Salvajismo contra valentía

El brutal odio de la soldadesca batistiana no pudo quebrantar la firmeza de aquellos jóvenes de la Generación del Centenario

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SANTIAGO DE CUBA.— La sangre ha quedado incrustada en la vieja camisa de uniforme que ahora reposa entre cristales. Esa mancha inmensa, de un color rojo deslavado, denuncia la defunción en una de sus peores variantes.

No lejos de la prenda un «cangrejo» habla de torturas bestiales. Es un objeto metálico en el que se introducían los dedos para fijarlos a presión. Luego un sicario tomaba una pinza y arrancaba las uñas del «escogido».

También cerca hay varios modelos de látigos recios que parecen tener todavía en su exterior el grito congelado del dolor.

Todas esas piezas —la camisa, el cangrejo y los garrotes— están hoy en el antiguo cuartel Moncada como pruebas irrebatibles del salvajismo de los esbirros batistianos, pero también de la bravura de aquellos jóvenes virtuosos que no se quebraron ante ninguna prueba y ni siquiera ante la muerte misma.

Esos hombres, que hicieron historia, merecen ser colocados en la aureola de todos los días, no solo en una fecha puntual. Y sus actos deberían estudiarse más en este tiempo, sobre todo por parte de los pinos nuevos, muchos de los cuales desconocen circunstancias, detalles y gestas de aquel imborrable 26.

Golpes y trucos

Varias veces se ha repetido la historia, pero por diversas razones algunos pormenores importantes vuelan dolorosamente de las mentes.

Por eso es preciso recordar datos reveladores. De aquel grupo de cerca de cien muchachos que asaltaron el Moncada y las instalaciones aledañas, solo seis cayeron en combate, entre ellos René Miguel Guitart Rosell (Renato), el único santiaguero que participó directamente en el choque armado y quien merece mejor lugar en la historiografía nacional.

Guitart, con apenas 23 años, fue el gran coordinador de los preparativos, el garante de la logística, el brazo derecho de Abel Santamaría.

Del resto de los atacantes, todos en plena flor de la juventud, 45 fueron asesinados bestialmente en Santiago de Cuba después de las acciones y otros diez del comando de Bayamo corrieron igual suerte.

Lo peor es que esos decesos fueron antecedidos muchas veces de castigos corporales inimaginables, que iban desde golpes en los testículos hasta la extracción de órganos tan sensibles como los ojos.

No se ha precisado si contra los moncadistas se emplearon métodos como los del cangrejo. De todos modos, lo cierto es que sufrieron suplicios peores, si eso es posible.

En ocasiones los torturadores «especializados» buscaban sacar a la palestra quién o quiénes eran los líderes de aquel «atrevimiento» y en otras martirizaban a sus víctimas por simple diversión.

Se ha hecho tristemente célebre, por ejemplo, el caso de un grupo de asaltantes al cuartel de Bayamo, quienes antes de ser ultimados fueron amarrados a vehículos y arrastrados.

Yendo de nuevo al Moncada: se usaron trucos sumamente burdos como el de colocar a los asesinados en diferentes posiciones de un pasillo del cuartel, y no amontonados, para dar la imagen de combate.

«Aquí se practicó una carnicería que nadie imagina. Cayeron 19 soldados, si llega a aplicarse la doctrina de Batista —diez muertos por cada hombre del ejército caído— no hubiera quedado ningún moncadista. Afortunadamente eso no sucedió debido a la inmensa presión popular que ejercieron los santiagueros, quienes se solidarizaron con los jóvenes y ayudaron a frenar los crímenes», dice Octavio Ambruster, especialista del museo que hoy ocupa una de las antiguas áreas del Moncada.

Diecinueve heridas a la entereza

Sobrecogedora imagen de José Luis Tassende. Todos los testimonios, escritos u orales, relacionados con los valerosos jóvenes masacrados son sobrecogedores. Pero en casos como los de José Luis Tassende, Mario Muñoz, Raúl Gómez García y Abel Santamaría el sentimiento luctuoso aflora apenas se menciona el nombre.

En el dictamen forense o pericial sobre la muerte de Tassende, dado por el doctor Manuel Prieto Aragón, para la época jefe provincial de Medicina Legal de Oriente Sur, palpita el crimen y constituye el retrato del odio sádico, la saña brutal contra la valentía:

Se examina un cadáver que presenta pantalón caqui y una venda sobre la pierna derecha con 13 heridas de balas diseminadas en la cara anterior de la misma. Dos heridas de bala en la región occipital media, casi en la nuca, una en la cara posterior lateral izquierda del cuello, dos en el lado izquierdo de la cara, una al parecer por proyectil de gran calibre en la región esternal. Se ocupa el pantalón referido y las vendas. Parece tratarse de un herido que fue asesinado después...

A José Luis lo mataron fríamente estando herido y prisionero. Lo testimonia la antológica imagen del «sargento» herido en una pierna sentado en el suelo; firme y tranquila la mirada, el pelo negro y desordenado, la serenidad y el brillo de la juventud definiendo su decisión.

«¡Fue un día tremendo! Me lo pasé trasladando muertos y heridos hacia el Hospital Militar». Así describió, años después, Suitberto Horruitinier, ambulanciero de emergencia, la jornada del 26 de julio de 1953.

Casi a punta de bayonetas recibió la orden de montar a Tassende en una ambulancia y llevarlo de inmediato al Hospital Militar.

«Cuando llegamos varios guardias se abalanzaron sobre el vehículo y bruscamente bajaron al herido. Recuerdo que lo sacaron y con la camilla y todo lo lanzaron contra el suelo, al tiempo que lo injuriaban...».

Poco después de las 6:30 de la mañana el joven moncadista había sido llevado hasta el Hospital de Emergencias herido de bala en la rodilla y pierna izquierdas, y con sangramiento profuso.

Sin la más mínima queja, describiría luego el doctor Aníbal Martínez Jústiz, galeno de guardia, el herido soportaba el intenso dolor, incluso el duro dictamen médico: «Había que amputarle la pierna: Dada la gravedad de las lesiones, era la única posibilidad de salvarle la vida».

El empeño de los médicos y el deseo de vivir del joven tal vez lo hubieran logrado, de no ser por la saña de un grupo de militares que por azar llegaron a la institución.

«Este es uno de ellos, fíjense que tiene zapatos de paisano, cinturón de paisano, y los galones de sargento cosidos a mano». El grito desataría la violencia. «Uno de los militares le arrancó los grados y con brusquedad lo tiraron para un rincón. Luego, no obstante la oposición del personal médico, fue sacado del salón de curaciones y trasladado hacia la muerte...

Diecinueve heridas no alcanzaron para cercenar el rostro tranquilo, firme.

De Abel Santamaría, segundo jefe del Movimiento, se conoce que sufrió de manera indescriptible y que de su cuerpo juvenil brotó mucha sangre antes de la muerte. Las torturas dejaron huellas notables hasta en su hermana, Haydée, quien jamás pudo reponerse de esa muerte ni de la de su novio, Boris Luis Santa Coloma, otro mártir truncado en el capullo de su existencia.

Sobre el doctor Mario Muñoz Moroe, en la página 249 del libro de Marta Rojas, La generación del centenario en el juicio del Moncada, Melba Hernández declara:

«...vino como médico a auxiliar tanto a unos como a otros. Lo detuvieron en perfecto estado de salud junto con nosotras; a los tres nos condujeron a pie del hospital al Moncada; él caminaba entre dos escoltas a dos o tres metros de distancia de Yeyé y de mí; escuchábamos que le explicaba a un militar que era médico, no había llevado armas, el militar lo insultaba y lo empujaba violentamente, una de las veces que trató de pararse, porque lo habían lanzado al suelo, le dispararon por la espalda, asesinándolo».

Más allá de los detalles que describe la Heroína del Moncada, la verdad emerge. El doctor de la Generación del Centenario, como corroboran además otros testigos, a pesar de su condición de defensor de la vida y de su atuendo de médico, fue asesinado arteramente y por la espalda, ante los ojos de sus compañeras.

Todos, en fin, padecieron, resistieron, penaron. Pero de ninguno emergió palabra de felonía o falsedad. Sus únicos vocablos estuvieron ligados a la libertad, el decoro, la vida... el futuro.

Referencia: Después del asalto al muro, de Ángel Luis Beltrán Calunga, 2007.

Combatientes asesinados

Guillermo Granados Lara, Raúl de Aguiar Fernández, Reemberto Abad Alemán Rodríguez, Gerardo Álvarez Álvarez, Tomás Álvarez Breto, Juan Manuel Ameijeiras Delgado, Antonio Betancourt Flores, Gregorio Careaga Medina, Pablo Cartas Rodríguez, Alfredo Corcho Cintra, Rigoberto Corcho López, Giraldo Córdova Cardín, José Francisco Costa Velázquez, Fernando Chenard Piña, Juan Domínguez Díaz, Jacinto García Espinosa, Raúl Gómez García, Manuel Gómez Reyes, Virginio Gómez Reyes, Emilio Hernández Cruz, Manuel Isla Pérez, José Antonio Labrador Díaz, Boris Luis Santa Coloma, Marcos Martí Rodríguez, Horacio Matheu Orihuela, José Matheu Orihuela, Roberto Mederos Rodríguez, Ramón Méndez Cabezón, Mario Muñoz Monroy, Oramas Alfonso, Oscar Alberto Ortega, Julio Reyes Cairo, Ismael Ricondo Fernández, Félix Rivero Vasallo, Mario M. Rojo Pérez, Manuel Saíz Sánchez, Abel Santamaría Cuadrado, Osvaldo Socarrás Martínez, Elpidio C. Sosa González, José L. Tassende de las Muñecas, Julio Trigo López, Andrés Valdés Fuentes, Armando Valle López, Víctor Escalona Benítez, Gilberto Varón Martínez, Pablo Agüero Guedes, Rafael Freyre Torres, Ángel Guerra Díaz, Mario Martínez Arará, Rolando San Román de las Llamas, Lázaro Hernández Arrojo, José Testa Zaragoza, Luciano González Camejo, Hugo Camejo Valdés y Pedro Véliz Hernández.

Combatientes caídos en el asalto

En las acciones de Santiago de Cuba seis fueron los revolucionarios caídos en combate durante las acciones del 26 de Julio, todos en la Posta 3 del cuartel Moncada:

• Flores Betancourt Rodríguez

• Gildo Fleitas López

• Renato Guitart Rosell

• José de Jesús Madera Fernández

• Pedro Marrero Aizpurúa

• Carmelo Noa Gil

En Bayamo no hubo bajas rebeldes

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