Esos chicos «desechables»

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Para muchos las Escuelas de Oficio son reservorio de muchachos con mínimas posibilidades de redención, pero allí habitan jóvenes que intentan ser útiles. Para defender esos sueños, inquietos aguardan el XI Congreso de la FEEM que tendrá sus sesiones finales el próximo fin de semana

El aroma que sale del horno mientras la masa del pan se cocina, que llega lejos para desatar la imaginación y los caprichos de quienes pasan cerca, seduce a Eduardo González Hidalgo, de 17 años. «Para mí ya soy maestro panadero», afirma sin rubor cuando habla de un oficio preferido por él desde la infancia y en el cual, desde hace tres años, atrapa múltiples secretos.

«Conozco el tiempo que hay que darle a las masas, cómo se preparan y cortan. Hago panqués, panes de gloria, galletas, palitroques..., todo lo que puede salir de una panadería. Aunque soy estudiante ya puedo controlar un turno de trabajo, y hasta sé sacar las cuentas. Aquí encontré un camino, y descubrí qué quiero ser en un futuro: maestro panadero».

En la Escuela de Oficios Frank País, del municipio de Boyeros, Eduardo ha aprendido a «portarse bien», a «usar correctamente el uniforme». Le ayuda mucho su profesora de Español, Magdalena, «igualito a como ayuda a los demás». Tiene noveno grado, pero sabe que si quiere llegar a ser maestro panadero, debe seguir estudiando para alcanzar el grado 12.

Del mismo centro docente es Isay Funes Peña, de 17 años, quien escogió el oficio de carpintería inspirado en su abuela, conocedora del mundo de las maderas. Llegó a la escuela de Boyeros porque en la primaria había desaprobado dos veces el cuarto grado, y en la secundaria había tenido problemas de aprendizaje. «Yo mismo pedí la escuela de oficios y empecé en ella en octavo grado. Estoy de prácticas en una carpintería, donde he aprendido a hacer puertas, sillas y otros objetos. Quisiera quedarme trabajando allí, donde tengo un profesor que me ayuda mucho».

Historia similar es la de Rodolfo Deulofeu Acosta, de 15 años, quien ya sabe tapizar muebles y hacer cojines. «Pasé de la escuela primaria para la de oficios. Estoy en una carpintería donde a los alumnos no se les deja tocar ninguna máquina porque las herramientas son peligrosas. Ayudo a recoger, lijar, pegar. Sueño con ser artesano. En Boyeros hay un proyecto comunitario que une a profesores que enseñan artesanía. Mi papá ha ido a verlos, para ver cómo puedo sumarme, pero debo presentar algún trabajo. De los que hice, ninguno ha clasificado todavía».

Para muchos, las Escuelas de Oficios son el reservorio de muchachos «desechables», con mínimas posibilidades de redención. Algunos se aventuran a calificarlas como escuelas «de locos» o «delincuentes». Sin embargo, una visita en la capital a varios centros de este tipo de enseñanza, echa por tierra esos prejuicios, y muestra un mundo donde palpitan alumnos llenos de aspiraciones, necesitados de mucho apoyo y afecto. Allí habitan jóvenes que, como todo ser humano, intentan encontrar un camino, darle sentido a la existencia.

En esos espacios de nobles propósitos, a todas luces desgastados por los años más duros de nuestras carencias, resalta la necesidad de que el país haga un alto, y en su filosofía abarcadora de todos los dilemas y todas las salvaciones, privilegie el apoyo financiero y material a esos talleres de resurrección humana, de los cuales salgan quienes, con el trabajo manual, ayuden a las instituciones y las familias a resolver esas roturas y problemas del día a día, que tanto complican la existencia o provocan lamentables derroches.

«Fui metodóloga de Educación, pero regresé a mi pedacito porque me encanta», nos cuenta Magdalena Deschapelles, profesora de Español, muy querida por los estudiantes de la Escuela de Oficios de Boyeros. «Aquí estoy hace 14 años, de los 26 que llevo dando clases. Uno nunca debe prejuiciarse con los estudiantes, cada uno de ellos es un potencial grande que hay que saber tratar. Esta escuela tiene fama. Pero al llegar te encuentras con este colectivo pedagógico que lo da todo. Como ves, las condiciones en que trabajamos no son las mejores, pero los muchachos se sienten seguros con nosotros.

«Suelo visitar a los que están en los talleres. Busco mi tiempo para ver qué están haciendo, qué les están enseñando, y eso los marca. A veces los veo en la calle con el cuello del uniforme levantado pero no les grito, les paso la mano por el hombro, así se les enseña el respeto. A veces están en el aula y hay alguno que no ha desayunado; le busco un pan. Otro me ha dicho que no quiere escribir, pero no insisto porque algo le pasa. Dejo la conversación para después. Este trabajo es maravilloso, siento que estoy ayudando a personas que realmente lo necesitan».

En general...

Las Escuelas de Oficios fueron creadas para formar jóvenes como obreros calificados en alguna labor útil a la economía del territorio donde están ubicadas, según establece el Decreto No. 151/89 del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Hoy el país tiene 135 centros de este tipo, donde estudian 8 159 alumnos cuyas edades están generalmente comprendidas entre los 13 y los 17 años.

Quienes matriculan provienen de las enseñanzas primaria, especial, preuniversitaria y politécnica. En la gran mayoría (5 429) proceden de las Secundarias Básicas y de las escuelas de conducta, con edades entre los 15 y los 16 años, según un informe estadístico del Ministerio de Educación.

Las Escuelas de Oficios contemplan tres planes de estudio, los cuales permiten brindar una atención individualizada a los alumnos, en dependencia de la edad y el grado de escolarización con que ingresan al centro.

Los programas docentes incluyen asignaturas básicas como Matemáticas, Español e Historia, y otras técnicas que responden a los diversos oficios a estudiar en cada centro. Las escuelas suelen contar con talleres de Carpintería, Ajuste, Corte y Costura, Albañilería y Electricidad.

Estas áreas están concebidas para que el estudiante adquiera habilidades básicas que le permitan incorporarse a las prácticas laborales con un dominio mínimo de lo que debe hacer en el centro de trabajo donde lo ubique la escuela.

El proceso de ubicación para las prácticas es congeniado entre el alumno y el profesor guía, en dependencia de la disponibilidad de plazas, la necesidad real de oficios en el territorio y las aspiraciones del estudiante. Es el Ministerio del Trabajo y Seguridad Social la institución que garantiza una ubicación laboral definitiva en dependencia de las demandas de cada territorio y de la disponibilidad de los egresados.

Al indagar sobre el impacto que tienen para la sociedad las graduaciones de centros como las Escuelas de Oficios, este equipo de reporteros corroboró que a nivel familiar y comunitario es recurrente la afirmación de que quienes saben del trabajo manual parecen haberse extinguido.

Es una percepción muy bien apuntalada por los precios exorbitantes que conllevan los arreglos más sencillos. No son pocos quienes sugieren que podrían expandirse pequeñas cooperativas de servicios con las cuales resolver diversas necesidades hogareñas. Estos lugares serían un destino no menos importante para los jóvenes que aprendieron los múltiples secretos del arte manual.

Por cuenta propia

Para el profesor Agustín Millán los alumnos son la razón de su vida. Los talleres polivalentes son el corazón de estas escuelas. En la del municipio de Boyeros, según palabras de su directora Mirta Souto Correa, los muchachos tienen a su alcance «instrumentos mínimos, logrados por lo general a través de algunas de las empresas en las cuales ellos se insertan. En carpintería, por ejemplo, no disponemos de las máquinas necesarias. Debemos adaptar el programa a lo que está a nuestro alcance. Muchas de las cosas que conseguimos son resultado de gestiones propias, de la ayuda de padres y profesores. Así estamos trabajando las confecciones textiles, las artesanías y los demás talleres».

Según Mirta, sustentar los talleres de las escuelas a través de las empresas enclavadas en el municipio se hace más difícil en estos tiempos de perfeccionamiento empresarial, cuando los precios de las materias primas son en divisa y eso hace que las mismas sean prácticamente inalcanzables si de los estudiantes se trata.

Además de señalar como asunto problemático la inserción de los adolescentes durante sus prácticas y luego como trabajadores, el director de la Escuela de Oficios Hermanos Ameijeiras en Centro Habana, Osmel Garrido Valiente, habla del estado constructivo del centro de estudios. «En ocasiones las empresas se responsabilizan con aportar algún tipo de material para que los estudiantes puedan hacer las prácticas como corresponde, pero no suelen dar lo suficiente, y mucho menos a los talleres polivalentes de las escuelas».

El profesor argumenta que otros centros docentes han ido teniendo transformaciones, pero no las Escuelas de Oficios. «A los muchachos les gustaría una escuela reparada, porque ellos provienen de centros que han cambiado, y cuando llegan aquí chocan con la gran diferencia. Ese tema de lograr los recursos para darle mayor confort a los muchachos está un poco atrasado».

De la misma escuela, la estudiante Rachel García Hernández, de 17 años y que ha elegido el oficio de la gastronomía, opina que el lugar «es muy pequeño. Como antes era un almacén las aulas son chiquitas. Tampoco hay biblioteca. No tenemos las condiciones de una escuela normal».

Eliceht Camejos González, estudiante de 15 años, quien se prepara en el oficio de elaboración de alimentos, siente la necesidad de que renueven sillas, mesas y pizarras. Elieser Maturel Pozo, de 16 años, comenta que muchas veces, si quieren hacer algo en el taller de la escuela, deben agenciarse los materiales por cuenta propia. Y Milagros Tristán Peña, de 17 años, quisiera tener en el taller de costura una máquina de coser, «no es fácil hacerlo todo a mano...».

El director de la Escuela de Oficios Julio Antonio Mella, en el municipio de Arroyo Naranjo, Gilberto Marrero, cuenta que el pasado curso el municipio de Educación asignó recursos al centro, con los cuales «resolvimos los problemas más acuciantes. Nos ayudaron en la parte eléctrica, aunque todavía faltan lámparas. En los talleres tenemos las herramientas fundamentales, sobre todo porque las que existen hace tiempo las cuidamos mucho, pero los materiales se consiguen mediante gestiones de los profesores».

Gilberto siente que la escuela está bien atendida desde el punto de vista metodológico, pero «debería haber un poco más de atención en cuanto a los materiales para los talleres». El profesor pide no olvidar que «la enseñanza técnica y profesional es la más costosa en cualquier parte del mundo, porque los talleres no solo enseñan, también están concebidos como una vía de producción que demanda materias primas. Es algo que a nuestro país, en las circunstancias actuales, se le hace difícil.

«Procedo de una escuela técnico-industrial. Allí estuve como director, y todos los materiales procedían de la Unión Soviética. Las cosas cambiaron. Es algo que hasta cierto punto hay que entender. No imaginas cuánto cuesta una herramienta de corte. Creo que, además del apoyo que pueda brindar el Ministerio de Educación, es importante el de las empresas. Debe generalizarse la conciencia de que todos los que egresan de las Escuelas de Oficios lo hacen para cumplir una función que la sociedad está necesitando».

El ángulo incómodo

«Trabajo en una base de transporte. Mi abuelo es electricista allí y me enseña lo que sabe. Pero mi mayor aspiración es ser bailarín. Estando en la primaria iba a una escuela experimental de ballet en Prado, en La Habana. Después la cerraron. Yo quería algún tecnológico pero esta escuela era la única que tenía plazas en el momento de buscar ubicación nueva. Vivo con mis abuelos y mi papá; mi mamá está en el Norte. Me gusta el lugar donde estudio. Pero si tuviera oportunidad me gustaría ser bailarín. Creo que a mi edad ya no hay tiempo para eso». (De Boyeros, Abdel Ceijas Márquez, 16 años, oficio electricista)

«Me gusta la cocina. Hablé con una tía para que me consiguiera trabajo en un restaurante. Ella me llevó y me aceptaron. Allí cocino lo que me manden. Desde hace tres semestres hago las prácticas en ese lugar. En la escuela he aprendido Español, del que no sabía casi nada porque no me gusta. Estoy orgulloso de la escuela. Para mí es una de las mejores que han inventado. Pero hace falta que nos aumenten el estipendio estudiantil, porque ni la merienda en los centros de trabajo vale 25 centavos, ni el almuerzo 50; tampoco alcanza con los 40 centavos para el transporte, pues casi siempre cobran un peso. Lo hemos planteado en el congreso de la FEEM pero no ha habido respuestas. Fíjese..., si me dan a escoger entre las clases y trabajar, dejo las primeras. Lo mío es estar siempre en movimiento.» (De Boyeros, Rafael Pérez Hernández, 15 años, oficio cocinero)

«Vivo con mi abuela, mi abuelo y mi tía. Trabajo en un policlínico desde antes de entrar a la Escuela de Oficios. Yo venía de una escuela especial y sabía que me iban a mandar para acá. Desde sexto grado lo veía venir. Al principio mi mamá no quería porque le habían dicho que la escuela era mala, que en ella había “elementos”. Pero no ha sido así. Cuando salga quiero llegar al 12 grado, coger un curso de superación y alcanzar una carrera universitaria. Es una meta difícil pero cuando se quiere se puede. Sueño con ser abogada.» (De Centro Habana, Milagros Tristán Peña, 17 años, oficio esterilización)

Hasta que den las fuerzas...

Todos comentan sobre él en la Escuela de Oficios Frank País, en el municipio de Boyeros. Adquiere altura de leyenda en las historias contadas por otros. En cambio Agustín Millán Arozarena, de 59 años, aparenta ser un hombre común. Será porque desde su serenidad y modestia no regala las palabras. Su voz se expande sonora cuando explica las leyes de la Química, algo que ejercita desde hace 20 años en las Escuelas de Oficios. Pero el timbre es otro cuando está solo y debe hablar de los alumnos que han sido la razón de su vida.

—¿Cuáles son las características de sus muchachos?

—Lo principal es que necesitan mucho afecto, sobre todo de sus familias. Generalmente son un poco inquietos por eso del cariño que les hace falta. Eso hace que muchas veces no se concentren y tengan problemas para asimilar los conocimientos. En el aula hay que repetirles varias veces las ideas, y son más afines al trabajo manual que a las otras tareas como estudiantes.

—¿Cómo lleva tantos años en este tipo de escuela, enseñando algo tan abstracto como la Química?

—A mí me ha gustado este tipo de muchachos. Disfruto conversar con cada uno de ellos, que compartan conmigo sus problemas para saber cómo puedo ayudarlos.

—¿Una historia que no olvidará?

—Recuerdo un alumno que el mundo entero conoció: Roberto Balado, el boxeador. Pasó por esta escuela. Llegó aquí muy pequeño, con 15 años. Era jovial, se llevaba bien con todos. Un día se me acercó y dijo que venía de una escuela de deportes y que su sueño era boxear. Me veía como a un padre. Aquí lo fuimos encaminando y mire lo que llegó a ser. Lástima que la vida le haya jugado tan mala pasada. Sufrió un accidente de tránsito que le costó la vida. Él, que fue doble campeón mundial...

«Otros que también pasaron por esta escuela a cada rato nos visitan. Actualmente tienen responsabilidades a niveles municipal y provincial».

—¿Recuerda algún estudiante que andaba muy extraviado y que usted ayudó?

—¡Es que son tantos! A veces tengo que preguntarles los nombres porque no los puedo recordar a todos. Hubo un muchacho que tuvo problemas porque andaba en cosas con turistas. Cumplió diez años de prisión. Cuando entró a la escuela yo le daba consejos para que dejara aquel mundo de complicaciones. Después que cumplió la condena vino a verme para decirme que en la prisión había recordado todos mis consejos. Ya estaba encaminado y tenía trabajo.

—¿Qué caracterización haría usted de este sistema de enseñanza?

—El sector es muy útil y necesario a la sociedad, pero necesita ser más atendido.

—¿Qué tiempo piensa seguir dando clases?

—Bueno... Hasta que tenga fuerzas...

Cerrar abismos

«Estos jóvenes son muy humildes, nobles y reservados. Casi todos provienen de familias con problemas sociales y enfrentan situaciones económicas difíciles». Patricia Flechilla Frómeta, presidenta nacional de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM), retrata a quienes asisten a las Escuelas de Oficios. Lo hace a las puertas del XI Congreso de la organización porque estos futuros obreros, con sus inquietudes, abismos y empeños, también pertenecen al universo de adolescentes que pronto celebrarán su más importante reunión.

—¿Qué han planteado estos jóvenes en sus citas previas al Congreso?

—Han contado sus problemas con mucha humildad; han hecho sus reclamos a veces en una línea o con una sola palabra. Recuerdo una estudiante que en su intervención dijo solamente: «¡zapato!». Cuando le preguntamos qué quería decir, agregó: «Queremos zapatos escolares...». Ellos han expresado que requieren de mayor atención, sobre todo por parte de organizaciones como la FEEM, la UJC, e instituciones como el Ministerio de Educación.

«Los muchachos están preocupados porque no hay condiciones en las escuelas; reclaman los materiales necesarios para formarse en sus especialidades; y piden que el personal docente esté más calificado y se complete en todas las escuelas. Muchos hablan de las deficiencias relacionadas con los tutores que les son asignados en las empresas durante las prácticas, y del contenido de trabajo, el cual, a veces, no se corresponde con el oficio estudiado.

«Plantean, además, que a pesar de cumplir jornadas laborales como cualquier trabajador, en algunos casos no tienen garantizadas condiciones básicas como el almuerzo y los implementos de seguridad».

—¿Cómo valora la FEEM la preparación del colectivo docente de las Escuelas de Oficios?

—Allí, a diferencia de otras enseñanzas, el colectivo es muy estable. Puedes encontrar profesores que permanecen durante años. Esto hace que se identifiquen más con el estudiantado. Sin embargo, pese a que el claustro por ser duradero es muy sensible a los dilemas de los muchachos, los profesores deben consolidar su formación integral y lograr mayor especialización en aspectos educativos propios de la enseñanza.

—En los últimos años han disminuido las matrículas en las Escuelas de Oficios. ¿Cuáles pueden ser las causas?

—Con el período especial se deteriora la enseñanza técnica profesional de forma general, como consecuencia del déficit de implementos de trabajo, de profesores calificados y de las malas condiciones de las escuelas, situación que hoy no se ha logrado revertir. Por otra parte en los últimos años se ha consolidado el seguimiento a los estudiantes desde la secundaria básica, lo cual trae aparejada la disminución del número de alumnos de este nivel de enseñanza que deciden reorientarse hacia las Escuelas de Oficios.

«Hay que añadir que el inicio de los cursos emergentes y de superación integral para jóvenes, absorbió a gran parte de los muchachos que estaban desfasados del estudio o desvinculados. Estos programas constituyeron una vía para llegar a la universidad o alcanzar el grado 12, posibilidad que actualmente no existe en las Escuelas de Oficios».

—¿Hay planes concretos para mejorar la situación de esta enseñanza?

—Hoy estamos en un debate a nivel de país, liderado por el compañero Raúl, para impulsar la productividad, los servicios y los trabajos manuales. Sin embargo, carecemos de obreros calificados. En la actualidad no resulta fácil encontrar un albañil o plomero, oficios que se forman precisamente en esos centros.

«Ahora hay mayor sensibilidad y preocupación de los ministerios y de las direcciones provinciales con las escuelas técnicas y de oficios. De todas maneras falta que se concrete esa preocupación o que se exprese en todas las entidades a nivel territorial».

—¿Será el Congreso de la FEEM un espacio para dar respuesta a los reclamos de los estudiantes de esta enseñanza?

—Cuando estemos en el Palacio de las Convenciones y los delegados planteen sus reclamos, aspiramos a que los ministerios puedan responder, con mayor seguridad, qué se va hacer concretamente.

«Será un momento en el que la FEEM debe pensar en cómo lograr una mejor atención a los jóvenes de las Escuelas de Oficios. Nuestro propósito seguirá siendo contribuir a que ellos no se sientan marginados, ayudarlos a que se incorporen a la sociedad con mayor confianza y preparación».

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