El sur en la memoria

Autor:

Juventud Rebelde

La periodista y escritora cubana Katiuska Blanco evoca sus experiencias y emociones como reportera durante los días gloriosos de la guerra en Angola

Polvo, todo es polvo seco y ardiente en este territorio de mil demonios que es Tchipa adonde ha llegado una de las brigadas de tanques del refuerzo cubano en el avance por el flanco suroccidental. El día quema y la noche es puro frío de siete grados centígrados. Nos ponemos a la hoguera como pan «que en el horno se nos quema», a lo verso de César Vallejo en Los Heraldos Negros. Somos cinco entre fílmicos y periodistas. Solo retiramos los pies del fuego cuando sentimos el olor del caucho de las botas. La cantimplora pasa de uno a otro, «es para calentarse» —dicen— apenas un sorbo para tantos, pero no pruebo una gota. Doy la vida por un cafecito humeante, al menos por el aroma; aunque amargo a falta de azúcar ¡qué diera yo por un cafecito ahora!.. No hay agua. Los uniformes son nubes de polvo, polvo en los ojos, la nariz, las orejas, la boca, el fusil...; la garganta traga saliva polvorienta, áspera. Los combatientes sonríen: «Tchipa te chupa» y sus dientes y sus ojos son lo único reluciente, no empolvado en este lugar donde el aire también es polvo al que arribamos en 17 de julio.

Hay noticias de una emboscada la semana anterior cerca de Tcononganga, un tanque nuestro pulsó una mina. Tuvimos una baja y heridos. Se extreman los cuidados en cualquier despliegue. La arena es densa y profunda y torna más dificultosa, tensa, la labor de los zapadores, esos jóvenes de temple sereno a quienes descubro con su infaltable vara por los terraplenes de este país. Arriesgan su vida para salvar la de otros.

Tchipa fue bombardeada y en medio de los proyectiles Tony* salió a filmar: es su deber. No hay modo de eludir el mágico ronronear de la camarita de 16 milímetros en medio de las bombas, solo así quedará el registro inigualable. En silencio lo admiro. No hay peligro ahora. Tchipa va siendo retaguardia porque hay tropas nuestras aún más próximas a la frontera. Casi ningún hombre quiere a una mujer por estos lados: «es muy riesgoso», afirman, pero aquí está la enfermera que me brinda un pedazo de jabón y un poco de agua. Pienso contradictoriamente: por un lado defiendo mi derecho y por otro, agradezco el ansia de cuidarnos, de protegernos. Mi bandera es Marta Rojas, ella estuvo en Vietnam, repito para que los compañeros me permitan seguirlos. Mañana llega el general Leopoldo Cintra Frías (Polo), jefe de la Agrupación de Tropas del Sur (ATS): es la voz que se ha corrido en la cañada seca donde descansamos este día de julio de 1988. Polo es mi esperanza. Dice el general Milián que será él quien defina si puedo continuar camino. Me propongo acompañar a los muchachos en la filmación de la presa Ruacaná y publicar en Verde Olivo en Misión Internacionalista la certeza de que podemos avistar Namibia desde posiciones muy próximas a la frontera, en territorio angolano.

Nos vamos al hospital de campaña casi a la media noche. Pongo diarios viejos bajo la sábana para taparme del frío desértico de esta región. No concilio el sueño y la memoria va donde el Alma Mater. La multitud congregada corea: «Hoy soñé con aviones que nublaban el día, / justo cuando la gente más cantaba y reía, / hoy soñé un agujero bajo tierra y con gente que se estremecía al compás de la muerte». Estoy desvelada —pienso. Intento acomodarme mejor en la estrecha litera. Cierro otra vez los ojos y entonces recuerdo que la voz de Silvio ronda también persistente el pensamiento de Nieto**. Conversé con él en el Kwatir, una zona poco tiempo atrás en manos de la UNITA, al punto que permanecían allí casi intactas las huellas de su presencia en lo que fuera uno de sus campos de tiro. El Kwatir se encuentra en el lejano Menongue donde estuve el pasado abril en viaje a Cuito Cuanavale.

«¿Quién nos lo iba a decir mientras coreábamos esa canción en la escalinata universitaria, que apenas unos meses después viviríamos una circunstancia así, tremenda?», comenta Nieto. Y al instante repite bajo, casi en susurro: «un agujero bajo tierra y con gente, / que se estremecía al compás de la muerte, / al compás de la muerte».

En el Kwatir conocí a los muchachos que abatieron un avión Mirage. Allí, a la entrada de las baterías de artillería antiaérea cubanas, permanecen los fragmentos y circuitos carcomidos del pájaro derribado. Por las notas de vuelo supieron que era el mismo aparato que había bombardeado días antes a las unidades destacadas en el propio Kwatir, cuando aún no habían abierto las trincheras y permanecían al descampado. En una de ellas solo se había concluido el nicho para las municiones y los soldados no conseguían explicarse cómo la mayoría se apretujó en un lugar tan reducido. Ellos integran un pelotón de reparaciones. Ponen en disposición combativa tanques y otros equipos averiados. Trabajan día y noche. En lo oscuro, lo hacen a la luz de los mechones, bajo dos y tres carpas de campaña para evitar que el enemigo los localice por el fulgor y luego los asedien los morterazos...

Me arrebujo entre las páginas de periódico y observo el cielo despejado. Sí —medito— un agujero bajo tierra es una fortuna, una bendición verdadera que hay que abrir con las manos y el alma, pero ¡qué paradoja este cielo tan limpio en un paraje estremecido por explosiones, movimientos de tropas, esteras de blindados, disparos de AK!... No alcanzó el tiempo aún para techar la trinchera, la noche todavía no huele a resina, a tronco recién cortado. Fulguran las estrellas y me duermo profundamente.

Amanece. Los altoparlantes de Tchipa difunden la voz de Carlos Puebla: «Traigo un cantar de mi Cuba, / de Cuba traigo un cantar» y despertamos con el pecho apretado y una emoción irrepetible de azul, blanco y rojo, rojo como la sangre de las heridas que valen. Enaltece el sacrificio.

Los cubanos vamos al sur, sur, sur... geografía insegura y apasionante, porque esta guerra contra los invasores sudafricanos y el apartheid tiene que definirse de una buena vez aunque nos barran de la tierra con las armas nucleares de que disponen los racistas y es como vivir los días de la Crisis de Octubre pero a más de 14 000 kilómetros de la Isla. Conocemos bien la situación político militar, cada uno de los miembros de nuestras tropas en Angola fue informado de los pormenores de la batalla, de las contradicciones en el lado amigo, y de la fuerza del enemigo: hasta el último soldado en la última trinchera, en un paraje perdido e inhóspito sabe la verdad: estamos decididos a llegar —si es preciso— a Ciudad El Cabo por la cinta de asfalto que es la carretera Panafricana y ellos, por su parte, pueden lanzarnos las bombas, convertirnos en más polvo que el polvo que respiramos en Tchipa. Fidel dijo que hasta el último hombre en Angola tenía derecho a saber en qué terreno peleaba y por qué lo hacía: quien lo decidiera en esta hora podía retirarse y su decisión sería respetada. Parece víspera de Girón en 23 y 12. El Comandante envió emisarios a todas partes con la noticia vital y un numeroso grupo de órdenes. Permanecemos. No registra la memoria ningún titubeo. Nadie se fue. Nadie se retira.

Avanzar y enterrarnos. Las unidades abren trincheras y refugios y cuando casi terminan la faena las dejan atrás porque hay que adelantar 60, 80, 100 kilómetros más al sur y la preparación política es convencer a la gente de que hay que abrir de nuevo los huecos, una y otra vez los huecos, porque hay que evitar el tiempo a la intemperie donde somos vulnerables a la artillería y a la aviación. Los políticos afirman que no hay mejor convencimiento que el primer bombardeo, cuando termina: todo el mundo se afana casi frenéticamente en la preparación ingeniera: «hay que vivir, hay que vivir».

«Afuera, reunidos en grupo: no más de diez hombres», es una de las órdenes. Todas las concentraciones deben ser bajo tierra, en lo profundo, al abrigo de la muerte bajo varias techumbres de troncos de árbol y de tierra, en lo hondo, hondo y oscuro, a salvo de los proyectiles de G 5 y G 6 y de las bombas de 500 libras que lanzan los Mirages... pero, para nosotros, los reporteros, resulta difícil, más difícil: cierro el ojo derecho y obturo a voluntad para que la vieja cámara pueda captar la poca luz. Entre los fotógrafos esa velocidad de apertura del lente solo es eficaz sobre un trípode del que no disponemos. No puedo respirar durante más de un minuto. Los pulmones aguantan para evitar el mínimo movimiento, el roce leve, el fuera de foco, la falta de nitidez ... y al fin sacar aquellas benditas imágenes aún en sombras, no aptas para la impresión del Diario, pero sin remedio, las únicas posibles. Cada uno de nosotros en las caravanas y los avances por Cuito Cuanavale y Caiundo, por Tchibemba, Matala, Jamba, Luena y Kubango; por Txangongo y por acá, al oeste como pegándonos al Atlántico, porque hay que captar la noble y firme estirpe de los hombres de nuestro pueblo.

Otra orden de Fidel ha sido mixturarnos. Tiene algo de belleza plástica esa decisión: significa unirnos cubanos y angolanos como soldados de una misma tropa.

Cuando cae la tarde llega el general Cintra Frías, enfundado en su abrigo cazacobra de todas las contiendas. Es bajito y ágil y directo, una leyenda de la que todos hablan sin que él lo sepa. Me permite explicar. «Entre los combatientes cerca de la frontera se encuentra el hijo de uno de los milicianos Malagones. El joven cumple su destino de continuar la tradición patriótica: quiero entrevistarlo y después ascender la elevación desde la cual podría tomar fotos de la presa Ruacaná para escribir el testimonio de nuestra cercanía a Namibia». Sé los reparos pero insisto y él accede, solo que el plan tiene cambios, se hará como él indique. Mañana, antes de que el día despunte, debo estar lista.

Es casi el final de la madrugada. Salgo con la exploración a Tcononganga, pero los muchachos del grupo quedarán atrás. Ahora no sé cuál será su destino, si los volveré a ver pronto. Conozco este detalle a la hora de la partida, en el minuto de comprobar si llevo al cuello la chapilla. Siento la separación porque les he dicho siempre que soy como un talismán «donde voy no hay peligro, nunca pasa nada». Lo pienso ahora pero no les digo y ellos pronuncian su gentileza: «compañeros, moderen las palabras, que va con ustedes nuestra compañera» y una última advertencia: «¡Cuídate!», me piden. Subo al transportador blindado, es un BMD o BMP. Viajamos afuera, en la parte superior, porque si el carro hace estallar alguna mina es mejor salir por los aires que estar en el breve espacio interior..., y aquí ese es el mayor de los peligros porque esta guerra ha sido nombrada como la guerra de las minas. Pasarán años para desenterrar los explosivos que se han ido colocando en las bifurcaciones, los sembrados, las aguadas, los caminos...

Faltan pocas jornadas para el 26 de Julio, entonces debo estar de vuelta en Cahama, para la inauguración del aeropuerto. Tengo la ilusión de que el tiempo alcanzará.

Todo es maraña boscosa a ambos lados de la carretera. Entre los árboles, a muchos kilómetros de Tchipa, descubro cubanos y angolanos de los Olivos, las fuerzas al mando del general Tomassevich. Esos sí que «aruñan» me dicen los soldados, para referirse a quienes no integran unidades regulares y viven una vida guerrillera.

Al fin llegamos a Tcononganga y el jefe nos lleva donde el descendiente de los Malagones. “Hay que apurarse porque pronto estará aquí el general Polo», señala.

Rodeado de otros oficiales lo veo después. Bajo un árbol, Polo analiza en los mapas por el suelo la situación operativa y determina los trayectos y ubicación de nuestras fuerzas. También la Brigada de Tanques de Tchipa se trasladará para acá, por eso mis compañeros quedaron allí, para moverse con los grupos tácticos que lo harán más tarde de forma escalonada.

Polo se vuelve hacia mí y pregunta si realicé la entrevista. Respondo afirmativamente. Entonces se dirige al piloto del helicóptero que lo trajo desde Cahama y le pide explorar la posibilidad de que nos traslade hasta la elevación desde la cual deseo tirar las fotos. Los jefes militares habían señalado el camino por tierra como muy peligroso y agotador. Precisamente en ese tramo era donde había estallado una mina la semana anterior, es el argumento que prevalece para resistir la propuesta de que una compañera lo transite a pie o en un tanque. Polo había indicado primero el desplazamiento de una pequeña fuerza blindada, pero ahora insiste en la variante de llegar por aire. El piloto parte a cumplir la orden. Pasan los minutos y mientras tanto, participo callada de la reunión. Se acerca el desenlace de la guerra, conocemos la proximidad de la victoria pero no podemos adelantar esa feliz noticia a casa.

De regreso, el piloto niega toda posibilidad de llevarnos a la montaña. No podríamos descender allí porque es muy inclinado el terreno. Alcanzar un lugar propicio para el aterrizaje exige volar alto muy cerca de la frontera lo que significa ponerse al alcance de los disparos de la artillería enemiga. El general Polo insiste en que debemos ir, y el Piloto responde. «general, con todo respeto, no llevamos ni a la periodista, ni a Usted».

La respuesta para en seco mi insistencia. El General no lo ha reconocido, pero presiento que en realidad, ansía tanto o más que yo, ir donde es difícil y riesgoso. No lo confiesa, pone mi interés por delante. Entonces guardo silencio porque la discusión ha tomado otro curso: siento que es un deber de cada uno de nosotros cuidar la vida del Jefe de la Agrupación de Tropas del Sur y me alineo definitivamente junto al piloto escolta. Luego, en el vuelo de regreso a Cahama, pienso mucho en la valiente actitud de Polo.

Quedan unas 48 horas para el 26 de Julio y el aeropuerto de Cahama está prácticamente terminado. Nuestros MIGs pueden cumplir ahora sus misiones combativas por el suroeste sin tener que ir a reabastecerse en Luanda, lo que amplía su alcance hacia las posiciones principales del Ejército sudafricano en Namibia.

Al arribar a Cahama, escucho las experiencias de los fílmicos y periodistas recién llegados desde muchos puntos de las líneas del frente para el acto de inauguración de la segunda pista. Por la zona de la cortina de Ruacaná los sudafricanos inscribieron en piedra algo así como: «Los MIG-23 nos partieron el corazón» y era cierto el golpe al régimen del apartheid, aunque tampoco esta vez escribiéramos la buena noticia a casa, ni hiciéramos el recuento final de las jornadas vividas por toda esta geografía donde palpita la historia, contada con la urgencia de lo sucedido durante cada jornada. Después, algún día, habrá que narrar la verdad heroica de los hombres que aparecen en las estampas de papel, a quienes enfocamos y develamos por la expresión de la mirada y los rostros en el sur de Angola.

*Antonio de la Torre, camarógrafo de los Estudios Fílmicos de las FAR.

**Luis Alberto González Nieto, dirigente juvenil en el Kwatir, a unos 15 kilómetros de Menongue.

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