Ruta hacia la liberación

El Comandante Faure Chomón cuenta pormenores del desembarco de la expedición del Directorio Revolucionario, hecho que  cumple 50 años

Autor:

Juventud Rebelde

Durante la travesía en el barco Scapade. Fue tradición para el Directorio Revolucionario (DR) protagonizar grandes acontecimientos, no solo por su valor revolucionario sino por el compromiso contraído desde que se derramó la sangre del primer estudiante mártir de la dictadura batistiana, Rubén Batista Rubio, durante la gran manifestación de estudiantes y del pueblo encabezada por José Antonio Echeverría.

El Directorio llevó a cabo heroicas hazañas que dieron continuidad histórica al llamado a la Revolución del 13 de Marzo, y el desembarco de los expedicionarios del Directorio es un episodio con matices de gran aventura, que recuerda la tempestuosa travesía del general Gómez y el Apóstol para regresar y libertar a Cuba.

—Comandante, ¿cómo se adquieren los medios necesarios para la expedición?

—Cuando llego al exilio después de las acciones del 13 de Marzo en La Habana y la muerte de nuestros compañeros en Humboldt 7, se presenta en el lugar donde yo permanecía un antiguo compañero de estudios en las escuelas Pías y luego del Instituto en Camagüey, Armando Garrido, quien me plantea que está a mi disposición, que desea ser miembro del Directorio Revolucionario y correr los mismos riesgos que nosotros.

—¿Desde entonces se estableció una relación de cooperación?

—Sí, yo utilizaba una casa suya en Hialeah, un barrio residencial de Miami. Él pertenecía a una familia adinerada. Yo iba allí para aislarme y hacer análisis sobre la situación nuestra, previendo cosas, sacando cuentas. Pero no alcanzaba el dinero para comprar un yate, y para rentarlo había que tener un garante, una propiedad. Entonces Garrido, consecuente con lo que había decidido, me contesta que el barco lo alquila él y pondrá de garantía la residencia en la que estábamos.

«Se decidió que era práctico un sitio como el puerto de Nuevitas. Era perfecto por su desarrollo, un puerto azucarero, de movimiento de pescadores».

—¿Eso definió que la zona de desembarco fuese Camagüey y no Las Villas, aunque se dirigían al Escambray?

—Camagüey nos ofrecía la seguridad de recursos y combatientes, por el conocimiento que tenía yo de la provincia, por los contactos de compañeros con medios para apoyar el desembarco, revolucionarios ideales para solucionar cuestiones de emergencia que no teníamos entonces en otro lugar.

—¿Cuál fue el plan de trayectoria?

El Scapade o Thor II. —Garrido propuso que el yate se dirigiera a Bahamas. Allí el plan inicial era usar el yate de su padre, que estaba en Nuevitas y nos recogería en Las Bahamas, para hacer el desembarco en un yate del mismo Nuevitas.

«Estando a punto de salir, Garrido viene a Cuba a buscar el yate y preparar los detalles, y se encuentra que se ha trasladado el barco a un varadero para mantenimiento. Claro, hasta ese momento, Armando actuaba solo, sin el conocimiento del padre. Inmediatamente regresa a Miami y me dice la noticia. Me informa que él regresaba a Camagüey para buscar una solución.

«En ese momento pensamos continuar con el mismo yate. Ya no sería un desembarco clandestino, sino totalmente abierto. Garrido vuelve a Camagüey e incorpora a su padre al proyecto. De sus gestiones, surge la goleta San Rafael. El dueño, Fonseca, un hombre extraordinario, aceptó transportarnos hasta Nuevitas. La goleta era ideal: un barco de pescadores registrado en Nuevitas. La tripulación se comprometió a cooperar. Eran antibatistianos y todos, a partir de entonces, quedarían incorporados al Directorio.

—¿Cómo se organizó la operación en Cuba?

—Garrido viene a Cuba y está actuando en la provincia en función de nuestro desembarco. Él hace eso y aún la Organización en Camagüey no sabe del desembarco. Luego envío a nuestro compañero «Tavo» Machín Hoed de Beche —que cayó en Bolivia como integrante de la guerrilla del Che—, quien ingresa al país para establecer y fortalecer la relación Directorio-Garrido-Camagüey.

«Se envió a Cuba a Pedro Martínez Brito, que luego resultó un mártir. Pedro había sido presidente del Instituto de Ciego de Ávila, uno de los hombres del Directorio. El Directorio lo designa Presidente de la FEU en la clandestinidad, en virtud de la ausencia de los dirigentes que hubieran podido asumirla. Él estaba exiliado desde los sucesos del 13 de Marzo, en los cuales participó. Lo envié entonces a situarse en Ciego de Ávila, para que alertara a la organización de que se iba a producir una acción muy importante que requeriría su apoyo. Designo, para esperarnos en Sancti Spíritus, a Tony Santiago, con la tarea de incorporarse a nuestra llegada. También, en este momento, fue enviado Juan Abrantes, el mexicano, quien cumpliría igual función que Martínez Brito. Al estar preparados los contactos en Cuba, se define la salida de Miami para el 31 de enero de 1958.

—¿Enfrentaron muchas vicisitudes?

—Salimos de Miami en el barco con el patrón norteamericano, quien en un momento, entre Miami y Nassau, nos dice: «Señores, se ha roto el timón, hay que regresar». Nosotros le respondimos que ahí nadie regresaba; la variante del regreso jamás fue opción. Le contestamos: «Nos hundimos, nos perdemos, pero no hay retorno». No concebíamos volver atrás y ser retratados ridículamente con las armas ocupadas, armas que habían costado un sacrificio enorme. El norteamericano se puso inteligente y arregló el timón.

«Enfrentamos un terrible mal tiempo, un norte, y nos perdimos varias veces. Recuerdo que entre Eduardo García Lavandero, que era piloto aéreo, y yo, que tenía cierta noción de navegación, buscábamos vías para orientarnos. Así localicé la emisora Radio Puerto Padre, lo que significaba que efectivamente estábamos frente a Puerto Padre, en un punto intermedio entre Raccon Cay, Bahamas y Puerto Padre. Se decidió continuar hacia el cayo».

—¿Al llegar a Bahamas les esperaba el San Rafael?

—No. Llegamos y al otro día, al amanecer, llegó el San Rafael, con «Tavo» Machín y los compañeros a bordo. Había orientaciones para la tripulación del San Rafael de traer petróleo para abastecer el yate y permitirle regresar a Miami. Así fue. El San Rafael nos trasladó cerca de Nuevitas, donde debíamos esperar a la lancha Yaloven, a cargo de Garrido.

«Cuando llegamos a Nuevitas no aparecía la Yaloven. Entonces fondeamos en uno de los cayos, para esperar. Eran momentos muy tensos. Como la lancha se demoraba, bosquejamos un plan para desembarcar armados en el muelle de Santa Rita, en una operación que se llamaría Ataque y Liberación de Nuevitas.

«Pero la llegada de la Yaloven nos devolvió la posibilidad de un desembarco clandestino. La lancha la operaban dos hermanos del Movimiento 26 de Julio, quienes al ser convocados aceptaron cooperar».

—¿Cómo fue el desembarco en la Bahía de Nuevitas?

—Ya nos esperaban para refugiar a los expedicionarios y el armamento. La casa donde permaneceríamos esa noche es la del compañero Abel Cabalé, que le decían El Cuñao, a unos cien metros de la playa.

«En la casa de Cabalé encontramos un espacio donde depositamos las armas. Se acampó allí para al día siguiente salir rumbo a Camagüey. Me llevé a 4 o 5 compañeros conmigo para organizar el convoy. Es Cabalé quien transporta en camión el alijo de armas, acompañado de varios carros con combatientes, formando un convoy que aseguraban su retaguardia y la vanguardia. El camión con las armas y sus custodios irían para una granja, la cual tenía el nombre de la madre de Garrido, Villa Blanquita, en la Carretera Central Oeste. Este sería un depósito seguro, aunque estaba a pocas casas de la del jefe de la policía».

—¿Dónde se refugian en Camagüey y cómo se distribuyen para la salida a La Habana y el Escambray?

—Utilicé como puesto de mando en Camagüey la casa de Garrido, en Ignacio Agramonte número 428. En las casas no podían estar muchos compañeros juntos. La experiencia de la clandestinidad nos había forzado a extremar medidas: solo dos o tres compañeros por vivienda.

«Luego dividí a los expedicionarios en dos grupos: uno, dirigido al Escambray, encabezado por mí, y el destinado a La Habana, a la clandestinidad en la capital. El grupo de La Habana estaba compuesto por Guillermo Jiménez, Julio García Oliveras, Tony Castell, Carlos Figueredo, Raúl Díaz Argüelles, José Fernández Cossío y Carlos Montiel. Hacia el Escambray nos dirigimos Gustavo Machín, Eduardo García Lavandero, Alberto Mora, Enrique Rodríguez Loeches, Rolando Cubelas (traidor), Alberto Blanco (traidor), Armando Fleites (traidor), Luis Blanca y quien te habla. Yo llevaba las armas para el Frente guerrillero. Las armas de La Habana le son encargadas a Antonio Bastida, jefe del DR en la ciudad de Camagüey, por ser administrador de un expreso de camiones Canímar. Esto nos permitió disfrazar las armas en cajas de instrumentos de labranza, ferretería y otros enseres. Todo se hizo con el propio expreso, con el grupo de camioneros incorporados a nuestra organización. El grupo de La Habana sale por ferrocarril».

—¿Y los que se dirigían al Escambray?

—Se coordinó bien con la gente nuestra en Sancti Spíritus, Ciego de Ávila y Florida. Ellos incorporaron autos para peinar la carretera en dirección contraria a la nuestra y avisarnos de la presencia de tropas del ejército. Estaban a una escala de 10 a 15 minutos de diferencia.

«A lo largo del trayecto fuimos apoyados por las agrupaciones clandestinas de las ciudades y pueblos villareños. Esta operación se conoce como Expedición de Nuevitas, y no del Scapade; porque en ella intervinieron tres barcos: Scapade, San Rafael y Yaloven.

«Esta es parte de la historia de la Revolución en Camagüey. Lo que hicimos, lo que logramos, se lo debemos al patriotismo de ese pueblo».

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