En la ruta hacia el Cuartel Moncada, Fidel almorzó en Camagüey

El joven abogado Fidel Castro hizo un alto en ese territorio el 25 de julio de 1953. Cuatro años después, el mismo tramo de la Carretera Central viviría otro suceso poco divulgado. De nuevo el desafío, la impaciencia...  

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El local donde se detuvo en Camagüey el líder de los Moncadistas es ahora una pizzería que lleva el mismo nombre, y recuerda el suceso en una placa. Foto: Franklin Reyes

CAMAGÜEY.— Mientras el auto de alquiler devoraba los kilómetros de la Carretera Central rumbo al indómito Santiago de Cuba, en sus tripulantes crecía la impaciencia. Viajaban resueltos al lado del jefe de la futura acción, presentían con gravedad que había llegado «la hora»; y sin embargo, un remolino de incógnitas los dominaba...

Cada provocación del paisaje a su paso avivaría el gesto desafiante. Cuando alrededor de las tres de la tarde la vista se les perdió en la inmensa llanura camagüeyana, tal vez desfilaron por sus mentes la bravura de la caballería agramontina, el machete enhiesto de los protagonistas de la Batalla de las Guásimas...

Entonces, según coincidieron luego los protagonistas, el líder de aquella tripulación, que no era otro que Fidel Castro, indicó al chofer (Teodulio Mitchell Barbán) detenerse en un punto de una calle anchurosa.

Habían llegado a Camagüey, a una esquina de la avenida Cornelio Porro, entre las calles Tercera y Cuarta, del reparto Garrido. En aquel recinto desconocido almorzarían.

Se trataba del Bar Manolo, o el Bar Los Venaditos (hoy pizzería del mismo nombre), propiedad del español Manolo González Pérez, conocido en la zona por su oferta de bebidas y buena comida criolla y su crianza de venados en zonas aledañas.

«El lugar escogido —contó Mitchell, ya fallecido, a la periodista Susana Lee— era una especie de fonda de madera, pintada de azul oscuro (...) Había un mostrador largo al fondo y dos dependientes, blancos, altos los dos, con aspecto de españoles.

«Unimos dos mesas y cuando trajeron la lista, me parece que Fidel propuso que comiéramos todos igual para salir rápido. Almorzamos, recuerdo, enchilado de langosta, arroz blanco, plátanos de esos que les dicen chatinos, refrescos y creo que frijoles negros. Todo estaba muy limpio. Terminamos, Fidel pagó y volvimos a salir a la Carretera Central».

La discreción que aconsejaba el viaje, como es lógico, impidió que el hecho trascendiera hasta después del triunfo revolucionario. Solo entonces esos detalles del recorrido hasta el Oriente fueron contados por el propio Fidel y sus acompañantes, entre los que se encontraban, además del chofer Michell Barbán, el telegrafista Manuel Lorenzo y el joven revolucionario palmero Oscar Alberto (Nito) Ortega.

Sin embargo, 54 años después JR corroboró con trabajadores y vecinos del lugar que ese suceso se conservó siempre como uno de los más entrañables de Los Venaditos.

George Gómez Rodríguez y Rosario Leyva, por décadas vinculados al actual centro de servicios, recordarán eternamente la emoción con que Manolo González, disfrutaba relatando a los nuevos sobre aquella parada.

Acodado tras el mostrador o arrellanado en su cocina, el hombre no dejaba de revivir el pasaje y especulaba en torno a aquel peldaño en el silencio, desde tierra camagüeyana, en el camino hacia la libertad.

Su caballerosidad para con los viajeros de alguna forma resultó reconocida ocho lustros después, cuando en 2003 se colocó en una pared de la antigua fonda una placa en la cual se suscribe que «en este lugar... almorzaron Fidel Castro Ruz y varios de sus compañeros cuando se dirigían a Santiago de Cuba a las acciones del Moncada».

OTRAS HUELLAS

Ese suceso, poco divulgado, no resultó el único que entroncó el suelo de El Mayor con el 26 de Julio. Investigaciones históricas realizadas por especialistas agramontinos y publicadas por estos días en la revista Senderos, de la Oficina del Historiador, dan cuenta de cómo la ciudad de Camagüey fue testigo del paso de los 153 participantes en los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

El mayor grupo, según reseña Francisco J. Luna en el trabajo Las huellas de los moncadistas en la tierra de El Mayor, aproximadamente de 80 jóvenes, se trasladó en autos, que atravesaron la ciudad sin detenerse y con un intervalo de 30 minutos de diferencia.

Otro, de 21 compañeros, se transportó en la ruta 80, Habana-Santiago, e hizo una breve escala en el antiguo Hotel Residencial, hoy Hotel Puerto Príncipe, ubicado en la camagüeyana Avenida de los Mártires.

Cinco combatientes harían una breve estancia en el antiguo hotel América, lugar de parada de otra ruta de ómnibus interprovinciales. En ferrocarril se trasladaron 17, entre ellos Raúl Castro, e hicieron una breve parada en la estación local en la noche del 24 de julio.

Dos días después de los asaltos, el 28, burlando la persecución de las fuerzas de la dictadura en Oriente, cuatro de los asaltantes al cuartel de Bayamo lograron llegar hasta esta provincia, entre ellos Antonio Ñico López Fernández y Antonio Darío López García, quienes con ayuda camagüeyana lograron alejarse de área de peligro.

LA BANDERA PINTA EL CAMAGÜEY

Los sucesos del 26 de Julio de 1953 calaron hondo en la conciencia de los jóvenes del centrooriental territorio. Añadamos a estos episodios que cuatro años después, el 26 de julio de 1957, un grupo de noveles revolucionarios camagüeyanos se enroló en otra aventura atrevida, digna de contarse.

Ángel Pérez Geijo, uno de los dirigentes del Movimiento 26 de Julio en la zona, relató recientemente al periodista camagüeyano Orlando de la Cruz Barbán, que revolucionarios de la ciudad cabecera y del municipio de Florida organizaron una acción coordinada en el lugar conocido como La Vallita, con la intención de que tuviera una gran repercusión...

«Nosotros —evocó Pérez Geijo con voz exaltada— estábamos acostumbrados a poner banderas en las palmas y en las cercas, que siempre nos tumbaban los guardias.

«Pero la noche del 25 de julio de 1957 a alguien se le ocurrió la idea de subir una bandera del 26 a la torre de televisión del canal 6, que existía en la finca Caobabo. La torre se situaba a unos 500 metros del crucero de la Carretera Central de La Vallita, y a igual distancia del cuartel de la guardia rural.

«El compañero Alfredo Hernández García, que en ese entonces tenía 17 años y era miembro del Grupo de Acción y Sabotaje, subió la bandera. Nosotros teníamos miedo, porque que era una altura considerable. Alrededor de las 11:15 de la noche el muchacho escaló la torre con una bandera de tres metros de largo y medio metro de ancho.

Flotando en la torre amaneció al otro día el estandarte. Como el sitio estaba tan cerca de la vía principal de Cuba los automóviles se detenían, convocados por el hermoso espectáculo que se divisaba en la llanura a cuatro o cinco kilómetros de distancia; los campesinos de la zona empezaron a congregarse.

Desde Florida llegó iracundo un capitán del Ejército ofreciendo 20 pesos al que quitara la bandera, mas fue bien difícil controlar la situación.

«Por fin consiguieron a un ciudadano que logró bajarla buen rato después», dice contento Geijo. Según él, la noticia trascendió en distintos medios con el titular «Coloca grupo fidelista bandera en torre de televisión».

Era quizá esa oración un símbolo para tiempos futuros. La bandera roja y negra sigue ondeando en torres, palmeras, montículos; en ojos, pechos y almas de millones.

Edición especial de Senderos

CAMAGÜEY.— Una edición especial de la revista Senderos, dedicada a la epopeya heroica del 26 de Julio de 1953, circula aquí entre los asistentes a la celebración del acto central nacional por la efeméride.

José Rodríguez Barreras, director de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey, informó que el nuevo número intenta contribuir a la divulgación sobre el aporte de esta región del país a la victoria definitiva en la última etapa de la lucha armada, con la inclusión de materiales sobre la constitución del Movimiento 26 de Julio en este territorio, sus líderes y circunstancias.

En una treintena de páginas, la revista incluye igualmente elementos sobre el paso por la ciudad agramontina de los participantes en los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y otros aspectos poco conocidos, como la vida del joven Reynaldo Benítez Nápoles, moncadista y expedicionario del Granma, quien se formó como revolucionario en Camagüey, acompañados de numerosas fotografías e ilustraciones sobre el devenir del territorio en los últimos 50 años.

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