Cuando matar era un oficio

Hace 50 años que la dictadura de Batista ordenó y consumó la masacre de 22 hombres en el poblado pinareño de Cabañas, hoy perteneciente a la provincia de La Habana

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A la extrema izquierda, Gonzalo Álvarez, quien mira la tumba donde yacen dos hijos y el yerno. «A 50 años, no he olvidado la escalofriante masacre de Cabañas, un poblado de Pinar del Río, la provincia donde nací el 17 de octubre de 1939, aunque en Cabezas, hoy municipio de Minas».

René González Novales, combatiente de la lucha clandestina y del Ejército Rebelde, «El Rubio», hace una pausa, busca unas fotos entre algunos documentos y comenta que se ve obligado a hablar de aquel horror.

«Puede llamarse también “pesadilla”. Fue uno de los crímenes más horrendos del régimen batistiano en el occidente del país. El 20 de noviembre, y a partir de ese día, se desató la saña del ejército y la policía sobre un grupo de personas, trabajadores muy pobres la inmensa mayoría.

II

Cuenta René, teniente coronel jubilado de las FAR, que el 16 de noviembre de 1958, a las tres de la tarde, el capitán guerrillero Rogelio Payret Silvera «Claudio» reunió a sus hombres y les planteó cómo iba a ser la emboscada.

«Nos situamos en una curva en forma de “S” conocida por La Vigía, en el kilómetro 33 del circuito norte, en las cercanías de Cabañas. Caía la tarde y éramos 32 compañeros armados».

El propósito de la acción era golpear «a una decena de sicarios y esbirros que llenaban de abusos sus expedientes militares. Andaban en dos carros y pertenecían al Servicio de Inteligencia Militar (SIM).

«Siempre seguían muy de cerca la trayectoria del ómnibus de la ruta Guanajay-Bahía Honda. Ocupamos posiciones de tiro en una elevación de tierra y rocas de unos cuatro metros de altura.

«Cuando se viera el ómnibus aparecer, alguien daría la voz de alarma acordada: “¡Ahí viene la guagua!”, y dos compañeros colocarían un jeep en medio de la carretera, bloqueando el paso, para obligar al vehículo —y a los dos carros del SIM— a detenerse, con sus diez efectivos dentro.

«A las 10:05 de la noche se reconoció el acercamiento del ómnibus y Basilio Gutiérrez, “El Habanero”, y “Lele” Lugo, atravesaron audazmente el jeep en la vía. La maniobra tendría que hacerse en forma rápida, pues solo a cinco kilómetros estaba el cuartel de la Guardia Rural de Cabañas.

El capitán rebelde Rogelio Payret fue el jefe de la tropa que puso la emboscada al SIM. «El carro más cercano de la guagua iba a unos 50 metros de ella; y el otro, a 15 metros del primer auto, ambos como “custodios” del ómnibus. El capitán Rogelio Payret abrió el fuego, que pronto se generalizó. Siete efectivos del SIM murieron en el acto, mientras dos y el asesino “Piel Canela” lograron escapar, heridos.

«Nuestra tropa rebelde marchó rumbo al campamento de Bocú, cruzamos El Rubí, hacia El Cuzco, pasamos El Taburete y al amanecer pernoctamos en Las Peladas de Cayajabos, sitio al descubierto que el enemigo ni siquiera sospechó».

III

«La reacción de la tiranía fue más feroz que nunca como represalia contra el golpe. Lo primero fue el bombardeo de zonas campesinas de El Rubí, El Mulo, El Cuzco y otros sitios.

El coronel Evelio Miranda Rodríguez —connotado verdugo batistiano— jefe del 6to. Distrito Militar Rius Rivera, de Pinar del Río, envió telefonemas urgentes a los jefes de escuadrones del SIM, al Servicio de Inteligencia Regimental (SIR) y al jefe provincial de la Policía.

«Ordenó a los comandantes Jacinto Menocal, jefe del Escuadrón de San Cristóbal, y a Esteban Pérez Pantoja, jefe del Escuadrón de Guanajay, así como al asesino capitán Leovigildo Iturriaga, jefe del Escuadrón de Bahía Honda, “arrasar con todo sospechoso de ser revolucionario”.

«Un total de 200 efectivos se lanzaron contra Cabañas, entre ellos los 50 masferreristas (matones del asesino Masferrer) de El Cangre, cerca de San Diego de Núñez, con la misión de “dar un escarmiento, aterrorizar y matar a la población indefensa”».

IV

«A la llegada del comandante del Ejército Rebelde Dermidio Escalona Alonso, procedente de la Sierra Maestra, en julio de 1958, para formar oficialmente el Frente Guerrillero de Pinar del Río, el grupo encabezado por Rogelio Payret Silvera, “Claudio”, era la única fuerza revolucionaria que permanecía alzada en armas en las montañas de la provincia.

«Nuestra tropa ocupaba desde San Cristóbal a Las Pozas, por el oeste, y por el este hasta los límites de la antigua provincia de La Habana, entre Guanajay y Caimito».

Aclara también nuestro entrevistado que el grupo de combatientes al que él pertenecía, se formó cumpliendo órdenes de la Sierra Maestra, para contribuir a consolidar un nuevo baluarte y crear condiciones adecuadas a las fuerzas invasoras rebeldes cuando llegaran a las estribaciones de la Sierra de los Órganos.

«Operamos en distintas zonas y constituimos campamentos en la Loma de El Rubí, en Bocú, Las Ánimas, Oleada, Ordúñez, la Loma de la Fruta, San Agustín, San Francisco, El Cuzco, La Ruina y otros sitios en pleno lomerío de la serranía pinareña.

«Aprovecho para dar un dato curioso: en El Rubí, el Lugarteniente General del Ejército Libertador de Cuba, Antonio Maceo, con solo 500 hombres, derrotó a varios miles de efectivos españoles, encabezados por el sanguinario Valeriano Weyler, acompañado por algunos generales como Suárez, Inclán, Bernal, Echagüe y otros. Weyler, creador de la Reconcentración, estuvo en esa batalla a punto de ser capturado por Maceo.

«Nuestra gente, bajo las órdenes de Payret, ocupaba el territorio de la denominada Región 2 del Movimiento 26 de Julio en Pinar del Río. En ese momento yo tenía 19 años y él 20.

«Fueron 22 —evoca René— los hombres asesinados en Cabañas hace 50 años. Los militares estaban encabezados por el capitán Leovigildo Iturriaga, el teniente Armando Casola, los sargentos Capó, Julián Hernández y Pedro de la Carrazana, los cabos Lara y Cándido Cordero Díaz y el soldado Papito Rivero. Todos, como sus jefes, fueron unos monstruos.

«Compitieron entre sí para ver quién utilizaba los métodos más bárbaros y quién mataba a más jóvenes y trabajadores indefensos e inocentes.

«Entre los muertos había cuatro conjuntos de hermanos, tres pares y un trío: Juan y Enrique Pérez Ledesma; Domingo y Vicente Álvarez Núñez; Bernardino y José Isabel Miranda Aguirre, y Leandrino, Modesto y Leovigildo Trujillo Negrín.

«De los 22 mártires, 14 eran jóvenes; cuatro mayores de 40 años, sin llegar a los 50, y cuatro mayores de esta edad.

«A Leovigildo Trujillo Negrín le ataron un pie a un árbol, y el otro a la defensa de un jepp que echó a andar, partiéndolo brutalmente en dos. Su cadáver jamás apareció. A Gonzalo Rivero Miranda le abrieron la cabeza en dos mitades, de un violento machetazo, luego de haberlo torturado en forma salvaje.

«A Regino Ramos Ramos (“Guane”) le amarraron un alambre de púas alrededor de la cintura, haciéndole un siniestro “tortor” con un trozo de madera dura, hasta reventarlo y provocarle la muerte, en plena lucidez. Lo sepultaron a flor de tierra, a merced de las tiñosas.

«A los hermanos Bernardino e Isabel Miranda Aguirre, les dieron tantos golpes, que dio mucho trabajo reconocerlos después. Aparecieron tirados en un chucho de caña, entre San Claudio y Recompensa, a cien metros de la carretera.

«Isidoro Roque Cordero, Roberto Nodarse Blanco, Francisco Rodríguez Valdés (“El Tabaquero”) y Modesto Trujillo Negrín fueron ahorcados luego de sacarlos de sus domicilios, delante de sus familias, en Cabañas. Los verdugos del capitán Iturriaga los despojaron del dinero que tenían en los bolsillos y de cuantos objetos de valor poseían».

V

«Los criminales sacaron a sus víctimas del Cuartel de Cabañas, vestidos de uniforme, para que nadie se diera cuenta de lo que preparaban. Después, en la soledad de los montes, los ahorcaron y los enterraron en lugares apartados. A Isidoro Roque Cordero le robaron 70 pesos que tenía. El cadáver de Francisco Rodríguez Valdés apareció totalmente desnudo y horriblemente mutilado: con las manos atadas, vivo, le cortaron los testículos y se los amarraron al cuello.

«En la finca Guasimal, en La Cañada de El Chivo, se encontraron dos fosas, con siete cadáveres. El hallazgo fue hecho por los hermanos Jesús y Narciso Portales, campesinos de la región. Eran tumbas ocultas, mal cubiertas de tierra. Es muy triste saber que una mujer, Evarista Roque Cordero, encontró entre los cadáveres a su esposo Domingo Álvarez Núñez y a su hermano Isidoro. Y también es doloroso conocer que uno de los desenterradores —ya al triunfo de la Revolución—, era Gonzalo Álvarez, quien tenía a dos hijos entre los muertos, Domingo y Vicente, y a un yerno.

René González Novales no olvida aquella masacre de Cabañas. «A Marcos Antonio Lafá lo llevaron al cuartel de Cabañas y dos días más tarde fue torturado y asesinado. Y a Hugo García Lombillo lo asesinaron en el puente de El Bongo y lo tiraron al río, metido en un saco de yute.

«También fueron torturados y ahorcados Pedro Torres Conde, Carmelo Barrios Montes, José Trujillo Rodríguez, Octavio Campos Concepción, José Benito Díaz y Celestino Moreno Fiallo, nombres que completan la cifra de 22 asesinados.

«Aquella masacre no podrá ser olvidada; ellos fueron una parte de los más de 20 000 cubanos asesinados por la sanguinaria dictadura de Batista, concluyó René.

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