Medio siglo sin Paco Cabrera

Ganó la estrella de comandante del Ejército Rebelde y murió en un lamentable accidente en el aeropuerto de Maiquetía, cuando dirigía la escolta de Fidel

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— En la madrugada del 27 de enero de 1959, una delegación cubana encabezada por Fidel se apresta a regresar a la Patria luego de una visita a Venezuela. Sobre la losa del aeropuerto caraqueño de Maiquetía, las aeronaves con los motores encendidos aguardan por sus pasajeros, casi todos vestidos de verde olivo. El pueblo morocho aclamó a estos barbudos recién bajados de la Sierra Maestra.

Busto de Paco Cabrera en Maniabón. Entre quienes se mueven de un lado a otro en menesteres organizativos figura el comandante Paco Cabrera, jefe de la escolta personal del Comandante en Jefe. Es tal la confianza que le inspira este humilde y bravo hombre a los principales jefes del Ejército Rebelde que los comandantes Raúl Castro y Juan Almeida le han confiado la responsabilidad de cuidar la integridad del jefe de la Revolución.

Falta poco para el despegue. Paco sube la escalerilla del avión donde viaja Fidel. Un tripulante está a punto de cerrar la portezuela tras su paso cuando el rebelde se percata de que le falta un arma. «Vuelvo enseguida», dice. Y baja de prisa en busca de la metralleta. El ruido de las turbinas es ensordecedor. Y Paco no escucha los gritos de sus compañeros que lo alertan de la proximidad de la hélice.

La revista Bohemia narró así aquel dramático instante: «Paco Cabrera había ganado la estrella de comandante en una veintena de combates. No creía en el poder mortífero de la aviación. Sus ojos alertas en las acciones guerreras vieron descender la metralla y las bombas. Se sentía invicto. Y cruzó desafiante por debajo del ala de la nave para quedar allí, tendido en un charco de sangre generosa».

A pesar de sus 35 años de edad, tenía Paco una biografía pródiga en méritos. Perteneció a la juventud ortodoxa, tomó parte en la lucha clandestina, condenó el cuartelazo de Batista y se incorporó a la guerrilla como parte del contingente enviado a las montañas por Celia Sánchez. Antes, en su natal Vázquez, en el municipio tunero de Puerto Padre, sufrió arrestos y torturas. Los esbirros de Batista trataron infructuosamente de quebrarle sus ideales revolucionarios.

Aquel campesino amante de la pelota y devoto de la justicia había combatido con valentía a las órdenes del Che y de Fidel antes de entrar a La Habana en la Caravana de la Libertad.

El periodista Pedro A. García reseñó así las palabras que Celia dirigió a los familiares de Paco para comunicarles las circunstancias de su muerte:

«La delegación había ido en dos aviones, uno con los civiles y otro con Fidel y los miliares. Las armas largas que traía la escolta se quedaron en la nave. En Venezuela solo portaron armas de reglamento. Por problemas de seguridad hubo cambios de aviones en el momento del regreso, en el que vinieron de Cuba los militares, venían los civiles, y viceversa. Pero no se trasladaron las armas largas. Uno de los escoltas se percata de eso estando ya las dos naves calentando los motores». Y ahí fue cuando Paco echó pie a tierra.

«Todos llevaban horas sin dormir o durmiendo poco —prosigue Celia—. Parece que las luces lo encandilaron, no vio ni oyó las propelas, el ruido del avión del que se bajó tampoco lo dejaba oír. Las propelas no se veían por la velocidad que habían alcanzado. Le partió de frente y al pasar por debajo de la propela, un aspa le dio un golpe en la frente y le cercenó la nariz. Todos echaron a correr a donde cayó el cuerpo. Fidel se arrodilló junto a él: “Paco, háblame, Paco...”».

Fue Fidel quien comunicó por teléfono desde Venezuela la noticia. «Paco Cabrera murió en Caracas. Lo mató un avión. No un avión enemigo, sino un avión amigo. Cosa horrible». Y después: «La guerra ha terminado, pero la muerte no. Cuba y la Revolución han perdido a un hombre extraordinario y a uno de nuestros más sólidos valores».

El cadáver de Paco Cabrera fue trasladado a Puerto Padre, donde el pueblo, profundamente consternado, le rindió honores militares a uno de sus mejores hijos, y acompañó sus restos mortales hasta el cementerio municipal. En la bien llamada Villa Azul de Cuba, Puerto Padre, existe una estatua que perpetúa su memoria.

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