¡Camilo está en el llano! - Cuba

¡Camilo está en el llano!

En el aniversario 49 de la desaparición física del Señor de la Vanguardia, JR recuerda detalles de su exitosa campaña en los llanos aledaños a Bayamo

Autor:

Juventud Rebelde

Camilo Cienfuegos Gorriarán era en principio, como señalara el Che, un guerrillero indisciplinado, temperamental y travieso que fue madurando poco a poco hasta convertirse en uno de los más destacados y respetados combatientes del Ejército Rebelde.

Y se mostró tan intrépido y responsable en sus acciones, que el 31 de marzo de 1958 Fidel le confió la arriesgada misión de abrir un frente de guerra en los llanos aledaños a Bayamo.

No era cosa de coser y cantar. Ningún otro jefe guerrillero hasta ese momento había salido de las montañas —ya conocidas— para bajar a la planicie a combatir.

Al inicio la encomienda radicaba en apoyar la huelga revolucionaria del 9 de abril, pero luego todo cambió tremendamente.

En Bayamo estaba establecido el Puesto de Mando del ejército batistiano contra la Sierra Maestra, con unos 2 500 hombres bien equipados. Además, se destacaban el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, sede del escuadrón 13 de la Guardia Rural, y varios puestos en la región desde Bueycito y Guisa hasta Río Cauto y Jiguaní.

Agreguemos otro factor de dificultad: había un manojo de guerrillas audaces, aunque sin una dirección unitaria: las de Gerardo Hernández (Machado), Orlando Lara, Alcibíades Bermúdez, Idelfonso Figueredo, Carlos Borjas y Concepción Rivero.

Fidel, al explicar la decisión, dijo que el entonces capitán debía hacerse cargo de las operaciones en el triángulo Bayamo-Manzanillo-Las Tunas. También tenía que aunar las fuerzas de los grupos guerrilleros y de los insurgentes clandestinos del Movimiento 26 de Julio en la Ciudad Antorcha.

Con apenas 13 hombres descendió Camilo de las crestas para realizar aquella tarea de león: Osvaldo Herrera, Orestes Guerra, Walfrido Pérez, Rodolfo Vázquez, Alejandro Oñate (Cantinflas), Ramón López (Nené), Delfín Moreno, Agustín Benítez, Ramón Pérez, Santiago Rosales, Samuel Pardo, Cristino Naranjo y Walfrido Lara.

Pronto, mientras se deslizaba hacia los llanos con su pequeña tropa, empezó a sumar gente valerosa. Y en dos meses y medio de campaña por terreno liso creó nada más y nada menos que 19 campamentos y pasó por numerosos caseríos en una vasta zona desde El Jardín hasta Limones y Dos Ríos, en los que entabló hermosas amistades que perdurarían con el paso del reloj.

Las familias Peláez, Ramírez, Silva, Maceo, Verdecia, Capote y otras se unirían por siempre al Hombre de la Eterna Sonrisa y se convertirían en su sangre. Por eso no resultó extraño que, al desaparecer en aquel fatídico vuelo del 28 de octubre de 1959, algunos lo buscaran por esta región por si se había dado un «saltico» hasta acá. Tampoco es raro, por esa misma compenetración, que todavía hoy algunos de los que llevan esos apellidos en la comarca le coloquen velas y lo veneren como a alguien demasiado entrañable.

Comandante

El 16 de abril de 1958, en premio a su lealtad y capacidad, Camilo recibía el ascenso a Comandante, el más alto grado del Ejército Rebelde.

Varios de sus hombres, al enterarse de la noticia por Radio Rebelde, festejaron el acontecimiento como si hubiesen tocado el Himalaya.

Cuatro días después sobrevendría el ataque a la planta móvil de Bayamo, una instalación montada sobre rieles, traída para potenciar la generación que llegaba desde Santiago de Cuba.

¿Cómo aquel puñado de guerrilleros se las ingenió para atacar una ciudad desconocida y con tantos efectivos? Solo se necesitaban «agallas» como las de Camilo, no muy fáciles de encontrar.

El plan no se limitaba a atacar la guarnición que custodiaba la planta, situada cerca del local que hoy ocupa la terminal de trenes.

El jefe guerrillero, quien había hecho campamento en Casibacoa desde el 18, pensaba, según le explicó a Fidel más tarde, quemar el mencionado bloque generador después de tirotear los tanques de combustible. Pero además, en coordinación con hombres del 26 de Julio en Bayamo, pretendía sabotear la fábrica Nestlé, asaltar la Estación de Policía —en la calle Máximo Gómez— y el servicentro de la salida hacia Holguín.

De esas acciones solo se ejecutó el ataque a la instalación eléctrica, pasadas las 11 de la noche del 20 de abril.

El insurgente Osvaldo Herrera narró de esta manera el capítulo en su Diario: «Se divisaban como a 300 metros los tanques de petróleo de la Planta Eléctrica Móvil (...) A fin de estudiar la ubicación del enemigo, se escuchó en el silencio de la noche, el repiquetear de la Thompson del Comandante. Casi al unísono abrimos fuego nosotros. No habían transcurrido quince minutos cuando siento a mi espalda la voz de Nené, que me dice que mataron al Gordo. Se refería al teniente Amado Estévez, residente en Cueto, Barajagua. Cayó acribillado a balazos en la Ciudad Monumento. Una víctima más en esta lucha por la libertad».

La operación provocaría un alboroto en los miembros del ejército batistiano, quienes se asustaron al comprobar con alarma la realidad: había bajado un Comandante de la Sierra para tirotearlos sin miedo, en plena ciudad.

El Señor de la Vanguardia, al dar parte a Fidel explicó que el plan no se pudo realizar en su totalidad, que al parecer los tiros no penetraron los depósitos de petróleo, lo cual imposibilitó quemar la planta. «No pudimos recoger armas debido a que aquello estaba muy alumbrado y peleamos al descubierto», reconoció con franqueza.

Pese a esa lucha a plena luz, el ejército tuvo, según indagaciones posteriores, 18 bajas, entre muertos y heridos.

Flores al maestro

Las huestes de Camilo sostendrían otros combates en su campaña en el llano, como la conocida acción de La Estrella. El 4 de mayo de 1958, en ese sitio, cientos de hombres de Batista atacaron el campamento de Camilo, lo que dio lugar a un encarnizado enfrentamiento de varias horas. A los agresores les faltó valor para el asalto final y se retiraron.

Un campesino de ese caserío al oeste de la Ciudad Monumento diría, al contar el pasaje, que parecía que en La Estrella el mundo se acababa; mientras Camilo refirió que para ninguno de los dos bandos los mangos estuvieron muy bajitos.

Otras acciones de la tropa barbuda, aunque de menor envergadura, tuvieron como escenarios la finca San Joaquín y el caserío nombrado Paradero de Fidel.

El 22 de mayo de 1958, con apenas 25 guerrilleros, el Hombre del Sombrero Alón penetró en Bayamo nuevamente para atacar una patrulla que realizaba recorridos por las calles. Por algunos imprevistos —exceso de alumbrado y patrullaje con carros— no se efectuó el ataque. Pero llegar hasta ese punto supuso un peligro extremo; además, con el río crecido repentinamente, la retirada tuvo que realizarse por callejuelas, rumbo al noroeste.

Pero quizá el episodio más llamativo de esos días tuvo lugar el 13 de junio de 1958, cuando Camilo y algunos de los suyos, sorteando incontables peligros, fueron hasta Dos Ríos para rendir tributo a José Martí en el mismo lugar donde había caído combatiendo de cara al sol.

Los rebeldes, solemnemente, le pusieron flores y una bandera tricolor al obelisco que señala el sitio exacto donde el Apóstol derramó su sangre por Cuba.

Al escribirle a Fidel, el Comandante Cienfuegos le narraría cuán abandonado estaba ese lugar sublime de la nación y le subrayaría que en un futuro cercano el Maestro no estaría rodeado de yerbas y malezas. La profecía, no mucho después, se cumplió.

El 18 de junio, luego de una campaña fructífera que puso en jaque a la tiranía, el Señor de la Vanguardia era llamado por el Comandante en Jefe. Se preparaban entonces encarnizadas y decisivas batallas en la Sierra Maestra.

Al marcharse a la montaña él dejaba en las frentes de personas humildes un beso o una caricia; dejaba para la eternidad su sonrisa y sus maldades ocurrentes; dejaba un halo sencillo pero magnetizador que todavía ahora hace exclamar: ¡Camilo está en el llano!

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