La batalla de Cangamba: donde los hombres crecieron

El hambre y la sed no vencieron a Rolando Bombino Valdivia, uno de los hombres de aquella histórica batalla

Autor:

Juventud Rebelde

Foto: Luis Raúl Vázquez Muñoz CIEGO DE ÁVILA.— Gritaron: «¡Arriba, cogiendo el armamento!». Y luego: «¡Rápido, que los cubanos están fajados allá en Cangamba!». Yo desconocía dónde quedaba ese lugar. No tenía noción si era jungla o sabana o si estaba en las montañas. Lo único que sabía es que allí había compañeros míos y yo tenía que ir a combatir.

Eran las 11:00 de la mañana del 3 de agosto de 1983. Afuera se escuchaba el zumbido de nuestros helicópteros. Se oían furiosos, como aguantados. Tomé rápido el AKM y de un salto me colgué la mochila. Al salir los divisé en la explanada, envueltos en una nube de polvo y con las aspas dando vueltas.

Despegué en el primero y por la ventanilla apareció la interminable pradera angolana. Todo parecía una ilusión. Uno podía pensar que el helicóptero no avanzaba. Que lo único que hacía era mantenerse en el aire en silencio sobre una llanura sin guerra, sin muertos, sin explosiones, sin nada. De pronto gritaron: «¡Prepárense!».

El ruido del fuego y la metralla se escuchaba sin descanso. Parecía que afuera había un bosque de madera muerta, que estallaba por un incendio. Traté de divisar algo, pero lo único que vi desde el aire fueron unas zanjas oscuras y envueltas por un humo espeso.

El helicóptero se detuvo a dos metros del suelo. Un oficial ordenó: «¡Salten!». Ya en tierra, avancé encorvado o «a gatas» hasta legar a las trincheras abiertas en zigzag donde se protegen nuestros compañeros. Una batería de morteros del enemigo abrió fuego y el mundo se estremeció. Una cortina de polvo y pedruscos me bañó por completo, y enseguida lo comprendí. Era la gran bienvenida. Por fin estaba en Cangamba, un recóndito lugar al sur de la República de Angola.

El médico Galván

Mis compañeros, los de la 82 Brigada de lucha contra bandidos, se mezclaron con los asesores cubanos y los angolanos de la 32 Brigada de Infantería, que combatían en Cangamba desde la noche antes. A mí me tocó colocarme en el sector de la defensa ubicado frente al puesto de mando.

Los morteros hicieron fuego y los proyectiles cayeron ante las trincheras. Enseguida la pradera se cubrió de una nube gigantesca y de muchos colores. La miré asombrado; pero enseguida hice fuego con mi fusil. Varios de nuestros combatientes salieron de aquel arcoíris, dando gritos y disparando sin dejar de correr. La intensidad del fuego enemigo Fue algo que se repitió todos los días, a todas las horas, desde el amanecer hasta el oscurecer.

El sueño se volvió una nostalgia. Por las noches, la artillería enemiga se calmaba. Entonces se oían disparos salteados de los francotiradores y voces de alerta. Unas bengalas salían disparadas y cuando iluminaban el terreno, descubríamos algunos comandos de la UNITA armados hasta los dientes. Los teníamos que tumbar a menos de 25 metros de nuestras trincheras, suficiente para casi verles la cara de odio con el parpadeo de las bengalas.

Era la rutina de la guerra. Uno piensa que se acostumbra, pero es mentira. En Cangamba lo confirmé otra vez. Yo quise conocer al médico, pero no pude. Me dijeron que su apellido era Galván. Me contaron que era fuerte, tenía 45 años y siempre andaba riéndose. Al comienzo se movía bajo la lluvia de plomo y en ocasiones se llevaba a rastras a los heridos para el puesto médico, hasta que se produjo lo inesperado. Un morterazo cayó sobre el refugio donde estaba el Puesto Médico y lo mató junto a otros compañeros. Entre nosotros se regó el luto. Dicen que los hombres no lloran, pero eso es mentira. En Cangamba todo el mundo lloró cuando mataron a Galván. A unos se les salieron las lágrimas.

Otros la aguantaron mejor, pero yo sé que lloraron por dentro, con los dientes apretados... Como yo.

La mejor cena del mundo

El hambre se puede olvidar, pero la sed no. Cuando se combate, uno olvida que lleva casi una semana sin comer. Sin embargo, la sed aparece al menor chance. Uno se pasa la lengua por los labios, descubre que están reventados y aún así hay que olvidarla. El jefe de todos nosotros, el coronel Fidencio González Peraza y otros oficiales llegaban a las trincheras y nos repartían a cada uno una tapita de agua. Nos la tomábamos a sorbitos, con miedo a que se derramara hasta que se agotó.

Nuestra aviación trató varias veces de lanzarnos los víveres. El primer envío fueron las cartas de la familia, pero cayeron en medio del campo de batalla, donde nadie podía ir a buscarlas. «El otro será mejor», pensamos. Al otro día los aviones regresaron con un cargamento de comida y agua. Arreciamos el fuego contra el enemigo, para que pudieran lanzarla en nuestras posiciones. Vimos los paracaídas abrirse en el aire en medio de los proyectiles antiaéreos del adversario. Los seguimos con la mirada, llenos de felicidad, hasta verlos caer al lado de las cartas. A otro cargamento lanzado más tarde le pasó lo mismo. El último, con unos tanques llenos de agua, descendió con una tristeza terrible en el mismo lugar.

Mi consuelo fue una cepa de plátanos que encontré al lado de mi posición. Como no había nada que comer, yo cortaba unos trocitos y le limpiaba el polvo. Luego le regaba un poco de aceite y la masticaba despacio, sintiendo como crujía dentro de la boca.

Durante la batalla nuestros cazas y helicópteros golpeaban al enemigo. Una compañía de destino especial de cubanos, angolanos y namibios intentaba romper el cerco que nos tendía la UNITA, apoyada por fuerza de Sudáfrica. Los combates fueron durísimos. Nos hicieron 18 bajas. La cosa se puso fea.

Un atardecer, en medio de una breve calma, me acomodé como pude en la trinchera con un pedazo de cepa de plátano entre las manos. Las bombas tronaban y supe que nos había llegado un mensaje de Fidel pidiéndonos que resistiéramos y prometiendo ser rescatados. Aquello nos conmovió y nos dio confianza. Tomé con mucho cuidado el frasquito con el aceite. Entonces se corrió la voz de que Jonas Savimbi, el jefe de la UNITA, había anunciado por su emisora que su onomástico lo festejaría con nuestra derrota. Enseguida me acordé que dentro de unos días, el 13 de agosto, sería el cumpleaños de Fidel. Los labios me dolían por las rajaduras provocadas por la sed. Me eché a reír con cuidado y pensé: «El que va a celebrar su fiesta es otro, pero en Cuba». Y me comí despacio la cepa con aceite. Fue la mejor comida del mundo.

Imágenes de la victoria. El último día en la guerra, el miedo aparece con la calma. Eso ocurre porque la memoria te regresa. Uno comienza a pensar en sus seres queridos y ellos aparecen en tu mente como si fuera una película en cámara lenta.

Luego escuchas unas explosiones con unos silbidos. Miras para arriba y ves a los proyectiles de morteros, con su rastro de humo, bajando para donde tú estas. Uno los observa, pensando: «¿Cuál será el mío?». Sin embargo el último día en Cangamba fue terrible, no por las bombas sino por el silencio. El fuego de la artillería enemiga ya no era tan grande. Uno decía: «¿Qué estará pasando; por qué no nos tiran?» Frente a mí, como a unos 500 metros, estaban las posiciones ocupados por las tropas de la UNITA. Desde allí afinaban la puntería para dispararnos con los francotiradores. Pero por la madrugada notamos una hilera de luces, que se alejaban.

Al amanecer vimos una fila de camiones que se perdían a los lejos. Permanecí un buen rato en tensión, pero poco a poco me fui suavizando. Enseguida apareció en mi mente la película. Vi la base de ómnibus escolares donde trabajaba como mecánico. Vi a mis niños jugando; a mi niña más chiquita corriendo por el patio de la casa y riéndose. A mi esposa Josefina; a mi madre moviéndose despacio, muy feliz, como si flotara.

Respiré hondo. Un oficial pasó por la trinchera, dijo: «Parece que se fueron»; y yo abrí los ojos: «¿Cómo fue?». El hombre insistió: «Que no hay enemigo allá enfrente». Por una trinchera alguien gritó: «¡Los jodimos!». Por los alrededores empezaron a escucharse unos murmullos y el ruido de unos cuerpos al moverse. Me asomé y delante de mí aparecieron varios compañeros de la unidad de destino especial. Angolanos y cubanos nos abrazábamos. Una brisa me hizo pestañear varias veces. Era la primera que sentía en mucho tiempo. Miré a los lados, como si no conociera el lugar, y enseguida me di cuenta de algo. El miedo se había ido.

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