Editorial de cierre de la Mesa Redonda del 19 de febrero

Autor:

Juventud Rebelde

Estimados televidentes y radioyentes:

Compatriotas:

Hoy todos despertamos estremecidos por el Mensaje del Comandante en Jefe, anunciándonos que no aspirará ni aceptará los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe en la Asamblea Nacional que se constituirá el próximo día 24.

Cada uno de nosotros recibió la noticia con la carga personal de emociones que entraña el anuncio de que ya no estará al frente de nuestro Estado, la persona que como una vez dijo el Che y varias reiteró Raúl: «se ganó el derecho a dirigirnos porque fue el primero en el Moncada, el primero en el Granma, la Sierra, Girón...» O lo que es lo mismo: porque Fidel es hace más de 50 años ejemplo de consagración total a su Patria y a su pueblo hasta el punto del descuido de su salud y su propia vida personal.

De una u otra manera, cada uno a su modo, todos hemos recibido la noticia con una mezcla de tristeza y orgullo: porque Fidel, nuestro Fidel, deja sus cargos históricos y nos dice, sin dramatismo, que sería una traición a su conciencia «ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer». Pero, consecuente hasta el final, como él mismo ha dicho, lo hace con una extraordinaria dignidad en un momento en que el pueblo ha respaldado con votación abrumadora la continuidad de un proyecto asediado por el mayor imperio de la Historia.

Diez administraciones imperiales se propusieron derrocarlo, bloquearlo, asesinarlo. Y todas fueron derrotadas en sus criminales intentos.

Fidel nos anuncia su decisión con la certeza de que estamos preparados para entenderlo porque somos —cosa rara en el mundo de hoy— un país organizado, unido, fuerte por sus conocimientos y su resistencia, entrenado en el oficio de haber mantenido a raya al más cruel y despiadado de los adversarios durante medio siglo. Entrega sus funciones en una Revolución victoriosa y no pide reconocimientos ni honores, solo mantenerse como «un soldado de las ideas». No podemos menos que entender y aceptar, con la reverencia de nuestro mayor respeto, la humilde grandeza de su decisión.

Hoy Fidel ha vuelto a derrotar al enemigo que por 50 años ha asediado nuestra casa común y que no dejará de hacerlo en adelante, con más furia pero también con menos resultado, como se ha probado tantas veces, mientras más y mejor preparados estemos para los riesgos por venir.

Confirmémosle que la que él definió como su «primera obligación después de tantos años de lucha»: prepararnos para su ausencia, sicológica y políticamente, fue cumplida; como todas las misiones que dirigió y encabezó en estos hermosos años, brillantemente. Y esperemos su próxima Reflexión, arma indispensable de nuestro arsenal para los nuevos tiempos y las próximas batallas.

¡Viva Fidel!

¡Viva Raúl!

¡Viva la patria unida que ellos fundaron y que todo un pueblo defenderá!

¡Hasta la victoria siempre!

 

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