Osadía en Monte Oscuro

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Juventud Rebelde

Desafiando a los mosquitos y los pantanos, unos 50 constructores eléctricos laboran en la única brecha existente hoy en el Sistema Electroenergético Nacional (SEN), luego del paso de Ike

GUÁIMARO, Camagüey.— Fue un día difícil para El muerto. A su lado estaba Jorge Valencia, el jefe del grupo de equipos pesados, con la misma respiración cansada y bañado en sudor. Siete horas sin tomar agua; una mañana entera encima del bulldózer, con la boca hinchada por la sed, y al final sin encontrar las torres.

Con razón le decían Monte Oscuro al lugar. Por dondequiera aparecían unos pantanos que ponían al equipo a resbalar en redondo. A veces, El muerto temió que el Komatsu quedara atascado sin remedio. Movió la cabeza con fastidio: «¡Qué jodienda!». Tantas vueltas para terminar en el mismo sitio: en el terraplén que daba al caserío de San Francisco, próximo a la ciudad de Guáimaro, en la provincia de Camagüey.

De pronto Valencia señaló hacia el frente: «Vamos a preguntarle a ese muchacho». El joven, delgado y de piel quemada, les enseñó un potrero. «Ahí hay un firme donde pastoreo las vacas. Antes existía un camino, pero el monte se lo tragó». «Gracias», dijo Valencia y tocó a El muerto: «Pártele por el medio».

Por fin apareció la primera torre. La divisaron con el último impulso de la cuchilla, después de abrirle un kilómetro de trocha a un monte de marabú. Estaba retorcida y tirada hacia la izquierda.

Luis Núñez Fleitas (El muerto) pensó que su máquina no vencería los pantanos de Monte Oscuro. Luis Núñez Fleitas (El muerto) se recostó en el espaldar del asiento. No tenía dudas. Esta había sido una de las faenas más duras en sus 35 años como «buldocero» en la Empresa Constructora para la Industria Eléctrica (ECIE) de Ciego de Ávila.

Era domingo. Una nube de mosquitos salió de las cañadas y atacó a los hombres. Picaban con furia y se quedaban prendidos después de matarlos. Jadeando por el calor, El muerto levantó un brazo lleno de insectos. «Mira esto», le dijo a Valencia. Los acabó de un manotazo y confesó: «Tremenda bienvenida nos han dado».

La brecha

«Esto es una zona de difícil acceso —afirma el ingeniero Luis Suárez Ávila, director de la ECIE avileña—. Cuando avisaron que el ciclón había derribado siete torres por acá, nos dimos cuenta de que la labor sería complicada. A la séptima pudimos llegar solo al cuarto día de trabajo».

Hoy el suelo de Monte Oscuro es un gran pantano. De lejos parece un potrero de hierba pequeña y arisca; pero al adentrarse en él, la tierra se abre para luego aprisionar las gomas de los camiones. Los potentes Zil y los Kamaz han tenido que ser remolcados por los buldózeres.

En el desbroce del camino y el montaje de las nuevas torres, laboran desde el último fin de semana cerca de 50 obreros de la Constructora Eléctrica, procedentes de Ciego de Ávila, Camagüey y Holguín.

«Si no llueve, la semana que viene izaremos las primeras estructuras», advierte Suárez Ávila. El director nacional de operaciones de la ECIE, ingeniero Armando Olivera Hernández, mueve la cabeza hacia los lados. «Eso es lo que hace falta —advierte—, que no llueva».

Desde Mariel, al oeste de Ciudad de La Habana, hasta Santiago de Cuba el SEN avanza a través de dos líneas de 220 Kv. Esa duplicidad permite una mayor transferencia y confiabilidad: si las torres en una línea colapsan, la otra asegura el paso de la electricidad.

«Hoy la afectación del sistema se encuentra en estos diez kilómetros de torres en la segunda línea, en el tramo Nuevitas-Holguín», explica Olivera. «Por eso es importante levantarlas y cerrar esta brecha: para asegurar bien la disponibilidad de energía entre el occidente y el oriente del país».

La hora crítica

El nombre oficial de Achú es Manuel Castillo Rivero. «¡No se duerman, fíjense bien!», le insiste a una brigada de diez jóvenes, que trabaja en el ensamblaje de la nueva torre de 35 metros de alto.

El otro jefe, Francisco Guevara Pérez (Tico) es más callado, pero igual de insistente. Camina entre los angulares, llama a un muchacho y le dice bajito: «Vuelve ahí y aprieta bien».

A sus espaldas está la antigua torre, retorcida en su base y doblada contra un campo de marabú. No le falta un angular, sus tornillos están fuertes y a unos metros a la redonda permanecen sus compañeras intactas. ¿Por qué fue esa la única que se cayó?

«Tiene que haber sido algún tornado del ciclón» —comenta Tico. Luego señala las piezas de la estructura que están ensamblando y dice: «El diseño de esta torre es cubano. Se ve más fuerte que las otras. Dicen que la idearon para aguantar los huracanes, pero ojalá que no tenga que soportar ninguno».

Es mediodía y dentro de poco será la hora crítica. «En un momento no habrá nadie que pueda tocar los hierros a mano pelada», asegura Yurisney Broseta, uno de los jóvenes. «Cuando les dé bien el sol —añade Aliexis Frías Torres—, usted verá los angulares grisecitos, como si no pasara nada; pero si le pega la mano, ahí mismo largará el pellejo».

«¿Y eso es lo más difícil aquí, el sol?», preguntamos. Los muchachos se echan a reír. «Eso, la sed y los mosquitos», afirma Ariel González Ortiz. Saben por que lo dice. Saben que están viviendo un momento de tregua y por eso tienen que apurarse. Dentro de poco los mosquitos saldrán a picar, a castigar a los que han tenido la osadía de invadir su reino en Monte Oscuro.

Ariel señala hacia un brazo de marabú. «Por allá atrás hay una laguna —dice—. De ahí sale una nube de bichos dando vueltas como si fueran un remolino». Los muchachos se echan a reír moviendo las manos. «Y no te perdonan», aseguran. Tico se ríe, pero niega con la cabeza. «No se preocupen —advierte— a los mosquitos también les ganamos la pelea».

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