Amplio disfrute infantil en el Valle de la Prehistoria, del Parque Baconao

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Los niños santiagueros tienen la mágica posibilidad de vivir una secuencia de mundos paralelos hechos a su medida, en los que sabiduría, imaginación y aprendizaje corren de las manos como rondas infantiles

Mis amigos, los dinosaurios

Cuando Robertico vio la batalla entre aquellos dos dinosaurios, cerca del lago, se impresionó al límite. «¡Mira qué mordida!», le dijo con los ojos dilatados a su mamá, en el inicio de una tarde ardiente de julio.

Era la primera vez, en sus diez años, que se veía rodeado de tantos «bichos» extraordinarios o anormales; por eso tuvo la certeza inamovible de que lo habían llevado a un mundo de magias.

Sin embargo, después, al tocarlos y comprobar que no mordían, entendió que no viajaba por otro planeta sino por el Valle de la Prehistoria, en el afamado Parque Baconao, en las afueras de la ciudad de Santiago de Cuba. Así el estupor fue cediendo para convertirse en indagación curiosa y fantástica, esa que solo pueden cargar a cuestas los niños.

¿Y por qué los dinosaurios tenían la sangre fría? ¿Se comían entre ellos? ¿Cómo desaparecieron?, preguntó a su progenitora sobre esos animales extintos hace unos 65 millones de años, representados ahora en increíbles figuras de ferrocemento, únicas en el mundo.

Esas incógnitas, tan repetidas en la boca de otros pequeños, encontrarían respuestas aquel día en la disertación de uno de los guías de esa instalación inaugurada en 1989, Omar Almeida Martínez, quien se ha contagiado con el aguacero infantil de cada jornada.

«Aquí vienen unos 2 000 niños cada mes. A veces me he erizado porque me han contado que ellos, al retornar a cada una de sus escuelas, realizan composiciones fantásticas en las que hablan detalladamente sobre las características de algunas de las 59 especies representadas en este sitio, en el que hay 227 piezas», dice.

Robertico fue de los que redactó emocionado el retornar al aula. Tituló su obra Mis amigos, los dinosaurios.

«Me retraté debajo del brachiosaurus, que medía 12 metros y pesaba 90 toneladas; toqué al velociraptor, que corría casi como un carro y me acosté al lado de un diplodocus, el más largo de todos, superior a los 26 metros», anotó hechizado.

Señaló en sus notas que quería que otros niños de Cuba y del resto del planeta pudieran conversar con estos singulares dinosaurios de Santiago, evocadores de lejanas épocas.

«Nos explicaron que tenían sangre fría porque sus antepasados procedían del mar. Peleaban entre ellos por el dominio del territorio o por la comida. Y desaparecieron por la caída de un gran meteorito, los cambios climáticos y la falta de alimentación, entre otras causas que no entendí muy bien. Pero si se hubieran mantenido en la Tierra el hombre no hubiera llegado. Yo no fuera hoy Robertico», apuntó con trazos primitivos.

Mas, no escribió solo sobre estos gigantones que moraron en una etapa hace unos 145 millones de años. También le dedicó líneas a cada uno de los períodos de la evolución de la Tierra, simbolizados en el valle.

«Yo viajé por la paleozoica, en la que había reptiles que comían hiervas y carne. Luego llegaron en la mesozoica mis amigos de los que ya hablé; y más tarde reinaron otras especies en la cenozoica, como el mamut y unos animales de cuatro patas, parientes de los actuales rinocerontes, esos que no encuentro muy bonitos», subrayó en su cuaderno.

Además, hizo apuntes sobre el hombre de cromañón, cuya estatua es la más alta de todas las del valle: «Está partiendo una piedra con un hacha y me pareció maravilloso. Me explicaron que su escultura es la mayor porque él logró dominar la naturaleza e imponerse sobre el resto de los animales».

Y cerró su composición hermosamente: «El guía nos dijo que los animales y los hombres pudieran dejar de existir por culpa de los propios seres humanos. Los niños no podemos permitir eso, tenemos que luchar por la vida, que es lo más hermoso de la historia. No debemos convertirnos en piezas tiesas de ferrocemento, como les pasa ahora a mis amigos los dinosaurios».

Sueños a orillas del mar

Como nunca, el niño se despierta bien temprano y se levanta de su cama. A las seis de la mañana ya está en pie, y en minutos, bien de prisa, sale de su casa hasta llegar a la puerta de la felicidad.

Y es que Miguel Luis, como varios de sus amiguitos del litoral santiaguero, en Punta Gorda, Cayo Granma, Caracoles, La Socapa..., no repara en cruzar el mar para adentrarse en un mundo de miles de juegos y mucho más....

El responsable de tantos sueños cumplidos entre los más pequeños de toda la zona costera, es el Centro Cultural Surtidor de Sueños, que hace dos años, al lado del mar, invita a navegar por la creatividad.

Cuenta Luisito que ahora está atrapado en los «cañoncitos, carritos de la velocidad y los laberintos» de las computadoras que encienden sus monitores en el aula del «Surtidor»; que otros y otras pintan, cosen, bordan, recitan, cantan... para siempre regresar, y los más arriesgados hasta aprenden a pescar.

«Lo que más nos gusta son los juegos de por acá, y los bailes de disfraces», comentan los ya adiestrados niños en el arte de la muñequería.

Mientras, sus travesuras cobran vida en una gallinita ciega, en la silla musical y en el «terrible» semáforo... una joven promotora, Nerelis Despaigne, amplifica lo aprendido en jornadas de retos contra el escaso transporte o las distancias sobre el mar: «...los niños son las personas más exigentes; nunca se les debe engañar.»

Así transcurren los días en la casona que, rociada de las olas, corporiza los sueños de infantes reales en este pueblo de pescadores, donde se arrebatan guiños y asombros, muy difíciles de olvidar.

Protagonistas de su propio cuento...

Les basta caminar, correr, saltar... bajo este intenso sol que le crece al día, para ser entonces sus dueños. Después de muchos años de deterioro, embates naturales, intentos truncos, en áreas del parque Baconao les han devuelto la fantasía.

Para Dorgis el mundo es girar montada en un corcel de sueños... «Me gustan los caballitos...». En dónde tejemos la ronda/ la haremos a orillas del mar... Lorena, Liliet, Marcos, cabalgan la manigua con Palmiche, tocan a la puerta de Blancanieves, se hacen cómplices de la mentirita de Pinocho, enfrentan a villanos, lobos, madrastas... dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás...

«Este lugar me gusta porque tiene muchos juegos: muñecos, bicicletas, monté en la canal de la bota del Gigante, oí la canción de La hormiguita retozona, fui a la casita de Elpidio Valdés... Este parque se llama El mundo de la Fantasía. Cuando llegue a mi casa allá en Holguín, le voy a contar a mis amiguitos cuánto me divertí».

¡Voy..! se impulsa Jorgito con su bicicleta, mientras Gretel y Dayana dibujan círculos en la pista de la «20». Como una sola flor seremos,/como una flor y nada más... Entre caramelos y columpios andan Lázaro y su hermano; Camila quiere darle un besito a María Silvia y Yilian le dice un secreto a Eutelia...

—Ahí están el capitán Plin y la casita de los tres cerditos... ¡Corran, aquí hay un cohete para viajar al espacio. Y hasta Resoplez, dicen que no se lo han podido llevar los ciclones que arrasaron este lugar...»

—Seguro que no, muchachos, yo les garantizo que en la próxima aventura voy a hacer puré de tarco a ese manigüero mambí y hasta haremos picadillo el aburrimiento.

«Oigan, dicen que ahí al lado hay otra área que se llama Arenas Blancas. Allí hay un gran payaso, un juego de ajedrez gigante y la maqueta de una ciudad imaginaria que tiene como 30 metros de largo y tiene trenes y fábricas y carros. Vamos también allá...».

Secretos

La Rubia es la que más se cansa en el zoológico. Todos anhelan andar en su lomo de 12 años. Es una poni de crin extraña y «orejonas» que captan todos los secretos de los pequeños.

Allí, donde ella habita coqueta, hay 90 especies, entre mamíferos, reptiles, anfibios... De estas, 15 son endémicas de Cuba, como el majá de Santamaría, el cocodrilo cubano, iguana, la cotorra, senseremico (tomeguín del Pinar).

Fernando, un chico de ocho años, jugó en su paseo no solo con La Rubia. Estuvo en cada una de áreas reparadas recientemente: la de los tigres, osos, primates, aves, el parque infantil y el de cumpleaños, el espacio de rodeo para niños y monta de ponis, la pecera, el sitio de gansos y patos.

No lejos de él corretea Fernanda, de dos añitos: «Me gustan los caballitos y los monos. Por eso mami me trae».

Este verdor que está viviendo el zoológico se complementa con el rejuvenecimiento del vecino Parque de Diversiones 26 de Julio, en el que se repararon 11 equipos y 16 quioscos.

Allá, en tanto Adrianita da vueltas en todos los aparatos como un trompo; Dalia, de ocho añitos, prefiere la estrella para ver todo Santiago, «bien chiquitico con palma y to’».

Así son ellos, creativos y espontáneos, «locos» y constantes; amantes, como Eduardito, de la sillita voladora, esa que les hace cosquillas y los hace reír dulcemente sin parar...

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