Tras las huellas de Gustav: El dolor de ir y volver

Autor:

Yailin Orta Rivera

Caminar entre los pineros es como hacerlo entre un vendaval de desgarraduras, y también de inmensidades humanas

NUEVA GERONA.— «Aún tengo clavado en mi mente el llanto desconsolado de la pequeña Catherine. Cerraba bien fuerte sus ojos y con sus manitos se apretaba la cara, al tiempo que gritaba desesperada que se fuera ese «bicho». Tiene cinco años, y solo atinamos a protegerla debajo de la meseta de la casa. Era el único lugar que nos pareció seguro en el momento del paso del fenómeno».

Ante los estragos de Gustav, en el territorio pinero solo es posible ir del asombro al desconcierto, hasta terminar en un dolor sin fondo. Foto: Ismael Francisco González Un estremecimiento, una sacudida electrizante, es solo lo que puede sentir quien tiene a los pineros delante volviendo a sus recuerdos del sábado. Betty aquel día no pudo mantener la calma. El techo de su casa y sus pertenencias volaban. Junto a su esposo fue hasta la cocina, que era la única habitación de placa, y protegieron a la niña en aquel singular refugio. Se deshizo después en el piso y empezó a dar golpes y a clamar porque aquello pasara rápido.

Son muchos los que, como Betty, en la Isla de la Juventud hablan con la voz colgada de un hilo, a punto de romperse; otros estallan en lágrimas, y hay hasta quienes prefieren ni hablar de las imborrables marcas que les tatuó en el alma el implacable Gustav.

En el territorio pinero solo es posible ir del asombro al desconcierto, hasta terminar en un dolor sin fondo. Desde que sobrevolábamos el territorio a 400 metros de altura no pudimos evitar el nudo en la garganta. Cuesta creer lo que advierten nuestros ojos. Es desgarrador el panorama.

Cientos y cientos de casas o instituciones sin cubierta. Montañas de escombros. Las palmas, las plantaciones de plátano, los árboles y los postes del tendido eléctrico yacen en el suelo como si el meteoro hubiese decidido jugar a los palitos chinos con ellos. Todo aparece boca arriba.

Lo que el viento se llevó

La magnitud de Gustav resulta imposible recogerla en estas páginas. Todos los pobladores tienen algo que contar. Pasará mucho tiempo y todavía habrá algo nuevo y sorprendente que decir, porque casi nada pudo resistirse a la furia de los vientos.

Casi nada en la Isla de la Juventud pudo resistir intacto la furia de los vientos. Foto: Ismael Francisco González «Me puse tan nerviosa que hasta me “mojé” los pantalones. No pude contenerme. No sabía que hacer. Ese sonido de las aspas del helicóptero me traslada hacia aquella tarde», comenta mientras se seca las lágrimas Marlén Macías, una de las trabajadoras del aeropuerto que estaba en el momento en que arribamos a la Isla.

Con la respiración entrecortada también narra sus vivencias Norge Peña. «Mi casa se desplomó, y yo sé que los hombres no lloran, pero a veces no puedo evitarlo. Allá en mi cuadra, en La Fe, dos casas más se fueron al suelo completamente y otras nueve se quedaron sin techo. Imagínese cómo era la bestia esa que a los cinco metros no se veía nada. Las matas de guayaba y de aguacate que tenía en el patio todavía no las he encontrado por todo aquello.

«El viento uno no lo ve, lo siente por el frescor y el batir de las ramas de los árboles, pero ese día era como una nube blanca gigante», describe Mercedes Medero, vecina del Consejo Popular Sierra Caballo, de Nueva Gerona.

«Piense nada más que tuvimos que meternos dentro del baño seis personas, junto con los equipos eléctricos», cuenta Elidia Ramírez, al tiempo que me enseña aquel espacio de unos dos metros cuadrados».

En Sierra Caballo hay muchas casas donde no hace falta tocar en estos días a la puerta o llamar por la ventana. Muchas cabillas que soportaban las cubiertas ligeras de las viviendas quedaron retorcidas. Y lo más común es encontrar las planchas de fibrocemento hechas añicos en los patios.

«Mi casa es de placa y yo sentía que se estremecía. Eso fue terrible. Escuchábamos los golpes de las tejas, el ruido de los cristales rotos. Y en el momento que estaba pasando el ojo por encima de nuestro territorio, nos acordamos de Rubiera, porque fue igual que como lo dijo. Hasta el sol salió durante aquellos 40 o 45 minutos», recuerda María Isabel Muguercia.

Gisela Valdés creía que se le reventaban los oídos durante el paso del huracán. «Mire si eso batió duro que a uno de los edificios de aquella cuadra le levantó una parte de la placa. Hay que pasar por esto pa’ saber en verdad que por mucho que te cuenten, las dimensiones son inimaginables. Eso fue algo de película».

El salón de la unidad quirúrgica central del hospital docente Héroes del Baire quedó totalmente al descubierto. Foto: Ismael Francisco González Los vientos endiablados de Gustav en la Isla de la Juventud, calculados en más de 230 kilómetros por hora, tampoco tuvieron compasión con uno de los vecindarios que fueron construidos para los damnificados del ciclón Lili (2001).

La casa de Rafael Quiala y su hermano Iraudi Cosme fue una de las afectadas. Al día siguiente de que pasara el huracán con su fuerza demoledora recuperaron algunos pedazos del techo y cubrieron uno de los cuartos.

«Remendamos esto más o menos para no dormir a cielo abierto», refiere Iraudi mientras le da carga a un pequeño radio con el dinamo, para mantenerse informado.

Su abuela Lidia Torres Nápoles considera que este ha sido el fenómeno meteorológico más contundente en los últimos 50 años. «Niña mía —me dice poniendo en alto sus dos manos— ni cuando el Flora. Yo solo gritaba: ¡Hasta cuándo señor, hasta cuándo!».

«Mire —resalta Iraudi— lo más importante es que estamos vivos. Tendremos que ir echando pa’lante poco a poco. Y parece hasta mentira, pero no somos los que peor estamos. Solo tiene que mirar al frente y ver que no dejó ni una de aquellas casitas de madera».

En ese preciso momento, mientras el joven señalaba el lugar, varias familias a las que Gustav les llevó sus viviendas, sacaban de entre las ruinas el horcón más fuerte y alto para poner una bandera cubana.

El agua regresa a la tierra

Pero el carenaje de la patana Enif resulta el suceso más impactante. Pocos se explican cómo fue posible que aquella mole de 360 toneladas pudiera enrumbarse tierra adentro después de navegar más de dos kilómetros.

El milagro se hizo cuando un poste de electricidad la detuvo y evitó que arrasara a todo un caserío. Ahora despierta el asombro de todos, varada al lado del río Las Casas, en Nueva Gerona.

«Estaba atracada y bien atrincada en un lugar aparentemente seguro en el puerto de carga de esta ciudad», comenta José Arcia, capitán de la Enif, quien ofreció detalles de cómo el remolcador, debido a la fuerza de los vientos, se soltó y la impactó por la popa... Entonces todas las amarras se fueron.

Varios cargueros con alimentos y envases de agua para la población pinera han llegado al aeropuerto Juan Corrales Sánchez. Foto: Jorge Luis González Él logró tirarse para coger un cabo y sujetarla, pero no pudo. Fue entonces cuando su compañero, el motorista Javier Velásquez, se vio solo en aquella embarcación a la deriva.

«Se me puso el corazón en la boca. Y más me asusté cuando me percaté de que algunos de los vecinos de estas viviendas que estaban inundadas por la crecida del río creyeron que era una embarcación que venía a evacuarlos. Desde lejos me hacían señales y hubo hasta una señora que dijo, cuando el hijo le insistió para irse: “Conmigo no cuenten, que ahí yo no me voy a montar”», rememora Velásquez.

Tiempo más tarde llegó el capitán con un remolcador para regresar a su sitio la patana, pero la marea bajó, sin darle tiempo a efectuar esa acción.

Los tripulantes tienen esperanzas de que pueda recuperarse la embarcación. «Pero la tarea es dura. Habrá que dragar, hacer un dique. No es cosa de coser y cantar», manifiesta el motorista.

Familia de 53 personas

La solidaridad de los pineros por estos días se dibuja con todo su colorido. Se erige como todo un monumento, sosteniendo la tristeza y las desgarraduras. Reina Arache fue una de las muchas vecinas que tuvo el gesto de acoger en su hogar a un total de 53 personas.

«Muchos vecinos creyeron que sus viviendas iban a resistir los embates, porque estaban en buen estado constructivo. Pero Gustav no creyó en nada. En el momento de calma que provocó el paso del ojo les dije que vinieran, y menos mal que me hicieron caso porque la segunda parte fue peor», sostiene Reina.

Lidia Torres es una de las personas que siente una inmensa gratitud con su vecina. «Éramos muchos, pero a ella no le importó. Dio un espacio para cada una de nuestras familias y aún tenemos guardados los equipos electrodomésticos más importantes en su casa», argumenta.

Recuerda Reina cómo se mantuvieron informados en aquellos momentos desoladores. «Por suerte un vecino tenía un radiecito de esos que yo les digo de matraca (dinamo) y estábamos al tanto del recorrido del ciclón. Pero tuve que tomarme una pastilla de diazepán, porque mis nervios no aguantaban.

«En mi casa se guarecieron hasta un caballo y un puerco. En el momento en que las rachas empezaron a ponerse intensas, sobre el mediodía, vimos a los pobres animalitos sueltos por la calle y los amarramos en el portal», detalla Reina.

La vida vuelve

En el municipio especial se le venden galletas a los pobladores como sustitutas del pan. Foto: Jorge Luis González A esta gente los acompaña la voluntad de levantarse. «Si se nos acaba el gas, encendemos carbón o juntamos leña. Las provisiones no van a durar mucho, por eso algunos del barrio hasta juntamos las viandas para multiplicar lo que tenemos», comenta Yuania Márquez, quien sobrevivió a Gustav dentro de un clóset, con su pequeñito de dos años.

En una de las panaderías del Consejo Popular las personas se arremolinaban frente al mostrador para llevar las galletas que se venden como sustitutas del pan, porque estos centros también sufrieron severos daños. Muchos en la cola leían un suelto que los informa sobre la realidad que vive el territorio, una de las iniciativas que tomaron los periodistas del terruño.

En estos días de recuperación el sonido más común en Gerona es el chirriar de las motosierras y el golpe seco del machete cortando, troceando árboles para facilitar las actividades de saneamiento.

Las brigadas trabajan desde el amanecer en la retirada de escombros. Yordany Álvarez es uno de los jóvenes que llegaron desde Santiago de Cuba para apoyar en estas labores. «Esto es sin parar. Ahora estamos en la limpieza de las vías».

El teniente coronel Misael Medina, quien está al frente de esta brigada técnica ingeniera de las FAR, compuesta por más de 20 muchachos, comentó a nuestro diario que lo primero que tuvieron que hacer tras su llegada a la Isla de la Juventud fue entrenar al equipo para trabajar con las motosierras.

El miembro del Consejo de Defensa del municipio especial, Ernesto Reynoso Piñero, habló de algunos estimados. «Los daños son cuantiosos. Los 14 consejos resultaron dañados, pero las afectaciones más significativas se concentran en Nueva Gerona, La Fe y José Antonio Mella».

«El centro universitario Jesús Montaner, recientemente reparado, tiene derribados y torcidos la mayoría de sus ventanales. Dos torres del estadio están en el piso. Quedan vestigios de lo que fueran aquí en Gerona la imprenta, el Video Club Juvenil y la Empresa Forestal Integral», explicó.

Según datos preliminares 200 kilómetros de línea eléctrica resultaron dañados. Fueron abatidos 600 postes del sistema eléctrico, más de 700 postes telefónicos y un centenar de transformadores. De forma general, todos los sectores fueron impactados, lo que significa un golpe dramático para la economía de la Isla.

Igualmente, la torre de control del aeropuerto Juan Corrales Sánchez quedó afectada, pero se trabajó aceleradamente para restablecer inmediatamente los vuelos. Y hasta el martes en la mañana habían recibido —según precisó Rafael Cabrera, director de esta institución— varios cargueros con alimentos y envases de agua para la población pinera.

El chirriar de las motosierras es uno de los sonidos más comunes en Nueva Gerona en estos días de recuperación. Foto: Jorge Luis González Este martes pudimos constatar el regreso a puerto de las embarcaciones para la transportación y carga después de haber estado evacuadas en los ríos Júcaro y San Pedro, así como el traslado de los estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Medicina hacia otros centros del país.

Miles de viviendas fueron golpeadas duramente por el fenómeno atmosférico y prácticamente todos los centros escolares. Y más del 70 por ciento de los teléfonos quedaron interrumpidos, según comentó Toshi Serrano, director de ETECSA en el territorio.

Resulta imposible tener una imagen cabal de la herencia de Gustav, porque a cada momento las cifras de los daños parecieran envejecer.

Alina Hernández Vieites, directora de Radio Cuba en el municipio especial, puntualizó que tres torres de transmisión y cuatro transmisores de televisión fueron asolados por este meteoro.

«Ahora la emisora local y el canal comunitario están transmitiendo por frecuencia modulada. El canal comunitario se conmuta con el telecentro para mantener informados a los pobladores. A este esfuerzo se unen los carros que transitan por las calles con altoparlantes», significó.

En el hospital docente Héroes del Baire la realidad no varía mucho. El inmueble, que se estaba sometiendo a un proceso inversionista, muestra las huellas de Gustav. Tiene cuantiosas persianas de aluminio retorcidas, el falso techo desbaratado y el salón de la unidad quirúrgica central quedó totalmente al descubierto.

Este suelto constituye una de las vías por las que los pineros se informan sobre la realidad que viven en estos días. Foto: Jorge Luis González Tras el paso del huracán, el doctor Yosvany Tamayo Garrido, director del hospital, destacó que hasta este martes se habían atendido alrededor de cien pacientes accidentados con heridas leves.

El equipo de reporteros regresó atónito al helicóptero. Atrás dejábamos a muchos compatriotas recuperándose de un mar de tristeza, levantándose de sus angustias.

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