Confesiones del militar soviético que derribó el avión U-2 durante la Crisis de Octubre de 1962

Cumplimos simplemente con un deber, dijo Iván Mironovich Guerchenov, quien el 27 de octubre de 1962, hace 45 años, participó en la batería que derribó al avión espía U-2 en Banes, en el Oriente cubano

Juventud Rebelde
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27 de Octubre del 2007 0:42:31 CDT
Así quedó el U-2 tras ser derribado por la cohetería soviética el sábado 27 de octubre de 1962, en Veguitas 3, Banes, Oriente, hoy provincia de Holguín. A mediados de 1996, en la sede del ICAP, en Ciudad de La Habana, conversamos con uno de los soldados soviéticos que participó en el derribo del avión espía U-2 en Banes, Oriente (hoy Holguín), el 27 de octubre de 1962, hace 45 años, entrevista hasta ahora inédita.

«Sí, pertenecí a la batería que disparó contra aquel avión que sobrevolaba entonces tierra cubana. Cumplimos simplemente con un deber, como hubiera hecho cualquier otro militar de nuestras tropas coheteriles antiaéreas emplazadas en Cuba entonces», nos dijo Iván Mironovich Guerchenov.

«La orden dada por el Comandante en Jefe Fidel Castro era disparar a todo avión que violara el espacio aéreo cubano y coincidía exactamente con la disposición de la jefatura de nuestras tropas en Cuba.

«No creemos haber realizado ningún acto heroico. Para eso precisamente nos prepararon bien en mi patria los oficiales encargados de esa tarea. Solamente formamos parte del grupo de compañeros que disparó el cohete rumbo al aparato enemigo y estimo que haber dado en el blanco no es ser héroes».

El soldado soviético Iván Mironovich Guerchenov, de la batería de cohetes tierra-aire del tipo SAM que derribó al aparato enemigo. Guerchenov, con 24 años en aquel momento, había nacido en Rusia en 1938, y al momento de nuestro diálogo tenía 58 años.

«Nuestra batería de cohetes antiaéreos tierra-aire estaba emplazada en un sitio estratégico, en “La Anita”, a unos siete kilómetros de la ciudad de Banes.

«Recibimos a las 10 de la mañana una llamada urgente, en clave, por radio, desde la jefatura soviética ubicada en Camagüey. Nos decía que un U-2 violaba el espacio aéreo oriental y había que derribarlo de inmediato.

«La orden la daba el General de nuestras Tropas Coheteriles, Georgi Alekseevich Voronkov. Demoro más en contarlo que el tiempo en que ocurrió todo. El jefe de nuestra batería, Valentin Orjoski, ordenó hacerle fuego al avión espía.

«Desde la altura de nuestro emplazamiento se observaban perfectamente la bahía de Banes, el central Nicaragua (antiguo Boston), el mar, toda la ciudad de Banes, y, ¡por supuesto!, el cielo.

«El U-2 (Utility-2) fue desarrollado en los años 50 por la firma Lockheed Skunk Works. Es capaz de volar a 72 000 pies (unos 22 kilómetros), o sea, a más de 13 millas de altura. Lo diseñó el director de esa empresa, Clarence L. “Kelly” Jonson. Emplea siete cámaras fotográficas y puede visualizar 125 millas de ancho.

«En realidad los radares dicen mucho en esas circunstancias, pero nuestros ojos también. El nuestro era un cohete antiaéreo tierra-aire SAM, muy popular entre nuestras tropas como un “D-Viná”, alusivo a un río de Siberia.

«Cuando nos cercioramos de que era el instante preciso, el reloj marcaba las 10:10 minutos de la mañana. Apretamos el botón rojo y efectuamos el primer disparo. Tenía un alcance de 30 kilómetros. Pero, por si acaso, apretamos otra vez el botón, es decir, que le lanzamos dos cohetes, para derribarlo de todas maneras.

«Después comprobamos que el primer cohetazo fue el certero, el que derribó al aparato agresor, aunque el cielo estaba oscuro, propio de un sábado nublado de octubre.

El piloto del U-2

El aparato espía cayó a las 10:17 minutos en medio de un camino, entre unos campos de caña de una zona llamada Veguitas Tres, según reseñó la prensa de la época.

Mayor Rudolph Anderson Jr., piloto de la aeronave derribada. El U-2 perdió un ala, y envuelto en llamas se abalanzó a gran velocidad hacia la tierra. El cuerpo del piloto norteamericano, el oficial Rudolph Anderson, estaba separado unos cientos de metros del aparato, que se partió en tres partes. Su cadáver, fijado a la silla del avión, se encontraba exactamente entre un cañaveral y la línea del ferrocarril.

Le fue ocupado un Plan de Aviso donde se pudo ver que había volado sobre Corea Democrática y sobre Cuba en otra ocasión. Además, una billetera negra con 20 dólares, dos cheques en blanco números 232 y 233, un anillo y un carné de mayor de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Tenía 35 años y pesaba 180 libras.

Traía también cámara fotográfica manual, radio, un paracaídas, una mochila plástica con medicamentos, anzuelos de pesca, tijeras, agua potable, un fusil calibre 22 con bastantes cápsulas, cuchillas, medias y hasta un tirapiedras.

Un tractor y una grúa arrastraron la aeronave hacia la vía férrea y la montaron en planchas. En tren se llevaron los restos del avión hasta Veguitas Seis, donde esperaban un camión y dos carretas que los trasladaron hacia Ojo de Agua, en Bijarú.

El cadáver del piloto fue trasladado a la morgue del hospital del Central Nicaragua, donde el entonces enfermero Abel Tarragó López, que tenía 24 años, ayudó al médico cubano Víctor Pupo y practicaron una preparación inicial del cuerpo del mayor Anderson. Suturaron sus heridas y le inyectaron formol al 40 por ciento.

«Después los restos se trasladaron hacia Antilla, donde la morgue que allí funcionaba tenía refrigeración. Posteriormente el cadáver se envió hacia el actual pediátrico de Holguín y más tarde rumbo a Santiago de Cuba, donde se le practicó la necropsia oficial por especialistas forenses.

Anderson había nacido en Greenville, Carolina del Sur, Estados Unidos, el 15 de septiembre de 1927. Su cadáver fue devuelto a Estados Unidos. En la ceremonia de entrega oficial del sarcófago con su cadáver y sus pertenencias, realizada el domingo 4 de noviembre a las tres de la tarde, en el aeropuerto de Rancho Boyeros, participaron Emil A. Stadelhofer, embajador de Suiza y el doctor Antonio Carrillo Carreras, director de Protocolo del MINREX. Fue sepultado en su tierra natal, el 6 de noviembre de ese año 1962.

Nota: Agradecemos la ayuda prestada para realizar este trabajo, en 1996, a la colega de Radio Banes María Alejandra, y al historiador Abel Tarragó López, quien en 1962 era enfermero del central Nicaragua. El fotógrafo de esta entrevista falleció hace algunos meses.

Desde la trinchera de mayor peligro

«Nunca brilló más alto un estadista que en esos días», escribió el Che, en su célebre carta de despedida, sobre la postura de Fidel en la Crisis de Octubre.

El mismo Comandante en Jefe, en sus Cien horas con Fidel, de Ignacio Ramonet, comenta aspectos esenciales de este suceso histórico:

«Los norteamericanos detectan las instalaciones para los misiles entre el 14 y el 15 de octubre (...) El 16 se le informa a Kennedy. Seis días después comienza la Crisis de Octubre (...) permitir volar a los aviones espías le otorgó, gratuitamente al adversario una ventaja extraordinaria (...) El 20 de octubre (...) se decide el bloqueo naval de la isla con 183 buques de guerra, entre ellos 8 portaaviones y 40 000 infantes de marina a bordo (...) se concentraron en la Florida 579 aviones de combate, estaban listas 5 divisiones del Ejército, entre ellas las de élite aerotransportadas, 82 y 101 (...) Kennedy habla por la televisión el 22 a las 7 p.m. y anuncia el bloqueo naval a Cuba (...) dice que la URSS debe retirar sus proyectiles o arriesgarse a esa guerra (...) El 21 de octubre había ya 21 rampas de lanzamiento terminadas».

El bloqueo naval yanqui se hizo efectivo el 24 de octubre. Fidel había anunciado por la televisión el día antes la Alarma de Combate y la movilización de nuestros combatientes: 300 000 hombres sobre las armas.

«(...) seguían sus aviones espías U-2 —recuerda Fidel a Ramonet— y empezaron también a hacer vuelos de reconocimiento, incluso a baja altura. Nosotros decidimos disparar contra los aviones norteamericanos que volaban rasantes. El vuelo rasante no se podía detectar entonces, y facilitaba un ataque por sorpresa. Se lo planteamos a los responsables militares soviéticos que estaban aquí, les dijimos que los vuelos rasantes no se debían permitir. Les informamos previamente que íbamos a disparar. Y abrimos fuego de artillería antiaérea. (...) El 27 de octubre, una batería de cohetes antiaéreos SAM en la provincia de Oriente, manipulada por los soviéticos, dispara y derriba a un avión espía U-2. Se produce entonces el momento de máxima tensión. Muere el oficial norteamericano Rudolph Anderson». (Páginas 313-314 del libro citado).

En carta de Fidel a Nikita Jruschov, el 26 de octubre, le dice: «El estado moral del pueblo cubano es sumamente alto y se enfrentará al agresor heroicamente».

Jruschov en carta a Fidel, el 28, le plantea: «(...) ayer ustedes derribaron uno de ellos, mientras que antes no los derribaban cuando sobrevolaban su territorio».

Ese mismo día, también por carta, el Comandante en Jefe le responde: «Si queríamos evitar los riesgos del ataque por sorpresa, era necesario que los artilleros tuvieran órdenes de disparar. El mando de las fuerzas soviéticas le podrá brindar informaciones adicionales de lo que ocurrió con el avión derribado (...) si usted instala los cohetes tierra-aire, no puede permitir que vuelen por encima del territorio que debe defender (...) Estados Unidos no permitiría que un avión de observación soviético volara sobre sus cohetes en Italia y Turquía».

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