Jóvenes de todo el país apoyan labores agrícolas en Batabanó

Autor:

Rocío Trujillo Olivares

Para contribuir a la recuperación, más de un centenar de jóvenes movilizados por la UJC laboran en el campamento La Bertica, en Batabanó, provincia de La Habana

Cuando cambia el rojo color del cielo / por el blanco color de palomas / se oyen las campanas de los hombres / que levantan sus sonrisas de las lomas.

El reloj marca las seis de la mañana y Sara González, con su canción Girón: la victoria, indica que es la hora del «de pie». Luego del aseo, irán por el desayuno. Y a las siete y media ya los 117 columnistas están en el campo.

Ellos rememoran la Columna Juvenil del Centenario, esa que por el año 1968 integraron jóvenes vinculados a las labores agrícolas más importantes del momento. Los de hoy tienen el mismo principio que sus antecesores. Están en el campamento desde el 26 de septiembre y permanecerán allí hasta el 29 de diciembre.

«Es un llamado de la dirección de la Revolución y la Juventud Comunista. Nuestra columna se nombra Aniversario 50 de la Revolución. Existen dos campamentos, el nuestro: La Bertica, ubicado en el municipio de Batabanó, y otro que se encuentra en la Isla de la Juventud».

Alberto Torres Hernández, funcionario del Comité Nacional de la UJC, y responsable del campamento, también informó a JR que en la instalación se encuentran muchachos de ocho provincias y de disímiles profesiones u oficios.

Un yeso para el bejuco

La principal misión de los jóvenes de esta columna es contribuir a las labores de recuperación agrícola. La Bertica, campamento que será su hogar durante los próximos meses, colabora en las tareas de tres UBPC pertenecientes a la Empresa de Cultivos Varios de Batabanó.

Entre ellos hay quienes nunca en su vida habían trabajado la tierra, otros que sí, pero en su mayoría son jóvenes inexpertos que tienen un firme propósito: ayudar en todo cuanto se pueda.

«No son obreros agrícolas, pero van aprendiendo. Para eso estamos nosotros aquí, para ayudarlos. No obstante, son productivos. Es una fuerza eficaz por la calidad con que trabajan», afirmó José Roa, campesino de la UBPC José Fernández.

Yasmany Salazar, de Villa Clara, trabaja en una empresa agropecuaria pero se dedica a elaborar embutidos. «No tiene nada que ver con lo que ahora hago; pero bueno, aquí estamos, haciendo lo que se puede, y un poquito más. Salí destacado la primera semana que se evaluó porque estoy trabajando mucho».

De esa misma provincia es Oriol Prieto, quien pertenece a un departamento de Vectores; trabaja con «los mosquitos», como él mismo dice riendo, mientras asegura: «estoy aquí porque es una prueba de que con nosotros se puede contar. Pensé que iba a ser más difícil adaptarme a cultivar la tierra, pero nos han atendido bastante bien. Yo vine a trabajar. Estaré los tres meses que se nos pidió y si hay cambios, asumo también».

Jesús Santana es licenciado en Traumatología y Ortopedia, y dejó atrás su mundo de yesos y fracturas, «porque aunque esto no es “mi fuerte”, es la tarea que debo cumplir y sé que hago falta aquí».

Pese a la diversidad de ramas y esferas de la economía representadas en estos jóvenes voluntarios, los resultados son visibles. Ellos constituyen una fuerza eficaz dentro de las labores de recuperación.

«Hasta el jueves 9 de octubre —en solo dos semanas— se habían cortado 985 000 bejucos, sembramos 0,68 caballerías de boniatos, recogimos 157 sacos de malanga, 115 de boniato y 40 de yuca. Chapeamos o guataqueamos 664 cordeles de guayaba, 180 de naranja y 3,25 caballerías de plátano», explicó a nuestro diario Alejandro Mas, funcionario del Comité Nacional de la UJC, quien atiende la producción en el campamento.

Gurjiro «Taekwondoka»

Aunque desde que sale el sol el trabajo es duro en La Bertica, la vida no se resume solo a tareas agrícolas. Hay tiempo para el esparcimiento y la distracción. Unos leen, otros ven películas, bailan, juegan fútbol, dominó, voleibol y hasta hay quienes imparten clases de taekwondo.

Leonel Rojas es director de una escuela en Sagua la Grande, Villa Clara, y además de su vocación de profesor fue atleta y entrenador de ese deporte de combate.

«Aprovecho mi tiempo libre en la movilización para impartirles clases a unos niños de la comunidad, porque no es solo dar el esfuerzo en la tierra, sino también en la formación de los más jóvenes. El compromiso con ellos es que dentro de tres meses puedan hacer una exhibición de taekwondo y en un futuro que incluso compitan».

La camagüeyana Leyanis Agramontes es una de las cuatro mujeres que habitan en La Bertica. Ella trabaja en el Departamento de Control de Calidad de la Empresa Reparadora de Autos de su provincia; y respondió al llamado de la UJC y ahora se encuentra en las labores agrícolas.

Aunque extraña un poco sus uñas pintadas y aprovecha que el fin de semana la llevan a la peluquería para «retocarse», reconoce que a las muchachas las atienden muy bien. «La vida en el campamento nos resulta fácil. Ellos nos ayudan en todo. Las relaciones son buenísimas. Nos respetan mucho y ni nos dejan hacer colas...».

De la guataca al teclado

En el campamento los jóvenes tienen a su disposición un laboratorio de computación equipado con cinco máquinas, que funcionan a partir de las cinco de la tarde con horario extendido.

«Pero cuando vienen a la hora del almuerzo los dejo revisar los correos electrónicos, porque reciben mensajes de sus familiares y están como locos por abrirlos. Les dimos una dirección de correo a ellos y a sus familiares, quienes pueden ir al Joven Club más cercano para escribirles», comenta Yanet Miranda, una de las técnicas del laboratorio del campamento.

«Ahora estamos ofreciendo un curso de Operador de Micro, de ocho a diez de la noche, y a pesar del cansancio del día el local siempre está lleno. Aunque el esfuerzo que tengo que hacer para estar temprano es grande, vale la pena. La experiencia es única. He tenido la posibilidad de enseñar a muchos que ni siquiera sabían cómo se encendía una computadora».

Los muchachos tienen la posibilidad de ver películas en la sala de video y además en un espacio abierto con una pantalla casi del tamaño de la de un cine.

Leodán Pérez es un joven campesino avileño que trabaja en cultivos varios. Al integrarse a la columna quedó sorprendido porque no esperaba tener cosas como la pantalla grande que nunca en la vida había visto. «Jamás había trabajado con una computadora, y ya sé. Lo que hay es que echar pa’lante».

Por si fuera poco, quienes gustan del arte tienen a su disposición a cuatro instructores que permanecen en el campamento a tiempo completo, y preparan cursos para que al soltar la guataca o el machete, en las tardes aprendan a cantar, tocar instrumentos, bailar o pintar.

Llamada en espera

Nada hay más común en un campamento agrícola que las ampollas y los dolores de huesos. Para eso está allí Carlos Luis Santana, «el brujo de la tribu», un médico que se alistó como columnista y al llegar a La Bertica le dieron la tarea de ser «el doctor».

Él, gracias a un puesto con las condiciones necesarias para prestar los primeros auxilios y varias enfermeras que rotan por la instalación, se dedica a atender a quienes les ha tocado la «mala fortuna» de enfermarse, aunque hasta el momento no se han reportado casos graves.

Uno de ellos es Ismar Cancio, quien se desempeña en su natal Sancti Spíritus como soldador y padece de asma. «Por estos días no he estado muy bien porque me cogió el catarro malo, pero la atención ha sido muy buena. El médico me chequea a cada rato, y me llevaron al policlínico de Batabanó», dice.

«Los jóvenes que padecen determinadas enfermedades han mantenido sus tratamientos, pues contamos con medicamentos suficientes. En el caso de Ismar, fui con él al policlínico del municipio y le hicimos algunos análisis complementarios y radiografías. Así descartamos cualquier posibilidad de complicación», cuenta el galeno de La Bertica.

Y aunque hay problemas aún no resueltos, por ejemplo la situación de las comunicaciones, «pues solo hay un teléfono y tenemos que molestar en la oficina cuando nos llaman los familiares, refiere Oriol Prieto, se trabaja por lograr la plena satisfacción de los muchachos, y más aún, por garantizarles todas las condiciones de trabajo.

Los jóvenes de este campamento protagonizan una obra de gran valor humano, imprescindible para avanzar en la recuperación del país luego del paso de los huracanes Gustav y Ike.

Por eso cada mañana, mientras muchos cubanos escuchan Radio Reloj para iniciar su día, los muchachos y muchachas de La Bertica ya están hace rato en el campo, después del «de pie» que les diera una canción.

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