El ingrato huésped de Gibara

El paso del huracán por Gibara dejó tras de sí un panorama desolador: algunos de sus caseríos costeros literalmente han desaparecido del mapa de la región. Pero sus habitantes no se amilanan, y la recuperación se abre paso ahora con la unidad de miles de brazos Imágenes de los estragos del huracán Ike en territorio cubano Vea la cobertura completa sobre Ike

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Juventud Rebelde

Gibara ya está recibiendo planchas de fibrocemento para sustituir los techos dañados. GIBARA, Holguín.— A la Villa Blanca de los Cangrejos, la hospitalaria ciudad costera eternizada en el celuloide por el cineasta Humberto Solás, a través de filmes como Lucía y Miel para Oshún, habría que dedicársele una nueva cinta: la de la única vez en toda la historia, que sus habitantes recibieron a un visitante con tan malas ganas.

En el lenguaje de los diplomáticos, el pintoresco poblado de campesinos, pescadores, constructores de barcos e hilanderos, declaró a Ike como persona non grata desde el primer instante en que presagiaron su «aparición» por aquellas mismas costas, las cuales, en 1492, hicieron exclamar al almirante Cristóbal Colón: esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto.

Algunas de sus barriadas más humildes, como El Güirito, en el reparto de Pueblo Nuevo, se nos revelan ahora reducidas a escombros casi en su totalidad, aunque gracias a las oportunas medidas de evacuación por parte de la Defensa Civil en el territorio, no hubo que lamentar pérdida alguna de vidas humanas.

Otra demarcación literalmente borrada del mapa de Gibara por la furia de Ike, resultó la situada a la vera de la conocida playa de Caletones, entre las preferidas para veranear por los holguineros. De unos cientos de casas y cabañas, apenas quedaron en pie poco menos de una decena. Por supuesto, las más resistentes.

El más esperado amanecer

Como todas las familias residentes en Pueblo Nuevo, la de Ernesto Pupo acató la indicación de evacuarse desde horas bien tempranas del sábado. Uno de los refugios destinados a la zona fue un policlínico cercano. Allí aún se encuentra evacuado junto a cientos de personas quienes perdieron sus viviendas, principalmente, como resultado de las penetraciones del mar.

Antes de partir recogió y puso a buen recaudo, en otras viviendas situadas en las zonas más altas, todo cuanto pudo. Pero muchas pertenencias quedaron atrás, con la resignación de que tal vez, como en otras ocasiones, el mar de apiadaría de ellos.

«Aquella noche nadie pudo conciliar el sueño. Donde nos encontrábamos, a varias cuadras de distancia, se podía escuchar el batir de las olas, y estruendos, como si se tratara de explosiones», relata Ernesto.

El amanecer, todavía muy nublado y lluvioso, no los pudo contener. Ante la incontenible curiosidad, muchos vecinos del citado reparto acudieron al encuentro de sus propiedades. Los esperaba un terrible hallazgo. Pueblo Nuevo casi no existía.

«Hombres y mujeres lloramos. Es la realidad, por qué negarlo —continúa diciendo Ernesto—. Como usted ve, de la casa de mi hermano, y la mía solo ha quedado esto. Unas paredes de bloques, sin techos, puertas ni ventanas. Debajo de esos desechos deben estar mis ropas, muebles, colchones, mis documentos. Pero no soy el único».

Pese a compartir igual desgracia, Aliana Rodríguez, vecina de Pupo, prefiere recordar como el consuelo más duradero el que todos los vecinos se ayudaron como hermanos. «A nadie le faltó donde refugiarse, pero creo que nos faltaba esta experiencia para comprender en toda su magnitud lo que significa un huracán», reconoce.

Empero, la también enfermera del referido policlínico, convertido ahora en centro de evacuación, agrega que en este lugar se les han crearon las condiciones y facilidades mínimas como la alimentación diaria, colchonetas para dormir y la leche para los niños. Este es también uno de los pocos sitios que en Gibara posee energía eléctrica mediante una planta.

El Flora se quedó chiquito

Adriana García solo atina a decirnos que lo de Ike «fue lo más terrible del mundo, y nunca se le borrará de la mente».

Ella fue una de las vecinas que buscaron refugio en casa de familiares, en su caso, con una tía. Pero aún así, las descripciones que nos hace de esa dantesca noche, no dejan muchas palabras.

«La casa es de mampostería y techo de placa. Se encuentra a varias cuadras de aquí. Las paredes temblaban como si fuesen de cartón, y creí que iba a derrumbarse», rememora Adriana.

«Yo le grité a mi tía: ¡llamen por teléfono, para que nos vengan a buscar, que este ciclón nos va a matar, pero, por la inexperiencia, al hacerlo comprobamos que tampoco teníamos comunicación. Perdí mi casita. Cuando llegué aquí no podía ni ubicarme dónde estaba situada antes».

«Yo soy hilandero, jubilado por enfermedad, y nunca había visto algo semejante en Gibara. Ni siquiera cuando el ciclón Flora, que se quedó chiquitico con Ike, pues pude ver los destrozos y hasta donde llegó el mar, pero como esta vez, ninguna», se nos presenta Andrés Pupo Martínez, de 68 años de edad.

«En esa ocasión estuve albergado en la propia hilandería. Tenía un hijo pequeño y recuerdo que debía salir a la calle a buscarle leche, porque los primeros días la situación era muy difícil. Cada vez que venía algún ciclón, yo tenía la costumbre de quedarme en la casa, por temor a los ladrones, pero cuando escuché a Rubiera decir que tocaba por Punta Lucrecia, salí echando».

Lo cierto es que con ciclón o sin él, los habitantes del barrio de Pueblo Nuevo estaban casi habituados a las esporádicas penetraciones del mar. Pero el embravecido mar llegó esta vez a causa de los fuertes vientos hasta lugares insospechados.

«Cuando llegamos a la casa todavía había mucha agua dentro, algas y fango por todos lados, hasta dentro de los zapatos y los libros», agrega el sexagenario.

Pero la otra realidad que pudimos constatar en nuestra visita a este devastado reparto es la ecuanimidad de sus vecinos. «Ahora lo que queda es recuperarnos. Estamos recogiendo y limpiando todo esto. Nos ayudamos entre todos y ya la primera ayuda de tejas de fibrocemento nos llegó. Por lo menos hay vida, y eso es lo principal», concluye confiado el viejo Andrés.

Llega la hora de retirarnos para escribir estas líneas, y cuando lo hacemos también confirmamos la aseveración de los vecinos. No solamente comienzan a distribuirse los primeros lotes de tejas. En un centro creado al efecto, y donde ondeaba una bandera cubana, no solo se expendían alimentos, sino que artistas y humoristas llegados al lugar, les alegraban los corazones. Pueblo Nuevo se levantará.

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