarme a mí mismo, en mi rebeldía ante todo lo injusto, en la decepción y el asco que me provocan la conducta de algunos de mis semejantes, en mis ganas de explorar y conocer más allá de las fronteras impuestas por las circunstancias, en la lógica exaltada de mi poesía. El Che es el centro de gravedad al que gravitan muchos de mis defectos incambiables, es la regla (incomesurablemente grande) con que quisiera ser capaz de medirme siempre, es la respuesta lista ante el argumento absurdo que esgrimen siempre los que se rinden: el imposible, es el conocimiento exacto y absoluto del precio de amar al prójimo como a sí mismo que la Biblia no nos explica, es la fe de los ateos en que un mundo mejor es posible, es la fuerza de los que coincidimos en que no es solo posible sino absolutamente necesario. Es en fin, la batalla siempre perdida de querer ser como él, que solo ganaré el día que pueda morir luchando por sus ideales. (Eduardo Ramírez Cruz. Holguín)

A LA HORA DE CRIAR A MIS HIJAS

Me acompaña a la hora de criar a mis hijas, me recuerda que no basta con saber qué decir, ni con saber qué hacer, lo más importante es hacer eso que sabemos. (Gisela González Izquierdo. Ciudad de La Habana)

MENSAJERO DE UNA IGUALDAD INMINENTE

Porque soy una mujer imperfecta, porque tengo ganas de vivir mis ideas tengo derecho a idealizar a quien desee, mas no solo por eso estudio su vida y lo mantengo bien presente sino porque así tengo un ángel de la guardia en mi conciencia que cuida el vaivén de mi vida y las recaídas de mis decisiones y actos, pues llevo 19 años de vida actuando a mi antojo y cometiendo errores, pero, cada vez que tengo presente al Che, se eleva más elevado el muro de los buenos procedimientos, porque me detengo a pensar en el bien de los demás y a mi lado, y soy prácticamente incapaz de abandonar o herir a alguien, me convierto en la persona que quiero ser y me siento realizada en aspectos que quizá algunos no entiendan, pero son necesarios para continuar el camino en mi vida y son inherentes a mi personalidad. No pretendo cambiar el mundo, pero si la visión de muchos fuera como la del Che, o por lo menos al actuar ante los acontecimientos de la vida, pensáramos más en que no estamos solos y que por consiguiente los demás tampoco, entonces serían diferentes los noticieros y los periódicos, porque como emisores de una verdad muchas veces espeluznante, se convertirían en mensajeros de una igualdad inminente. (Kirenia García Pérez. Villa Clara)

FARO, DERROTERO, GUÍA

            IV

Mano que toma la mía

si el camino se oscurece

eres Presencia que crece,

faro, derrotero, guía,

transgresor de la utopía

tú no conoces la muerte

ni hemos echado a la suerte

el futuro que se augura

cuando nos lleva segura

«tu mano gloriosa y fuerte».

(Yanet Medina Navarro. Pinar del Río)

DESDE MI EXISTENCIA DE CUBANO DE A PIE

Desde mi pequeña estatura de ser mortal, desde mi existencia de cubano de a pie, cada día se lo debo a San Ernesto de La Higuera, al Comandante Guevara, Fúser, o simplemente el Che, las tres letras que utilizamos los que lo amamos para simplificar una idea encarnada. Quizá por eso tiene tantos nombres.

Cuando me despierto en las mañanas, cuando debo tomar decisiones difíciles y trascendentales, cuando trato de ver más allá de lo que mis ojos y entendimiento pueden concebir, siempre viene a mí una y otra vez la misma interrogante, el mismo acertijo entregado por los druidas que nos habitan dentro: ¿Cómo lo haría él?

Antes que todo, el Che me dejó una lección: no hay nada imposible para el hombre, y me enseña diariamente a ser laborioso como hormiga, fiero como león, humilde como la tortuga, indetenible como halcón. Me enseña a cometer errores y rectificarlos, a pedir perdón, y a pensar en nosotros antes que en mí. Me acompaña para que cada día sea mejor persona, y de esa forma sumando millones a seguir su ejemplo, también el mundo sea mejor. (Helmis Michael Diéguez Hernández. Matanzas)

PARTE DE NUESTRA PROPIA VIDA

Antes pensaba que el Che era una imagen, un poco de historia, uno de esos tantos héroes. Pero no, he comprendido que el Che es una figura de todos los tiempos, que no solo está con nosotros cuando hablamos de él o cuando lo vemos. El Che está siempre con nosotros. Es parte de nuestra propia vida y de nuestros propios sueños para el futuro.

El Che me acompaña cada vez que regreso a la escuela, desde que comienzo a atravesar la avenida y comienzo a ver, a lo lejos, su rostro. Con cada paso voy acercándome más a él que nos recibe con boina y fusil. Y estoy con él todos los días, pues está dondequiera. Unas veces paso y lo saludo. Otras me siento y conversamos; otras paso y ni hablo ni saludo pero sé que está ahí, acompañándome y guiándome. (Carlos Alejandro Rodríguez. Villa Clara)

NOS HABITA DEBAJO DE LA PIEL

Desde aquellos «Pioneros por el comunismo» de primer grado, Che anda y desanda conmigo. Hasta en el inusitado paraje del desamor, me ha dado las fuerzas suficientes para no maldecir a una mujer ni de arrepentirme por haberla besado. Creí alguna vez que para ser como él había que tener abundante cabellera y barba casi al descuido. Los macheteros parecieron ideales, los operadores de combinadas y los tractoristas. La zafra, el campo de batalla ideal para blandir aquella adarga que solo años después pude entender mejor en las manos de Don Quijote.

El guajirito del batey no entendía por qué ningún caballo de su infancia de llamaba Rocinante. ¿Por fuertes y musculosos, porque los molinos de viento eran solo para halar agua? La foto del guerrillero sobre un mulo y el tabaco terciado en los labios lo incitaron a montar uno muy «Bandolero». No tardaron las caídas continuas. Así debía ser pues nadie aprende a ser Che sin caerse repetidas veces. Uno lo que no puede es quedarse en el suelo. El asma ni se me ocurrió inventarla para no tener que curarme con aquellos remedios de mi abuela a base de tripas de güira y miel de abejas. Los tabacos, ni soñarlo. Era mi abuelo quien los torcía bajo la exacta cuenta de sus dedos.

Los libros sí andaban por doquier gracias a un tío maestro. ¡Ni radio ni televisión pero aquellos libros respiraban: Che en Bolivia, Che en África! Angola, el internacionalismo, el deber, la osadía, ¡el no estás en la lista!... las lágrimas de mi madre... Ya no se trata de seremos, sino de somos como el Che. Entonces para Moa. La fábrica de níquel no podría tener otro nombre: Ernesto Guevara. Demetrio Presilla, el enorme ingeniero Presilla dándole la mano a uno, la misma mano de saludar al Che. Surgió la convocatoria para un contingente de emergencia productiva. El estímulo sería subir al Turquino. ¡Por fin la Sierra Maestra! Qué suerte, por la ruta del Che: Buey Arriba, La Otilia, Pata de la Mesa, El Alto de Conrado, California... El Capitán Descalzo. ¡Y andaba descalzo de verdad como los náufragos del Liguria en la isla de Salgari!

Podemos ser aventureros y estar enamorados de remate. Conocer el mundo con la universidad en la mochila. Un modo de ser como el Che con la adarga al brazo. Los hijos, la casa, la familia, una profesión. Imposible seguirlo en todo. Aunque ambos somos de carne y hueso, él es un ejemplo. Regalaba a mis amigos un preparado de alcohol para jugar dominó en horario de trabajo: ¡caballeros, el Che nunca hubiera hecho esto! “Ah, compadre, tú siempre con lo mismo, si el bárbaro estuviera vivo jugaría en nuestro equipo. Quizá, porque en los trabajos voluntarios nos pegábamos de verdad y si la producción andaba atrasada podían contar con nosotros 24 horas seguidas.

Ni treguas ni rendiciones. Estudios consecuentes, poesía, el polvo, miedos, riesgos, el tableteo de unos labios contra otros... «el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor». Tratar al menos de ser fiel, raigal, solidario, alegre, individuo, estoico... profundo al menos como si el mar y el Che se jugaran el planeta a las luces más azules. Igual que ese Turquino donde un hombre solo puede arriesgarse de muerte para salvar sus ideas.

En lo que más parece Che un sol es en que nos habita debajo de la piel para toda la vida. (Arcillo Rainel Peláez Conde. Camagüey)

NO SE ACABA LA MAGIA

En la juventud queremos llamarlo Ernesto, como a un amigo cercano, con la confianza que caracteriza a los cubanos y con la inocencia y el sano irrespeto que caracteriza a la juventud, no queremos que sea el Che de los periódicos ni de la historia, queremos que sea el Ernesto que nos acompaña, al que pedirle un consejo, de quien seguir el ejemplo, pero sin hipocresías ni falsas adulaciones, sin el membrete de su nombre en el brazo ni en la camiseta, es algo más íntimo, más personal, es quizá el amigo que falta en la adolescencia y que tanto se necesita. Cuando somos adultos cambia la perspectiva pero no se acaba la magia. Lo seguimos llamando Ernesto o Che, según lo que queramos consultarle, si es algo personal o algo de trabajo, si es algo que solo nos concierne a nosotros o le concierne a todo el país. Le consultamos nuestros pequeños problemas personales, nuestro trabajo, nuestra familia, cómo enfrentar un problema particular con nuestros hijos y en ese momento es el mismo Ernesto de la juventud, más maduro, como mismo hemos madurado nosotros. Le comentamos también los problemas del país, muchas veces avizorados por él desde hace muchos años, y entonces es el Che, tratando de averiguar cómo hubiese actuado en una situación determinada, qué hubiese recomendado de haber podido hacerlo. Y seguimos creyendo que siempre tiene razón, que su visión, que siempre estuvo matizada por un realismo inusual, nos puede seguir ayudando en los momentos difíciles. (Magali Duarte Ginorio. Ciudad de La Habana)

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