El dilema «orgánico» de los fertilizantes - Cuba

El dilema «orgánico» de los fertilizantes

Cuando muchos países en el mundo priorizan las producciones orgánicas, Cuba las aplicó urgida por el período especial. Sin embargo, los abonos químicos que garantizaban altas producciones nos han dejado un suelo anémico. Recuperarlo, pero sobre todo no dañarlo más está en el centro de los debates

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«En honor a la verdad, con la química la planta responde más rápido, pero con el abono orgánico se logra mejor calidad. Por ejemplo, el tomate obtenido con los químicos es más grande. Sin embargo, con los orgánicos la calidad es notable: la cáscara es más suave, y resulta menos ácido y más jugoso».

Así contó a este diario su experiencia el campesino Gaspar (Nardo) Brito Cepero, productor de posturas de distintas variedades en el poblado de Ceballos, municipio de Ciego de Ávila, cuyo patio es Referencia Nacional en el Programa de la Agricultura Urbana.

Este guajiro, que tiene una hectárea cultivada completamente con fertilizante orgánico, fue uno de los tantos interrogados en busca de respuestas sobre su uso en Cuba, una iniciativa conocida desde antaño que se generalizó a todo el país cuando el período especial obligó a buscar alternativas para producir en la agricultura.

La hemorragia de químicos que durante años recibieron los suelos cubanos, el despilfarro de estos, al punto de que algunos se utilizaban hasta para «enfriar cervezas», se vio cortada bruscamente con el derrumbe este-europeo.

Con una importación que quedó en 80 ó 90 000 toneladas, hoy la adquisición de fertilizantes químicos se ha ido recuperando paulatinamente y llega a unas 165 000 toneladas. Pero el futuro augura que esta cifra podría seguir creciendo.

Para nadie es secreto que con la reducción de estos productos químicos durante el período especial, también disminuyeron los rendimientos de los productos agrícolas. Y fue la fertilización orgánica, como alternativa, lo que posibilitó que no decayera totalmente la producción.

Esta variante propició, incluso, que el suelo recuperase gran parte de toda esa materia orgánica que había perdido durante decenios por su sobreexposición a productos químicos, siguiendo un modelo donde sin fertilizantes industriales casi no se concebía sembrar.

Hoy, ante las posibilidades de rescatar la producción de fertilizantes nitrogenados con la planta que se construye en Cienfuegos, la ampliación de la capacidad de producción de la Rayonitro matancera y la de nitrato de amonio en Nuevitas, es necesario pensar por partes.

Innegable es que con la fertilización química se pueden alcanzar beneficios realmente altos en los cultivos a los que se les aplique, pero existe el riesgo de ir deteriorando el suelo a largo plazo, en un país que tiene más del 75 por ciento de sus tierras consideradas poco productivas y con su suelo como el recurso más afectado, según reconocen autoridades del CITMA. Cifras de ese organismo indican que el 60 por ciento de los suelos está degradado, lo cual tiene serias afectaciones en los rendimientos agrícolas

Bolsillo inorgánico

«Hay muchos campesinos que usan los orgánicos, pero no hay conciencia ni conocimiento. La gente no está preparada sicológicamente para usar los orgánicos. Con los químicos se obtienen grandes rendimientos y con estos ganancias. Sin embargo, las producciones obtenidas con los orgánicos tienen mayor calidad, pero no se reconocen. Es decir, todavía los precios no benefician las producciones agroecológicas, a pesar de que son limpias y no les hacen daño a las personas», asegura el productor avileño Gaspar (Nardo) Brito Cepero.

Esta situación, paradójicamente, contradice la iniciativa del país de fomentar la producción agroecológica, que sin embargo no encuentra una diferenciación monetaria cuando llega al mercado nacional.

También, aunque se penaliza el mal uso de fertilizantes químicos, pocas veces se premia con mejores precios a quien prioriza los orgánicos, ni siquiera teniendo en cuenta que ellos están salvaguardando el suelo.

Así sucede por ejemplo en Guantánamo, provincia urgida del mejoramiento de sus muy erosionados suelos, que hoy echa mano a cuantos recursos faciliten la naturaleza y las producciones tradicionales para usarlos como abono orgánico; tales son los casos del carapacho del coco, la bellota del cacao, cascarilla del café y en menor cuantía la cachaza de la caña de azúcar.

De hecho, el uso del humus de lombriz, el llamado compost, solo en el pasado año ascendió en este territorio a 150 000 toneladas, avance que se corresponde a su vez con el auge de la agricultura urbana en el territorio, la que cada vez demanda más abono.

Sólo para la producción de humus, Guantánamo dispone actualmente de unos 400 centros, entre grandes, medianos y pequeños. Y el fomento acelerado de las unidades de producción se extiende a las CPA, UBPC, CCS, granjas, organismos, a todos los organopónicos y huertos intensivos, así como a numerosos campesinos individuales y viviendas, asegura el ingeniero Teudis Limeres, director de la Estación Provincial de Suelos.

Limeres explicó a  que más importantes que las cifras son el conocimiento y la aplicación cada vez más generalizada de estos fertilizantes en los municipios, mediante un programa organizado, que conlleva también el empleo eficiente de la tecnología para producirlos con calidad.

Guantánamo, por ejemplo, dispone de cinco centros de lombricultura de referencia nacional, y tiene un plan de elaboración de 1 080 000 toneladas de compost, así como altas cifras de obtención de biofertilizantes como el azotobácter, el rhyzobium y la fosforina, destinados a mejorar los rendimientos de las cosechas.

Esta preocupación por los agrofertilizantes en Guantánamo no es fortuita ni tampoco exagerada. Durante los años que el país tuvo escasez de fertilizantes químicos y utilizó como alternativa la materia orgánica, esta resultó de gran valor no solo por su acción fertilizadora, sino como sanadora del suelo.

Pero aunque esta «solución» dio muy buenos resultados, estos «abonos verdes» ofrecen bajos niveles de los elementos potenciales que necesita la planta para crecer y reproducirse. Por lo tanto, se requiere gran cantidad de estos productos para que el cultivo ofrezca el mismo rendimiento que cuando se le aplica un fertilizante químico.

Ante el aumento de los fertilizantes químicos que entran al país, el Ministerio de la Agricultura y el Instituto de Suelos han dejado claro que su política no es potenciar uno con respecto al otro, sino llegar a un equilibrio en su uso.

Utilización de la zeolita. Foto: Roberto Suárez Degradación de los suelos. Foto: Franklin Reyes

Fertilización integrada

Dagoberto Rodríguez Lozano, director del Instituto de Suelos del Ministerio de la Agricultura, asegura que «existe una diversidad de cultivos que por su corto ciclo reproductivo y su alto potencial de rendimiento, nunca lograrían obtener elevados beneficios solamente con alternativas de fertilizaciones orgánicas.

«Tendríamos que ir al uso de los fertilizantes químicos, sobre la base de los estudios reales del suelo, pero con un concepto renovado: la fertilización integrada».

Este balance entre el químico y el orgánico todavía es un sueño en muchos lugares. Los estudios en el país han dado como resultado, según el investigador Olegario Muñiz, que «el fertilizante químico se utiliza convenientemente cuando se conocen las dosis que se van a aplicar según el tipo de suelo y la problemática que tenga».

«La utilización del humus, el compost y los biofertilizantes pueden reducir los factores limitantes y tienen estimuladores de crecimiento, pero si unimos ambos tipos de abono, es más conveniente para el suelo. Esa es una tendencia renovada, no solamente en nuestro país, sino en muchos otros latinoamericanos».

Por eso el Ministerio de la Agricultura, ante la posibilidad de adquirir determinadas cantidades de fertilizantes químicos en los próximos años, mantiene la postura de conservar los programas de producción y aplicación de abonos orgánicos y biológicos, porque si no volveríamos a caer en el abuso de los agentes químicos.

Actualmente, según el investigador Oliverio Muñiz, más del 75 por ciento de los suelos agrícolas de Cuba están afectados al menos por un factor limitante que restringe la producción, como pueden ser el bajo contenido de materia orgánica, acidez, pedregosidad, compactación, mal drenaje, salinización u otros.

Si tenemos en cuenta que el uso intensivo de los fertilizantes químicos se consideran entre los factores que más influyen en la acidificación de los suelos cubanos, no nos sorprenderá que el Instituto de Suelos reporte un total de 3,4 millones de hectáreas afectadas en todo el país, representadas por 14 tipos de suelos.

Solo en la región occidental estas tierras ocupan el 25,48 por ciento del área; en la región central el 28,91 por ciento, y en la oriental un 9,89 por ciento.

Por eso la estrategia, al menos a nivel nacional, parece estar clara en cifras. Reportes del Instituto de Suelos indican que en 2008 habrá un aumento de la cantidad de fertilizantes químicos que se introducen en el país, pero ya se rondan los 6 millones de toneladas de humus, y los 15 millones de toneladas de compost.

¿Pero qué sucede en la práctica? ¿Sabe el guajiro, el productor directo, cuál es el mejor fertilizante que debe utilizar? ¿Tiene datos precisos sobre el suelo que trabaja y lo que este necesita?

Mapas viejos, un mundo perdido

Uno de los factores que actúa de manera contraria a las intenciones de los investigadores y la aplicación adecuada de fertilizantes, es que los estudios de agroproductividad datan de 1989, y el control de los ciclos de fertilidad han disminuido en todo el país después del período especial.

Aunque según Miguel Soca, subdirector de Servicios Técnicos del Instituto de Suelos, «nunca se dejó de muestrear, sí bajó la cantidad de muestras que se estudiaban, y existen fuertes daños en la logística y en laboratorios».

Los mapas que se hicieron en 1989 poco a poco han perdido vigencia, y aunque hoy se quiere aplicar una fertilización que tome en cuenta los niveles que el suelo realmente necesite, en 2008 estos valores no son válidos porque están desactualizados, sobre todo los de fertilidad, erosión y mal drenaje, ya que cambian constantemente. De ahí que se requiera un constante monitoreo y modernización de los datos.

En 2007, según de Miguel Soca, se muestrearon 80 691 hectáreas de todo el país. Si analizamos que la cifra de hectáreas sembradas es de 3,5 millones, este muestreo, para tener un nivel de actualización alto, aún deja mucho que desear. Además se supone que se haga frecuentemente, teniendo en cuenta los eventos climáticos, para poder ajustar la dosificación de fertilizantes químicos, compost, humus y otros.

A esto se suma que los datos anteriores son únicamente de las producciones agrícolas que reciben fertilizantes, los potenciados estratégicamente, como los de cultivos varios, arroz, cítrico y café, que según el director del Instituto de Suelos representan únicamente un 20 por ciento del total de cultivos en el país. ¿Qué sucede en el resto de los suelos?

Un monitoreo para las condiciones de un país tropical como el nuestro requiere fuertes inversiones, una consistente logística de laboratorio que ahora es que recién comienza a mejorar, mediante los servicios de 13 laboratorios todavía víctimas del impacto del período especial.

Orgánica, Biológica y Química

«Los fertilizantes que más reciben los suelos de Cuba hoy son los orgánicos», fue la respuesta de todos los especialistas ante las interrogantes relacionadas con el tema.

Esta afirmación parece cierta cuando observamos que la producción de abono verde es cada vez mayor. En este año, por ejemplo, se han obtenido 6 millones de toneladas de humus de lombriz y 15,6 millones de toneladas de compost, tanto para la agricultura tradicional como para la urbana.

«Claro, es definitivo que se producen más fertilizantes orgánicos que los químicos que se compran, pero desde hace unos años se han incrementado las inversiones para estos últimos», asegura el subdirector de Servicios Técnicos del Instituto de Suelos.

Es cierto que en algunos cultivos como la papa o el tomate no basta la fertilización orgánica, «pues esta puede resolver los niveles de producción quizá hasta un 30 o un 40 por ciento. Por eso es que surge la idea de fertilización integrada, orgánica, biológica y química», afirma el especialista.

El país basa fundamentalmente su fertilización química en portadores como el nitrógeno, el potasio, el fósforo y el suplemento de magnesio, sobre todo para la agricultura intensiva y extensiva, que mayormente compra estos componentes en el exterior por separado o integrados en una fórmula.

Existen también formulaciones que se realizan en Cuba, a partir de los estudios agroquímicos de la isla. «Con el levantamiento de la fertilidad de los suelos, sabemos en qué lugares del país hay más nitrógeno, menos potasio, más fósforo, y a partir de esa condición se formula una mezcla y se recomienda el cultivo que la lleva», explica el investigador Muñiz.

Realizar estas fórmulas ha hecho posible que no haya una receta «fertilizada» para todas las tierras, ni para todos los cultivos, sino dependiendo de sus características. Incluso hacerla en Cuba ahorraría mucha divisa al país. Pero la capacidad instalada de las fábricas de fertilizantes no dan hoy respuesta para formular lo que se está importando, por lo cual se compran ya mezclados y eso disminuye su efectividad.

En el país también se han realizado estudios para reducir las importaciones mediante el uso de roca fosfórica y zeolita, aplicando así alternativas nacionales que actúan como mejoradores del suelo. Pero las soluciones «criollas», entre estas el uso de minerales como el carbonato de calcio, que contrarresta la acidez del suelo, son cobradas por los proveedores «nacionales» en «divisa convertible», haciendo que muchas de las empresas que tienen este problema en sus tierras no puedan solucionarlo.

Todo no es tan gris, pues la solución se va buscando a través del subsidio por parte del Estado o de la firma de acuerdos con el Ministerio de la Industria Básica (MINBAS) para que estos productos se puedan adquirir en moneda nacional. A su vez se examinan programas de enmiendas químicas con el uso de dolomitas, magnesita y rocas fosfóricas, caliza fosfatada y zeolita, de amplio uso y conocimiento en la agricultura.

Y es que a pesar del aumento de la obtención de fertilizantes en el país, la demanda sigue siendo muy alta, por lo cual no dan abasto y Cuba continúa entregando al suelo uno de los índices de NPK (nitrógeno, fósforo y potasio) más bajos de América Latina, según datos de la FAO.

Productos biológicos como la fosforina, rhyzobium, azotobácter, microrriza o el azospiril, que muy buena aceptación han tenido entre los agricultores, lamentablemente han decrecido en sus volúmenes debido a un problema de logística de los laboratorios. El pasado año solo se cumplió el plan en un 89 por ciento, por las carencias de reactivos, cristalería, insumos y equipos.

La ley contra la orden

La protección del recurso suelo ha sido tema de preocupación permanente del Estado cubano. Muestra de ello es la creación de instituciones docentes de investigación y desarrollo, y el servicio estatal que se presta en esta rama.

No obstante, el uso intensivo del suelo por la agricultura ha provocado degradación del mismo, pérdida de sus propiedades iniciales y de muchas de sus cualidades físicas y químicas, que se manifiestan en bajo rendimiento de los cultivos.

El Programa Nacional de Conservación y Mejoramiento de Suelos, financiado por el Estado, encierra aproximadamente unas 22 acciones para proteger este recurso y después, con la aplicación de materia orgánica, enmendantes químicos y con la recogida de obstáculos, controlar los daños causados en áreas que han perdido el potencial productivo.

Para medir el impacto que ha tenido este programa se han realizado investigaciones en los cultivos y se ha apreciado que en alrededor de 20 años el suelo ha recuperado algunos de sus indicadores. Por ejemplo, la materia orgánica ha subido, el Ph se ha desplazado a niveles más adecuados, la condición física del suelo ha mejorado y el potencial productivo ha aumentado.

El programa recibe del Estado unos 15 millones de pesos aproximadamente, aunque para este año se prevé que aumente, con el crecimiento también de las acciones.

El año pasado se sembraron 554 000 hectáreas ya beneficiadas con el programa, y se trabajó en nueve cuencas priorizadas del país, incluyendo por primera vez la de Mayarí. También se beneficiaron unas 154 000 hectáreas del Plan Turquino.

Este programa se ha dirigido esencialmente a obras de conservación, obras de drenaje, siembra transversal a la pendiente, barreras vivas y coberturas vegetales, realizadas por la misma empresa, pero subvencionadas por el Estado y controladas por el Instituto de Suelos. Aun así al programa le falta mucho, pues todavía deben resolverse problemas como la salinidad de los suelos o la acidez.

También el Ministerio de la Agricultura y el Instituto de Suelos han dado su aporte, no solo legislativo y regulador en el uso de los fertilizantes, sino en la capacitación, la explicación y el convencimiento a los productores de por qué no es conveniente aplicar sobredosis.

Además, el Capítulo 1ro. del Decreto 179, sobre las normas de aplicación y calidad de los fertilizantes, abonos orgánicos y materiales enmendantes con fines agrícolas, está siendo modificado en este momento, y se recrudecerán las sanciones y multas a los incumplidores.

El sistema de examinación del suelo, que antiguamente llegaba hasta la provincia, bajó a partir del año 2007 hasta el municipio y a la empresa en algunos casos. Ya se aplican controles operativos de trabajo en los lugares de producción a través de técnicos municipales.

«Existen 145 técnicos, en 144 municipios; también tenemos técnicos de suelos en empresas, y en las UBPC se está creando un movimiento de activistas, encargados de utilizar el Decreto 179, a partir del cual están facultados para poner multas, cuando exista ilegalidad o mal uso de la tierra», explicó a JR el subdirector Miguel Soca.

Sin embargo, estas y otras muchas medidas parecen todavía insuficientes, en buena medida porque el suelo necesitará muchos años para recuperarse, y en otra gran parte porque la presión económica para producir más hace que muchos se hagan de la vista gorda ante regulaciones y normas, y busquen de cualquier forma incrementar sus ganancias.

Incluso si son productores estatales, al ser fuertemente cuestionados por no obtener lo que de ellos se espera, a nadie extrañe que prefieran «apretar la mano» con el fertilizante químico, rápido garante de mayores índices, antes que balancear con el orgánico, que le conviene más al suelo.

El justo equilibrio entre ambos, plasmado en investigaciones y documentos, entonces depende de muchas cuestiones que se deben analizar a fondo.

Hay que sopesar también criterios de quienes están directamente en el campo, como Nardo, para quien la diferencia de rendimientos entre los orgánicos y los químicos en el cultivo de posturas no es tan grande, y para colmo el abuso de químicos podría dañar a la población.

«La mayor afectación yo la veo en la salud de las personas. Con los orgánicos uno tiene la seguridad que se está comiendo un alimento limpio. Además, últimamente he visto tratamiento contra las plagas a base de químicos que me ponen a pensar. Por ejemplo con la chinche del aguacate, que para combatirla le hacen unas barrenas a la mata por donde le inyectan los químicos, y eso le quita vida útil a la planta. Para mí eso es un gran peligro».

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