Columna de humanidad

Unas 48 horas después de detenida la reedición de la ruta invasora a Occidente de Camilo y Che, el huracán Ike arremetía con saña contra el oriente cubano, y los jóvenes columnistas tuneros se convirtieron entonces en un importante apoyo para la evacuación

Autor:

Juan Morales Agüero

Kendry, Daimar y Raúl, tres jóvenes que han estado enormes y, sin mucho ruido, escribieron otra página de gloria. LAS TUNAS.— Cuando los columnistas de la provincia de Granma que reeditaron por su territorio la marcha de las columnas del Che y Camilo le entregaron sus banderas a Las Tunas, en el poblado de Dormitorio, para que hiciera lo propio, se ordenó la desmovilización. Eran las cinco de la tarde del 6 de septiembre. Poco más de 24 horas después, el poderoso huracán Ike arremetió con toda su artillería.

Nuestros muchachos entendieron las razones. Ellos se habían preparado para llevar adelante el paralelismo histórico con aquella hazaña que fue la Invasión. Pero, tal y como hubieran procedido el Señor de la Vanguardia y el Guerrillero Heroico, comprendieron. Y también como ellos, se pusieron a la orden para lo que fuera.

Kendry Garcés: «Yo iba de jefe de la columna 8 Ciro Redondo. Cuando nos comunicaron la suspensión de la marcha por causa del huracán Ike, nos sentimos un poco decepcionados. Pero el ánimo retornó enseguida al saber que teníamos asignada una nueva misión: ayudar a evacuar a personas residentes en lugares de peligro. Lo primero que hicimos fue dejar a 20 de los nuestros en el propio asentamiento de Dormitorio, para que cumplieran allí la tarea. Luego nos dividimos y levantamos campamento en varias instituciones de la ciudad habilitadas como centros de albergamiento. Sabíamos de antemano que cuando el ciclón atacara no estaríamos junto a nuestras familias. Pero asumimos el compromiso con responsabilidad y sentido del deber. A mí me situaron en el grupo de trabajo político-ideológico del Puesto de Mando del Gobierno municipal. Tuvimos una labor muy difícil, porque algunas personas, al carecer de la percepción de riesgo, se negaron a colaborar cuando se les conminó a evacuarse con tiempo suficiente. Y eso nos complicó bastante. Te contaré una anécdota. En el reparto Aguilera, un hombre no quiso evacuarse. Pero alrededor de la una y media de la mañana, cuando las ráfagas sacaban chispas, llamó muy atemorizado por teléfono para que fuéramos a buscarlo porque una racha de viento le había arrancado de cuajo una persiana. El hombre, gordísimo, apenas se podía mover. Tuvimos que cargarlo entre todos para poder bajarlo de la biplanta donde vive y subirlo en el camión hasta el albergue».

Daimar Jiménez: «A mí me correspondió colaborar en un puesto de evacuados en representación de la UJC del municipio cabecera. Allí tuve que lidiar con personas de diversos caracteres, incluyendo algunas poco convencidas de la imperiosa necesidad de que abandonaran sus hogares, la mayoría inapropiados para resistir con fortuna la gigantesca fuerza de un huracán categoría 3. “Esta casa resiste —me dijo más de uno—. Si lo sabré yo que fui quien la hizo. Usted la ve así, con esas paredes de tablas y el techo de cinc viejo, pero resiste”. Después supe que la vivienda se vino abajo con la primera ventolera fuerte. Uno de estos porfiados fue un impedido físico del reparto La Victoria, residente en una casa con techo de fibro. Nos dijo con tremenda firmeza: “No insistan, de aquí no me mueve nadie”. En plena madrugada, con el ciclón en su apogeo, su techó voló. Al individuo se le desapareció su actitud y llamó en busca de auxilio. Entonces, asumiendo tremendo riesgo, corrimos a rescatarlo en un yipi Aro. Pero, para serte franco, esas fueron excepciones. En sentido general la gente colaboró. Me causó tremendo impacto la solidaridad entre los vecinos. Ocurrió que cuando fuimos a buscar a una familia determinada para brindarle refugio en virtud de la debilidad de su casa, ya estaba instalada en una contigua, de placa y mampostería».

Lisandra Hernández: «Soy la vicepresidenta de la Brigada José Martí en Las Tunas. Cuando se desactivaron las columnas, me encomendaron ir para el Centro Universitario Vladimir I. Lenin para hacer allí lo que hiciera falta con los evacuados. Es decir, organizarlos, atenderlos, informarlos... En ciertos momentos tuve que ponerme fuerte con personas que querían abandonar el refugio y regresar a sus casas. Les hablé del riesgo que corrían si actuaban con irresponsabilidad. Y los convencí. Eso me hizo sentirme muy útil. Le voy a contar algo muy simpático que me ocurrió. Fui con otros compañeros a evacuar a un matrimonio cuya vivienda no resistiría el primer embate de Ike. Pero ni uno ni otro entraron en razones y se negaron a abandonar su rancho. ¿Y sabe por qué? Pues porque la noche antes les había parido una puerca y ellos se negaban a dejarla abandonada a su suerte con sus lechoncitos. Finalmente llegamos a un acuerdo: si se evacuaban, nos llevaríamos también en el camión a la recién parida y a sus hijos. Y entonces los dos aceptaron. Yo creo que es la primera vez que una marrana entra con su prole en un recinto universitario. El ciclón hizo mucho daño en las instalaciones de la institución de la enseñanza superior tunera. Rompió cristales, tumbó ventanas, derribó árboles... Cuando eso ocurría, nuestra misión en los albergues era tranquilizar a la gente y preservar el orden. De mi casa me llamaban por teléfono a cada momento, para pedirme que me cuidara. Mi familia entendió que yo estaba cumpliendo una importante misión de la Revolución».

Raúl Sánchez: «Estuve al frente del centro de evacuación de la Escuela de Instructores de Arte. Allí tuvimos albergadas entre 600 y 700 personas. El consejo de dirección del centro y su claustro de profesores ayudaron mucho a organizarlas y controlarlas cuando el ciclón comenzó a romper ventanas y puertas. La gritería de las mujeres y los niños era impresionante. Pero, realmente, lo más complicado fue convencer a más de un cabezadura para que se quedara tranquilo y no saliera de los locales en medio de la ventolera. Se dio el caso de que uno de ellos nos comunicó que regresaría a su casa junto con sus dos hijos pequeños. Cuando me convencí de que el hombre estaba decidido a hacerlo y de que no entraría en razones, me le paré bonito y le dije: “Mira, chico, si te da la gana te vas tú, pero los muchachos se quedan”. Él se dio cuenta de que yo hablaba en serio y, finalmente, se quedó. Sabíamos que las casas de nuestros evacuados se encontraban en malas condiciones de seguridad. Tanta que, en medio de la tragedia, uno de ellos dijo en tono jocoso: “Antes de venir para acá le puse mi nombre y mi dirección a las planchas de cinc del techo para que quien se las encuentre me las devuelva”.

De nuevo nuestros jóvenes estuvieron enormes. ¡Escribieron otra página de gloria en su currículo! Ahora, aplacadas las ráfagas homicidas de Ike, enfrentan una nueva tarea: visitar a los damnificados para informar y explicar todo lo concerniente a las consecuencias dejadas en la sociedad cubana por el meteoro. Y asegurarles, sobre todo, que la Revolución jamás los abandonará.

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