Una sola Revolución

A 140 años del terremoto libertario que sacudió la nación desde La Demajagua, JR se asoma a los acontecimientos, en el irrenunciable afán de beber en las raíces de la historia

Autor:

Juventud Rebelde

«No porque nademos un día y otro día en la Historia conocemos toda la corriente arrolladora de sus aguas». Así escribíamos en 2005 en este propio periódico cuando abordamos el tema del estallido independentista cubano, acaecido aquel ardiente octubre de 1868.

Entonces decíamos que aunque cada año los medios de comunicación hablaban sobre la fecha gloriosa con sus numerosas aristas, muchos quedaban pasmados todavía al enterarse de que horas antes del 10 de Octubre hubo disparos en contra de España en varias zonas cercanas a La Demajagua, el lugar inicial del terremoto libertario.

Otros detalles vinculados con el acontecimiento —como las discrepancias para inaugurar la guerra, los enredos conspirativos, la confección de una bandera de lucha y el célebre telegrama en el que se mandaba a arrestar a Céspedes— también sorprendían a numerosas personas.

Incluso ahora, algunos se asustan cuando se les dice que aquello de «Grito de Yara» —nombre que han tomado hasta ciertos lugares del país— es un error histórico.

¿Es que hemos contado y analizado la historia de manera vaporosa o de un modo tan ligero que no se prende en las mentes? Tal vez.

Lo cierto es que necesitamos repetirla, no solo en los octubres, para ir comprendiendo las circunstancias extraordinarias en que despertó de su colchoncillo nuestra nación en fragua.

Necesitamos, asimismo, sumergirnos más en la figura magnánima de Carlos Manuel de Céspedes, quien no es el Padre de la Patria por el episodio relacionado con el fusilamiento de su hijo en 1870. Ya en ese año el bayamés tenía méritos suficientes —el alzamiento es uno de ellos— para ser considerado el progenitor de la nación cubana.

El líder

Necesitamos repetir la historia, no solo en los octubres, para ir comprendiendo las circunstancias extraordinarias en que despertó nuestra nación en fragua. Aún hoy, a 140 años del estallido, existen polémicas sobre quién era el verdadero jefe de la Revolución antes de la jornada inolvidable de La Demajagua.

Algunos aseguran, por ejemplo, que el líder de la conspiración que se gestaba era Francisco Vicente Aguilera, otro bayamés acaudalado nacido en 1821 —dos años después que Céspedes— y presidente de la Junta Revolucionaria de Oriente.

Sin dudas, Aguilera tenía renombre entre los patriotas. Pero sería imperdonable pasar por alto que Carlos Manuel llevaba más de 20 años conspirando de una u otra manera contra la metrópoli. Tuvo planes de levantarse en armas en 1848, 1855, 1861, 1864, 1866 y 1867.

No olvidemos que por sus ideas rebeldes sufrió prisión varias veces en Santiago de Cuba y que fue desterrado a Palma Soriano, Baracoa y Manzanillo en distintas épocas. Las autoridades colonialistas de Bayamo no lo querían en esa localidad por «agitador y revoltoso».

En no pocas ocasiones le insistió a Aguilera sobre la necesidad del levantamiento armado porque nunca en las conspiraciones demasiado dilatadas faltaba un traidor. Sin embargo, ese patricio, del que nuestra historiografía debería hablar más, pensaba con mayor moderación: creía que para la contienda se necesitaban fusiles y crear mejores condiciones.

«Ellos las tienen» (las armas), decía con suma determinación Céspedes para explicar que el plan era quitárselas al enemigo.

Es innegable que de todos aquellos fundadores de la nación fue quien mejor comprendió que, en la situación de Cuba, no se podía esperar por los recursos bélicos y que el proceso de la independencia, para el cual resultaba imprescindible la unidad de mando, sería largo y trabajoso.

Si Céspedes, autor del grito de ¡Independencia o Muerte!, no hubiera sido un jefe de prestigio los manzanilleros no lo habrían proclamado General en Jefe del Ejército Libertador en la reunión del ingenio El Rosario, días antes del alzamiento. Tampoco Aguilera lo hubiera reconocido como el guía de la Revolución en los días posteriores al estallido. Bien se conoce que se puso a sus órdenes sin reparos y que llegó a ser su Secretario de la Guerra y hasta su vicepresidente.

También es conocido el episodio ligado a su sobrino, Ismael de Céspedes, quien laboraba como director en las oficinas del correo de Bayamo, a las cuales llegó el telegrama enviado desde La Habana con la orden de detención de su tío y otros conspiradores: Maceo Osorio, Aguilera, Céspedes... Figueredo. Ese joven, a la postre brigadier de nuestras guerras independentistas, avisó a Perucho y este a otros complotados.

Mas, el mérito de Carlos Manuel estuvo en que no vaciló un instante para proclamar la independencia, trazar las bases ideológicas de la lucha y liberar sin condiciones a sus esclavos.

¿Habrá, a estas alturas, dudas sobre el famoso telegrama? Varios libertadores, desde José María Izaguirre, Benjamín Ramírez hasta Enrique Collazo dieron fe de su existencia.

Sentencia de Yara

A los cien años del comienzo de nuestras guerras por la liberación nacional, Fidel pronunció en La Demajagua un discurso trascendental que aborda el proceso de lucha del pueblo cubano. No parece ocioso en el presente tocar dos aspectos que algunos han tergiversado, acaso sin maldad.

El primero se refiere a la cantidad de hombres que secundaron al abogado bayamés aquella mañana de aureolas en Demajagua o La Demajagua (se aceptan ambos nombres).

Nunca fueron unos pocos. Los testigos de aquella jornada —Bartolomé Masó, Ángel Maestre, José Joaquín Garcés, José María Izaguirre y otros— siempre hablaron de una congregación de poco más de 500 hombres. Quizá la confusión se deba a que El Iniciador, al hablar de los acontecimientos, señalara que el alzamiento se produjo con «37 de armas». Evidentemente, ese era el número de los que poseían mejores instrumentos guerreros.

El otro punto es que jamás el 10 de octubre de 1868 hubo un Grito de Yara, algo en lo que han insistido historiadores tan distinguidos como Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo. Tal denominación empezó a manejarse por la mal intencionada propaganda española.

En la Gaceta de La Habana, el 13 de octubre de 1868, el coronel de la metrópoli José de Chessa, jefe interino del Estado Mayor, dio parte de los sucesos en estos términos: «Según telegramas oficiales, en Yara, jurisdicción de Manzanillo, se levantó el día 10 una partida de paisanos, sin que hasta ahora se sepa el cabecilla que la manda, ni el objeto que los conduce. Supónense unidos a ellos los bandoleros perseguidos en otras jurisdicciones y su importancia debe ser escasa...».

No obstante, vale subrayar que Yara sí fue el escenario del primer combate por la emancipación nacional, el 11 de octubre de 1868, el que no terminó en victoria de los insurgentes. A la medianoche de ese día unos 300 hombres fueron repelidos después de un aguacero brutal, que tornó complejo el combate; en la lucha solo pereció un libertador, aunque los atacantes se retiraron dispersos y adoloridos moralmente por la derrota.

De todos modos, ese pueblo ha devenido referencia para la posteridad porque fue allí, luego de la disgregación y de la queja de algún soldado —que dijo: «Todo está perdido»—, donde Céspedes pronunció su hermosa sentencia: «Aún quedan 12 hombres. Bastan para hacer la independencia de Cuba».

Momorable discurso

¿Cómo olvidar que, justamente cien años después del comienzo de nuestras guerras por la liberación nacional, Fidel pronunció en La Demajagua un discurso trascendental que aborda con profundidad el proceso de lucha del pueblo cubano?

Esas palabras, que ahora cumplen 40 años, deberían imprimirse de nuevo en un pequeño folleto y distribuirse de algún modo masivo para las nuevas generaciones, una frase se recuerda especialmente: «...porque en Cuba solo ha habido una Revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes».

Pero aquella disertación es también un homenaje al Héroe de San Lorenzo y sus enseñanzas. Es una convocatoria a analizar con hondura, con objetividad y sin ciegas pasiones la historia nacional.

«Nada nos enseñará mejor a entender qué quiere decir revolución, que el análisis de la historia de nuestro país, que el estudio de la historia de nuestro pueblo y de las raíces revolucionarias de nuestro pueblo», dijo aquella memorable noche el Comandante en Jefe ¡para todos los tiempos!

Fuentes:

Carlos Manuel de Céspedes: escritos (compilación de Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo) (1974).

Colectivo de Autores: Bayamo en el Crisol de la nacionalidad cubana (1996).

Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo: Dos fechas históricas (1989)

José Maceo Verdecia: Bayamo (1943).

Benjamín Ramírez Rondón: Memorias de la guerra del 68 (inédito)

Eladio Aguilera Rojas: Francisco Vicente Aguilera y la Revolución de Cuba de 1868 (1909).

José A. Álvarez: Masó: un hombre leal (1964).

Pánfilo Camacho: Aguilera, el precursor sin gloria (1951).

Adolfina Cossío Esturo: El alzamiento del 9 de octubre de 1868 en Macaca (1975).

Carlos Manuel de Céspedes y Quesada: Biografía de Carlos Manuel de Céspedes (1895).

Leopoldo Horrego Estuch: El sentido revolucionario del 68 (1945).

Vidal Morales y Morales: Hombres del 68. Rafael Morales González (1972).

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