La Revolución Cubana no olvida a ninguno de sus hijos

Esther María La’O Ochoa tras 18 años en esa institución y 40 en este tipo de enseñanza, siente que entre sus alumnos palpitan las ansias de luchar y vivir

Autor:

Margarita Barrios

Esther María La’O Ochoa, para todos Teté. La primera impresión no le resultó fácil. «¡Eran tantos niños en sillas de ruedas!». Pero ya no le sucede así; ha aprendido con ellos que son iguales a los demás y que hacen cosas maravillosas. «Ellos se dan ánimo para vivir y luchar, para ser mejores personas».

Así recuerda Esther María La’O Ochoa su llegada a la Escuela Especial Solidaridad con Panamá. Era el 8 de noviembre de 1992 y han pasado 18 años. Teté, como todos la llaman, lleva 40 años de trabajo en la Educación Especial y de estos 38 dirigiendo centros de esa enseñanza.

«A veces las lágrimas me vienen a los ojos. Eso ha pasado aquí. Hemos tenido días tristes en la escuela, cuando ha fallecido algún niño, pero los momentos alegres son muchos más.

«Nadie es capaz de imaginar cuántas potencialidades tienen mis niños, como yo les digo; mi escuela, como yo le digo; mis maestros, mis trabajadores. Algunos me lo critican, porque dicen que soy posesiva, pero no es así; es que tengo sentido de pertenencia y eso me hace trabajar mejor».

—Debe ser complicado dirigir una escuela nacional, interna y seminterna, con niños que a veces no tienen familia que los atienda debidamente.

—Es una escuela muy compleja, de detalles, que siempre tiene niños. Aquí no se puede olvidar una planta, una pinturita, un pasillo bonito, porque esta es su casa.

«Un día, un alumno de preescolar pasó una crayola por la pared y llamó la atención. Hemos logrado el sentido de pertenencia en todos, estudiantes y trabajadores, porque le hemos puesto alma, corazón y vida a esta obra.

«Si los alumnos están lejos de su hogar, aquí tienen que sentirse bien y tener una alimentación adecuada; no platos exuberantes, pero que la comida se elabore bien. Además, y muy importante, que reciban el trato que merece todo niño. Aquí se respira respeto, disciplina, amor.

«No hay cosa más bonita que el maestro llegue por la mañana y encuentre una escuela organizada.

«Cuando cumplimos diez años, Fidel nos mandó una carta en la que decía que una escuela como esta, con estudiantes y trabajadores como los nuestros, demuestra por qué vale la pena hacer Revolución. Esas palabras nos dieron ánimo para seguir. El próximo año cumpliremos 20, y la escuela sigue igualita a como comenzó».

La experimentada directora de Solidaridad con Panamá asegura que es maestra por vocación: «Soy Makarenko. En 1963 estuve en Minas del Frío y luego hasta 1965 en Topes de Collantes. Había entonces una crisis de maestros en la capital —parece que eso es cíclico— y seleccionaron a un grupo, entre ellos yo. También fuimos maestros emergentes.

«Yo te digo que vale mucho la voluntad que tengas. Soy guajira, de la Sierra Maestra, de una familia muy humilde. Empecé en Minas con sexto grado, y me hice licenciada.

«Aproveché la oportunidad que me dio la Revolución, y he ido escalando peldaños en la superación; no me quedé estancada. Todos los días me acuesto leyendo un libro, el periódico... sigo tratando de ampliar mis conocimientos para no quedarme ahí».

—¿Cómo fue su encuentro con la profesión?

—Nada fácil, hubo muchísimas incidencias; nos decían «macarrones», y éramos igual que los maestros de ahora en formación, tan jóvenes como los alumnos.

«La mayor parte éramos campesinos. Yo había trabajado en el campo con siete años y eso define el carácter. Además, en Makarenko nos llevaban muy recio; eso se criticó, pero nos enseñó a ser disciplinados».

—¿Cuántas horas dedica al trabajo?

—Muchas horas de mi vida. Cuento también con un Consejo de Dirección estable, que lleva 18 años conmigo; eso es muy importante. Nosotros, por ejemplo, el 31 de diciembre lo pasamos aquí, con los niños sin amparo filial. Con la familia cenamos el día 1ro.

«¿Hay un ciclón? Pues estamos aquí. Y no es solo Teté, sino el Consejo de Dirección, los trabajadores. El que tiene un problema está en su casa, porque hay que ser flexible».

Teté está orgullosa de su familia. Tres hijos y cuatro nietos. «Yo digo que son sobrinos, porque le tengo pánico a la vejez. Todos saben que cumplo años el 8 de diciembre, pero nadie sabe cuántos», dice sonriente mientras toma una tacita de café, una de sus «debilidades».

«Vivo con mi hija, mi yerno y uno de mis nietos. Los otros hijos son varones, viven cerca y me visitan con frecuencia. Me gusta conversar con ellos de política internacional, oír música, ver la telenovela, almorzar en familia... Esas son mis aficiones».

—¿Cómo es el vínculo de sus hijos con esta escuela?

—Imagínate, yo llevaba los niños a la casa. Ellos se adaptaron desde pequeños a verlos con las prótesis. Al principio les daba un poco de temor, pero luego me preguntaban cuándo los llevaría de nuevo a jugar.

—Ser mujer y dirigente no resulta fácil.

—Aquí dicen que soy «una tuna», que no soy fácil. Pero yo no regaño a nadie que haga lo que tiene que hacer. Claro que no soy la misma que comenzó en los 70; entonces yo era una «extremista». El dirigente no nace, va aprendiendo con los errores.

«Estos son tiempos de batalla de ideas, de trabajo político y de convencimiento, porque el maestro no es un robot. Hay que tener comprensión, pero sin resquebrajar la disciplina laboral».

—Trabaja también frente al aula.

—Imparto Historia de Cuba, y asumo cualquier clase si me falta un maestro. No soy buena para las ciencias, lo reconozco; cada cual debe saber hasta dónde puede llegar.

Teté es campechana. Recibe siempre a la prensa con una sonrisa y brinda lo que tiene, como si visitáramos su casa. Nos muestra los trabajos de los alumnos, la nueva peluquería... Está orgullosa de cada detalle.

Para algunos visitar esa escuela resulta difícil. Ver el dolor tan de cerca, y tratándose de niños, el tema se hace más conmovedor. Sin embargo el centro tiene muchos amigos que la visitan con frecuencia. «Aleida Guevara, la hija del Che, no puede faltar en esta entrevista», enfatiza Teté.

«El Estado nos da lo que necesitamos, pero no es un secreto para nadie que tenemos muchos amigos en el mundo, que colaboran con nosotros. También vienen muchos visitantes; aquí estuvieron, por ejemplo, la Reina de España y el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter.

—¿Y la relación con los familiares de los niños?

En la escuela hay muchos momentos alegres, como la celebración de los 15 años de sus alumnos. Foto: Angelito Baldrich —Los padres a veces son un poco complicados, aunque yo me quito el sombrero delante de ellos. Ahora hay una matrícula de 110 muchachos, pero yo los tengo un pedacito de la vida, ellos los tienen para siempre.

«Ninguna familia está preparada para recibir un niño con discapacidad. Al padre hay que formarlo, ayudarlo. Cuando se pone bravo hay que educarlo, hay que decirle que la obra no es perfecta.

«Aquí tenemos alumnos, por ejemplo, con distrofia muscular progresiva, que es una enfermedad incompatible con la vida, fallecen entre los 15 y 20 años de edad. Esos padres están marcados para siempre.

«Mi sobrino nieto nació sin brazos. A partir de ahí consideré más a los papás, porque la familia se distorsiona. A veces la madre se olvida de que es mujer para atender a su niño, y viene el divorcio. Entonces es ella sola, o la abuela que se hace cargo del menor».

—¿Hasta qué grado escolar está el niño en este centro?

—Esta es una escuela de tránsito, y se prepara al niño y a la escuela que lo va a recibir a convivir con las personas «capacitadas», aunque para mí todos tenemos una discapacidad; yo no sé bailar y quizá tú no sabes cantar. No somos perfectos.

«Casi siempre los niños del campo transitan en noveno grado, porque a veces los centros escolares les quedan lejos de la casa, pero hay otros que pueden pasar antes, a los que se les ponen prótesis; cuando aprenden a caminar con estas no hay motivo para tenerlos aquí.

«Luego les hacemos un seguimiento durante toda su vida escolar. Ahora hay dos en la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI) y uno estudiando Medicina. Verónica ya es abogada, y tenemos instructores de arte y otros cursando el preuniversitario.

«También los hay casados y con hijos; hasta me han traído aquí a sus nietos. Claro que no todo es color de rosa; no todas las provincias trabajan igual, pero en su gran mayoría los que transitan piden la continuidad de estudios, y por suerte vivimos en una Revolución que no olvida a ninguno de sus hijos. Ellos pueden hacer lo que su voluntad y capacidad les permita».

—¿Qué le falta por hacer en esta escuela?

—Me gustaría una cocina más bonita. Está pintadita, arregladita, pero tiene unos fogones...; eso me falta por hacer. Lo otro es pintar la fachada, que no se corresponde con lo que ves cuando entras.

«Trabajamos con las clases de televisión de Primaria y Secundaria, pero imagínate un alumno que escribe con los pies, o tiene deformadas las manos, no puede seguir el ritmo del profesor de la televisión. Aspiro también a tener los programas para ellos.

«También estamos trabajando para que todos los maestros del centro hagan su maestría. Hay algunos que no quieren, porque son mayorcitos, pero aspiro a que todos sean investigadores, porque en este tipo de enseñanza es muy importante.

«Cuando tienes un defecto primario y se hace un buen trabajo, te evitas el secundario y el terciario; eso se llama trabajo preventivo. Aquí no puedes “tirar piedras”; tienes que ser un profesional de la educación.

«Hay que aprender los aspectos psicológico y pedagógico; aunque no eres un médico debes conocer las patologías, y además atender a la familia. Son muchas las aristas, y para todas es necesaria la investigación».

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