Santiagueros aguardan con alegría, trabajo y versos el 26 de julio

La ciudad se tiñe de letreros rudimentarios o exquisitos,  se retocan las calles, y en las cuadras se espera el 26 con fiestas y cantos a la patria

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Foto: Roberto Meriño Espinosa SANTIAGO DE CUBA.— La ciudad se disloca, trasnocha, se embriaga, multiplica su ardor a medida que la madrugada ataca con sus barnices indescriptibles.

La ciudad se tiñe de estandartes, de letreros rudimentarios o exquisitos, de dos números que, al final, son uno solo: ¡26! La ciudad vive con las venas inflamadas por el calor, por el olor a fiesta y verso húmedo.

En una esquina se degusta, en multitud, el sabor del carnaval de una semana. En San Pedrito y San Agustín las congas siguen rivalizando entre arroyos y «arrollos».

En la Plaza de Marte la risa se enseñorea; sin apagar la pelota se habla «cantando» de este día, de las enormes expectativas por el futuro y el discurso de un guía.

Ferreiro, con su rotonda sin receso, continúa inundado de botelleros. Los Altos de Quintero miran la bahía con menos barcos que de costumbre. La Alameda se vuelve bullicio y anuncio, y Padre Pico parece tener más escalones que siempre.

La trova le canta a El Cobre y las promesas. El parque Céspedes revive orondo para dejarse mirar desde balcones en los que el líder habló de nuevos mambises y de nueva era, hace ya casi 50 años. Maceo tiene más afilado su machete en la Plaza, testigo de tantas congregaciones.

Las motos, de los modelos más diversos, siguen inundando la calle y los semáforos. Los santiagueros mantienen su lucha, su ingenio y su optimismo, a pesar de los entuertos y de las asperezas visibles de este tiempo.

En las cuadras se espera el 26 con fiestas que mezclan el ron y la cerveza, y se le canta a la patria sin simulaciones y con «santiagadas» únicas.

En las inmediaciones del Moncada el sube y baja, el arreglo perenne de detalles, el retoque a las calles aledañas anuncian el retorno de la Santa Ana, ahora sin sangre. Presagian un vendaval de entusiasmo, de frenesí y de Santiago, que equivale a decir demasiadas cosas.

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