Nuestros sueños no tienen fronteras

Alí Rodríguez Araque, hasta hace poco embajador de Venezuela en Cuba, afirma que ahora regresa a su país para emprender una nueva misión con el espíritu que le dejó el ejemplo de la Revolución Cubana 

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Alí Rodríguez Araque, el Comandante Fausto (al centro). Habla siempre de «nosotros», incluso donde sería obligado decir: «yo», a pesar de que a sus 70 años sigue siendo uno de los más respetados, admirados y queridos dirigentes de la izquierda venezolana, debido a su constancia en la lucha por «servir al pueblo» —como tituló uno de sus libros— y porque no pierde oportunidad para estudiar, prepararse, indagar en los métodos y estrategias que hagan eterna la Revolución Bolivariana y que en ese camino sepa ser justa y pueda interpretar y resolver las necesidades y deseos de las mayorías en su país y en Latinoamérica.

Diputado, Ministro de Energía y Petróleo, presidente de Petróleos de Venezuela, Secretario general de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Ministro de Relaciones Exteriores, Embajador de la República Bolivariana de Venezuela en Cuba, son cargos que aparecen en el currículo de este hombre sencillo, que se considera a sí mismo un eterno revolucionario.

Con toda esa historia a cuestas, Alí Rodríguez Araque sopesa bien las palabras antes de hablar y casi siempre esquiva las preguntas que apuntan a capítulos de su vida vinculados a los años de combatiente en la guerrilla venezolana. «No hay preguntas indiscretas, sino respuestas indiscretas», dice para evitarnos la pena en el intenso interrogatorio que le proponemos horas antes de partir de La Habana hacia su país, donde fue elegido vicepresidente para la región andina del Partido Socialista Unido de Venezuela.

Queríamos conocer más sobre su relación con la Cuba de los míticos años 60, del apoyo incondicional a los movimientos de liberación nacional que entonces se gestaban en Latinoamérica, entre ellos el venezolano. Pero el Comandante Fausto (su grado y seudónimo durante la lucha) no pierde los hábitos guerrilleros y se vuelve prácticamente impenetrable.

Habla solo de hombres que todavía hoy, «más que amigos son mis hermanos, tanto en Cuba como en Venezuela, (porque) en los momentos de dificultades y de grandes pruebas, es donde se forjan relaciones humanas eternas». Pero no dice nombres ni da detalles, como si esa historia de hermandad entre venezolanos y cubanos, que en su caso comenzó hace más de 50 años, formara parte de un patrimonio demasiado sagrado para compartirlo.

—¿Cuáles son sus primeros acercamientos a Cuba, su historia, y el proceso revolucionario que lideraba Fidel Castro, antes de 1959?

—De Cuba no solo sabía por los estudios de Geografía, sino por las lecturas de obras de José Martí. Yo tuve la fortuna de vivir en un ambiente que muy tempranamente entró en contacto con la literatura, y dentro de unos cuantos autores que entonces pude conocer estuvo José Martí.

«Ya en el año 1959 estuvimos aquí por primera vez. Casi inmediatamente después de la caída de Batista. Habíamos formado parte de un movimiento que llamamos la Marcha de Bolívar a la Sierra Maestra, en solidaridad con los combatientes del Ejército Rebelde, de manera que cuando cayó la dictadura todos estábamos listos para venir a conocer la alborada de la Revolución.

—¿Y por qué esa simpatía, ya entonces, con el proceso cubano, que era aún incipiente?

—Habíamos participado muy activamente en las luchas contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en Venezuela. Yo fui expulsado de la Universidad, casi todos mis compañeros de la Juventud Comunista fueron hechos prisioneros, incluyendo familiares míos que no tenían nada que ver con esa protesta. Ya desde entonces sentíamos una gran identificación con las luchas que se estaban llevando a cabo en la Sierra Maestra. Inmediatamente después de la caída de Batista, en Venezuela se desata un vasto movimiento popular de grandes simpatías con la Revolución Cubana, y nosotros fuimos parte de ese movimiento.

—Luego de tantos años de lucha revolucionaria, con el triunfo de Hugo Chávez se fortalecen como nunca antes las relaciones entre Venezuela y Cuba. ¿Qué significó para usted esa empatía evidente entre los líderes de ambos países?

—Ellos son el reflejo de la empatía entre los dos pueblos. Tenemos la misma idiosincrasia. Le atribuyen a Martí algo que a mí me gusta mucho. Cuando él estuvo en Caracas le preguntaron que cómo era Cuba. Y dijo que era una isla, con muchas palmeras y llena de caraqueños, tratando de describir la similitud entre cubanos y caraqueños.

«Quizá quienes simbolizan esa empatía son estos dos líderes, pero eso ha existido siempre entre los dos pueblos y particularmente entre los revolucionarios venezolanos y los revolucionarios cubanos».

—En octubre de 2006, Hugo Chávez da a conocer, en un discurso público, que usted sería el nuevo embajador en Cuba. ¿Cómo recibió entonces aquella noticia?

—Como un hecho casi natural. Difícilmente yo hubiera aceptado esa tarea en otro país que no fuera Cuba. Y por supuesto, lo hice con una gran motivación. He intentado hacerlo lo mejor posible, con la fortuna de participar en una fase de elevación en la relación, no solamente cuantitativa; con logros que están a la vista. Fue una gran alegría para mí haber participado en la reinauguración de la Refinería de Cienfuegos, ahora veíamos con los compañeros de PDVSA-Cuba y del Banco Industrial de Venezuela los planes de proyección hacia nuevos logros, de manera que me voy muy contento y, por supuesto, con una dosis bastante grande de nostalgia.

—¿Qué han significado para usted estos años en Cuba?

—Muchas cosas. No es la primera vez que paso un tiempo, más o menos prolongado en Cuba. En anteriores ocasiones he estado por tratamientos médicos, en esta oportunidad representando a mi país ante el Estado y la Revolución Cubana. Y por supuesto, en estas experiencias uno se lleva un aprendizaje. El más importante, quizá, tiene que ver con las impresiones muy vívidas que he tenido de la calidad del pueblo cubano, del espíritu solidario que lo caracteriza, de su bondad y de los apoyos que siempre he recibido incondicionalmente acá.

«Es muy grande la familiaridad, de manera que al uno dejar Cuba siente que deja a familiares muy cercanos, a una tierra muy querida, pero además de estos aspectos, que tienen que ver con los afectos, está el ejemplo de una Revolución, de un liderazgo como el de Fidel, que ha sabido sortear tan grandes dificultades, tan grandes tempestades, y en cada desafío salir más fortalecido.

«Cuando nosotros estamos emprendiendo hoy cambios revolucionarios en el país, en medio de un proceso continental creciente, el ejemplo de la Revolución Cubana, de su carácter indoblegable, de su sabiduría para saber interpretar los anhelos del pueblo, la época y el entorno mundial, es algo sumamente importante, es, insisto, una experiencia irrepetible.

«Con ese espíritu retornamos a Venezuela. Ahora nos toca mprender una nueva misión, en esta oportunidad en la construcción del Partido Socialista Unido de Venezuela, que comienza ya a dar sus primeros pasos, y en ellos vamos a empeñar un esfuerzo tan grande como el que se requiera, a fin de poder dotar a la revolución venezolana de una fuerza que sea indoblegable, que tenga visión estratégica, que tenga claridad de su destino, que tenga la suficiente comprensión de la idiosincrasia del pueblo, de los deseos del pueblo y de los mandatos del pueblo, y por encima de todo consecuencia para llevar adelante, no importa cuáles sean las dificultades, la misión que deja en sus manos el pueblo venezolano».

—Hay más de 3 000 estudiantes venezolanos en Cuba. ¿Qué les aconsejaría?

—El mejor consejo que les puedo enviar está en dos ámbitos. Primero que se esfuercen en atrapar al máximo los conocimientos científicos, para que tengamos jóvenes mejor formados, pero tanto o más importante que eso, que se lleven dentro de sí el espíritu revolucionario y, con ello, el espíritu de solidaridad, de desprendimiento, de entrega a las más nobles causas de la humanidad.

—Como luchador de muchos años, ¿qué lectura hace del momento que vive hoy Venezuela?

—Estamos frente a grandes desafíos, no solamente en el ámbito interno, toda vez que existe una oligarquía que disfrutó de grandes privilegios en el pasado, que disfrutó, sobre todo, de una distribución absolutamente regresiva de la riqueza, de una riqueza que es propiedad común de todos los venezolanos como es la que se genera por la actividad petrolera, y esas oligarquías se resienten profundamente, a pesar de que apenas se les ha tocado, de ahí que en los próximos pasos esa resistencia y la agresividad se multiplicarán aún más.

«Pero si se tratara solo de confrontar el problema interno, pues no sería mayor cosa. El problema fundamental, más que el interno, son los grandes desafíos que tenemos en el frente externo. El imperio norteamericano —y muy particularmente la derecha neoconservadora, ultrarreaccionaria— no puede tolerar que en alguna parte del mundo surja una revolución, y no una revolución, ni siquiera que surja un ejercicio de soberanía de los países, si ellos consideran que ese ejercicio puede afectar sus intereses.

«Tienen una visión del mundo unidimensional, todo lo que sea una suerte de disonancia de la orquestación que ellos proponen de sus valores, de sus principios, de su manera de ver el mundo, se considera una agresión a lo que llaman intereses de Norteamérica. Están los desgarrantes ejemplos de Iraq, de Afganistán y la larga, triste, dolorosa y a veces sangrienta historia de las agresiones contra nuestros propios países.

«Ellos han diseñado una estrategia que es sumamente perceptible para el más superficial de los análisis. Por un lado buscan aislar a Venezuela, y por otro lado tratan de caotizarla internamente, desestabilizarla, generar lo que ellos llaman ingobernabilidad, para justificar cualquier tipo de acción interna, externa o ambas combinadas.

«Esos son grandes desafíos que tenemos por delante. En lo inmediato vienen las elecciones de gobernadores, de alcaldes, de consejos legislativos regionales donde habrá una fuerte confrontación también. La estrategia del imperio y de las oligarquías es la de capturar, literalmente, la mayor cantidad posible de gobernaciones, de alcaldías, toda vez que si en diciembre pasado tuvieron una victoria electoral, esa victoria no les dejó nada concreto en las manos, desde el punto de vista del poder político.

«Quedan, por supuesto, otros muchos desafíos. El primero, y el más importante en mi opinión, es la construcción de una verdadera fuerza revolucionaria con capacidad para poder conducir las transformaciones que exige el pueblo venezolano, que tenga igualmente oído y paladar para captar los deseos, las aspiraciones del pueblo y poder trazar planes, acciones, estrategias, tácticas que correspondan a esas realidades y además a las transformaciones que hoy están planteadas en Venezuela. Que igualmente sepa enfrentar, no solo al enemigo interno, sino que esté en condiciones también de enfrentar al enemigo externo. Que esté en capacidad de trazar una estrecha relación con otras fuerzas revolucionarias del continente en el titánico y apasionante esfuerzo por lograr la reintegración de la gran patria latinoamericana y caribeña, Nuestra América, como la llamó Martí».

—Como experto en el tema energético, ¿cómo cree que podrá enfrentarse el tema de los altos precios de los combustibles y su impacto en la crisis de los alimentos?

—Afortunadamente, Venezuela no tiene carencias en el orden energético. Tiene no solo su enorme riqueza petrolera, sino también la maravilla de un río como el Caroní, que en apenas 140 kilómetros de caída genera más del 70 por ciento de toda la energía eléctrica que se consume en el país. De no ser por ese río, estaríamos consumiendo unos 800 000 barriles diarios de petróleo adicionales a los que ya se consumen. Son grandes las posibilidades que tiene nuestro país para enfrentar la crisis energética y no solamente en lo que se refiere a lo interno, sino también contribuir, como lo estamos haciendo, a través de distintos acuerdos como la Alternativa Bolivariana para los pueblos de América (ALBA), Petrocaribe, para por lo menos aliviar el peso de lo que significa para los pueblos hermanos.

«En el tema alimentario, la humanidad está al borde de una severísima crisis, sobre todo en el sector de los cereales, pero que a la larga puede trasladarse al animal que es alimentado en la agricultura moderna con cereales. De manera que se van generando factores de crisis en el mundo que obligan a repensar en nuestros países, muy particularmente en el caso de Venezuela, el problema de la Revolución Agraria.

«En nuestro país —es uno de los trabajos que vengo realizando en estos momentos— arrastramos un problema: no se produjo una Revolución Agraria, ni un reparto de tierra en ningún período; se dejó a los campesinos abandonados a su suerte, abandonaron aquellos campos, hubo una fuerte reconcentración territorial, y por disponer de una alta renta petrolera, Venezuela se convirtió en un enorme importador de productos alimenticios. En una situación como la que estamos viviendo no basta con tener capacidad de compra, no basta con tener capacidad para importar, si en el mundo comienzan a escasear los alimentos. Hoy está planteado un esfuerzo de grandes proporciones para poder crear un nivel de autoabastecimiento alimentario que permita sostener los requerimientos mínimos de la población».

—Con sus años, su historia de luchas, resulta asombroso sin embargo que usted no se haya sentado a mirar el proceso venezolano, ¿Cuál es el motor que lo energiza como para permitirse trabajos de adolescente?

—Es que yo soy un adolescente, en el sentido de que uno nunca termina de aprender y de intentar la realización de sus sueños. Y eso requiere estar renovando permanentemente las energías para poder encarar los grandes desafíos. Todavía en estas tierras hay un pueblo doliente que merece que dediquemos lo que nos queda de existencia a su redención, a lo que ha esperado durante muchas décadas, desde los tiempos en que nuestros libertadores encararon el problema de independizarse del imperio español. Hoy tenemos que independizarnos no solamente de los nuevos imperios, sino también de las grandes limitaciones, realizar lo que un día llamó Marx «el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad».

—¿Qué opina de la relación entre Venezuela y Cuba?

—Diría que es una relación modélica. En primer lugar porque esa relación ha permitido romper dos grandes bloqueos: en el caso de Cuba romper el energético, aprovechando todas las facilidades que con su política petrolera, y energética en general, aplica Venezuela. Por su parte, Venezuela ha logrado romper un bloqueo peor que el energético, que es el bloqueo del acceso al conocimiento de 1 500 000 iletrados que existían en nuestro país, el acceso a la atención médica y medicamentos gratuitos de 17 millones de personas que en su vida nunca antes recibieron esos servicios, entre muchos otros beneficios.

«De manera que se está inaugurando una nueva forma para avanzar en lo que Fidel correctamente ha llamado otro mundo posible, la colaboración desinteresada entre ambos países, utilizando nuestras complementariedades. Porque toda la idea de la integración se sustenta en la complementariedad y no en la competencia, en el estricto respeto a la soberanía de cada uno de nuestros países y no en la imposición de condiciones para prestar determinada “ayuda,” en la solidaridad y en la cooperación.

«Y este ejemplo comienza a prender progresivamente. Está el caso de la Alternativa Bolivariana para los pueblos de América (ALBA), sustentada en esos mismos principios, que agrupa no solo a Cuba y a Venezuela, sino también a Bolivia, Nicaragua, República Dominicana, y no pasará mucho tiempo sin que otros países estén formando parte de este modelo, con algunos elementos muy importantes.

«No se trata solamente de tener un marco del ALBA o de los proyectos grannacionales, sino como acaba de ocurrir en la cumbre extraordinaria de Caracas, se convoca una reunión para prestar todo el apoyo solidario a una Bolivia en peligro de balcanización. Y frente a esa situación ha respondido con gran rapidez el ALBA, como igual ha decidido crear un fondo para enfrentar la crisis alimentaria. En fin, una política sustentada en un nuevo tipo de relación, yo diría más humana que comercial, aunque por supuesto sin despreciar los aspectos comerciales que tienen nuestras relaciones.

«Así que vamos por muy buen camino, y en eso, insisto, la relación entre Cuba y Venezuela es un excelente ejemplo. De allí que se busque por todos los medios bloquear el avance de este nuevo tipo de relación, que es la negación, precisamente, de otras formulas de integración como el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) y los Tratados de Libre Comercio (TLC), que propicia el imperio con la finalidad de atrapar a nuestros países bajo el dominio de los gigantescos consorcios que provienen de esos centros imperiales con un enorme poder no solamente financiero, sino productivo y organizacional, frente a los cuales difícilmente las débiles economías nuestras pueden competir con un mínimo de condiciones para poder salir adelante».

—¿Cuál sería su ideal realizable de país para Venezuela, a partir de las propias posibilidades que le brinda la Revolución Bolivariana?

—Nuestro ideal no se limita a Venezuela. Nuestro ideal es el mismo que tuvo Simón Bolívar. El de la unificación de la gran patria latinoamericana, de la gran nación latinoamericana y caribeña. Porque somos eso, somos una gran nación. Poblamos el mismo territorio, tenemos el mismo origen, compartimos los mismos problemas, tenemos la misma cultura, las mismas creencias e incluso, podríamos decir que hasta el mismo lenguaje. Alguien podrá decir que los brasileños hablan portugués, pero es un portugués perfectamente comprensible para los hispanoparlantes y ellos a su vez entienden nuestro idioma, ahora, además, el español es el segundo idioma de los brasileños, obligatorio.

«De manera que somos una nación con gigantescas posibilidades. Basta mirar hacia Sudamérica para ver no solamente su extensión territorial, no solamente el número de sus habitantes, sino sus gigantescos potenciales, en materia de energía, por ejemplo: el gran pulmón vegetal del mundo está en la Amazonía. Y el espíritu de nuestra gente, la mezcla de razas que es como una especie de crisol, como decía Bolívar, que ha generado un nuevo ser humano, con muchas características positivas en nuestro continente.

«Así que nuestros sueños no tienen fronteras, somos internacionalistas, pero básicamente somos continentalistas. El día que nuestra nación latinoamericana se unifique, tendrá un peso específico creciente en el mundo, no solamente para redimir muchas de las penalidades de nuestro pueblo y llevarlo al reino de la felicidad, sino también para contribuir, en grado creciente, a la superación de gravísimos problemas que hoy padecen, aun en condiciones peores, otros pueblos, como es el caso del africano, por ejemplo. Y en eso Cuba es un ejemplo extraordinario y una guía para todos nosotros».

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