Rememoran los ferrofunerales de Manatí

En el poblado del oriente cubano, en los tiempos de la compañía azucarera, los cortejos fúnebres se transportaron hasta el cementerio por la vía del ferrocarril

Autor:

Juan Morales Agüero

En los pueblos pequeños suelen germinar y echar raíces con orlas de exclusividad ciertas costumbres sumamente pintorescas. Algunas, por antiguas y recurrentes, llegan a sedimentarse en el corazón público tanto como la grava en el lecho de los ríos. Luego, patentada ya su estirpe en el catálogo de las tradiciones, devienen referencias. Las hay que, por su extravagancia, resulta difícil extenderles apenas el beneficio de la duda. Solo quien convivió con su práctica toda una vida puede comprenderlas y dar fe de su autenticidad.

A mí me tildan de bromista cuando comento con amigos de otras zonas del país que en Manatí, mi pueblo natal, durante mucho tiempo los cortejos fúnebres se transportaron hasta el cementerio por la vía del ferrocarril. Las personas con quienes hablo sobre tan singular usanza replican: «Vamos, compadre, ese es un tema muy serio, ¿por qué lo tomas para el relajo?». Y yo: «Oigan, estoy hablando verdad. ¡Es como se los cuento!». Solo mi terca insistencia y la convincente gravedad de mi semblante consiguen a veces doblegar sus suspicacias.

La ceremonia del traslado hasta la humilde necrópolis manatiense a través del camino de hierro era sencillísima. ¡Así son a menudo las cosas grandes! Comenzaba en la vivienda donde se había efectuado el velorio o en la propia funeraria municipal. A la hora acordada por los deudos del occiso con los trabajadores de los servicios fúnebres, se organizaba a toda prisa la salida y se determinaba quiénes llevarían las ofrendas florales. A paso lento la comitiva ganaba la calle y tomaba rumbo a la terminal de ferrocarril, donde aguardaba con sus motores encendidos, y puntual como un reloj suizo, una locomotora canadiense con un vagón de carga y un par de coches para pasajeros.

Entonces llegaba el momento del abordaje colectivo. Se consumaba en el más estricto orden. Primero subían con precaución el sarcófago al vagón de carga y lo acomodaban junto con sus coronas de flores. Luego los dolientes hacían lo propio y tomaban asiento en el interior de los coches. Ya con los actores del séquito debidamente acomodados —es decir, difunto y acompañantes—, el tren emprendía la marcha con un par de lúgubres pitazos y un metálico chirriar de rieles.

En cinco minutos el convoy arribaba al cementerio. Todos echaban pie a tierra, se trasladaba al occiso hasta su definitiva sepultura y, finalmente, alguien de verbo fácil lo despedía al pie del panteón, oloroso todavía a cemento fresco y a azucena recién cortada. Minutos después, el mismo recorrido, pero en sentido contrario. Y ya.

Según los manatienses de mayor edad, esa práctica databa de inicios del pasado siglo, en tiempos fundacionales del desaparecido central azucarero. La compañía propietaria, con su parque ferroviario, daba el servicio gratis a los vecinos del batey. Que yo sepa, en ninguna otra comarca cubana se efectuaron jamás funerales de esta naturaleza. Definitivamente, parece típico de Manatí el haber transportado hasta el camposanto a sus muertos sobre vagones de ferrocarril.

Los célebres ferrofunerales de esta localidad tunera pasaron a mejor vida —como sus «usuarios»— hace relativamente poco tiempo. Jamás se ha vuelto a reeditar allí una de aquellas procesiones que recorrían las calles en la más absoluta mudez, con los catafalcos al hombro y los sombreros en la mano, camino a la terminal de trenes.

Hoy inquilino y ataúd utilizan un carro fúnebre, mientras la comitiva viaja en ómnibus y otros vehículos terrestres facilitados por organismos locales. Lo de los trenes quedó en el recuerdo como una pincelada, como un toque de color que no lastima en lo absoluto la solemnidad de un acto por el que todos sentimos profundo respeto.

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