Los niños y los ancianos se parecen

Explican nueve coincidencias entre ambas edades y la necesidad de tenerlas en cuenta para cuidarlos. El evento concluye hoy en el Palacio de las Convenciones

Autor:

Juventud Rebelde

La explicación de nueve coincidencias o analogías psicológicas entre niños y ancianos, y la necesidad de tenerlas en cuenta para cuidarlos, causó gran impacto este jueves en el III Congreso Panamericano de Salud Mental Infanto Juvenil.

Este evento comenzó el pasado día 24 y concluirá en la tarde de hoy en el Palacio de las Convenciones. Durante una conferencia ofrecida en la jornada inaugural, el doctor Miguel Ángel Valdés Mier, presidente de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, habló del validismo y comparó las semejanzas entre el niño y el anciano.

Dijo que en los dos casos no se pueden valer por sí mismos, sino que necesitan cuidadores. «El niño no puede hacer muchas cosas él solo, como tampoco el anciano; aquel necesita la ayuda de sus padres y este la de sus hijos o nietos».

Explicó la dosificación de los medicamentos, y la regla de oro de que «con los ancianos hay que utilizar la menor cantidad de medicamentos posible, el menor tiempo posible y en la menor dosis posible, como con respecto a los niños, cuyas dosis deben ser la mitad o la tercera parte de la de los adultos jóvenes».

La inadecuación afectiva, una pérdida del control en la expresión emocional, es otra analogía entre infantes y viejos. Y el déficit cognitivo ocurre en forma semejante en los dos casos; primero en el niño, porque aún no ha madurado en él esa capacidad, y en el anciano porque ya la perdió.

El juicio crítico es otro elemento similar. Con los años el niño lo alcanza, y el anciano lo pierde. Los dos, por ejemplo, a la pregunta de cuál es la similitud entre un elefante y una hormiga, dicen que uno es grande y el otro pequeño. Por no tener pensamiento abstracto, ni el niño ni el viejo razonan que el elefante y la hormiga son animales, por ejemplo.

Ocurre igual con el control de los esfínteres, porque el niño se orina cuando lo desea, y el viejo no puede evitarlo, debido a su próstata deteriorada. Ninguno de los dos lo hacen por ser sucios o malos.

Después viene la fragilidad y la vulnerabilidad: los niños y los ancianos pasan por igual, en segundos, de la risa al llanto y viceversa; y tanto aquellos como estos son más vulnerables y frágiles ante infecciones, intoxicaciones u otros percances.

Asimismo la infancia y la vejez requieren la dieta diferenciada. En ninguno de los dos casos, a las doce de la noche o a las tres de la madrugada, se les puede dar a comer un potaje de garbanzos, un congrí con carne de puerco, una paella o una fabada.

Y por último, el profesor Valdés Mier se refirió a la necesidad de tutoría para el niño y para el anciano, de no dejarlos solo en la casa, de atenderlos asiduamente como ambos se merecen para que no sufran un accidente que a veces puede resultar fatal.

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