Pregunte sin pena

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MC: Tengo 52 años y llevo un matrimonio de 31. Mi esposo me pide sexo cada vez que se le ocurre, pero yo no siento deseos de complacerlo siempre, porque no estoy estimulada. Cuando llega del trabajo no habla conmigo, no me hace ni un cuento, no repara las cosas de la casa que se van deteriorando. Por tanto, mi mente se ocupa con esas preocupaciones. ¿Es algo anormal lo que está pasando en mí? Quisiera que me publicaran, pues a él le encanta dejarme sobre la mesa esta página del periódico. Así insinúa que lo que pasa entre nosotros es un problema mío nada más. ¡Qué machismo!

¡Qué bien que intente comunicarse aunque sea a través del gesto de la página en la mesa! ¡Lástima que avive la rivalidad!

Hombres y mujeres somos diferentes y eso dificulta los vínculos. Para una mujer la palabra y el sostén son magia. Para un hombre el disfrute carnal puede ser tan vital como el alimento. Sin embargo, no son pocas las veces que ellos castigan a sus amadas con el silencio y la desatención, así como ellas los condenan a la abstinencia. Por consecuencia, terminan ambos circulando viciosamente en la mortífera órbita de la desesperanza, satisfechos con el malestar del otro.

Él quisiera la amante esposa que posiblemente tuvo y usted anhela una palabra dulce del compañero para la vida, que quizá fue él alguna vez. Pero no encuentran el modo de dialogar para ceder, recibir y tolerar al mismo tiempo.

En no pocas ocasiones, el atiborrado ajetreo cotidiano, con su agotamiento habitual, distancia a la pareja que decidió unirse enamorada. El abandono del nido por los hijos ya casados nos lleva a posar la mirada al costado, donde habita quien puede resultarnos extraño, aunque lleve en sí mismo el amor que espera ser también elegido para tornasolar el océano gris de la existencia.

Escribirnos señala su deseo de cambiar las cosas y encontrar un modo de hacerse entender por su esposo. Pero este recurso es aún muy indirecto para dos personas que solo con mirarse pueden iniciar un nuevo lazo.

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