Revolución, esa mujer de ojos limpios - Cuba

Revolución, esa mujer de ojos limpios

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«¿Qué dejó sembrado en ti la Revolución?», se nos ocurrió preguntar desde el sitio web de Juventud Rebelde, a través de nuestros correos electrónicos y de diálogos rostro a rostro

Por aquellos que nos dejaron la llave de los primeros paraísos y descifraron por nosotros los jeroglíficos de los inescrutables Por todos los que lucharon y nos enseñaron a luchar Por quienes entregaron huesos y sueños como disculpándose Por los que no ambicionaron más gloria que su pobre intemperie sin amparo Por aquellos que se abismaron ante la maravilla y se reconocieron en sus llamas digo estos versos. Versos de Gustavo Pereira, venezolano. Premio Nacional de Literatura, año 2000.

Revolución es nombre de mujer. Por eso, al mencionarla, algunos se la figuran como una novia, como la mirada distinta, como la Vida, como el calor de las faldas de una madre que se entrega bordeando el agotamiento, pero sin rendirse... Si un pintor tratara de apresarla en trazos, tal vez la dibujaría con cara redonda, con parte de su faz al sol, retadora y amorosa; y con otra a la sombra de la quietud, el pensamiento, la memoria y la nostalgia.

De seguro sus ojos serían muy limpios, almendrados y brillantes como los de una novilla —tal vez de uno de ellos correría una lágrima pura—; y en algún lugar de su túnica, como un lazo que se transparenta, aparecería la bandera nuestra, y en medio del pecho, abierto, el corazón sería un puñado de palmas, de aguas cristalinas, dulces y saladas, de pájaros que buscan lo alto, se precipitan y vuelven a ascender en carrera agitada, agónica, estremecida.

«¿Qué dejó Ella sembrado en ti?», se nos ocurrió preguntar desde el sitio web de Juventud Rebelde, a través de nuestros correos electrónicos y de diálogos rostro a rostro. Porque tenemos la certeza de que, quienes han vivido y viven la experiencia de la Revolución Cubana nacida en enero de 1959, difícilmente puedan desprenderse de su impronta, con todos sus matices, sentidos, dolores, alegrías, terquedades, y esperanzas.

Así fue como nos llegaron disímiles historias, de las cuales queremos compartir algunas con los lectores-protagonistas.

Nos llegó la confesión del joven matancero Ernesto Bermúdez, quien trabaja en Relaciones Públicas de la Sucursal CIMEX en Matanzas. «Haciendo un recuento de mi vida —dijo— puedo afirmar que la Revolución Cubana lo que mejor ha sembrado en mí es ser revolucionario, desde todas las aristas y conceptos que encierra la palabra».

Habló de sus abuelos: uno, «trabajador de la Esso Standar Oil norteamericana y conocedor de la explotación imperialista a nuestro pueblo», quien en 1959 pasó a laborar en el Instituto Cubano de Petróleo, y estuvo allí durante más de 40 años, hasta su retiro. Fue miliciano y se movilizó durante los días de la Crisis de Octubre. El otro abuelo dedicó sus mejores años a la fundición y fue machetero en la zafra del 70. De ambos descienden los padres de Ernesto: su madre, maestra; y su padre, violinista de la Orquesta Sinfónica de Matanzas.

«Esta es la familia que la Revolución me ha sembrado, orgullo que siento de que así sea», escribió Ernesto, quien se considera un «logro de la medicina y la educación cubanas», porque a la altura de sus siete años fue operado de un linfoma que incluyó tratamiento con sueros altamente costosos, algo que el país puso en sus manos a pesar de que el ingreso en un hospital pediátrico de la capital duró nueve meses y transcurrió en una temporada dura, de apagones literales, y también del ánimo: de 1992 a 1993.

Desde hace 15 años Ernesto está curado. Pudo graduarse del primer curso de Maestros Emergentes, y como licenciado en Comunicación Social. Siente que la Revolución ha sembrado en él patriotismo, amor a la humanidad y a la obra de quienes le antecedieron. «No somos perfectos —ha dejado claro—, pero nos corresponde a todos hacer “nuestro socialismo”».

También de Matanzas, Frank Ozete García, nacido el 24 de febrero de 1959, compartió su percepción, según la cual «sería altamente difícil sintetizar qué ha dejado sembrado la Revolución en la individualidad de cada hombre o mujer de nuestro país, pero creo que a muchos nos bastará con decir que: el sentirnos más dignos de ser cubanos; el haber aprendido a amar por sobre todo a nuestra historia; amar y respetar justos ideales; reconocer que todos tienen derechos, pero también deberes; que muchos podrán equivocarse o cometer errores, pero la Revolución —porque es del pueblo, porque es de masas— nunca se equivocará».

En junio de 1956 nació el cubano Luis Manreza Peñalver, para quien la Revolución Cubana ha significado su vida entera. No olvida que él vio la luz del mundo unos meses antes del desembarco del Yate Granma, en un hogar de campesinos pobres, «por demás negros». Si las cosas no hubieran cambiado, tiene la convicción de que fuera un Don Nadie, y no hubiera podido llegar a la Universidad, ni hacer una carrera militar durante 30 años, ni alcanzar grados militares de primer oficial, ni conocer de ciencias penales y sociales, ni tener una familia cuyos dos hijos son profesionales (uno ingeniero agrónomo y la otra licenciada en Comunicación Social).

«La Revolución lo es todo para mí —afirmó—, y tengo un eterno compromiso con ella, con Fidel, con Raúl, con toda la dirección de la Revolución, con todo el pueblo. Tengo un compromiso particular con mis seres queridos, que ya no están físicamente: mi papá, mi mamá, mi hermano, que murió en Angola en el año 1979, también con mi esposa y por sobre todo, con saber que tenemos que cuidar esta Revolución».

Imágenes

A la altura de sus 28 años, Leivys Enrique García García, de Ciego de Ávila —quien labora en el Instituto Superior Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, es licenciado en Educación, especialista en Biología y profesor instructor—, siente que la Revolución ha sembrado en él impresiones muy fuertes, entre ellas «la llegada de los restos del Guerrillero Heroico, y el recibimiento hecho por Fidel en su discurso», así como momentos inolvidables de la política exterior de la Isla.

En enero de 1959, el cubano Orlando Rodríguez se empinaba desde la inocencia de sus nueve años. «Ahora tengo 59; soy de la generación que ha vivido bajo el bloqueo; la que en los años de adolescencia empuñó el fusil y la mocha; la de los zapatos plásticos y pantalones de caqui; la que oyó a escondidas a los Beatles; la de las grandes escaceses; con sueños que aún no se han cumplido, pero se cumplirán, de eso estoy seguro. La Revolución para mí lo es todo; es sobre todo el amor, es la esperanza, es mi vida, mi novia; sin ella no sabría vivir; solamente estaría dispuesto a alejarme de ella si tuviera la posibilidad de ir a otro lugar a hacer una igual».

Lourdes de los Santos, documentalista del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), expresó que todo lo que ella es se lo debe «en exclusivo a la Revolución; ella me formó como profesional y me hizo un ser humano mucho mejor. Esas cualidades intrínsecas al cubano, de la solidaridad, la hermandad entre los pueblos, el altruismo, no solamente me sirven de ejemplo para seguir adelante en mi vida, sino que también me hacen sentir orgullo de ser cubana. Agradezco cada día, cada año de la Revolución, y quisiera que nunca escape ese halo de utopía devenida realidad que la marca».

Ante los ojos del teórico de la comunicación y realizador de productos audiovisuales, Vicente González Castro, la Revolución ha pasado «como un mosaico surrealista donde han convivido las experiencias más diversas». Para su familia humilde, el suceso histórico fue «el color que le hacía falta a las imágenes de su vida; se rompió de golpe la rutina nuestra de cada día en busca del sustento que mi padre conseguía en dos trabajos a la vez, uno de día y uno de noche, bien mal pagados, y que mi madre ayudaba a conseguir pintando uñas en mi propia casa, donde apenas se podía caminar o ir al baño cuando ya había tres clientes en espera.

«La Revolución los convirtió de extras de aquella vida social, en protagonistas: fundaron los CDR, fueron milicianos, estudiaron el sexto y luego la Secundaria, combatieron en Girón y en el Escambray, organizaron la cuadra y el barrio, militaron en el Partido, y ese fue el sentido de sus vidas hasta que dejaron este mundo».

Con ese indudable talento para componer y compartir imágenes, Vicente contó: «Yo tenía 11 años, había vivido la persecución de familiares en la clandestinidad, el horror de las sirenas de las perseguidoras en las madrugadas, el pánico al encontrar los bonos del 26 entre el alpiste que debía servir a los pájaros cuando por la puerta pasaban las parejas de policías.

«Después sucedieron cosas, todas montadas en secuencias tan rápidas, que a veces no tenía tiempo de digerir unas cuando ya las otras se superponían abruptamente para dejar una impresión mejor o peor.

«(...) Fui a alfabetizar, a recoger café, me separé de mi familia por primera vez y juré que nunca más lo haría, pero tuve que hacerlo muchas veces después; mis juegos de soldaditos de la infancia se hicieron realidad cuando ingresé en las milicias y tuve que arrastrarme con un radio ruso a la espalda que pesaba más que yo a mis 18 años, con las escasas 95 libras, (...) corté caña quemada a pleno sol, (...) cambié tubos de regadío en medio de la madrugada helada con el agua a las rodillas, sembré cítricos (...), fui a Etiopía, a un lugar donde las cosas todavía no tenían nombre.

« (...) Lloré en la Plaza por las víctimas del crimen de Barbados, y lloré también por el Che, busqué a Camilo desaparecido frente a la pantalla de mi televisor en blanco y negro, de madera carcomida por el comején. Vi en ese mismo televisor a vecinos destrozados por la explosión de La Coubre, (...) Vi regresar a Elián del brazo de su padre (...). Llevé a mis hijos a los campamentos de pioneros, y a las escuelas al campo, empleé cientos de domingos en llevar golosinas a donde la suerte los llevara, despedí al varón cuando el llamado del Servicio Militar, fui a la discusión del doctorado de mi hija.

«Dije adiós a decenas de amigos que se fueron esperanzados de esta tierra y los encontré, andando por el mundo, sin esperanzas y sin tierra. Supe de algunos que nunca llegaron, de otros que no han podido irse, de los que se fueron y son felices con un carro del año, pero lloran cuando oyen su himno en la premiación de unas Olimpiadas; los he visto maldiciendo muchas cosas, pero reconociendo nuestra cultura, nuestra naturaleza, nuestra educación, nuestro profesionalismo.

«Y todo lo que vi se metió por ósmosis en cada tejido, en cada célula, y está en todo lo que escribo y hago, en todo lo que pienso y digo, en todo lo que defiendo a veces demasiado enfáticamente, en cada clase que doy ante un auditorio de extranjeros que a veces poco conocen de mi tierra. Todo lo que vi, todas las alegrías y las tristezas, me hacen regresar siempre a mi Cuba, a mi Habana a criticar lo malo, a defender lo bueno, a hacer la diferencia».

Cicatrices, amores, gratitud

Lucía Huergo, saxofonista y compositora cubana, tenía ocho años cuando la victoria definitiva de los rebeldes. A ese parteaguas en la historia de la Isla, y a todo lo que sucedió después, ella siente que le debe todo lo que es en el universo de la música, porque su ascenso en los estudios fue posible en la medida que crecía la Revolución.

Nos llegó el mensaje de un hombre que al asomarse al espejo de su memoria se vio niño. Agustín Bejarano, artista plástico, se miró en los primeros años de su existencia, «planchando (...) cartucho para dibujar, o uniendo pelos de una brocha maltrecha para hacer pinceles finos; en ese momento lo hicimos muchos que amábamos hacer arte. Ahora el niño aquel creció y no crean que su visión de hacer arte cambió mucho. Hace poco llegué a una tienda a comprar materiales de pintura, óleos, pinceles, buenos lienzos y barnices, y posteriormente, al contemplar la obra terminada, me di cuenta de que no usé nada de esos sofisticados materiales: pura tierra contaminada, piedra cernida, pulpas de papeles diversos y pegamento, inundaron una lona cruda. Como pinceles, los dedos de las manos, y quizá un cuje. Mi corazón latía apresuradamente por saber que la obra iba surgiendo orgánicamente, sin tropiezos ni artificios.

«Cuando me he preguntado —nos escribió— cómo sería el modelo de taller para crear mi obra, pienso en toda Cuba, en la nobleza de su pueblo, en su rica y auténtica historia, construida con amor y valentía, desde la resistencia... Esa energía es insustituible».

Para Viengsay Valdés, primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba, «es un gran honor» saber que «la Isla ocupa un lugar cimero en el mundo del ballet. Expreso mi mayor reconocimiento a la Revolución por haber apoyado, desde un principio, nuestro Ballet Nacional. Mirando nuestra Compañía, allí perdura el ejemplo de Alicia, del maestro Fernando Alonso y todos los que después de ellos han enriquecido y transmitido las virtudes y el encanto de esta escuela hoy admirada en todo el mundo. Yo recibí ese terreno abonado por las experiencias y los éxitos de mis antecesores».

Elizabeth Palmeiro, esposa de Ramón Labañino, uno de los cinco compatriotas que guardan injusta prisión en Estados Unidos por defender a nuestro país del terrorismo, nació siete años después del triunfo revolucionario. Se considera un «fruto neto» de lo que ha sucedido en Cuba después de 1959. «Crecí feliz, despreocupada, querida y cuidada entre los juegos y estudios a los que tenía derecho sin que tuviera que pagar —nos confesó ella—; recibí todas las atenciones médicas necesarias sin que les costaran un centavo a mis padres; viví y crecí con humildad, pero feliz de tener los mismos derechos, sabiendo que de mi esfuerzo y dedicación dependería el futuro.

«Hoy la familia que formé vive los mismos derechos con los que yo crecí; mis hijas han sido y son pioneras, militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas. Yo usé los mismos atributos y uniformes. Si no existiera esta Revolución, difícilmente ellas hubieran tenido lo que yo tuve de niña, y por eso me siento tranquila».

Una mujer tremenda llamada Irma Sehwerert, madre de René González, otro de nuestros Cinco Héroes, recordó su suerte de haber crecido escuchando las historias de su abuelo sobre las luchas contra las dictaduras de Gerardo Machado y de Fulgencio Batista y sobre las esperanzas depositadas en el ideario de Eduardo Chibás. «Fui testigo de cómo la escoba de mi casa sirvió para expulsar a dos politiqueros de la época, que vinieron a ofrecer algo a cambio del voto. Con esa acción aprendí que hay cosas que no tienen precio».

Por situaciones familiares, Irma fue a vivir a los Estados Unidos, con 14 años de edad. Para ella no hubo mejor escuela que todo lo vivido en la nación norteña. Desde su tesoro acumulado en siete décadas de experiencia, comentó, «con todo el corazón», que a la Revolución se lo debe todo; que estos 5O años de lucha le han dado sentido a su vida; y que no se imagina viviendo en una sociedad que no sea la nuestra. Recordará siempre las palabras de su hijo René, en una de las últimas visitas que ella le hizo a la prisión: «Mima, ustedes no pueden permitir que esta especie, que esta mafia (en clara alusión a nuestros enemigos imperiales) se apodere de Cuba. No lo pueden permitir».

María Eugenia Barrios, soprano, escribió una preciosa misiva, en la cual llegamos a imaginarnos hasta la vitalidad y los sueños de un campamento habitado por mambises: «Puedo decir que estos 50 años de Revolución han determinado considerablemente en mi existencia, en primer lugar, como nací en un hogar muy pobre y siempre estudié en escuelas públicas, al terminar en la Escuela Normal para maestros de La Habana, si no hubiera triunfado la Revolución, no sé si hubiera podido ingresar en la Universidad, o a lo mejor hubiera ocupado un aulita en una escuela rural de los alrededores, o sea, Habana campo; no sé realmente, a pesar de mi talento vocal, si este habría podido llevarme a desempeñar una carrera de cantante lírica, la cual era bien difícil para los nacionales.

«La Revolución ha sido reafirmación de mis valores humanos, de rigor y empeño, de trabajo y estudio constantes para agradecer de ese modo todo lo que me ha brindado, desde los estudios en Europa hasta la seguridad social de mis padres, su salud, la de mis hijas, sus estudios, hasta de mis nietos, que hoy disfrutan de todo ello a pesar de las deficiencias.

«La Revolución ha reafirmado las enseñanzas de mis padres, humildes campesinos que solo tenían la honra y la dignidad por bandera en el diario bregar. He aprendido aún más a amar a mi Patria, mis raíces, mis bisabuelos, que murieron de hambre en los campos de concentración durante la guerra contra España; mi abuelo materno, que fue primer teniente del Ejército Mambí, amigo personal del general Quintín Banderas; mi mamá y las décimas que de niña me cantaba mientras me mecía para dormirme».

«Sentirse un ser humano» ha sido la conquista más profunda que Magali Llort —madre de Fernando González, uno de los Cinco— ha alcanzado en estos años de Revolución. Desde muy joven ella había anhelado estudiar ballet, pero antes de 1959 era impensable «darse ese lujo», si lo que había en derredor era la Dama Pobreza, la ansiedad de su abuela abriéndose paso entre trámites infinitos para cobrar una mísera pensión tras haber enviudado; la tuberculosis de su padre, que se agenciaba trabajos esporádicos, se desgastaba físicamente y hacía crisis que obligaban a conseguir, con múltiples angustias, una cama en el Sanatorio La Esperanza...

Semillas, inquietudes

Conversar con un grupo de jóvenes en Ciego de Ávila develó que el legado dejado en ellos por la Revolución se traduce en sentimientos de patriotismo y respaldo a la nacionalidad, apego a valores como la solidaridad, el humanismo, el sacrificio personal en aras de la colectividad, y la necesidad de una preparación profesional y política.

Resultó recurrente la mirada que elogia en la Revolución la posibilidad de acceder a elevados niveles de instrucción, sin que antes hayan mediado distingos de raza o de otro tipo.

En las voces de las nuevas generaciones se advirtieron inquietudes alusivas a fenómenos que complejizan y entorpecen el desenvolvimiento de la construcción de la sociedad soñada. Los años más duros de nuestro bregar han provocado, según expresaron los entrevistados, consecuencias como la pérdida de valores espirituales en un grupo de jóvenes; la exacerbación de afanes consumistas; y la contracción de espacios donde socializar las expectativas de recreación. Quienes hablaron para estas páginas hicieron particular énfasis en el incómodo contraste entre quienes estudian o están vinculados laboralmente, y los «vagos», esos personajes que son la metáfora, a la inversa, de la ética revolucionaria.

A pesar de los pesares, las nuevas generaciones reconocen que la Revolución Cubana tiene capacidad para enfrentar sus conflictos y superarlos, porque cuenta con la unidad de sus protagonistas, quienes tienen a su favor un alto nivel de instrucción, reservas espirituales considerables, y confianza en los principales dirigentes del país.

Para Eduardo Raudel Fraga Méndez, estudiante de segundo año de Medicina en Ciego de Ávila, «50 años de Revolución han dejado una huella importante en el pueblo. Eso se aprecia en el sentido de internacionalismo, en la solidaridad del cubano en los aspectos más elementales de la vida, en su capacidad de entrega y su preparación política». En su opinión, «uno de los retos más grandes que enfrentarán las nuevas generaciones a la hora de mantener la Revolución, será recuperar los valores perdidos dentro de la sociedad».

En la provincia de Granma, los jóvenes definieron a la Revolución como «algo grande», «como la necesidad de cambiar lo que deba ser cambiado», como «sentido del momento histórico», como un concepto que no se define fácilmente y cuya simple mención «requiere una reflexión profunda».

Betty Marrero, estudiante de quinto año de Comunicación Social en esa provincia, siente que en lo personal la Revolución le ha dado la «posibilidad de crecer como persona»; y Rocío Rosales del Río, estudiante universitaria de apenas 17 años, siente que la Revolución es como una madre a la cual debemos retribuirle todo sus empeños, y por la cual debemos salirle al paso a todo «acto que no sea virtuoso».

Cariño amigo

«Qué podría decir —meditó Javier Cáseres—; yo no vivo en la Isla, vivo en Chile, pero tengo a vuestra nación en el corazón y en mi pensamiento diario. Lo único que puedo comentar es que ustedes, su Revolución, siguen siendo la luz de esperanza para el resto de los pueblos latinoamericanos».

Marisol de la Rivera no es cubana, pero ha dicho sentirse como una más de nosotros. Nació en Santiago de Chile, y ha «vagado por el mundo desde que el país del Norte decidió que no quería que los chilenos fueran felices». Para ella, la Isla es el Chile que no pudo ser, cuya felicidad quedó trunca aquel 11 de septiembre de 1973.

De El Salvador, Mauricio Figueroa tuvo la oportunidad de vivir entre nosotros en la década de los 80, de conocer al pueblo, a la Revolución y a Fidel. «Todo eso me basta para defender a esa Isla en cualquier parte del mundo. (...) Creo que hay cosas que pudieran ser diferentes, pero eso no cambia mi amor y respeto por un pueblo que ha logrado construirse dignamente y levantarse todos los días con la frente en alto; de cara al sol, como nos decía Martí».

En la memoria, en las calles de la Ciudad de México, en la imaginación y en los sueños de sus habitantes, la Revolución nuestra quedó para siempre a través de aquellos muchachos cubanos que buscaban apoyo en tierra azteca. Eso nos dijo Ramón José Serrano Romo, mexicano, quien recordó que en la ciudad de su país estuvieron el Che, Fidel, Raúl y otros jóvenes, todos movidos por grandes ideales. «De seguro —escribió— nos recordarán con el mismo afecto que nosotros a ellos; de seguro nadie duda que la Revolución Cubana es también nuestra».

Líneas de Lissabet

«Lo que me ha sembrado esta Revolución es que no deja a ningún hombre desamparado, que mis hijos tienen escuela, medicina gratuita en hospitales; que somos un pueblo que ha aguantado el bloqueo por años, que somos un uñero en las manos de cualquier mandatario imperialista y que no nos pueden doblegar jamás; que soy mujer y le doy gracias a Dios por tener en la vida un Comandante como Fidel, ejemplo de todos los cubanos. Mi hija todavía me pregunta si es verdad que él es su abuelo. Le deseo a mi Comandante que se recupere del todo, porque con él y Raúl, todo en Cuba socialista se puede».

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