Una familia de maestros

Siete de los hijos de Ramona Sánchez Jay dejaron a un lado sus preferencias personales para entregarse al magisterio

Autor:

Rachel Domínguez Rojas

Ramona junto a Niuba, Marlenys, Margarita, Elba, Yolanda, Gregorio y Fredesvinda. Foto: Juan Moreno Ramona Sánchez Jay se siente orgullosa de muchas cosas a los 80 años de existencia, pero entre todas distingue que, de sus nueve hijos, siete se convirtieron en maestros: Niuba, Marlenys, Margarita, Elba, Yolanda, Gregorio y Fredesvinda Oliva.

El ambiente festivo se siente en todos los rincones. Uno de los nietos cumple años, y es la ocasión perfecta para que se reúna todo el familión, que incluye hasta bisnietos.

En el patio de la casa, ubicada en el barrio de La Cohetera, en el reparto capitalino Casablanca, esta señora espera impaciente a que llegue el hijo que falta.

Mientras tanto, vuelve al pasado y recuerda los tiempos en que participó en la organización de la Joven Cuba y cosió brazaletes del 26 de Julio para el II Frente Oriental Frank País, comandado por Raúl Castro en tierras guantanameras.

Siempre le insistió a sus hijos sobre la importancia de estudiar y aprovechar las oportunidades que brinda la Revolución, posibilidades que ella nunca tuvo. Ramona solo pudo estudiar hasta tercer grado con un profesor perteneciente a una escuela pública que iba hasta su pueblo. Hoy tiene el orgullo de ver a sus nueve hijos convertidos en profesionales y con un agradecimiento infinito por quienes les abrieron el camino a las primeras letras y al saber.

«El maestro debe tener las cualidades que requiere una persona para educar, como la honestidad y la dulzura», dice Ramona.

Y fue con esas cualidades, además de la humildad, con las que estimuló la elección de sus hijos, a los que educó a solas en el placer del sacrificio por su país.

Con esa misma humildad abrió las puertas de su casa para que este diario siga descubriendo, a través de la mirada de sus hijos, muchos de los actuales desafíos de la educación en Cuba.

«A ella siempre la vimos como una maestra. Puede que no haya estudiado lo suficiente, pero lo fundamental es el amor y la paciencia, que le sobraba con nosotros. Ahora hace lo mismo con sus nietos», nos dice enternecida Yolanda, quien lleva 36 años de profesora, vocación que confiesa debe mucho a su mamá.

«El maestro —sostiene— debe ser como piensa mi madre: un formador, un educador. Tiene que ser una persona multifacética, tiene que dar el ejemplo en todo».

Yolanda cree que su elección, como la de sus hermanos, fue también el resultado de lo que llaman la «generación del sacrificio, una época en la que muchos renunciaban a sus aspiraciones individuales para ser arrastrados por el volcán de la Revolución».

Solo que los hijos de Ramona opinan que algo se ha apagado en esa ardiente lava de los años fundacionales, para dar paso ahora a cierta falta de compromiso en algunos hacia prioridades del país.

Niuba no fue psicóloga

Niuba Oliva, la menor de las hijas, siempre quiso ser psicóloga. La influencia de sus hermanos y la necesidad de maestros que tenía el país al triunfar la Revolución hicieron que hoy trabaje en la Escuela Formadora de Atletas de Alto Rendimiento; allí es profesora de Geografía y jefa de Departamento de Ciencias Naturales.

«Yo aplico constantemente mi vocación con mis alumnos, porque ambas profesiones tienen mucho en común —dice. Logré conciliar mi frustración con mi profesión: un maestro tiene que ser un psicólogo».

Algo parecido le ocurrió a Elba Oliva, que dejó a un lado su sueño de ser doctora y se integró al plan de becas Ana Betancourt.

«Llevo 34 años en la profesión y nunca me he arrepentido de haber tomado este camino. He tenido muy buenas experiencias y resultados».

Entre ellos están el haber recibido el Premio Especial del Ministro de Educación y la condición de Vanguardia Nacional.

Elba se siente feliz además por su trabajo investigativo en la comunidad sobre la formación de valores éticos en los niños de la Enseñanza Primaria.

«Una de las mejores maneras de hacerlo —explica— es a través de los textos de José Martí, en especial La Edad de Oro y las Cartas a María Mantilla».

A ella también la marcó el ejemplo de una doctora de La Habana del Este, a la que prefiere llamar sencillamente Virgen. Ella tenía entonces cuatro años y la actual doctora 14. Pero esta última alteró su edad para participar en la Campaña de Alfabetización.

A Elba le encantaba acompañarla en las tardes a las aulas improvisadas con alumnos ávidos de aprender el abecedario, verla enseñar en aquellos años llenos de entrega y energías.

«La mayor satisfacción que puede tener un maestro es el reconocimiento social, ¿te imaginas cómo se siente ver a un alumno al que enseñaste a leer convertido en un doctor que acaba de cumplir misión internacionalista?».

—La educación actual está sometida a cambios significativos. ¿Qué opinan al respecto?

—La educación tenemos que mejorarla en muchos aspectos —comenta Elba. Estamos tratando de transformarla con la nueva generación de jóvenes, principalmente los emergentes. Nosotros, los maestros de experiencia, somos los encargados de que los principios de nuestra educación se mantengan con estos jóvenes.

«Tratar de rectificar los errores es lo más inteligente que podemos hacer. Se puede comenzar por profundizar en el trabajo con los maestros emergentes, en cómo deben transmitirse los valores a los niños, que es la labor más ardua. El que no está bien instruido en ese sentido no lo logra satisfactoriamente, o sea, no se puede dar lo que no se tiene.

«Opino que hay que darles temas de estudio más prácticos que teóricos; porque la formación de valores en los alumnos que están bajo su responsabilidad es lo que más nos preocupa en estos momentos. Hemos visto en niños expresiones y formas de actuar, como la ostentación y las faltas de respeto, que tenemos que evitar».

Niuba también ha trabajado con profesores emergentes y comenta sus experiencias con ellos: «Trabajé 12 años en Secundaria Básica —comenta. Y cuando comenzó a funcionar el plan de maestros emergentes fui tutora de tres de ellos.

«Es una idea maravillosa de la Revolución, y aunque a algunos les falta tal vez un poquito de madurez a la hora de enfrentar la tarea, los he conocido que son muy responsables.

«También hay que estar atentos, pues aunque a muchos de ellos les apasiona la tarea de enseñar, pienso que una parte no tiene verdadera vocación, y para ser maestro es necesario tenerla».

Con los Trabajadores Sociales, donde imparte clases Yolanda, no ha sido muy distinto. Según explica es necesario fijarse un poco más en las especificidades de cada uno. Todos tienen inquietudes distintas y no deben recibir el mismo tratamiento.

«Son jóvenes que asumen tareas muy serias y que demandan mucha responsabilidad. Trabajar con ellos ha sido una maravilla y he aprendido mucho, mientras más los conoces más sabes cuan dispuestos están a trabajar».

Luz para hacer caballeros

Elba aprecia en mucho la frase de José de la Luz y Caballero: la educación comienza en la cuna y termina en la tumba.

«La comunidad y la familia deben ir muy vinculadas a la escuela, por lo que los profesores también tienen que ayudar a que la segunda escuela siga siendo el hogar y el segundo hogar sea la escuela.

«Es necesario hacer un diagnóstico para que la familia sea protagonista en la educación de sus hijos, el maestro debe velar porque esa relación se desarrolle correctamente».

Niuba nos cuenta una anécdota sobre su trabajo con los profesores emergentes. «A veces ellos llegaban a las escuelas y les resultaba muy difícil adaptarse, en definitiva eran adolescentes formando a otros y en ocasiones no sabían cómo enfrentar determinadas situaciones en el aula.

«Un día —cuenta— una de las muchachas a las que yo tutoreaba tuvo un problema con uno de los estudiantes y se quedó sin saber qué hacer, prácticamente tenían la misma edad. Parece que no pudo o no supo cómo reaccionar y le dio por echarse a llorar. Aquello me conmovió mucho. Por supuesto yo intervine en el momento, y después conversamos a solas, me emocioné con ella y lloré también. Su falta de experiencia no la dejó reaccionar. Es difícil cuando te quedas en blanco y sabes que todos esperan que hagas algo».

Los Oliva de la escuela cubana

Niuba trabaja en la ESPA Nacional Giraldo Córdova Cardín y da clases a alumnos de preuniversitario. Marlenys es profesora de Química y, aunque en estos momentos no está ejerciendo, lleva alrededor de 18 años en Educación. Margarita da clases de Historia en el programa de Educación para adultos en San Miguel del Padrón; lleva 33 años de profesora. Elba trabaja hace 34 años en la escuela primaria Urselia Díaz Báez, y Yolanda es profesora de Historia en una escuela de Trabajadores Sociales. Gregorio tiene ya 60 años, está jubilado y respondió al primer llamado de maestros después del 1ro. de enero de 1959; fue profesor de Matemáticas y Geografía en Secundaria Básica, aunque casi siempre se desempeñó como director del centro donde trabajó. Fredesvinda dio clases en Miramar a los alumnos del plan de becados Los Mayitos y hace 36 años que es profesora.

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