El Granma navega con los jóvenes al futuro

Son ahora millones los expedicionarios. Esta juventud es resultado de la Revolución, y tiene que ser mejor, sostiene uno de los que abordó aquel yate hacia la conquista de la libertad

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Foto: Angelito Baldrich Su nombre lo había leído en algunos libros relacionados con la última etapa de la lucha por la liberación nacional, pero nunca imaginé que un día me recibiese en su casa para hablar de la epopeya del desembarco del Granma, un hecho que protagonizó. En aquel primer encuentro, como en los restantes, Carlos Bermúdez Rodríguez perdió la noción del tiempo.

Rodeado de la esposa, hijos y nietos, hablamos de la natal Placetas, de la llegada a La Habana a finales de 1951 —con apenas 18 años—, de las peripecias para distribuir los textos de La Historia me Absolverá, de cuando Armando Hart, Faustino Pérez y Pedro Miret decidieron que viajara a tierra azteca para unirse a un grupo de jóvenes que habían jurado ser libres o mártires, hasta sus labores de hoy, a los 74 años, como asesor principal del Grupo Industrial Perdurit, del Ministerio de la Construcción.

«En enero de 1956 me entregaron el pasaporte y salí en marzo para Veracruz por el puerto de La Habana, en el barco Francisco Manasí. Me fui solo con una dirección (Emparan 49-C, Ciudad México, y regresé con 81 compañeros.

—¿Alguien lo recibió en México?

—Al llegar al muelle de Veracruz y salir a la calle, reconocí a un hombre que solo había visto en fotos. Estaba en la acera de enfrente y vestía un traje color marrón. El hombre era Raúl Castro —«Raulito», como se le decía.

—¿Hacia dónde fueron?

—Raúl me llevó a la terminal de ómnibus ADO, buscó un pasaje para Ciudad México y me despidió. Al llegar a la capital me recibieron Félix Elmuza, Jesús Montané y Fidel, a quien se le debía decir Alejandro. Fidel le orientó a Elmuza que me llevara al apartamento 5, de la Avenida Insurgentes.

—¿Con quién vivió en la casa-campamento?

—En Insurgentes número 5 viví con Almeida, Ramiro Valdés y Ciro Redondo. Nos prestábamos la ropa, nos queríamos como hermanos. Es importante recordar que nosotros no vivíamos como reyes; pasábamos muchas necesidades, pero todos éramos conscientes de lo que se hacía. A pesar de lo jóvenes que éramos, de lo que sí estábamos seguros, es que teníamos que liberar a la patria.

—¿Cómo se hicieron los entrenamientos militares?

—Por las noches empezamos a recibir clases teóricas de guerrilla impartidas por Alberto Bayo, un camagüeyano y ex coronel en la Guerra Civil Española, que residía en México. Por las mañanas salíamos en parejas de las casas, nos reuníamos en el parque Linda Vista y partíamos a caminar la ciudad o a escalar las montañas más próximas.

«Fuimos al campo de tiro Los Gamitos. Por vez primera disparé con un fusil 30,06. Para evaluar la puntería soltaban un guanajo, y el que le daba el tiro, se lo llevaba para comérselo. Casi todos aprendimos a tirar allí. En el Rancho de Santa Rosa también nos entrenamos; subíamos las montañas por las noches. Alberto Bayo era el jefe de instrucción militar y el Che era el jefe de personal.

—¿Había contradicciones entre los revolucionarios?

—Se discutía, porque había puntos de vista que no coincidían. Algunos planteaban que la solución era tumbar a Batista y restituir la Constitución de 1940. El Che en las discusiones me decía que yo era rojito, aunque te digo que no tenía claro lo que era el comunismo. Yo sabía lo que quería, había que cambiar el país, aunque no sabía cómo hacerlo.

—¿Sintió miedo de que lo apresaran las autoridades mexicanas?

—Cuando uno está consciente de lo que hace, es capaz de sobreponerse a cualquier cosa.

—Usted fue uno de los pocos que vio la detención de Fidel la noche del 20 de junio de 1956. ¿Cómo actuó ante el arresto del líder?

—Estaba en la casa-campamento de Kepler y Copérnico y sentí que había problemas en la calle. Subí a la azotea y pude ver, a lo lejos, la detención de Fidel. Bajé, y sin decir nada al resto de los compañeros, salté la cerca del fondo de la casa, crucé un pasillo y llegué a la calle.

«Me enganché en un tranvía y fui al centro de la ciudad. Estuve toda la madrugada en la calle. Con los primeros claros del día localicé a Héctor Aldama, miembro de la dirección del Movimiento 26 de Julio y le conté lo sucedido. Aldama contactó a Albertico, hijo de Alberto Bayo, y este nos llevó en un Chevrolet al rancho Santa Rosa a ver a Raúl, porque estaba pasando el entrenamiento allá. Al llegar me dicen que se encontraba en las montañas. Subí y le dije que me preocupaba que mataran a Fidel.

—¿Qué sucedió después?

—Raúl bajó, dejó al Che al frente del campamento y viajó con nosotros a la capital para contactar con Juan Manuel Márquez. Me dijo que me hospedara en el hotelito Galveston. Entonces me orientó viajar junto a otros compañeros a Veracruz. Después soltaron a Fidel, quien viajó a Veracruz y en una reunión nos dijo que debíamos regresar a Ciudad México.

«Fuimos a una casa donde estaban Calixto García, el Che y Roberto Roque. Una tarde llegó Cándido González y me dijo que lo acompañara. Me llevó para una residencia deshabitada y allí pasé la noche solo. Al amanecer llegó Cándido con otro compañero en un Pontiac del año.

Nos dirigimos al motel Poza Rica. Allí estaba Fidel, me dio las instrucciones y el Che me entregó para una casa a las orillas del río Tuxpan. Todo eso fue por los días 14 o 15 de noviembre de 1956.

—¿Cuáles fueron las instrucciones?

—Me ordenó cuidar una nave que había detrás de la casa de Tuxpan y me dijo que allí no podía entrar nadie. Al día siguiente llegó Jesús «Chuchú» Reyes en un bote, me entregó unas galletas, un embutido y el libro La batalla de Ayacucho. El 24 de noviembre trajo como 15 o 20 sacos, unos huevos, jamón y un paquete de medicinas. El 25 por la mañana se apareció con un barco. Entonces fue cuando me percaté de que la salida era inminente.

—Ante la certeza, ¿qué hizo?

—Al lado de la casa de Tuxpan, en una parcela había 30 o 40 matas de naranja. Al sospechar que la salida podía ser en cualquier momento y no veía suficientes alimentos para la travesía, decidí recoger naranjas y almacenarlas en los sacos que trajo «Chuchú». Después lo ayudé a poner unas tablas y las amarramos con unas sogas para poder acceder al barco.

«Por la noche empezamos a montar la carga sin llamar la atención. La idea era hacerlo como si fuéramos a salir de pesquería».

—¿Cuándo abordó el Granma?

—Estoy casi seguro que fui el último en montar, porque ayudé a zafar la soga que lo sostenía al muelle improvisado.

—Una vez a bordo, ¿pensó que era una locura de jóvenes?

—Nunca he considerado que Fidel haya hecho nada de locos. Sabíamos que venir a pelear era la única forma de cambiar la situación que tenía Cuba.

—La capacidad del yate era de 20 personas y fueron 82 los que realizaron la travesía. ¿Cuán difícil se hizo el viaje?

—Íbamos unos encima de los otros. Hice todo el viaje al lado de la puerta de la cabina. En la noche se iba un poco mejor, había compañeros que se subían al techo o salían a los laterales. Durante el día permanecíamos dentro. Todos estábamos contentos, aunque algunos se marearon. Recuerdo que se repartieron medicinas a los enfermos y se distribuyeron entre los más delicados de salud las naranjas. Fíjate si fueron importantes...

—¿En qué pensó cuando supo que Roque había caído al agua?

—Como venía al lado de la puerta de la cabina escuché una discusión entre Onelio Pino, capitán del yate, y Roque. La causa era porque uno decía que se divisaba el faro y el otro lo negaba. Ante esta situación Roque se subió al techo, se partió el palo del que se sujetaba y cayó al agua. Me hice la idea de que se había ahogado. Para mí no era lógico recoger a un hombre arriesgando la vida del resto.

«Ahí fue cuando Fidel nos demostró que se podía luchar con él, porque no abandonaba a nadie. Fidel rescató a Roque, rescató a un pueblo y lucha por rescatar a la humanidad. Fidel siempre actuará como un joven, porque sus ideas no envejecen».

—En México había más jóvenes dispuestos a luchar contra la tiranía que los 82 que vinieron en el Granma. ¿Conoce la causa de su selección?

—Imagino que haya sido por el trabajo realizado en Cuba en el Movimiento 26 de Julio. La disciplina y la forma de comportarme fueron decisivas. Otro elemento que influyó en la selección, eran los conocimientos que poseíamos. Durante la preparación nos enviaban a leer libros y ver películas, después nos pedían las valoraciones. Se dijo que otros compañeros no vinieron porque no cabían. Eso es verdad, pero creo que vinimos los más preparados.

—¿Por qué en un yate?

—Fue lo que Fidel tuvo a mano. Él había dicho que ese año seríamos libres o mártires. Tal es así que cuando El Cuate le muestra por vez primera el yate a Fidel, él le dice que si lo reparaba, en ese mismo hacía el viaje. Además, se pensaba venir en cualquier cosa, pues entre nosotros había pilotos y marineros.

—Hicieron sus saliditas y tuvieron sus novias en México, ¿no?

Raúl Castro, Reynaldo Benítez, Piedad Solís, Teresa, Carlos Bermúdez (entrevistado), Universo Sánchez y otros compañeros. —Allí el que más o el que menos tuvo novia. Incluso compañeros nuestros se casaron. Está el caso de la boda de Reynaldo Benítez y Piedad Solís. El reglamento lo prohibía por lo discreto que se debía estar, pero eso sí que no lo impide nada ni nadie. Yo tuve una noviecita mexicana; se llamaba Gloria.

«Nadie podía salir en la noche, pero me daba mis escapaditas. Hice muy buenas relaciones con esa muchacha. Incluso su hermano Manuel me propuso que me quedara con ella en México. Gloria era muy bonita, me gustaba, pero no podía dejar la causa. Después del triunfo traté de contactarla pero fue imposible».

—Fidel ha dicho que el Granma ha proseguido ininterrumpidamente su ruta revolucionaria. ¿Cuánto de cierto hay en ello?

—La realidad ha superado los sueños. Recuerdo que hablábamos de la Reforma Universitaria, porque queríamos que los trabajadores y hombres de todas las clases asistieran a la Universidad. Pero lo que nunca me pasó por la mente es que 51 años después Cuba llegaría a ser una gran universidad. No dudo que Fidel haya pensado en esto, porque él siempre ha visto lejos.

«El Granma sigue navegando con rumbo certero al futuro, pero ahora con millones de tripulantes. Navega el pueblo junto a Fidel, nos acompañaron los miles de cubanos que combatieron en África y otras regiones del mundo, y los millones de jóvenes que son expedicionarios del yate del conocimiento y la verdad. Si no los tuviéramos a ustedes se pudiera decir que ha fracasado la Revolución. Esta juventud es resultado de la Revolución, y tiene que ser mejor que nosotros».

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