Allende contado por los suyos

Tras el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, quien hoy cumpliría cien años, su secretaria se refugió en Cuba. Ella murió, pero sus hijos mantienen un vínculo especial con la Isla

Autor:

Dora Pérez Sáez

Hace más de 30 años llegaron a nuestro país huyendo, expulsados de su patria como vulgares delincuentes. Con el dolor de un hermano muerto y los sueños destruidos, tuvieron que empezar de cero en Cuba. Aquí estudiaron, trabajaron y vivieron durante 20 años, anhelando el regreso a un Chile democrático.

Los hermanos Max e Isabel Ropert Contreras son hijos de la secretaria del presidente Salvador Allende. Tanto ellos como su madre, conocida como la Payita, fueron forzados al exilio después del golpe de Estado que en 1973 derrocó al presidente constitucional del país austral. No fue hasta 1995 cuando pudieron volver.

Payita murió, pero sus hijos continuaron viniendo a nuestro país, con el que mantienen un vínculo muy especial. En una de esas visitas, esta reportera tuvo la oportunidad de conversar con ellos y conocer acerca de su madre, de Allende, y del cariño y agradecimiento que sienten por los cubanos. Hoy, cuando se cumplen cien años del nacimiento del político chileno, JR reproduce esa entrevista.

Embajadores del amor por Cuba

Miria Contreras (Payita) fue la secretaria privada del Presidente chileno. Aquel fatídico 11 de septiembre estuvo en La Moneda hasta el último momento, luego de desobedecer la orden del mandatario de que todas las mujeres debían abandonar el lugar.

Tras la toma del poder por la derecha fascista, estuvo clandestina un tiempo, hasta que logró salir del país. En 1974 llegó a Cuba, donde según cuentan sus hijos «se le dio un hogar, trabajo y la dignidad para poder seguir luchando».

«Mi madre —afirma Max— era cubana y chilena, porque Cuba para ella fue su segunda patria. Quería haber terminado aquí sus días, pero desgraciadamente se enfermó estando en Chile, y ya no pudo regresar. Falleció de cáncer de pulmón el 22 de noviembre de 2002, a los 75 años.

«Nosotros estamos tratando de ser sus embajadores, por decirlo de alguna manera, y poder agradecerles a sus amigos, que son nuestros también, por todo lo que hicieron por ella, por nosotros y por el pueblo de Chile».

—¿Cómo se vinculó ella a Salvador Allende?

—Es una larga historia. Nosotros éramos vecinos de Allende, nuestras casas colindaban por el patio de atrás. Eso fue en la época en que él era senador. Ahí surgió una amistad muy grande entre mis padres y su familia, porque aunque en mi país hoy no se acostumbra mucho que los vecinos se hablen y se conozcan, en aquella época sí.

«Allende trabajó en varias campañas políticas antes de ser presidente, y ella empezó a colaborar con él en las últimas, hasta que salió electo. Entonces se dedicó a ser su secretaria privada y a apoyarlo en todo momento. O sea, hubo una relación no solo de amistad, sino que fueron compañeros de ideales».

—¿Entonces lo conocieron desde niños?

—Así es. Y tuvimos el privilegio y la oportunidad de estar con él casi siempre, y la admiración que ustedes le tienen es la misma que nosotros sentimos.

«Incluso, por esa relación entre ellos, su hija Beatriz Allende, que falleció aquí en La Habana en 1977, dejó a sus hijos a cargo de Mitzi Contreras, mi tía materna, y mi propia madre también desempeñó un papel de tía abuela».

—¿Cómo era Allende?

—Simpático, un hombre con mucho humor. Hay anécdotas suyas que lo demuestran. Por ejemplo, venían los ministros y les escondía los maletines antes de la reunión. Entonces cuando llegaban, no encontraban los bolsos, y él decía: «Bueno, ¿dónde están los papeles y las cosas?». Y los ministros buscando, y resulta que los había guardado, y los tenía media hora nerviosos. O sea, dentro de todas las cosas tensas de la política, siempre había un momento para reír y apaciguar un poco los ánimos.

Isabel Ropert. «Recuerdo —narra Isabel— cuando su hija Beatriz le obsequió un reloj. Ella le pidió a un amigo que viajó afuera que le trajera uno. Le costó carísimo y se lo regaló. Él lo llevaba puesto. Pero un día llegó un empresario japonés, y acababan de salir los relojes electrónicos. Allende era un hombre que de pronto se fascinaba con las cosas. Y empezaba: “Me gusta tu chaqueta, ¿por qué no me la regalas? Ay, cómo me gusta”. Y al final terminabas regalándosela.

«Y aquel día no hallaba cómo tener ese reloj electrónico, con lucecitas. Y le miraba el reloj al japonés: “Qué bonito su reloj”. Y el japonés, sin entender, no le decía: “Tómelo, Presidente”. Y Allende, mirándolo por todos lados, hasta que de repente, desesperado, le señala: “Me encanta su reloj”. Y es cuando el japonés se lo regala, y él se lo pone, y entonces siente que tiene que retribuir el gesto y le dice: “Bueno, usted me ha dado su reloj, yo le entrego el mío”. Y le regaló el reloj mecánico que le había dado su hija, que era mucho mejor».

«Hubo buenos y malos momentos durante aquella época —recuerda Max—. Te voy a confesar que quien hubiese podido escribir todas esas historias era mi madre, y jamás le pudimos sacar nada. Ella nos contó muchas cosas, tengo en la memoria cuentos, anécdotas, pero nunca quiso escribir ni decir nada. Como usualmente decimos, se lo llevó a la tumba.

«Todas esas historias que todo el mundo durante años perseguía y que insistían para que contara, no las quiso revelar por una sola cosa: la lealtad hacia Salvador Allende. Nunca consintió hacer público nada que pudiese afectarlo a él ni a su familia. En eso fue muy discreta».

El día en que todo cambió

El 11 de septiembre de 1973 fue devastador para la familia Ropert Contreras. Aquel martes, Payita y sus dos hijos menores, Enrique y Max, de 20 y 19 años, respectivamente, estaban en su casa. Al enterarse del golpe, partieron hacia la vivienda del Presidente.

Última foto de Salvador Allende vivo, tomada el 11 de septiembre de 1973. (Fuente internet) Pero Allende ya había marchado hacia el Palacio Presidencial, y la mujer decidió ir también para allá, junto con Enrique y algunos miembros de la guardia personal del mandatario. Por su parte, el joven Max permaneció en la residencia, por si era necesario defenderla de algún ataque.

Solo Payita pudo llegar a la Moneda. Enrique Ropert y los otros hombres fueron detenidos y llevados al edificio de la Intendencia. Ella se escabulló entre las manos de los soldados y entró al Palacio, donde realizó varias gestiones para liberarlos, todas infructuosas.

Ninguno de aquellos jóvenes sobrevivió. La propia Paya narra en una carta a Beatriz Allende lo ocurrido. «Días después supe que desde ahí los habían trasladado al garaje del subterráneo de la Plaza de la Constitución para llevarlos después al Estadio Chile. En una de las casas en que me alojaron durante el primer mes, supe por uno de los vecinos, un médico que también estuvo detenido allí (...), que las torturas y brutalidades que les hicieron a un grupo del GAP* ahí presente eran algo horrendo. Isabel me escribió contándome que Enriquito había muerto peleando (tenía tres balazos), pues algunos habían podido arrancarse de la Intendencia. Ojalá que así haya sido, pero casi estoy cierta de que lo mataron en el Estadio junto con los demás».

El cuerpo de Enrique Ropert Contreras apareció días después del golpe en las orillas del río Mapocho. Fue enterrado en octubre y su sepelio fue vigilado por un fuerte contingente policial, que vio frustrado su intento de atrapar a una de las personas más perseguidas por el nuevo régimen: la Payita.

Max Ropert. Max Ropert también escapó. Estuvo escondido más de un mes hasta que se asiló en la embajada de Francia. Salió hacia ese país y en 1974 llegó a Cuba, donde vivió hasta 1993. Aquí estudió Medicina, se casó y formó una familia.

—Si su madre combatió con el presidente Allende hasta el final, ¿cómo logró salir de la Moneda sin ser capturada?

—Se hizo la muerta, y gracias a un médico militar amigo que estaba allí, huyó en una ambulancia. La llevaron hacia un hospital, donde varios doctores de izquierda la llevaron para la casa de una enfermera. Estuvo un mes dando vueltas, hasta asilarse en la embajada cubana, que quedó a cargo de Suecia.

—¿Qué hizo en Cuba?

—Trabajó con la Casa de las Américas durante muchos años, en la formación del nuevo Museo Salvador Allende. Después se fue a París y creó allí la oficina de Havanatur. Se jubiló en 1994 y en 1995 volvió a Chile.

—¿Qué sucedió con su hermana Isabel?

—Mi hermana no estaba en Santiago de Chile el día del golpe. Se asiló en la embajada de Cuba y después salió a Francia conmigo. Ella tenía 21 años, estaba casada y era madre de un niño.

—¿Y el resto de sus familiares?

—Mi padre estuvo preso un año, después lo liberaron y salió a Francia. La familia quedó dividida, teníamos primos de izquierda que quedaron allá y también parientes de derecha.

—¿Cómo se comunicaron con ellos durante la dictadura?

—Por terceros países siempre hubo algún mecanismo para comunicarnos por teléfono con la familia.

—¿Cuándo regresaron a Chile?

—En 1993 empezó a reunirse la familia. En 1995 volvieron mi madre y mi padre, y nos quedamos a vivir allá. Venimos acá de vez en cuando, porque tengo un vínculo muy especial con Cuba: mi señora es cubana, y mis dos hijos mayores nacieron aquí.

—A 35 años de aquellos hechos, usted, que lo conoció de cerca, ¿cómo definiría a Salvador Allende?

—Era un hombre brillante, como pocos en América Latina. Creo que como él, Fidel, Recabarren**... es difícil encontrar hoy día grandes políticos. Como médico, empezó su vida política a través de esa carrera, al darse cuenta de los grandes problemas sociales y de salud de Chile. Llegó a ser ministro de Salud de algún gobierno anterior, y como gran político supo ganarse la presidencia del país.

«Él quiso hacer el socialismo en Chile a través de la vía pacífica. No creía en la vía armada. Conocía el triunfo de otras revoluciones mediante esa forma, como había pasado en la URSS, en China o aquí mismo en Cuba, pero pensaba que se podía llegar al socialismo por la ruta pacífica. Así lo creyó hasta el último momento, en que los militares dieron el golpe de Estado y tomó un arma para defender el derecho constitucional que lo había elegido.

«Murió como mismo dijo en un discurso en la Plaza de la Revolución, la última vez que estuvo acá: que de la Moneda lo iban a sacar con los pies por delante. Y del dicho al hecho fue cierto. Combatió hasta el final de su vida, y fue un hombre sumamente consecuente. Independientemente de si su forma de pensar era correcta o no, lo importante es la consecuencia que tuvo con su pensamiento».

*GAP: Grupo de Amigos del Presidente.

**Luis Emilio Recabarren, (1876–1924). Destacado político considerado el padre del movimiento obrero revolucionario izquierdista en Chile.

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