La fuga del tocororo

Los efectos del huracán en la naturaleza de este territorio, que tiene la mayor cantidad de áreas protegidas de Cuba, demorarán largo tiempo en restañarse

Autor:

Juventud Rebelde

La naturaleza hoy se duele en Pinar del Río de los estragos causados por uno de sus propios hijos, el huracán Gustav, que azotó sin piedad los ecosistemas de esta provincia, la de mayor extensión con áreas protegidas en el país.

Los vientos del huracán defoliaron a su antojo techos y paredes, pero también árboles y vegetación en general, con un efecto a largo plazo que pudiera repercutir a su vez en la fauna, que ha perdido sus fuentes naturales de alimento.

En Soroa, desde el paso de Gustav no se ha vuelto a ver un tocororo. Al pie de una de las escalinatas que conducen al devastado Orquideario, apareció el primer colibrí muerto. El pajarillo al parecer murió de hambre. Sobrevivió a Gustav, pero no a sus efectos.

A cientos de kilómetros de allí, mientras tratan de reparar la torre de vigilancia estremecida por las ráfagas, los guardabosques de Viñales ya comenzaron a evaluar la cantidad de árboles y ramas caídas. Saben que dentro de pocos meses, si no llueve, esa foresta destruida se convertirá en materia combustible.

Una pequeña chispa pudiera desatar un incendio descomunal, y acabar de terminar la destrucción que comenzó el huracán. La naturaleza se duele, porque para ella los efectos de Gustav apenas acaban de comenzar.

Orquideario herido

En camiseta de trabajo, «cogiendo un diez» bajo uno de los pocos árboles que quedaron sanos en el Orquideario de Soroa, nos encontramos a Luis Enrique Villalón, su director, luego de una larga jornada de limpieza.

«Después del paso de Gustav aquí no se ha parado de trabajar», nos dice mientras señala a su alrededor las montañas de ramas y hojas, escombros naturales de lo que fuera uno de los parajes más bellos de Cuba.

A su lado el corpulento Jorge Lázaro Bocourt, ilustrador para fines científicos de la instalación, nos cuenta que nunca en sus 22 años de trabajo en el centro había visto algo similar.

«Pero no yo, periodista, pregúntenle al fundador Agapito, el más veterano de nosotros, que con sus 80 años está sorprendido», nos dice. «Ni siquiera lo hemos dejado subir, porque si ve cómo ha quedado este lugar, la tristeza lo mata».

No obstante, nada hay perdido definitivamente. El Doctor en Ciencias Ecológicas Ernesto Mujica afirma que por fortuna, de las 450 especies de orquídeas del parque casi la totalidad están conservadas. «Se perdieron las que estaban plantadas en exteriores, pero tenemos ejemplares de las especies protegidas bajo techo. Solo hay cuatro, de las nacionales, que aún no hemos encontrado.

«La arboleda sí está dañada casi en un ciento por ciento. Veremos si retoñan poco a poco con la ayuda de las lluvias», señala el biólogo.

«El fuerte viento destruyó árboles únicos del parque, como los popularmente llamados bala de cañón, pata de elefante y el mamey de Santo Domingo. También están las dos especies de cassia, la magnolia y las musaindas —que son de Islas Filipinas—, entre otros».

En cuanto a la fauna, Mujica asegura que «ya son dos los colibríes muertos hallados en el jardín. Suponemos que como no hay flores donde libar, les haya sido imposible la supervivencia. Igual les está pasando a las abejas, que están en extremo agitadas, como locas.

«Nos preocupa mucho el tocororo del parque, que está desaparecido. En general la avifauna del lugar, que era muy rica, está gravemente afectada. Solo hay que mirar para confirmarlo a los chichinguacos (familia de los totíes), de los cuales había una extensa población y ahora se ven cuatro o cinco aislados».

En los inmuebles del centro, nos explica el Director, también se reportan pérdidas considerables. Estos locales, que son Patrimonio Nacional, tienen sus ventanales con huecos y la cubierta en gran parte destruida. En la instalación principal de oficinas y laboratorios se perdieron cinco computadoras, seis equipos de aire acondicionado y varios colchones, apunta Villalón.

«El laboratorio de Micropropagación perdió uno de sus ventanales. Ahora el aire puede producir contaminación de plántulas. De hecho, había una especie de orquídea natural de Guanahacabibes, que estaba lista para ser trasladada hacia allá, pues desapareció cuando el paso del huracán Iván, y fue estropeada considerablemente. No sabemos si se podrá llevar».

En Soroa la destrucción asusta. Sin embargo, además de los trabajadores del centro han llegado otros a prestar ayuda, desde campesinos de la zona, profesores y estudiantes de la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz y de la UCI, hasta personal especializado del CITMA y del Jardín Botánico Nacional.

Villalón, Mujica y sus hombres esperan que la naturaleza sea magnánima y con la misma fuerza que destruyó, repueble el jardín pinareño. Tal vez, confían, para noviembre pueda reabrirse este jardín multicolor, golpeado, pero aún bello.

«Quienes vengan verán un orquideario “después del paso de un ciclón”. No será el mismo espectáculo de antes, pero es también importante, porque constituye una enseñanza. Tal vez en un año o dos vuelva a cerrarse el follaje que cubría los caminos de las orquídeas y Soroa vuelva a ser la misma».

Estaciones aguantonas

De sur a norte Gustav trazó un surco de destrucción en el territorio pinareño, que fue seguido por quienes, aun a riesgo de su propia vida, se mantuvieron todo el tiempo reportando y ayudando a pronosticar cada avance del huracán.

Tres estaciones meteorológicas siguieron las lluvias, vientos sostenidos y ráfagas del meteoro, aunque en algunas, como la de Paso Real de San Diego, tuvieran que aguantar la puerta varios hombres, mientras otros seguían atentamente cada ráfaga, hasta que el equipo desistió a los 340 km/h y se fue a volar junto con tejas de fibrocemento sobre las ramas de los árboles cercanos.

También en la estación meteorológica de La Palma y de Bahía Honda vivieron lo suyo, y aunque en ambas las mediciones fueron menores, solo ellos saben lo terrorífico que resulta soportar vientos sostenidos que oscilaron entre los 120 y los 160 kilómetros por hora, con rachas muy superiores.

Pinar del Río cuenta con ocho estaciones meteorológicas y un radar, mientras que el 22 por ciento de su territorio lo ocupan áreas naturales protegidas en diversos niveles, aunque fueron las del este de la provincia las más impactadas.

Sitios famosos en todo el mundo como las Reservas de la Biosfera Valle de Viñales y Sierra del Rosario, o lugares mundialmente conocidos, como Mil Cumbres o Las Terrazas, acusan diversos grados de destrucción.

«En todos hoy se realizan evaluaciones rápidas para determinar el grado de daño», explicó a JR Reinaldo L. Fernández Lorenzo, delegado del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente en Pinar del Río.

«Es muy temprano para tener una idea completa del impacto ambiental, aunque sabemos que es muy grande, sobre todo en las áreas protegidas, y en especial en la flora de estos, aunque eso repercutirá negativamente también en la fauna».

Salto desde la carretera

Un ejemplo de lo anterior es la Reserva de la Biosfera Sierra del Rosario, que si bien no recibió directamente la visita de Gustav, como sí le ocurrió a Viñales, al pasar por sus portales dejó al menos entre un 70 y 80 por ciento de la vegetación de sus 25 000 hectáreas con algún grado de afectación.

En la Estación Ecológica Sierra del Rosario su director, Fidel Hernández, está tan preocupado por terminar de restablecer los senderos ecológicos (llevan más de tres días limpiando) como por el impacto a largo plazo que dejará el ciclón.

Los efectos son de todo tipo, explica; desde la pérdida de la flora, que demorará hasta dos años en recuperarse totalmente, hasta los problemas que tendrán diversos proyectos que veníamos ejecutando, como el de las comunidades autosustentables, que han perdido todo lo sembrado, y cuya seguridad alimentaria se verá seriamente comprometida.

«Y eso compromete también a los ecosistemas, pues a pesar de toda la educación ambiental, si la gente llega a tener hambre y encuentra una jutía, claro que se la come; y si necesitara madera, la va a cortar».

En Las Terrazas, por suerte, apenas un centenar de casas tuvieron daños, aunque los hay, y de consideración, en la infraestructura turística exterior. El hotel Moka también resultó casi ileso, con apenas algunos cristales rotos; sin embargo, como todo el complejo Las Terrazas, ha perdido mucho, pues perdió la naturaleza que lo rodea, su gran atractivo, como nos explicó el gerente del inmueble.

«Hemos tratado de recuperarnos principalmente con nuestros propios recursos, porque la situación es tan difícil en otros lugares, que no podemos pedir nada».

Pero lo principal, las arboledas que rodeaban el lugar, los senderos que recorrían los amantes de la naturaleza, las aves que abundaban... eso el huracán se los robó.

Como pasa en Las Terrazas, y en toda la Sierra del Rosario, la Madre Natura demorará mucho en recuperarse de los puñetazos de Gustav, que incluso modificaron sustancialmente paisajes que se volvieron tradicionales.

En Soroa, por ejemplo, el mirador y el sendero que bajan hasta la caída de agua han perdido su gran atractivo, pues los vientos destruyeron toda la floresta. Ahora el famoso Salto se ve desde la carretera.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.