De la fantasía a la realidad

Las fantasías sexuales son un recurso enriquecedor en la vida de las personas, siempre que no dañen a terceros Pregunte sin pena

Autor:

Juventud Rebelde

MUCHAS personas llevan una vida sexual insatisfactoria o inexistente aun cuando su desarrollo en otros campos es exitoso y hasta «digno de envidia». Fracaso, dolor, confusión, palabras mal dichas, ilusiones no realizadas...

Si las telenovelas tienen éxito es precisamente porque recrean la existencia de infinidad de seres así, capaces de suspirar frente a la pantalla aunque en la vida real no logren canalizar sus propias fantasías o no sepan relacionarse con las personas que les interesan.

En esa especie de autocastración de la felicidad influyen diversos factores psicosociales, como la educación recibida, tabúes heredados, experiencias personales traumáticas, carencias emocionales y hasta falta de coraje para asumir que no siempre lo que nos gusta «es ilegal, es inmoral o engorda», como decía una canción de moda a mediados de los 80 del siglo pasado.

Mientras, las disfunciones sexuales se multiplican: cada vez hay más reportes de inapetencia sexual, poca o nula erección, eyaculación precoz, discordias maritales, vaginismo, dolor y anorgasmia. En buena parte de esos casos es el afectado quien no se da permiso para soñar y mucho menos para hablar de sus fantasías con otros, ni siquiera con su pareja, ya sea reciente o de años.

Tales conflictos indican falta de inteligencia erótica, término defendido por la sexóloga venezolana Brigitte Baena para describir esa parte de nuestra capacidad cerebral destinada a manejar la atracción, erotización, excitación y adquisición de respuestas sexuales placenteras.

«La sabiduría sexual es una facultad que se puede medir, cuantificar, calificar y sobre todo potenciar», escribió ella en su presentación para el II Congreso de Terapia Sexual, celebrado en La Habana a principios de este año. Según explicó, el erotismo está relacionado con las esferas afectiva, instintiva, lúdica (recreativa) y cultural de todos los seres humanos, y por tanto la evocación de situaciones eróticas está presente de forma voluntaria o involuntaria en un alto por ciento de lo que vemos, oímos, hacemos o pensamos a lo largo de cada día.

Bastaría aceptarlas con naturalidad para que nos hagan la vida más placentera en muchos casos.

«¿Cuántas conversaciones banales sobre temas diversos no provocan una pícara sonrisa? ¿Cuántas figuras, sonidos, sabores u olores no “se parecen a...”, recurso explotado ampliamente por la publicidad —sobre todo la subliminal—, para vender productos no relacionados con el sexo, como un refresco, una casa de campo o un automóvil?».

Erotizar situaciones solo para bromear o expresamente para estimular el deseo no es una conducta aberrada, siempre que no lesione la integridad física y moral de otras personas. Incluso es recomendable para romper rutinas —sobre todo en relaciones estables, ya sean hetero u homosexuales—, por lo que es lícito contar con la complicidad de los amigos, el ambiente o la casualidad para vivir nuestra propia novela y tener luego «qué contar a los nietos».

Bueno es lo bueno...

Una fantasía sexual es cualquier ensoñación que tenga un guión mínimamente elaborado —a plena conciencia, no dormidos— y que resulte excitante sexualmente, llegue o no a materializarse. Es algo que promueve lo subjetivo, la novedad, la curiosidad, ese deseo de trasgresión frente a lo prohibido, que atrae tanto.

Décadas atrás se asumía que tales pensamientos no se daban durante la infancia, pero hoy esa idea es muy cuestionada, puesto que las fantasías no son solo un reflejo de fuerzas biológicas normales, sino también una respuesta lógica al alto contenido erótico de todo lo que nos rodea en la vida moderna: libros, películas, arte, música, danzas, anuncios y hasta la Internet, dice la doctora Baena.

Las fantasías sexuales más confesadas por las personas que acuden a terapia en el mundo occidental —y también por quienes escriben a nuestra página— van desde la exhibición del cuerpo en lugares públicos hasta la realización del coito con artistas famosos, con un amigo inalcanzable, personas del mismo sexo, en un lugar especial, en grupos...

Tales utopías no constituyen de por sí una infidelidad a la pareja ni definen la orientación erótica de las personas, afirma la Máster Mariela Rodríguez, consejera a cargo de la columna Pregunte sin pena, de Sexo Sentido.

Desde el punto de vista social, las fantasías solo resultan preocupantes cuando remiten a las denominadas parafilias, como las llamadas a desconocidos para hablar de sexo (escatología telefónica), tener sexo con menores de edad (pedofilia), con animales (zoofilia), con cadáveres (necrofilia) y muchas otras que involucran desde las heces fecales (coprofilia) y la orina (urofilia) hasta la obsesión con determinados objetos sustraídos a otras personas (fetichismo).

Claro que es potestad de cada quien pensar en lo que desee para lograr placer, pero llevarlo a la práctica constituye delito actualmente en la mayoría de los países. No obstante, si estas u otras actividades eróticas no convencionales se realizan de mutuo acuerdo entre adultos responsables de sus actos y sin afectar a nadie más, no hay nada que objetar desde el punto de vista legal.

En cambio si la persona que lo practica o fantasea sobre ello no está feliz o cree que puede dañar a otros sin proponérselo y no sabe cómo librarse de esa obsesión, puede buscar ayuda especializada, aseguró a JR la doctora Elvia de Dios, del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), especialista con amplia experiencia en el tratamiento de las parafilias en Cuba.

Estrategia de amor

En la modernidad, la mayoría de las relaciones de pareja se basan en ritos falocéntricos y en la persecución extrema del orgasmo como meta cimera, mientras se ignora todo un arsenal de recursos para sentir placer a más largo plazo, tanto en el plano físico como espiritual.

Pero hay muchas formas de hacer el amor, e incluso de «darlo hecho», como escribía un lector a esta reportera hace algunos años. Justo ahí está el secreto de la felicidad erótica: en reconocernos como seres sexuales, pero también sensuales, pues esa sensualidad fantasiosa recarga las baterías de cualquier hombre o mujer y ayuda a enfrentar la vida con mejor cara, además de evitar muchas veces grotescas infidelidades, ruptura de relaciones, Infecciones de Transmisión Sexual, embarazos indeseados y situaciones incómodas o peligrosas.

Abrirnos a ese arcoiris de opciones placenteras implica entrenar nuestra inteligencia erótica, en la que participan complejas estructuras del cerebro, como la corteza frontal, el sistema límbico y el órgano vomerosanal.

Además de incorporar las fantasías sexuales a la práctica diaria, tal entrenamiento incluye aclarar errores de concepto, desechar mitos, culpas y miedos que rigen el comportamiento humano, desarrollar habilidades sociales e interpersonales, y sobre todo descubrir la propia sexualidad sin tapujos: saber qué atrae o excita nuestras preferencias, cuáles son nuestras dificultades en esa área y qué hacer para compensarlas.

El primer paso es, por tanto, el diálogo interior: amarnos, aceptarnos, dejar fluir la imaginación y autoestimularnos cuando sea necesario, solos o en pareja, sin aprensiones ante el placer que proporcionan tales prácticas.

Luego se impone una comunicación asertiva con el compañero sexual para hablar de lo que nos gusta y disgusta, dejando bien sentado que no hay nada ridículo o prohibido en el sexo siempre que sea placentero para ambos. Compartir secretos de ese tipo ayuda a desarrollar el sentido de pertenencia a la relación y alimenta la imaginación para cuando se está lejos por cualquier motivo.

Asimismo, inteligencia erótica presupone el ocuparse del sustrato biológico de nuestra sexualidad: de nada valen imaginación o destreza si siempre nos presentamos con una inadecuada higiene corporal, olores desagradables o enfermedades transmisibles sin tratamiento.

Expresar admiración por el resto de las tareas que nuestra pareja realiza en su vida social u hogareña es también un sabio estímulo sexual. Además, contribuye a crear un necesario clima de prudencia en toda relación, marcando los límites que no se deben rebasar (en cuanto a lo que resulta vergonzoso o doloroso para cada uno), mucho menos para intentar ganar una discusión o en presencia de terceros

 

  Pregunte sin pena

D.O.: Necesito su consejo. Mantengo una relación de dos años y medio con un muchacho de 25. Nos queremos cantidad, pero él está con otra. Cuando nos conocimos lo sabía y jamás pensé enamorarme. No somos la pareja perfecta, pero a diferencia de otras somos felices, creo. No discutimos, sino que nos sentamos a conversar como personas civilizadas; jamás nos hemos ofendido y existe mucha comunicación. Dicen que es porque no convivimos, pero eso tampoco ha faltado. Mi mamá dice que él nunca va a dejar a su otra novia, aunque me quiera. Yo trato de vivir al máximo los momentos que pasamos juntos. No quisiera perder a quien me ayudó tanto emocionalmente. Antes yo me sentía inferior. Él me hizo ver la bella persona que hay en mí. He intentado tener otras relaciones, pero no puedo. Hasta ahora mi familia ha entendido. Tengo 18 años.

Es difícil inferir para qué demandas orientación, cuando te muestras tan convencida de tu elección. Aunque pides consejo, decides mantener el noviazgo, ignorando otros criterios.

No necesitas cambiar nada si no quieres perderlo, logras vivir al máximo los momentos que pasan juntos. Simplemente aceptas que también sea novio de alguien más, porque te sientes bien así. Esto no es lo pautado en nuestra cultura, donde la mujer ha logrado tanto, pero cada quien tiene derecho a elegir su propio camino, reconociendo y aceptando sus posibles consecuencias.

El amor también suele ayudar a amarnos a nosotros mismos. No obstante, llama la atención que el argumento para seguir con él sea su ayuda para verte valores y virtudes que antes ignorabas hasta el punto de sentirte inferior.

Si sus ojos son el único espejo que te devuelve una imagen bonita, tal vez debas pensar en ello a solas o junto a un psicólogo. Esto podría atarte a él en un futuro, cuando ya no seas tan feliz a su lado por el hecho de sentirte sin suficientes atractivos.

Mariela Rodríguez Méndez. Máster en Psicología y consejera en ITS y VIH/sida

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