La otra secuela dejada por IKE

La embestida de un huracán también asesta un tajo ancho y profundo a los sentimientos y al patrimonio espiritual del hombre

Autor:

Juan Morales Agüero

Esther González LAS TUNAS.— Esther González lleva 87 años frente al mar, los mismos que tiene de nacida. Su vivienda en el puerto de Guayabal, en el municipio de Amancio, dista apenas unos metros de la orilla. Cuando en los atardeceres las aguas del golfo de Guacanayabo le remojan de espuma el rostro, ella, hija del salitre, siente que la bendicen.

Pero las salpicaduras del pasado 6 de septiembre traían intenciones distintas. Esther lo percibió cuando una ola chorreante de cólera se suicidó violentamente contra los arrecifes. «Hay que irse —dijo para sí—. Esto se está poniendo malo de verdad». Entonces empaquetó a toda prisa unas pocas cosas y le tomó la palabra a los evacuadores.

«Este huracán es lo más grande que he visto —admite ya de vuelta en su morada guayabalense—. ¿Cómo dijo que se llama? Ahh, sí, Ike. Yo no lo sé pronunciar muy bien. ¡Hasta el nombre de ese sinvergüenza causa problemas! Ni siquiera el ciclón del 32 hizo tanto daño. Y eso que se dio banquete destruyendo. Pero el de ahora lo dejó chiquito».

Es viernes y el mar parece dormir la siesta del mediodía. La mayoría de los habitantes de este lugar andan en labores de recuperación. Mientras unos amontonan escombros, otros palean arena. Esther, no. Sentada en el portal de su casa, tiene ocupados ojos y manos dentro de una gaveta. Un montón de papeles emerge de allí como salidos de una chistera.

«Trato de salvar las fotografías y los documentos que guardaba aquí desde hace un montón de años—responde a mi pregunta—. El mar los empapó cuando penetró en mi casa. Y mire usted, la estructura no sufrió mucho daño, pero estos recuerdos sí. Casi todos están rotos y no los podré recuperar. Es que el agua salada no cree en nadie».

Con pasmosa habilidad va uniendo pedazo a pedazo los papeles como quien arma un rompecabezas. Así aparecen carnés, diplomas, cartas, certificados, recortes de periódicos... Cada pieza estropeada parece traerle evocaciones y hasta quizá un instante de su biografía. «Mire, esta es una factura de cuando Montenegro tenía la tienda en la carretera —asegura—. Debe de tener más de 60 años de escrita». Y la sostiene en su diestra, chorreando todavía agua de mar.

Según Esther, lo que más lamenta de todo es la pérdida de fotografías con un gran valor sentimental. Como las de su matrimonio. «Si llego a imaginarme esto me las hubiera llevado conmigo», asegura. Menos mal que consiguió salvar una. En ella aparece un primer plano de su esposo, un árabe radicado por esa zona desde el siglo pasado.

Mientras recorro Guayabal para tomar nota de cuánto hacen allí para devolverle al pueblito la belleza arrebatada por la furia de Ike, me digo que en Cuba existen ahora muchísimas personas en el mismo trance de Esther: el hijo que perdió la única foto de su madre muerta; el profesional que no encontrará jamás el título colgado de su cuadro; la abuela que vio esfumarse una reliquia familiar; la muchacha que extravió para siempre la carta de su primer novio; el bibliófilo que asistió, impotente, a la desaparición de su libro preferido...

La embestida de un huracán deja entre sus víctimas un recuerdo imborrable. ¡Nadie vuelve a ser el mismo! Con la misma brutalidad con que hace trizas proyectos, construcciones y sembradíos, le asesta un tajo ancho y profundo a los sentimientos. Un inmueble puede erigirse de nuevo. Un campo dará otra vez frutos. Pero el patrimonio espiritual del hombre —también importante y necesario—, ese que viaja en una gastada cartulina, en las páginas de un viejo libro o en la borrosa nota sobre un trozo de papel..., ese no se recupera jamás.

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